CARLOS V LANCEANDO UN TORO EN VALLADOLID

CARLOS V LANCEANDO UN TORO EN VALLADOLID

Ahora que estamos en plenas Ferias y Fiestas de la Virgen de San Lorenzo de Valladolid, hoy, 8 de septiembre, es precisamente el día mayor por ser la festividad de la patrona, creo que es un buen momento para recuperar un texto incluido en mi último libro, LA HISTORIA DESDE EL HELICON: LOS BOVIDAE, en el que se menciona mi ciudad y un suceso que tuvo que ver con Carlos V, un suceso que más tarde sería recordado por varios artistas de pluma (Vargas Ponce y Larra, por ejemplo) y pincel (Francisco de Goya).

LA HISTORIA DESDE EL HELICON: LOS BOVIDAE

De Francisco de Goya, gran aficionado a los toros y amigo de toreros, contamos con una magnífica colección de treinta y tres grabados al aguafuerte, de entre 1815 y 1816, relacionados con la Tauromaquia. Entre ellos se encuentra, por ejemplo, la única imagen que disponemos de la madrileña Nicolasa Escamilla, la Pajuelera, una de las primeras mujeres toreras de las que se tiene noticia gráfica en España y en una fecha tan temprana como es el siglo XVIII, calificado por algunos como el siglo de las mujeres, por otro lado ―también se sabe de la torera granadina Francisca García, activa en 1769, por mencionar otra mujer en este difícil mundo―.

Todo este conjunto goyesco se basó en el Manual de Tauromaquia (1796) publicado por el torero Pepe Hillo ―la última lámina, la nº 33, recoge la desgraciada muerte de Pepe-Hillo en la plaza de Madrid―, aunque, tal vez, la idea naciese mucho antes, con la intención de ilustrar la Carta histórica sobre el origen y progreso de las corridas de toros en España (1777), de Nicolás Fernández de Moratín.

Goya conocía muy bien el mundillo taurino y supo reflejarlo en sus obras. La tabla nº 10, por ejemplo, recoge un hecho curioso, pues aparece el emperador Carlos V lanceando un toro en la plaza de Valladolid, siendo el único personaje real que incluye en toda la serie. El también pintor, erudito y amigo de Pepe Hillo, Juan Agustín Ceán Bermúdez, quien pudo ayudar a Goya con la estructura de la obra, fue un poco más allá al aclarar que tal lance tuvo lugar: «…en las fiestas de Toros, que se celebraron allí por el nacimiento de su hijo Felipe II». La misma explicación daban Moratín y el mismo Pepe Hillo, quien añadía: «…dicho Señor alanceaba y rejoneaba los toros con mucha habilidad y […] mató un toro de una lanzada en la plaza de Valladolid».

El erudito y coetáneo de todos ellos, José de Vargas Ponce, también lo hace constar en su obra Disertación sobre las corridas de toros (1807), aunque con un matiz distinto, posicionándose entre los que se oponían férreamente a los espectáculos taurinos:

Hasta Carlos V se ensayó en ella al nacerle su primogénito, dando en este lance, como en todos, muestras de más supremo valor que prudencia en sus acciones. Su cronista (Prudencio de Sandoval, Crónica del Emperador Carlos V) escribe que, acompañado de 160, entre caballeros y Grandes se presentó en la arena. Y porque no podían siendo tantos salir los toros, mandó el Emperador que todos se pusiesen en ala y que ninguno se menease si el toro no viniese a embestir con él. Y así se repartieron en dos partes en hilera hombro con hombro. Y el que quería dar lanzada salíase un poco de los otros. El Emperador dio una buena lanzada, otros también se quisieron señalar.

Como apreció Mariano José de Larra en su artículo Corridas de Toros (1828): «el hijo y sucesor de Carlos I, Felipe II, que no pudo heredar de su padre el valor, tampoco heredó el gusto a las fiestas de toros». El articulista madrileño sí alaba la afición taurina de otros muchos personajes del momento:

No menos habilidad tenían, según don Gregorio de Tapia y Salcedo, el rey don Sebastián de Portugal, Pizarro, el conquistador del Perú; don Diego Ramírez de Haro, etc.; y en lo sucesivo se distinguieron en diversas épocas en esta habilidad y tuvieron gran fama, Cea, Velada, el duque de Maqueda, Cantillana, Oceta, Zárate, Sástago, Riaño, el conde de Villamediana, don Gregorio Gallo, caballero de la Orden de Santiago, quien inventó la espinillera para defensa de la pierna, llamada por él gregoriana y en el día mona por nuestros picadores. Picaron también con primor de vara corta, Pueyo, Suazo, el marqués de Mondéjar y otros muchos que hasta el reinado de Felipe V sobresalieron y que se hallan citados en los diversos autores que han escrito de arte de torear.

Lo que no está tan claro es esa percepción cronológica de Moratín acerca de la antigüedad del toreo que, por cierto, afirmaba también que tal inicio había que buscarlo en los moros que habitaron la península, sobre todo, los de Toledo, Córdoba y Sevilla, decía, que serían los primeros en lidiar toros en público.

AlmaLeonor_LP

LA HISTORIA DESDE EL HELICON: LOS BOVIDAE

 

LOS UROS

LOS UROS

Uro (Bos taurus primigenius) Litografía de 1927 (Wikipedia, DP). Ninguna de las imágenes de este artículo está incluida en el libro.

Nuestros antepasados del Pleistoceno llegaron a convivir con uno de los animales más grandes y poderosos de nuestra Prehistoria: los uros (Bos primigenius). El uro es una variedad de toro salvaje, hoy extinto, de casi el doble de peso y altura que cualquier especie de bóvido que pueda existir actualmente.

Cráneo de Uro encontrado en Túnez por el Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES)

Los primitivos uros machos podían llegar a tener una altura de dos metros y sus astas alcanzaban dimensiones fabulosas. Por ejemplo, el ejemplar hallado recientemente en Cartago (Túnez), el uro más antiguo del mundo, de 700.000 años de antigüedad, cuyos cuernos medían cada uno más de un metro y el animal, en vida, pudo alcanzar un peso de más de 1.000 kilos. Da escalofríos pensar que algunos de estos animales que, hace entre 16.900 y 12.300 años (Pleistoceno Superior) eran cazados por nuestros primeros antepasados en la mismísima comunidad de Madrid, podían llegar tener una cornamenta de más de 70 cm de anchura de punta a punta. Pero así fueron retratados en las cuevas prehistóricas del norte de España, quizá como rito propiciatorio de caza, quizá como representación gráfica y simbólica de los conceptos inmateriales mencionados al principio: la fuerza, la bravura, el poder o la virilidad fecundadora.

Aurochs (Uro) en una pintura en la cueva de Lascaux (Francia).

Con el tiempo, algunos especímenes de bóvidos fueron domesticados y aprovechados como algo más que alimento por los pobladores neolíticos y, así, llegaron a nuestros días las vacas, ovejas, cabras, toros y uros. Pero el uro se extinguió allá por el año 1627, cuando en los bosques de Polonia, en Jaktórow, murió el último conocido tras siglos de ser cazados sistemáticamente por los pobladores germanos, hecho que conocemos bien por La Guerra de las Galias (50/40 a.C.), de Julio César:

XXVIII. La tercera raza es de los que llaman uros, los cuales vienen a ser algo menores que los elefantes; la catadura, el color, la figura de toros, siendo grande su bravura y ligereza. Sea hombre o bestia, en avistando el bulto, se tiran a él. Mátanlos cogiéndolos en hoyos con trampas. Con tal afán se curten los jóvenes, siendo este género de caza su principal ejercicio; los que hubiesen muerto más de éstos, presentando por prueba los cuernos al público, reciben grandes aplausos. Pero no es posible domesticarlos ni amansarlos, aunque los cacen de chiquitos. La grandeza, figura y encaje de sus cuernos se diferencia mucho de los de nuestros bueyes. Recogidos con diligencia, los guarnecen de plata, y les sirven de copas en los más espléndidos banquetes (Libro sexto).

Sin embargo, este fabuloso animal siguió llamando poderosamente la atención, tanto, que incluso en los años treinta del siglo pasado, en Alemania, hubo hasta un intento de recrearlo: el bovino de Heck, el espécimen salido de un proyecto de los alemanes Heinz y Lutz Heck, directores de los zoológicos de Múnich y Berlín respectivamente, para clonar uros.

Comparación del tamaño de un hombre con la reconstrucción de una pareja de uros (arriba) y con una pareja de bovino de Heck (abajo). (Wikipedia CC BY-SA 3.0: DFoidl)

Este intento fallido de recrear una raza bovina que se creía autóctona de Europa central, fue un absoluto fracaso ―calificado en alguna ocasión como «la mayor estafa científica del siglo XX»―, por lo que muchos de aquellos animales acabaron recluidos en la reserva holandesa de Oostvaardersplassen.

Un toro de Heck en la reserva natural de Oostvaardersplassen (Paises Bajos) (Wikipedia, CC BY-SA 3.0: GerardM)

Precisamente, es en los Países Bajos donde aún sigue en marcha el llamado Taurus Project, una colaboración entre entidades ―como la Fundación Ark, Rewilding Europe y la Stichting Taurus holandesa, el principal apoyo del proyecto, una asociación de ecologistas, genetistas, historiadores y ganaderos― y universidades holandesas y norteamericanas, con la pretensión, mediante cruces selectivos ―el proyecto utiliza variedades sayaguesa y pajuna―, de llegar a criar un tipo de toro más parecido al uro (auroch) que al toro de lidia español  que es, según afirmaron en su momento los Heck, el animal que más se le podría asemejar. Pero, en realidad, no es así. Recientes investigaciones genéticas han conseguido determinar que son los antepasados de las modernas razas británicas e irlandesas los que comparten más analogías genéticas con el extinto uro europeo. El Taurus Project, dirigido por el ecologista y escritor Ronal Goderie, y activo desde el año 2008, sigue intentando encontrar el modo de revivirlo, de hecho, dice poder lograrlo en siete o diez años.

AlmaLeonor_LP

Este artículo es una parte de mi libro, disponible en Amazón:
LA HISTORIA DESDE EL HELICON: LOS BOVIDAE.

 

RÉPROBUS

RÉPROBUS

Icono griego de autor desconocido: Sts Stephen y Christopher.

El santoral ortodoxo griego, no así el católico, reconoce a un santo cinocéfalo, San Cristóbal de Licia, que aparece con cabeza perruna en algunos iconos. Al parecer, esta representación deriva de una leyenda que le sitúa como un marmaritae, un norteafricano o bereber del siglo III ó IV, de nombre Réprobus ―significa «malvado» o «sinvergüenza»― que quería servir al señor más fuerte y temido del mundo, más que él mismo. Después de empeñarse al rey de Licia, en la península de Anatolia, buscó sin encontrarle, a Jesús, temor de reyes y del mismísimo Satanás. Cuenta la hagiografía que, convertido al cristianismo ejerció de porteador de personas para travesar un río, y un día trasladó sobre sus hombros a un niño sin saber que era aquel al que estaba buscando, Cristo, quien agradecido le nombró allí mismo como Cristóbal ―en griego, Cristóforo, «el que lleva a Cristo»―. En el siglo XIII el dominico italiano Jacopo della Voragine (1230-1298) escribió la obra hagiográfica La Leyenda Dorada, una recopilación de la vida de unos 180 santos y mártires cristianos, en la que sitúa al santo, cuyo nombre aquí es Ofero, como «cananeo», o sea natural de Canaán, de donde es posible que terminase siendo identificado, por confusión, como canineus (canino) e iconografíado con cabeza de perro en la iglesia griega.

AlmaLeonor_LP
(Párrafo de mi próxima obra aún sin publicar: LA HISTORIA DESDE EL HELICON: CANIS AND FELIS)

Hoy, 10 de Julio, el santoral católico celebra la festividad de San Cristóbal, patrón de los conductores. 

San Cristóbal (1440/50), por Jan Van Eyck.