ANÉCDOTAS-46: LAS CENAS DE EMPRESA

ANÉCDOTAS-46: LAS CENAS DE EMPRESA

Aunque hace mucho tiempo que ya no asisto a Cenas de Empresa, recomiendo a todo el que lo haga que simplemente se divierta (y que tenga cuidado al volver a casa y no conduzca bebido). Al día siguiente solo necesitaremos una buena taza de café.

Son muchos los motivos por los que ya no voy a una Cena de Empresa pero, principalmente he dejado de ir porque me aburren. Me aburren los preparativos y no tienen nada que ver con ese chiste en el que una secretaria se vuelve tarumba por no poder poner a toda la oficina de acuerdo entre veganos, intolerantes a la lactosa o al gluten, cumplidores de preceptos culinarios religiosos, y otras necesidades varias (que no manías). No. A mí lo que me aburre del ambiente previo son las manías… aunque todos las tengamos. Me aburre eso de que si “a mí me da igual, pero…”, que si “es que si es con coche yo no…”, que si “es que a mí esto no…”, que si “es que si va fulano yo no voy…”, que si “a ver dónde vamos, porque el año pasado…”. Todo un conjunto de bobadas que me ponen de los nervios porque, al fin y al cabo, solo se trata es de juntarse, charlar, pasarlo bien y tener un momento distendido fuera del ambiente laboral para conocerse mejor, o no, simplemente para divertirse. Pero no…

Yo empecé a trabajar muy pronto. Las primeras Navidades con Cena de Empresa me pillaron con 16 años y eso marca. En aquella ocasión en lugar de “cena” la empresa contrató con una bodega un montón de botellas de champán para obsequiar a clientes y empleados. A nosotros, además, una copa personalizada que aún conservo. Imaginen todo eso para una cría. Pero no fueron momentos “distendidos”, sino más bien “formales”.

Luego entré a trabajar en otra empresa donde no había Cesta de Navidad ni aguinaldo (si me descuido, casi que ni días libres), pero el jefe-jefe (había tres jefes… pues, el primero), ofrecía una comida a clientes y empleados en la bodega de su casa que era también la de la empresa. El primer año al que asistí a aquella cena (creo que pudo ser el primer año, no lo recuerdo muy bien ahora), fue uno de los peores días de mi jefe-jefe, pues se desató en Valladolid una tremolina ventosa que arrancó árboles, derribó carteles, hizo desplazarse contenedores, caer cornisas de las ventanas… y derribó una viga de la nave de la empresa dejando buena parte del tejado al aire… Era cuando hacía frío de verdad en estas fechas en el Valladolid famoso por el frío… en aquellos tiempos. Menudo jersey gordo de lana llevaba yo aquel día… y botas forradas de piel. Eso sí que lo recuerdo. Pues bien, la cena, con lamentos y ayes, se celebró igualmente. Y se siguió haciendo así durante todos los años que yo trabajé en aquella empresa. Y sí, eran más distendidas que lo que yo recordaba, aunque como éramos dos empleados y tres jefes (y el resto eran clientes), pues no se daba mucho feed-back que digamos, había grupitos y se hablaba de trabajo. Un año, el jefe-jefe se volvió dadivoso y además de la cena nos ofreció un aguinaldo en forma de Jamón de Pata Negra que casi me hace caer de espaldas del susto. A los pocos meses dejé el trabajo. Fue el único y último año que recibí aguinaldo.

Con mi marido asistí a varias Cenas de Empresa con su jefe y compañeros. Iba de acompañante, así que era una ocasión muy buena para poder conocer y congeniar (o no) con la gente con la que trabajaba cada día. Eran muy pocos y pagaba el jefe. Pero su generosidad fue decayendo con los años y de empezar con la que posiblemente sea una de las mejores comidas (fue comida) a las que he asistido, terminamos tomando pincho de tortilla y morcilla regados con (mucha) cerveza, en una tasca del centro. Y con Huevos Kínder. Sí. Créanlo. Cuando la empresa estaba ya practicando uno de esos ERES que tanto sirvieron para despedir a gente, a alguno de los compañeros de mi marido (ya nominado con ERE, como él) no se le ocurrió otra cosa que comprar unos Huevos Kínder para obsequiar a todos en la Cena de Empresa. Fue la última. De haber seguido en la empresa tampoco hubiese asistido a otra. Lo juro por Snoopy.

En mi actual trabajo se vienen celebrando Cenas de Empresa desde el principio. En las primeras ocasiones se reducían a una champanada en la cafetería, en la que además se consumía algún canapé y turrones. Y un regalo. Esta empresa nos hacía un regalo por Navidad. Antes. No era una cesta al uso, pero sí un regalo institucional. He de decir que aquí ya se notaba más el ambiente de camaradería entre la gente y una alegría que, en alguna persona, no se vería en el resto del año ni por equivocación. La vida te da esas sorpresas a veces. Con el tiempo, organizamos nuestras propias Cenas de Empresa entre compañeros, y aquí empezaron los “tiquismiquismos”…

Siguieron las sorpresas en cuanto a lo “desatados” que se mostraban algunos compañeros y lo extremadamente “tiquismiquis” otros… que si “esto es congelado…”, que si “a mi es que el pescado si no lo hago yo…”, que si “el otro año fue mejor cena…”. Y yo, la verdad, me cansaba ya mucho si encima se alargaba mi hora habitual de sueño… Y cuando me canso me enfado.

La última vez que asistí a una cena de empresa fue un cúmulo de todo eso. La cena fue una especie de encerrona en un sitio “de batalla” que solo se salvó por algún plato preparado con amor por un cocinero conocido que tuvo más paciencia que un santo. Luego, hubo suspicacias, segundas intenciones, medias palabras, citas en petit comité por Navidad… hacía mucho que no me sentía tan incómoda y me di cuenta de que no tenía necesidad ninguna de pasar por eso. Quiero mucho a mis compañeros (a unos más que a otros, la verdad), pero mi tiempo libre, diversión y distendimiento no merecen multiplicar por cien y concentrado en unas horas de cena, los mismos problemas que vivimos el resto de horas de trabajo del año.

Así que me dije… Sanseacabó… tomamos una copichuela cuando queráis, gente… pero hasta aquí hemos llegado… hoy, tras el que sea posiblemente el fin de semana en el que más Cenas de Empresa se den en todo el mes de diciembre, estoy escribiendo esto y riéndome un montón.

AlmaLeonor_LP

 

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FRASES CON IMÁGENES (XXVII)

FRASES CON IMÁGENES (XXVII)

Imagen: Donna Holdsworth

 

“El viento de mayo soplaba desde los confines del tiempo. Si alzaba la cabeza y aguzaba el oído, incluso podía percibir el canto de las alondras.”

Pinball 1973 (1980) Haruki Murakami.

CAMBRA DE LA TARDOR

CAMBRA DE LA TARDOR

“Otoño”, de Mónica Fernández (México)

Aquí llega el otoño, con su voz de ceniza,
desalentando sueños, cubriendo de hojarasca
las imágenes rotas que el corazón conoce.

Ante mi casa lloran las cañas azotadas
por el viento nocturno, y asciende hasta mi cuarto
el olor inquietante de la tierra mojada.

Conozco esta fragancia de carne entumecida,
de deseo imposible: es la estación del miedo.
La vida se derrumba como una torre endeble.

Amor, un dios decrépito recorre Vinogrado.
Oigo bajo la lluvia sus pasos inseguros
y un bordón que golpea en los árboles muertos.

Jon Juaristi
 “Diario de un poeta recién cansado” ( 1985)

El otoño-2017 comenzará hoy, 22 de septiembre,
a las 22horas, 2minutos. 

MATASABURO

MATASABURO

“Matasaburo”, de Alex Gross

Para muchos aficionados a las series televisivas este cuadro no le será extraño. Es el que preside el salón de la casa de la detective Kate Beckett de la serie Castle. Cada vez que un encuadre en una escena mostraba este cuadro me llamaba muchísimo la atención, así que acabé por buscar datos sobre él. No es difícil. En Internet se puede saber todo lo que quieras sobre los personajes de la serie, Kate Beckett (Stana Katic) y Richard Castle (Nathan Fillion), incluso puedes encontrar planos exactos de sus respectivas viviendas (el enorme loft de Castle también posee impresionantes obras de arte, sobre todo el fantástico Staircase, las escaleras infinitas de William Curtis Rolf, pero esa sería otra historia). También descubrimos frases del escritor protagonista:

“Todo el mundo tiene la historia perfecta por escrito dentro de las paredes de su corazón. Sólo tienes que abrir tu mente para encontrar las palabras para compartir.”

La serie es una de las que más me gustan… me gustaban, porque al parecer por desavenencias entre ambos protagonistas, se ha tenido que clausurar. Tal vez sea mejor así y que no termine por hastío de la audiencia, pero en todo caso, nos ha dejado pinceladas curiosas, como este cuadro.

La obra es del pintor neoyorkino Alex Gross (n.1968) que trabaja habitualmente en Los Ángeles (Califonria), dueño de un estilo muy particular, al oleo, que combina la crítica social con un tipo de imagen surrealista muy visual y colorista. Su temas favoritos son “la globalización, el comercio, la gran belleza, el caos oscuro, y el paso inexorable del tiempo“, según dicen de él críticos como Bruce Sterling, autor de un libro sobre su trabajo. Desde el año 2000, en el que viajó durante dos meses por Japón, este país y su cultura es una de sus fuentes de inspiración. Por ejemplo, con este cuadro que se titula “Matasaburo”, el espíritu del viento.

Está basado en la película animada japonesa de 1940 “Kaze no Matasaburo”, dirigida por Koji Shima (1901-1986), que a su vez, está basada en una obrita corta de 1934 y del mismo título, escrita por Kenji Miyazawa (1896-1933), poeta y autor de cuentos infantiles japonés, que además de vegetariano y budista (de la escuela Nichiren), fue uno de los defensores y traductores del esperanto y un importante activista social de su tiempo. Como sucede muchas veces, Kenji no fue reconocido en vida (murió de neumonía agravada por su veganismo), y su fama se produjo casi en los años noventa, con motivo de una exposición sobre su centenario.

En la historia de Kenji, un niño de pelo rojizo y con un traje que le queda grande, llamado Saburou Takada, se traslada a una escuela muy pequeña en una aldea remota donde su padre, trabajador de una compañía minera, ha sido destinado. Saburou es un niño de ciudad y su comportamiento y maneras chocan con los más rústicos de los demás niños (de todas las edades) de la pequeña escuela, que le consideran extranjero. Justo cuando un niño dice eso: “una fuerte ráfaga de viento sopla de repente, sacudiendo todas las puertas de cristal, la montaña, la hierba y los castaños detrás de la escuela se vuelven extrañamente pálidos y se estremecen“. Entonces Kasuke, un niño de cuarto grado, exclama: “¡Oh, lo tengo, es Matasaburú del viento!

Toda la historia se basa en esa especial relación que se fragua entre el “extraño” niño y el resto de estudiantes de la escuela de campo, hasta que un día, tal y como llegó, y acompañado de la misma ráfaga de viento, Saburou se marchó de la escuela y de la aldea.

El cuadro de Gross muestra a un niño pequeño, un bebé en realidad, de cabellera rojiza y a un personaje femenino, de grandes proporciones, que representa el viento cruzando un puente en medio de una escena de desolación y oscuridad (solo rota por la potente luz de un faro que ilumina hacia donde debería lucir el sol). A Stana Katic le encantaba ese cuadro, y veía en él una adecuada alegoría de la situación anímica de su personaje en la temporada 3:

 “Me encanta ese cuadro, creo que describe a Beckett, especialmente esta temporada. Hay un eclipse en el fondo y todo se está derrumbando a su alrededor”.

Lo que no sabíamos entonces es que unas temporadas más tarde, en la octava, la serie finalizaría por las desavenencias de sus protagonistas. Sabiendo esto, el cuadro se nos antoja una especie de premonición de la debacle que se estaba produciendo entre bambalinas, mientras en la pantalla los espectadores solo veíamos una pareja enamorada.

El último episodio de la octava temporada, que hacía el número 173 del total de la serie, se emitió un día como hoy, 16 de mayo, del año pasado, en el 2016. Para entonces ya sabíamos que no volverían a emitirse más episodios, pues la cadena ABC había anunciado unos días antes, el 12 de mayo, que la serie se cancelaba. Muchos de nosotros ya eramos admiradores de Stana Katic y Nathan Fillion, ambos actores canadienses, sobre todo de Fillion, el capitán Malcolm Reynolds de la serie Firefly, pero personalmente me gustaba muchísimo el papel de Martha Rodgers, interpretado por la bella actriz Susan Sullivan, habitual de las series de televisión, y muy conocida por su papel en la mítica Falcon Crest.

Al final, Matasaburo, fue la ráfaga repentina que arrasó con una de las series más premiadas y queridas por el público. Por cierto, casi de una manera que podríamos haber adivinado con otro cuadro del apartamento de Beckett (situado encima de su frigorífico), “Silent as Ether“, de la también pintora surrealista Lezley Saar.

Otros vientos, otros “etéreos silencios”, nos traerán otras series, pero ya no será lo mismo.

AlmaLeonor