FAMILIA DEL ARTISTA

FAMILIA DEL ARTISTA

Imagen: Victor Tkachenko

En los actos culturales debería estar prohibida la entrada a la familia del artista. También la de los amigos de la infancia. Por resumir, de todo aquel que conozca cierto anecdotario vergonzoso de la niñez y adolescencia y esté dispuesto a soltarlo a cualquiera que se le acerque en el cóctel. La familia es dinamita pura. El artista la utiliza como material creativo, moldea los recuerdos como le viene en gana, y la familia, sin entender que la literatura consiste, en gran parte, en una traición a los hechos reales, se cabrea, se queja o se envanece, según. El otro día hicieron un homenaje a Philip Roth en la Universidad de Columbia, y una de las cosas más divertidas que contó, en el repaso a su trayectoria literaria, fue que días antes de que apareciera el libro que le hizo popular, El lamento de Portnoy, invitó a sus padres a cenar con la intención de avisarles de que la novela que iba a publicar era bastante escandalosa y que tenían que estar preparados para las reacciones que pudieran leer. Roth supo por su padre que, de camino a casa, la madre dijo: «Este chico tiene aires de grandeza». Ay, las madres, cómo conocen a los hijos aunque los hijos sean ilustres. De cualquier forma, el muchacho no se equivocaba: aquel libro se convirtió en el colofón cachondo e irreverente con el que la literatura rubricó los años de revolución sexual de los sesenta. Las escenas caseras, con ese padre que padece un estreñimiento contumaz del que toda la familia está al tanto, y ese hijo que pilla un hígado de la cocina, en el desesperado intento de encontrar algo que se parezca a una vagina, y corre al cuarto de baño para hacerse pajas, levantaron reacciones de ira, sobre todo en la comunidad judía. Pajas reales, de jadeo silencioso interrumpido por la madre que llama a la puerta alarmada por si el hijo ha heredado el proverbial estreñimiento paterno; pajas mentales, las del chaval que brega con el deseo y la culpa. La familia tuvo que soportar las reacciones felices o airadas como si el libro fuera autobiográfico, y el autor, como es costumbre, se defendió diciendo: a mí que me registren, esto es solo ficción. La familia, ay. Debería haber un detector de familiares a la entrada de los eventos para dejarlos fuera. Eso debió de pensar el otro día Erica Jong, también experta en novelar todo aquello que toca, dicho esto en el sentido más literal de la expresión. Se trataba de otro homenaje universitario, en este caso a Miedo a volar, esa novela que en 1973 la dio a conocer en todo el mundo. Su protagonista, más que ser una heroína de la combustión interna, como el héroe de Roth, es una mujer de acción que cuenta sin reparos sus intercambios de fluidos. Todo parecía marchar de maravilla en el homenaje a este emblemático libro, hablaban las filólogas feministas, cantaban las excelencias de ese paso adelante que fue Miedo a volar en el relato de la sexualidad femenina, cuando llegó el turno de preguntas y se levantó una señora que parecía la doble de Erica Jong. Sus razones tenía, era la hermana. Soy la hermana de la autora, dijo, y después pasó a encadenar una serie de reproches a los que el público reaccionaba con ese gesto de asombro contenido tan propio de los americanos. A Erica le habrá ido muy bien con ese libro, dijo la hermana de la artista, muy bien, enhorabuena, pero a mí me hundió la vida, y quiero decir que por mucho que Erica se justifique diciendo que esto no es más que ficción, está claro que uno de los hombres que aparecen en la novela es mi marido, y me gustaría aclarar de una vez por todas que es completamente incierto que mi marido se metiera en la cama de Erica y le pidiera que le practicara una felación; esto fue una pesadilla para mi marido y para mí, así que sepan ustedes que si a ella el libro la hizo famosa, a nosotros sus mentiras nos han jodido la vida. Ufff. Dicho esto, el acto se dio por concluido. La hermana-bomba desapareció, y cuentan las crónicas que, en el cóctel, la autora se limitó a comentar, fríamente, que en su familia había gente más inteligente que la muestra que acababan de presenciar. ¡Ficción, ficción, esto es ficción!, dicen los autores desde que la literatura existe. Pero los padres o se tragan ese cuento. Fue sonado cómo el papá del autor teatral Sam Shepard (marido de Jessica Lange) se presentó, bastante borracho, por cierto, en el estreno de su última obra y en mitad de la representación comenzó a explicarle al público, que al principio no entendía si aquello era parte del espectáculo, que todo lo que se estaba contando en el escenario era una mentira podrida. Mientras se lo llevaban a rastras, el hombre iba balbuceando cómo pasaron verdaderamente las cosas. Ya les gustaría a los de La Fura dels Baus, que con gran aparataje de gritos y metralletas andan simulando, en su último montaje, el secuestro de un teatro a la manera chechena, conseguir que el público viviera un momento tan perturbador como ese de presenciar a un familiar borracho irrumpiendo en la sala para cantarle las cuarenta al autor. A ese autor que si escribe como se tiene que escribir, como si la familia no existiera, sentirá alguna vez en su vida el peso del viejo reproche bíblico: «Hijo mío, ¿por qué me has avergonzado?».


Elvira Lindo
DON DE GENTES,
Alfaguara (Penguin Random House España), Madrid, 2011

Publicado en El País (Dominical) el 20 de abril de 2008,

EL TESORO DEL PIRATA

EL TESORO DEL PIRATA

Imagen: John Rowe

Este relato se incluirá en el VadeReto del blog Acerbo de Letras, dedicado este mes de mayo a ¡¡¡LEER!!! Para la creación de este relato había dos premisas:

Primera: La siguiente fotografía debe servir como inspiración y de alguna forma verse representada en la historia: Fotografía virada al blanco y negro con tonalidades sepia. En ella se ve, centradas en un primer plano, unas manos, de una persona muy anciana, hojeando un libro. Nada más y nada menos. Composición a partir de la imagen de Alexas_Fotos en Pixabay.

Segunda: Una frase que debe aparecer dentro del relato y que debéis elegir entre las citas siguientes:
-«Allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres». Heinrich Heine
-«Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee». Miguel de Unamuno
-«Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma». Cicerón
El tema de este mes es bastante abierto para que haya una mayor diversidad de historias por contar. Eso sí, hablad del hecho en sí de la lectura, no de los libros en general.

En este relato hablo de libros, pero también de lectura y, además, está implícita, sobre todo, porque quien haya leído la obra que lo inspira sabrá de que autor estoy hablando. Espero que no se considere que me aparto mucho del tema y que guste a los lectores del VadeReto. La frase que he escogido es la subrayada en negro, la de Cicerón.

Este texto es la adaptación para este ejercicio de un relatito que escribí hace mucho tiempo y que publiqué en este mismo blog, en HELICÓN. Podéis leerlo aquí, y así entender todo lo que ha cambiado para el VadeReto de Mayo.

EL TESORO DEL PIRATA

Desde su privilegiada posición bajo una palmera en la ribera, en penumbra, fumando su cigarro y con esos azules ojos escrutadores que le habían hecho ganar fama como el mejor pirata de las Antillas, observaba a sus hombres disfrutar de la celebración que empezaron muchas horas atrás. Estaban contentos y, aunque alguno pareciera que no le cabía una gota más en el cuerpo, seguían bebiendo. Les habían hecho llegar varios barriles de cerveza cuando las botellas de ron se terminaron.

            Volvió su cabeza hacia el final de la playa al escuchar un vocerío. Un par de hombres se acercaban con una caja que cargaban entre los dos. El resto les recibieron entre vítores y risas. Traían más ron. Todos tiraron al suelo el caliente brebaje de sus jarras y se apresuraron a abrir las nuevas botellas. Los bailes alrededor de la hoguera y las peleas en torno a un improvisado tablero de dados, cesaron. Ya podían volver a emborracharse como es debido, con ron, como correspondía a los hombres de mar.

            Después de tantas penalidades, el pirata se alegraba de verlos en ese estado de desahogo y satisfacción, más bien, de pura felicidad. Más allá de la playa, su bergantín desafiaba airoso la línea del horizonte, mostrando con los vaivenes de las olas, los casi 100 cañones que enarbolaba. El pirata estaba satisfecho del botín conseguido, tanto como sus hombres, pensó, volviendo a contemplarlos, aunque él no necesitaba beber para demostrarlo. Él solo observaba.

            Desde que Gustav Adolf Van Deer Queerc, había abandonado su Flandes natal al quedarse huérfano, muchas cosas habían pasado. Primero, recaló en Sevilla, en España, la antesala del Nuevo Mundo. Llegó más tarde al caribe oculto en un buque mercante, sin salir de la bodega. El polizón, obtuvo allí todo lo que necesitó para subsistir hasta que le encontraron, justo al desembarcar, cuando descargaban el buque. Entonces, salió corriendo sin que pudieran alcanzarle y, con el apelativo de Bekeer, empezó a ganarse la vida como uno de tantos pilluelos que merodeaban por los muelles, con los recados que le encomendaban los marineros que atracaban en el puerto.

            Fue un hombre alto y fuerte quien, ya desde su nave, había advertido esa fijación del muchacho por examinar todo lo que sucedía a su alrededor. Era uno de los piratas más temidos de todo el golfo, Barbarroja le apodaban, aunque la rala pelambrera que asomaba bajo su imponente mentón fuese más rubia que roja. Siempre que llegaba a puerto le reclamaba… «¡Chico!», le gritaba asomado a la ventana de su alojamiento en la Tortuga. Y él corría hasta situarse a su frente.

            —Si ves llegar a un tipo casi calvo, más bien gordo, que siempre lleva una hoja de laurel en la cabeza y a quien apodan Cicer, me avisas…

            Y, con sus muy arrugadas y callosas manos le lanzaba una moneda de cobre que él atrapaba en el aire.

            —¡Si, señor! —Y salía corriendo.

            Barbarroja estaba convencido de que, si alguien podía encontrar al italiano entre la baraúnda de personajes que se arremolinaban en los tugurios del puerto de la Tortuga, era ese chico de ojos azules que parecían ver más allá del mismo cielo. Y no se equivocaba. Al cabo de unas horas, el muchacho se presentaba de nuevo ante él y dando saltos para llamar su atención, esperaba a que el capitán se asomase.

            —¿Lo has visto?

            —¡Sí, señor!

            Y le lanzaba otra moneda. Sí, Bekeer se había ganado, con creces, la fama de buen escudriñador desde que no levantaba del suelo mucho más que la altura de un barril de ron. Así que, cuando los ingleses tomaron la ciudad y todos los piratas se apresuraron a salir huyendo del abrigo del puerto, Barbarroja le preguntó si quería ser su grumete y él aceptó. Subió a la chalupa que les llevaría hasta su barco. No conocía un barco pirata, y menos uno tan grande. Era un antiguo galeón español que el temido pirata capturó hacía muchos años convirtiéndolo en su insignia. Todo el mundo conocía el Black Falcon y todo el mundo le temía. Menos ese chico. Claro que, al ascender por la escalerilla no cayó al mar de milagro. Barbarroja le agarró por la muñeca y, tirando de él le gritó «¡Arriba, chico!». Bekeer se volvió a fijar en sus manos. Estaban tan arrugadas que no entendía cómo podía tener tacto con ellas, aunque agradeció que demostraran tanto tino.

            Le llevó hasta la puerta de su camarote. Al abrirla, Bekeer se sobresaltó cuando un enorme pájaro verde le salió al encuentro.

            —¡Acostúmbrate a Goliat, chico, manda más que yo aquí! Y también cuida de que nadie entre en mis aposentos…

            Se lo dijo inclinando hacia él su enorme cabezota encrespada, con su pelo y barba pajiza, y mirándolo fijamente, a modo de advertencia. Bekeer asintió sin mucha convicción y salió corriendo. Su curiosidad y las ansias por saber de todo eran más fuertes que él, pensó Barbarroja, sabiendo que volvería. Pero, en ese momento, eran tantas las emociones que el chico sentía en aquel buque, que pasó horas recorriéndolo todo, aprendiéndose cada rincón del acastillaje, del bauprés, de la sentina, de las bodegas…, conociendo a donde daba cada puerta…, donde estaba y como era cada cañón, cada palo, cada cabo, cada trinquete, cada camarote…, lo que medía cada borda en pasos… Se acomodaba un rato junto al timonel y otro subía hasta la cofia junto al vigía, sin ayuda y con la seguridad de un avezado marino. ¡Era tanto lo que podía aprender! Esa primera noche a bordo ni dormir pudo. Al día siguiente, Bekeer conocía el barco casi como la palma de su mano. Solo le faltaba entrar en el camarote del capitán Barbarroja.

            Le vio aparecer en el puente, seguido de Goliat, su guacamayo verde, que no dejaba de gritar las únicas palabras que conocía en inglés… «read book, read book, read book»… Bekeer se escabulló entre los afanosos marineros que no hacían más que encomendarle tareas, y llegó a hurtadillas hasta el cuarto del capitán. Abrió la puerta que Barbarroja nunca cerraba con llave, porque sabía que nadie se atrevería a traspasarla, y empezó a indagar por todos los rincones con sus ojos azules. Al llegar a una alacena se sorprendió de no encontrarla llena de joyas… Allí le descubrió Barbarroja al entrar de súbito, con uno de sus más preciados tesoros en la mano… El pirata se lo quitó sin brusquedad con sus ajados dedos y lo acarició con mimo. Luego, se lo devolvió.

            —Puedes quedártelo. Llegará a ser tu tesoro como ha sido el mío.

            Y le revolvió el pelo con su rugosa mano despeinándolo ya para el resto del día.

            A bordo de aquel galeón, siempre bajo los cuidados y casi paternales atenciones del más temido pirata conocido en ese siglo, Bekeer se hizo un hombre y aprendió a apreciar los tesoros de los que le hablaba. Con el tiempo, se enroló en otros buques piratas, luchando contra portugueses, ingleses y españoles, hasta que consiguió el suyo propio, un precioso bergantín al que llamó El Temido. Él ya no era un simple grumete, sino el pirata Bekeer el Negro, conocido en los siete mares.

            Los recuerdos se le marcharon de la cabeza cuando se dio cuenta de que su apurado cigarro le quemaba los dedos. Lo arrojó al suelo. Además, en poco tiempo el sol se ocultaría del todo y no podría distinguir ya ni la silueta de los cofres que tenía delante, el Tesoro de Barbarroja. Por fin lo había encontrado. Esa era la causa de la escandalosa celebración de sus hombres en la playa.

            Volvió a inclinarse sobre los baúles. La búsqueda de aquel botín, revelado por el pirata que le enseño el oficio en su lecho de muerte, fue lo que le impulsó a forjarse su fama sanguinaria y convertirse en prófugo, en perseguido por las justicias de todas las naciones del mundo, incluido el turco, de la lejana Estambul. Pero él sabía que merecía la pena. Era el único tesoro que desde que conoció a Barbarroja deseó poseer. Lo difícil sería hacérselo entender a sus hombres.

            Por eso pensó que dejarles celebrarlo primero se lo haría más fácil.

            —«Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma»…

      Pero su voz sonaba cansina, mientras abría el primero de los cofres. Tenía que explicarles que su tesoro eran los libros que Barbarroja le enseño a leer y amar hacía ya mucho tiempo, cuando hurtó uno de ellos de la alacena de su camarote. Esa frase que pronunciaba con mayor frecuencia a medida que pasaban los años, era la misma que le repetía Barbarroja cada vez que le enseñaba un nuevo libro, cada vez que lo leían juntos, sujeto entre las arrugadas manos del temible pirata, pasando sus largos y esqueléticos dedos por las páginas, sobre cada línea escrita, con el mismo amoroso cuidado con el que acariciaba un muslo de mujer. La había aprendido del italiano, aquel Cicer que buscó para él en el muelle, el día que se conocieron.

No sabía cómo se iban a tomar aquellos hombres, temibles marinos de las Antillas, que su airoso bergantín, El Temido, armado con cien cañones por banda, había recorrido medio mundo siguiendo las pistas de un viejo mapa y que ellos lucharon con bravura contra soldados y piratas, para conseguir…  

            —¡Libros! Auténticas joyas para leer, como decía Goliat… Read Book, Read Book… Tendrán que entenderlo… ¡Lo harán! Toda mi patria…, mi libertad…, mi bandera… Todo lo sacrifiqué por el más maravilloso tesoro que un hombre pueda desear conseguir… ¡Libros y Lectura! La historia venidera no recordará a Gustav Adolf Van Deer Queerc, ni a un grumete avezado, ni al capitán Bekeer el Negro, ni a mi velero El Temido…, pero conocerá y leerá los libros que he encontrado, conocerá mi tesoro.

AlmaLeonor_LP

VadeReto de Abril: Vacío.

AL FARO

AL FARO

San Vicente de la Barquera (Imagen propia)

Por fin dejó de pensar; estaba ahí sentado al sol con la mano en la barra del timón, mirando fijamente al Faro, incapaz de moverse, incapaz de sacudirse los granos de tristeza que, uno tras otro, se depositaban en su mente. Parecía que lo ataba una maroma, y que su padre había hecho el nudo, y sólo podía sacar un cuchillo y hundirlo.

Pero en aquel momento la vela comenzó a moverse poco a poco, se hinchó lentamente; la barca sintió un sacudida, comenzó a moverse, apenas consciente, dormida; de repente se despertó, salió disparada entre las olas. Fue un alivio extraordinario. Todos parecieron perder importancia relativa ante los demás, y parecían estar bien, y los sedales se tensaron formando un ángulo agudo en los costados de la barca. Pero su padre no pareció haber advertido nada. Sólo hizo un gesto misterioso con la mano derecha en el aire, y la dejó reposar de nuevo sobre la rodilla, como si estuviera dirigiendo alguna sinfonía secreta.

Llegarán al Faro a la hora del almuerzo, pensaba. Pero el viento había refrescado, y el cielo cambió imperceptiblemente, las barcas habían cambiado de posición, y el paisaje, que el momento anterior parecía fijado para la eternidad, no era nada agradable ahora.

El viento había revuelto la estela de humo, había algo desagradable en la nueva posición de las barcas.

El Faro era entonces una torre brumosa, plateada, con un ojo amarillo que se abría de repente, delicadamente, al anochecer. Ahora… James miraba al Faro. Veía las rocas, blancas de espuma; veía la torre, erguida, recta; veía que tenía ventanas; veía incluso ropa tendida sobre las piedras, puesta a secar. De forma que, por fin, esto era el Faro, ¿no?

No, lo otro también era el Faro. Porque nada era sencillamente una sola cosa.

También el otro era el Faro. A veces costaba verlo desde el otro lado de la bahía. Al anochecer levantaba uno la mirada y veía cómo el ojo parpadeaba, y la luz parecía llegar hasta ellos en aquel jardín soleado y fresco en el que se sentaban.

Virginia Wolf
«Al Faro» (To the Lighthouse)
5 de mayo de 1927

LA MUERTE DE SHERLOCK HOLMES

LA MUERTE DE SHERLOCK HOLMES

Sir Arthur Conan Doyle, cuya vida fue tan extraordinaria como la de sus personajes, estaba un poco harto del más famoso de ellos, Sherlock Holmes, según contó a varios de sus allegados, quienes le animaron a que continuara. Pero él no les hizo caso y le «asesinó» en un relato corto titulado El problema final (1893) que apareció en The Strand Magazine y en el que pretendía eso mismo, poner punto y final a su personaje. Hizo que su enemigo mortal, el profesor Moriarty, le arrojara por un acantilado  en las Cataratas de Reichenbach, en Meringen (Suiza), un día como hoy, 4 de mayo de 1891.

Doyle y su mujer viajaron a Suiza en sus vacaciones de 1893 y fue entonces cuando decidió que ese sería el marco perfecto para la muerte de su personaje. Se alojaron en el Park Hotel du Sauvage de Meringen y allí manifestó por primera vez, reflejándolo en su diario, que las Cataratas de Reichenbach serían la definitiva tumba de Sherlock Holmes.

Sin embargo, la presión del público fue tan grande, que tuvo que renunciar a su propósito de no seguir escribiendo sobre Holmes. Primero publicó El sabueso de los Baskerville (1902), historia que se desarrolla en una época anterior a la de su «muerte», y que fue recibido por sus fans con auténtica devoción y fue todo un éxito. Después, le «revivió» en La casa deshabitada (1903). En esta historia, su hermano Mycroft aparece brevemente como uno de los pocos que conocían que en realidad quien murió en las cataratas fue el malvado Moriarty, y que Holmes seguía vivo, ocultando su suerte durante tres años para que los hombres del malvado profesor no causaran más daño a sus allegados, sobre todo a su querido doctor Watson, y a él mismo. ​

Serlock Holmes resultó ser un personaje inmortal… ¡Viva!

AlmaLeonor_LP

GANARSE SU ALMA

GANARSE SU ALMA

Imagen: Gabriel Moreno.

Lo bueno se hace esperar. Hay pardillos por ahí que se creen que si le ponen la mano en el culo a una mujer y ella no se queja, ya la tienen en el bote. ¡Aprendices! El corazón de la hembra es un laberinto de sutilezas que desafía la mente cerril del varón trapacero. Si quiere usted de verdad poseer a una mujer, tiene que pensar como ella, y lo primero es ganarse su alma. El resto, el dulce envoltorio mullido que le pierde a uno el sentido y la virtud, viene por añadidura.

CARLOS RUÍZ ZAFÓN
«La Sombra del Viento» (2001)

LA ÚLTIMA CENA (JUEVES SANTO)

LA ÚLTIMA CENA (JUEVES SANTO)

La última cena. Leonardo da Vinci, (circa 1490).

Para Baigent, Lincoln y Leigh, María Magdalena fue en realidad el Santo Grial del que hablaban las leyendas medievales. No era la copa con la que Jesús instauró la Eucaristía durante la Última Cena, ni aquella en la que José de Arimatea recogió la sangre de Jesús, sino ella, María, la depositaria de la sangre de Jesús, entendida esta como su descendencia. No se trataba del Santo Grial, sino de la sangre real, una sangre real que pasaría a los merovingios varios siglos después.

[…] Vayamos hasta Milán. Allí, en el convento de Santa María delle Grazie, se encuentra La Última Cena, una pintura mural que Da Vinci realizó entre 1495 y 1497. Como recordarán los que hayan leído la obra de Brown, hay algo extraño en el personaje que hay a la izquierda de Jesús. En teoría, se trata de Juan el Apóstol, siempre caracterizado como un joven imberbe y algo afeminado. Pero, si se fijan con atención, parece más bien una mujer. Así, según esta propuesta, se trataría en realidad de María Magdalena. ¿Pruebas? Circunstanciales, aunque curiosas: la inversión de colores (rojo y azul) entre este y Jesús, que vendría a representar que era su otra mitad; la ausencia del cáliz, lo que indicaría que el grial era otra cosa; la letra M que forman, tirando de imaginación, Jesús y la supuesta Magdalena; el collar de oro que luce en su cuello o, quizá lo más importante, la extraña postura de ese personaje, que parece apartarse de Jesús. Busquen cualquier otra representación artística de esta escena evangélica y podrán comprobar que, casi siempre, Juan aparece recostado sobre el pecho de Jesús, en clara alusión a la descripción de la Última Cena que aparece en el Evangelio de Juan: «Y uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba, estaba recostado al lado de Jesús» (13, 23). Juan suele ser representado así porque se considera que se trata del dichoso discípulo amado, pero ¿por qué en la versión de Da Vinci es justo lo contrario? ¿Acaso se trataba en realidad de María Magdalena? Como vemos, la relación entre nuestra protagonista, Juan y el misterioso discípulo es toda una constante en esta trama.

Oscar Fábrega Calahorro
«La Magdalena, verdades y mentiras»
Editorial Guante Blanco (2018)

DÍA DEL BESO

DÍA DEL BESO

Imagen: Javier de Juan

“…y ya no hubo freno a la excitación que les dominaba. La besó, la besó con fruición, abrazándola con tanta fuerza que por un momento pensó que podría romperla en pedazos y aflojó la presión. Ella se acercó más a él y respondía a cada uno de sus besos con toda la sensualidad y erotismo que la acompañaban siempre. Era tan pequeña, tan frágil, tan etérea, que él sentía que si dejaba de besarla podría escurrírsele entre los dedos como si fuese agua de mar. Dio rienda suelta a todo el torrente de pasión que llevaba ocultándose a sí mismo desde el día que la conoció…”
AlmaLeonor_LP
(Extracto de mi próximo libro, aún en fase de escritura)

13 DE ABRIL DE 2022
¡¡FELIZ DÍA DEL BESO!!

EDIPO, REY

EDIPO REY Y LA PANDEMIA

Imagen: Ciro Palumbo

La ciudad, como tú mismo puedes ver, está ya demasiado agitada y no es capaz todavía de levantar la cabeza de las profundidades por la sangrienta sacudida. Se debilita en las plantas fructíferas de la tierra, en los rebaños de bueyes que pacen y en los partos infecundos de las mujeres. Además, la divinidad que produce la peste, precipitándose, aflige la ciudad. ¡Odiosa epidemia, bajo cuyos efectos está despoblada la morada Cadmea, mientras el negro Hades se enriquece entre suspiros y lamentos!

Ni yo ni estos jóvenes estamos sentados como suplicantes por considerarte igual a los dioses, pero sí el primero de los hombres en los sucesos de la vida y en las intervenciones de los dioses. Tú que, al llegar, liberaste la ciudad Cadmea del tributo que ofrecíamos a la cruel cantora y, además, sin haber visto nada más ni haber sido informado por nosotros, sino con la ayuda de un dios, se dice y se cree que enderezaste nuestra vida.

Pero ahora, ¡oh Edipo, el más sabio entre todos!, te imploramos todos los que estamos aquí como suplicantes que nos consigas alguna ayuda, bien sea tras oír el mensaje de algún dios, o bien lo conozcas de un mortal. Pues veo que son efectivos, sobre todo, los hechos llevados a cabo por los consejos de los que tienen experiencia. ¡Ea, oh el mejor de los mortales!, endereza la ciudad. ¡Ea!

«Edipo, Rey«, de Sófocles

26 de Junio. España. Fin de la obligatoriedad de llevar mascarilla en espacios abiertos y sin aglomeraciones. NO es el fin de la pandemia. ¡Oh, Edipo, rey, el mejor de los mortales, endereza la ciudad y condúcenos al éxito con los consejos de los que tienen experiencia.
AlmaLeonor_LP

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