GOLBASTO DE LILIPUT

GOLBASTO DE LILIPUT

Golbasto Momaren Evlame Gurdilo Shefin Mully Ully Gue, muy poderoso emperador de Liliput, delicia y terror del universo, cuyos dominios se extienden cinco mil blustrugs (unas doce millas en circunferencia) hacia los confines del globo; monarca de todos los monarcas, más alto que los hijos de los hombres, cuyos pies oprimen el centro del mundo y cuya cabeza se levanta hasta tocar el Sol; cuyo gesto hace temblar las rodillas de los príncipes de la tierra; agradable como la primavera, reconfortante como el verano, fructífero como el otoño, espantoso como el invierno.”

Los Viajes de Gulliver (1726)
Jonathan Swift (1667-1745)

Imagen: Peter O’Toole en el papel de emperador de Liliput para la película de TV Gulliver’s Travels (1996)  de Charles Sturridge.

EL CALTECH DE PASADENA

EL CALTECH DE PASADENA

El Instituto de Tecnología de California (CALTECH, en sus siglas en inglés), es el centro donde investigan los protagonistas de la serie The Big Bang Theory… No podían haber elegido un centro mejor para la serie.

El CALTECH es una universidad privada situada en Pasadena (California, Estados Unidos) que pasa por ser una de las principales instituciones mundiales dedicadas a la ciencia, la ingeniería y la investigación. Hasta el 2005, el recuento de los Premios Nobel vinculados a la institución (alumnos y/o profesores) asciende a treinta y uno, entre ellos Richard Feynman (1918-1988), Premio Nobel de Física en 1965 y uno de los participantes del  Proyecto Manhattan, donde se desarrolló la bomba atómica. Albert Einstein visitó CALTECH en la década de 1930.

Fue fundado en 1891, y su lema es “La Verdad os hará libres“, en inglés “Truth Shall Make You Free“. Así que para hacer honor a su lema, hay que explicar que lo que se funda en septiembre de 1891, fue la Universidad Throop, un centro fundado por el filántropo de Pasadena, Amos Gager Throop (1811-1894) quien alquiló el edificio Wooster para ese propósito. La Universidad Throop es el antecesor decimonónico de CALTECH, pero tuvo éxito desde sus inicios. En noviembre del mismo año de su inauguración abrió sus puertas para los primeros 31 estudiantes (curiosamente el mismo número de Premios Nobel de la institución hasta el 2005) y seis profesores. Throop podría haber seguido siendo simplemente una buena escuela local, si no hubiera sido por la llegada del astrónomo George Ellery Hale (1868-1938), fundador y primer director del observatorio del Monte Wilson, junto a los ya afamados Ferdinand Ellerman (su ayudante desde hacía varios años), Harlow Shapley y Edwin Hubble (juntos desarrollaron el diseño y planificación de varios telescopios líderes en el mundo). Hale se convirtió en un miembro del consejo de administración de Throop en 1907, y comenzó a moldear la escuela en una institución de primera clase para la ingeniería y la investigación científica y la educación. En 1921 cambia su nombre a Instituto de Tecnología de California. Había nacido CALTECH.

Actualmente, y desde el 1 de julio de 2014, CALTECH, está dirigido por el físico estadounidense Thomas F. Rosenbaum (en la serie el rector y quien preside el instituto es el doctor Siebert), y el centro también controla y dirige el Jet Propulsion Laboratory de la agencia espacial estadounidense, NASA, como aparece en la serie. El Spitzer Science Center (SSC), ubicado en el campus de CALTECH, es el centro comunitario y de análisis de datos de apoyo para el telescopio Spitzer de la NASA. El SSC es parte de Infrared Processing and Analysis Center (IPAC, Centro de Procesamiento Infrarrojo y Análisis), trabajando en colaboración con el Jet Propulsion Laboratory.

Aquí se pueden ver algunos de los espacios de la Universidad tal y como aparecen en la serie, que no es, precisamente, como son en realidad. Según la serie, ellos trabajan en el Bridge Physics Building, de CALTECH. La verdad es que no está nada mal el sitio que han escogido para situar a los “frikis” de la serie.

AlmaLeonor

HOWARD HUGHES Y LOS IMPUESTOS

HOWARD HUGHES Y LOS IMPUESTOS

Uno de los personajes más pintorescos, maniáticos e inteligentes que pueden encontrarse en la industria cinematográfica es Howard Hughes (1905-1976), el más genuino multimillonario de la historia, el hombre más adinerado del mundo, a decir de la prensa de su época, y el primero en llegar a ser considerado billonario, pues se calculó que su fortuna rondaba los 2500 millones de dólares cuando, tras años de disputas legales posteriores a su muerte, todo su patrimonio se dividió entre sus 22 primos, sus únicos herederos.

Howard Robard Hughes, Jr., nació en Texas en una fecha indeterminada. Algunos dicen que fue un 25 de septiembre y otros un 24 de diciembre. Curiosamente tampoco está claro el momento de su fallecimiento. Sucedió el 5 de abril de 1976, pero no se sabe bien en qué momento. Hughes se encontraba enfermo y se autorrecluyó en un hotel de Acapulco, rodeado de los médicos que siempre le acompañaban (y por los criados mormones de los que se rodeó en los últimos veinte años de su vida), pero a los que no solía hacer mucho caso. Su estado era tan grave (se encontraba descuidado, greñudo y con las uñas larguísimas y sin cortar) que se decide trasladarle en avión hasta el Hospital Metodista de Houston. Allí solo pudieron certificar su muerte, pero nunca se aclaró si sucedió en el mismo hospital, durante el vuelo, o si ya había fallecido antes de salir de Acapulco. A su entierro en el cementerio Glenwood de Houston, solo asisten seis personas.

Si su nacimiento y muerte están rodeados de misterio, no es el caso de su vida, muy conocida en la época, y posteriormente, tanto por la intensa vida social que llevaba como por las películas que llegó a filmar o por los negocios que emprendió a lo largo de su vida, sobre todo con la aviación. Fue el creador de la compañía TWA, competidora de la todopoderosa PamAm y diseñó aviones para el ejército norteamericano.

La aviación le jugó algunas malas pasadas económicas (se vio obligado a pleitear para no tener que vender la TWA por determinación legal, pero al final tuvo que hacerlo y se embolsó una gran cantidad de dinero por ello) y algunos fracasos técnicos (el Hughes H-4 Hércules, el enorme hidroavión que diseñó para el ejército norteamericano que debía utilizarse en la IIGM, no llegó a ser construido), pero también le ocasionó el mayor daño a su salud. Fue en 1946, concretamente un 7 de julio, cuando el avión XF-11 que probaba para el ejército norteamericano, se estrelló en Los Ángeles. El avión se incendió y Hughes sufrió importantes lesiones internas, múltiples fracturas en clavícula y costillas (todas rotas) y quemaduras de tercer grado por todo el cuerpo (el característico bigote de sus últimos años ocultaba una de esas quemaduras). Estando convaleciente, pidió a sus ingenieros que acudieran para diseñar una camilla más adecuada a sus necesidades, con un sistema hidráulico compuesto de 30 motores que funcionaban al pulsar una serie de botones. Había inventado la moderna cama de hospital.

Pero sobre todo Hughes era multimillonario y ejerció de ello a menudo durante toda su vida (incluso en 1972, residiendo en Managua, intentó hacer negocios con el dictador Anastasio Somoza, pero tuvo que marcharse al ser sorprendido por el gran terremoto del 23 de diciembre de ese año). Se dice que amaba el dinero no por sí mismo, sino porque lo veía como el medio con el que podía obtener aquellas cosas a las que no alcanzaba a obtener por sus propias manos. Parece ser que fue el autor de aquella frase que declaraba que “todo el mundo tiene un precio”.

Hughes nació en el seno de una millonaria familia texana enriquecida con el petróleo. Heredó la fortuna de sus padres con 17 años, así que la acumulación de dinero nunca le fue algo extraño. Quería ser el hombre más rico de la tierra, y es posible que lo consiguiera. Sin embargo, su tesón, inteligencia, amor al riesgo y a las inversiones económicas, así como su apego por el trabajo compulsivo, no fueron los únicos elementos en hacer crecer su fortuna. También fue uno de los más grandes defraudadores de la hacienda norteamericana sin ningún escrúpulo. Mejor dicho… utilizó todos los resquicios legales a su alcance para escamotear el pago de altos impuestos.

Hughes fundó en 1932, en California, una compañía de aviación (antes de la TWA), llamada Hughes Aircraft, que quiso trasladar, sin éxito, a Nevada donde se pagaban muchos menos impuestos. Esto, que le salió mal, no fue óbice para que intentara toda su vida pagar menos al fisco. Al final, en 1953, encontró el modo: donó todos sus activos al Instituto Médico Howard Hughes, que él mismo había fundado, y que era una entidad exenta del pago de impuestos.

Vivió muchos años en California, donde tenía su casa, además de su negocio de aviación, pero pronto dejó la casa para vivir en hoteles (de lujo, por supuesto), porque así no tenía que declarar impuestos por su residencia habitual. Cuando unos años más tarde la ley se modifica de modo que quien viviera al menos 180 días al año en un hotel en un estado concreto, debería pagar igualmente por residencia, Hughes se fue cambiando de hotel, y de estado, antes de cumplir ese plazo. A consecuencia de esta “estratagema”, los estados de California y Texas no pudieron cobrar los impuestos relativos a su herencia porque ninguno de ellos pudo probar que era el Estado de residencia legal de Hughes. Un triunfo frente a la hacienda pública incluso tras su muerte.

Hughes siempre se rodeó de gentes de valía, hombres a los que se jactaba de “comprar” por un alto precio a cambio de su absoluta fidelidad a su causa y a sus empresas. Pero eso también le obligaba a pagar altos impuestos. Entonces Hughes ideó una forma de pagarles bien sin tener que declararlo al fisco. Mientras trabajasen para él les pagaba un sueldo casi miserable (que era por el que cotizaba), y cuando terminaban su trabajo en la empresa, Hughes les criticaba mordazmente, incluso con injurias ofensivas y de forma pública. Entonces sus empleados le “demandaban” judicialmente por difamación y, como era seguro que perdería el juicio, Hughes les pagaba una bonita y enorme cantidad de dinero… casi libre de impuestos para él. Una de las mayores indemnizaciones que pagó por este método fueron los 2.2 millones de dólares que se embolsó su socio durante un tiempo Robert Maheu.

Parece una forma diferente de finiquito en diferido, ¿verdad? Pero Hughes marcó una gran diferencia con respecto a todos los defraudadores a la Hacienda pública patrios… Todas las tretas que utilizó a lo largo de su vida para evadir impuestos, eran absolutamente legales. Nunca realizó un fraude fiscal, ni dejó de pagar los impuestos que le correspondían, pero intentó por todos los medios que esos fuesen los mínimos posibles. Cosas de milmillonarios.

Por cierto… ayer se cumplió el plazo para realizar la Declaración de la Renta en España. ¿Encontraron alguna fórmula para desgravar y no cotizar tantos impuestos? ¿No? Tal vez deberían haber leído algo sobre la vida de Howard Hughes… o haber preguntado a Marta Ferrusola, a quien le sale a devolver…

AlmaLeonor

 

CUANDO ÉL TIENE MÁS QUE ELLA…

CUANDO ÉL TIENE MÁS QUE ELLA…

No se si recordarán que en la película “Troya” (2004, Wolfgang Petersen) Brad Pitt, que interpretaba al héroe Aquiles, estaba tan musculado que un crítico de cine llegó a afirmar que “tenía más tetas que Helena de Troya” (interpretada por Diane Kruger).

Pues bien, esto, que yo pensaba que era una algo original, no lo es tanto… Cuando se estrenó la película “Sansón y Dalila” en 1949, dirigida por Cecil B. DeMille, un sarcástico Groucho Marx dijo que no vería esa película porque no le gustaban las películas en las que «el héroe (Victor Mature) tiene los pechos más grandes que la heroína (Hedy Lamarr)».

AlmaLeonor.

CUANDO INSULTABAN A INGRID BERGMAN

CUANDO INSULTABAN A INGRID BERGMAN

Ingrid Bergman con su hijo Roberto en brazos.

“Me llegaban cartas atroces, cada sobre iba lleno de odio. En algunas ponían que yo ardería en el infierno por toda la eternidad. Otras decían que era una agente del diablo y que mi pequeño era hijo del diablo. Y aun otras que mi bebé nacería muerto o sería jorobado. Hablaban de toda clase de horrorosas deformaciones que afectarían a mi hijo. Me llamaban puta y fulana. No podía creer que me odiara tanta gente. Al margen de lo que pensaran sobre mi vida, se trataba de mi vida privada, y yo no les había hecho nada. Estaba en estado de shock. Llegaban cartas de todas partes, pero la mayoría de América. América es muy grande, así que había gente para escribir cartas de todas clases. Roberto me preguntaba por qué las leía si me afectaban tanto. Decía que era como leer reseñas de críticos a quienes nunca les gusta tu trabajo. ¿Qué sentido tiene? Yo le respondía que era el único modo para encontrar cartas de amigos que me animaban y me apoyaban.”

 

Estas palabras fueron escritas por Ingrid Bergman (1915-1982) cuando, años más tarde de los acontecimientos que narra, contaba lo que llegó a sufrir en 1950 a causa de su relación con Roberto Rossellini (1906-1977). Si hoy nos parece que las redes sociales magnifican el odio visceral y la fácil descalificación anónima, situaciones como esta demuestran que el hombre (la humanidad) nunca estuvo, ni estará, libre de tirar piedras contra la Magdalena, sin importar para nada si está o no libre de culpa. Pero así como ella no dejaba de leer sus cartas, guiada por la confianza de que habría entre ellas quien la animaba y apoyaba, hoy no debemos dejarnos abatir por los comentarios en las redes, porque entre ellos, incluso entre los críticos, podemos encontrar a quien de verdad nos apoya y anima.

Ingrid Bergman se casó en mayo de 1950 con el director Roberto Rosselini, después de casi un año de público romance y estando ambos casados (ella con un dentista sueco con quien tenía una hija; él con la italiana Marcella de Marchis, con quien tenía dos hijos) además de que Rossellini mantenía una relación adúltera semipermanente (parecían estar “prometidos”) con la admirada Ana Magnani (1908-1973). Pero fue la relación con la sueca Ingrid Bergman, con quien tuvo un hijo en febrero de 1950, lo que causó un auténtico escándalo internacional: en Italia, por el “despecho” hacia una gloria nacional como era la Magnani (lo de la esposa legal parecía no importar demasiado); en Suecia, donde Ingrid llegó a ser fuerte y públicamente criticada por la iglesia luterana; y en los EEUU, donde hasta el senador Edwin C. Johnson llegó a pedir en el Congreso (en marzo, cuando el niño tenía apenas un mes) la adopción de medidas legales para no proyectar la película “Stromboli” (de Rossellini e interpretada por la Bergman), por lo que él llamó una «poderosa influencia maligna» para América de la actriz, a causa de su romance adúltero y maternidad fuera del matrimonio. Como ella contó años más tarde, recibió miles de cartas en las que llegaban a pedir que fuese quemada en la hoguera como a una bruja. La famosa columnista de Hollywood, Hedda Hopper (1890-1966), pudo contribuir a este malestar público por sus críticas mordaces y muy duras de ese año… por cierto que dirigidas  a ella y solo a ella, a Ingrid Bergman, hacia quien se dirigieron críticas, vituperios e insultos, no así hacia Rossellini, quien también era adúltero y padre del niño.

Finalmente Ingrid Bergman fue declarada persona non gratta en los EEUU y la pareja (con su hijo, Robertino) tuvo que emigrar a Italia. Rossellini se buscó otra amante.

AlmaLeonor

 

 

 

 

LA “MALA ESTRELLA” DE DONALD TRUMP

LA “MALA ESTRELLA” DE DONALD TRUMP

Ronald Reagan y Donald Trump, son los dos únicos presidentes estadounidenses que poseen una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. O mejor dicho, tenían, porque Trump ya no la tiene.

Hagamos primero un poco de historia. El Paseo de la Fama de Hollywood fue una creación del artista californiano Oliver Weismuller, a quien el Ayuntamiento de la ciudad le encargó una obra para mejorar el aspecto de las calles de Hollywood. Vio la luz en 1958 y apenas veinte años más tarde, en 1978, la ciudad de Los Ángeles declaró el paseo de la Fama como un Bien Cultural e Histórico.

Originalmente se crearon 2.500 estrellas en blanco que fueron dotándose de nombres desde 1960 (la primera concedida con una ceremonia fue a la actriz Joanne Woodward) hasta alcanzar las 1.558 en el primer año y medio desde su instalación. En 1994 se ampliaron las avenidas (de los 2,2 km iniciales hoy cubren hasta 19 manzanas, 15 de ellas en Hollywood Boulevard y tres en Vine Street) con estrellas para colocar a los nominados cada 31 de mayo (entre 15 y 20 nuevos cada año, de entre unas 200 solicitudes anuales) en una ceremonia presidida hasta el 2008 (fecha de su muerte) por Johnny Grant (1923-2008), alcalde honorífico de Hollywood, quien tiene sus dos propias estrellas en Hollywood Blvd., una en el 6937 y otra honorífica en el 6897. Tras su muerte, las ceremonias son presentadas por Leron Gruber, el Presidente de la Cámara de Comercio de Hollywood.

Cada estrella, que cuesta unos 30.000 dólares (que no siempre paga el homenajeado), consta de una pieza de terrazo en la que se enmarca una estrella de cinco puntas con fondo rosa y borde de bronce incrustado en un cuadrado de carbón. Dentro de la estrella rosa está el nombre de la persona homenajeada grabado en bronce, y debajo se encuentra un emblema redondo, también en bronce, indicando la categoría por la que a esa persona se le concedió la estrella: una cámara por el cine, un televisor por la televisión, un gramófono por la música, un micrófono por la radio y una máscara por el teatro. La única persona que tiene una estrella por cada una de las cinco categorías es Gene Autry (1907-1998).

Hay una serie de estrellas “especiales”, por ejemplo, una concedida a Disneyland, que tiene como símbolo un edificio. El Cuerpo de Policía de Los Ángeles también tiene su estrella especial, al igual que el equipo de Los Ángeles Dodgers, que tiene un logotipo de béisbol, así como la tripulación del Apolo XI, la misión que llegó a la luna, cuya placa consta de cuatro lunas idénticas, en lugar de estrellas, aunque si que tienen el símbolo de la televisión, porque fue una de las retransmisiones televisivas más vista de la historia.

Actualmente hay como 2.330 estrellas asignadas ya a nombres, y unas 476 que todavía permanecen en blanco en espera de ser asignadas, con lo que es fácil imaginar la cantidad de anécdotas que pueden encontrarse alrededor de ellas. Por ejemplo, es bueno saber que George Clooney, Brad Pitt, Angelina Jolie, Clint Eastwood, Robert Redford o Julia Roberts, no tienen estrella porque no han querido cumplir con los requisitos de concesión. O que Mohamed Ali pidió que su estrella no estuviera en el suelo porque no quería que su nombre fuese pisado, y se encuentra en una vitrina situada en la pared en el 6801 de Hollywood Blvd. Es la única estrella situada en esa posición vertical.

Xabier Cugat (en 1960) fue el primer español que consiguió no una, sino dos estrellas en el Paseo de la Fama, a quien siguieron Julio Iglesias (1985), Plácido Domingo (1993), Antonio Banderas (2005), Penélope Cruz (2011) y Javier Bardem (2012). Como sabrán, en Madrid existe un particular y patrio Paseo de la Fama con 26 estrellas (de granito, mármol blanco y acero, diseñadas por Óscar Mariné) dedicadas a los más genuinos representantes de nuestras artes cinematográficas. Hay que lamentar, sin embargo, que desde el 2011, cuando se instalaron las 25 primeras estrellas, solamente se ha concedido una más, la estrella póstuma del actor y autor y director teatral, Luis Escobar (1908-1991), genuino y recordado VII marqués de las Marismas del Guadalquivir.

Y como decía al principio, se da la curiosidad de que dos presidentes estadounidenses tienen también su estrella en Hollywood.

El actor de Hollywood, Ronald Reagan (1911-2004) obtuvo su estrella en noviembre de 2011 en el marco de un homenaje institucional por el centenario de su nacimiento. Esta situada en el 6374 de Hollywood Blvd. Por su parte, Donald Trump tiene la suya desde el año 2007 en el 6801 del mismo Hollywood Blvd., concedida en reconocimiento a su trabajo en el reality show “The Apprentice” de la cadena NBC.

Peeeero ocurre que desde que el magnate Trump se postuló como candidato republicano a la presidencia del país, su estrella hollywoodiense (hace la número 2.327 de las instaladas) padeció distintos tipos de rechazos: inscripciones, grafitis, montajes ingeniosos, y finalmente un destrozo total.

La primera vez que se mancilló su estrella fue al poco de que el flamante candidato empezase a soltar lindezas racistas y xenófobas por su boca, en febrero de 2016. Entonces a alguien se le ocurrió pintar una esvástica encima de la estrella. Fue rápidamente borrada por los encargados del mantenimiento del Paseo de la Fama, el Hollywood Historic Trust, organismo dependiente de la Cámara de Comercio de Hollywood, quien, de hecho, hace lo mismo con cualquier tipo de vandalismo sobre las estrellas. Solo que la de Trump sufre casi tantas como el resto de ellas juntas.

Han aparecido pegatinas de su candidatura, tal vez en un intento de apoyo, casi al mismo tiempo que manifestaciones de absoluto rechazo, como una pintada que, además de varias palabras y frases descalificativas (le llamaba “racista” o “maricón”, además de escribir “Trump is a Crump”, algo así como Trump es idiota), rogaba a todo el mundo, con un contundente mandato, que “¡No lo vote!“.

En otra ocasión, fue un can quien, animado por su dueño al parecer, mostró su indignación por el candidato de dorado tupé, dejando sus restos fecales encima de la dorada estrella… que le cagó encima, vaya… La imagen corrió por las redes.

De hecho, parece que violar la estrella de Donald Trump del Paseo de la Fama de Hollywood, se ha podido convertir en una especie de “deporte nacional”, al que algunos se sumaron con una campaña de petición de retirada de la estrella del paseo, entre otras razones, por el mucho trabajo de conservación que provoca. También es, a día de hoy, una de las estrellas más visitadas del todo el paseo (el top-ten ahora mismo es: Adam West, Donald Trump, Mark Wahlberg, Katy Perry, Earvin Magic Johnson, Scarlett Johansson, Keanu Reeves, Tom Cruise, Bill Cosby y Michael Jackson), según el ranking que se publica periódicamente, y la más popular de los últimos 30 días.  Pero el caso es que ha recibido múltiples ataques… desde tapar su nombre con diversos métodos, a pintar con una plantilla el símbolo del “silencio”.

El 20 de julio del año 2016 alguien mostró el rechazo que le producía Trump, visibilizando una de las promesas del candidato y hoy presidente estadounidense: la construcción de un muro en su frontera sur. Así, un anónimo indignado “construyó” un muro alrededor de la estrella de Donald Trump en el Paseo de la Fama.

El autor no fue anónimo por mucho tiempo. Un artista callejero inglés, que se hace llamar “Plastic Jesus”, fue el autor de este murete de unos 15 cm de alto, al que dotó de inscripciones con el mensaje “Prohibido el paso”:

“Quise crear una pieza que hiciera notar la idea idiota de Trump de construir un muro. Imaginé esta versión miniatura para que enviara un mensaje claro”

Así lo contaba el artista y manifestante callejero a la cadena BBC Mundo, al observar que su obra alcanzó un éxito total… todos los turistas y paseantes se quisieron hacer una fotografía al lado de su “muro”. En esta ocasión fueron varias personas las que eliminaron la construcción apenas un par de días después de aparecer sobre la estrella. No hizo falta la intervención de la Cámara de Comercio de Hollywood.

Finalmente, en octubre del año pasado, la estrella del Paseo de la Fama de Hollywood, dedicada al hoy presidente de los EEUU de América, y siempre afanoso hombre de negocios, Donald Trump, apareció completamente destrozada.

El autor confeso del destrozo, James Lambert Otis, afirmó ante las cámaras, pertrechado con casco y chaleco reflectante, realizar este acto de forma reivindicativa, una “protesta no violenta“, dijo, para visibilizar la falta de ética y moral del nuevo presidente, así como subastarla para luego entregar las ganancias de la venta a las mujeres que han acusado al candidato republicano de acoso sexual. Esto último no fue posible, ya que al no lograr sacarla entera, la destrozó completamente. Al ser detenido declaraba no temer ni al Sr. Trump ni a ser condenado a prisión.

(pinchando en la imagen se accede a un vídeo del destrozo)

Finalmente su condena ha sido reducida a tres años de libertad vigilada y a pagar los costos de reparación: 3.700 dólares que deberá pagar al Fondeo Histórico de Hollywood y otros 700 a la Cámara de Comercio.

Aprovechando la reparación provisional, ya hay quien se ha querido manifestar, precisamente, lo contrario de lo que pedía una de las pintadas… para pedir que se le vote…

AlmaLeonor.

 

EL DORADO

EL DORADO

Un caballero alegre y audaz
de día y de noche cabalgando va.
Y canta su canción mientras sigue osado
a la busca de El Dorado.

Pero vano fue su esmero
y ya viejo el caballero,
por la sombra el corazón sintió apresado,
al pensar que nunca el día llegaría
en que hallaría El Dorado.
Sin fuerzas, exhausto
ya pierde su fe.
Pero de repente, una sombra ve.
“¡Sombra!”, grita airado
“Dime donde se halla
la tierra llamado El Dorado”.

Montes de luna cruzando,
a valles de sombra bajando,
cabalga siempre osado…
a la busca de El Dorado.

Edgar Allan Poe (1849)

Este poema fue escrito por Edgar Allan Poe en 1849, refiriéndose a las muchas noticias que llegaban acerca de la búsqueda de oro en California (la llamada “Fiebre del Oro“). Nestor Company, en su blog El Cine de Hollywood, que es de donde me he traído el texto, dice que, dada la proximidad de la muerte de su autor, puede interpretarse también como un canto crepuscular de su infructuosa búsqueda de la felicidad, y el convencimiento de que ha perdido ya las fuerzas necesarias para seguir avanzando y ha de afrontar su muerte. Muy interesante el blog El Cine de Hollywood.

Este poema fue utilizado por Howard Hawks para vertebrar el hilo de los acontecimientos de su película “El Dorado” (1966), lugar hacia donde se dirigen los protagonistas en un principio y que coincide con el título y estrofas del poema… “cabalga siempre osado… a la busca de El Dorado“. Puedo afirmar que es la película que más veces he visto en la vida y este poema (además de muchos de sus diálogos) me lo sé de memoria. Tenía que estar en HELICON.

Pequeño homenaje a John Wayne (1907-1979), fallecido un 11 de junio. 

AlmaLeonor

 

LA CONEXIÓN GAINSBOROUGH

LA CONEXIÓN GAINSBOROUGH

Su Gracia Georgiana Cavendish, duquesa de Devonshire (1787), de Thomas Gainsborough (1727-1788)

Pues exactamente eso, que parece mentira lo que se puede encontrar a partir de un nombre y como se pueden acabar conectando las cosas… Todo empezó buscando un sombrero, un tipo de sombrero concreto, que al final encontré y que no viene al caso, pero por el camino asomó varias veces una denominación, la de “Sombreros Gainsborough”, y la tentación de saber algo más pudo conmigo. Al final, acabé escribiendo este artículo para contaros todo lo que descubrí, pero tenía que publicarse un día como hoy, 25 de mayo… Y si termináis de leerlo hasta el final, veréis porqué.

Los llamados sombreros Gainsborough son un tipo de sombreros femeninos, grandes y muy aparatosos, que reciben su nombre por el retrato de “Su Gracia Georgiana Cavendish, duquesa de Devonshire”, la imagen de la cabecera de este artículo, pintado entre 1785 y 1787 por el artista inglés Thomas Gainsborough (1727-1788). Gainsborough fue uno de los más afamados retratistas de la segunda mitad del siglo XVIII, aunque él siempre tuvo preferencia por los paisajes, llegando a crear escuela en este tipo de obras en Inglaterra. Alumno aventajado del gran pintor y satírico social, William Hogarth (1697-1764),  fue uno de los fundadores de la Real Academia de las Artes inglesa y durante toda su vida mantuvo una rivalidad retratística con otro pintor afamado del Reino Unido, Sir Joshua Reynolds (1723-1792), rivalidad que se decantó por Gainsborough, entre otras cosas, por este retrato de la duquesa de Devonshire. Y debido a este cuadro, también el sombrero se denomina picture hat, o el sombrero del retrato.

EL SOMBRERO DEL RETRATO

En realidad esta fue la inspiración, pero el sombrero Gainsborough hace referencia a una amplia gama de sombreros femeninos de gran tamaño, que han venido estando de moda desde el siglo XVIII hasta la actualidad. El caso es que fuesen grandes, enormes.

Su origen dieciochesco indica que su finalidad no era tanto posarse en la cabeza de una dama (que nunca llegaba a ser tan enorme), como adornar los elaborados y grandilocuentes peinados femeninos de este siglo realizados a base de pelucas largas y extravagantes (un uso llamado “Pouf”), normalmente empolvadas en talco y perfumes, a las que se solía añadir desde plumas, a pieles, lazos, flores, juguetes, joyas, metales y otros elementos (que llegaban a incluir maquetas de barcos o pájaros disecados), y que eran utilizadas como símbolo de status.

El uso de pelucas altísimas y elaboradísimas complicaba hasta la posición de las señoras en los carricoches (imagen inferior). Las pelucas de la reina María Antonieta (1755-1793) por ejemplo, elaboradas por su carísimo peluquero personal,  Léonard Autié (que cobraba hasta 4.000 libras anuales), podían llegar a tener un metro de alto. Uno de los peinados más famosos de Autié fue el pouf à la belle poule (imagen superior), que se remataba con una réplica de la fragata de ese nombre, de exitosa participación bélica en 1778 contra el Aretusa británico, y que recibió también por ello el pomposo nombre de “La Independencia, o el Triunfo de la Libertad”.

Pese a su más que evidente incomodidad, las pelucas triunfaron con el estilo rococó. Fueron puestas de moda por Luis XIV en la Francia dieciochesca, tanto para damas como para caballeros, extendiéndose su uso a buena parte de Europa, sobre todo a Inglaterra. Allí, el sombrero Gainsborough vino a sobreponerse encima de todos estos elementos capilares, pero también realizó un enorme servicio en un momento de transición del rococó al estilo neoclásico que se empieza a implantar a partir de los años sesenta del siglo XVIII, tanto en Francia como en Inglaterra, aunque sorprendentemente, el rococó cobró nuevos bríos en este país en la primera mitad del siglo XIX.

El retrato más famoso con este tipo de elemento de moda femenino, fue el de la duquesa de Devonshire, eso es seguro, pero hubo otros retratos, no menos conocidos, que llegaron a acompañarle, acentuando la moda de los enormes sombreros. Por ejemplo, y sin dejar todavía al pintor Thomas Gainsborough, tenemos este “Paseo de la mañana (retrato de los señores William Hallett)” de 1785 (imagen superior).

O este de “Henrietta, Viscountess Duncannon” (1776), de John Downman (1750-1824)que hasta llego a ser confundido y durante un tiempo se pensó que era igualmente la duquesa de Devonshire y no su hermana, la distinguida y hermosa Henrietta Frances Spencer de Ponsonby (1761-1821), condesa de Bessborough, desdichada vizcondesa Ducannon en segundas nupcias (ella y su marido jugaban y perdían grandes cantidades de dinero y por ello el señor vizconde la maltrataba en privado y la humillaba en público) y ávida amante de varios nobles ingleses de su tiempo, incluyendo el que acabaría siendo el marido de su hija, William Lamb (1779-1848), más tarde primer ministro de la Reina Victoria, y al que su esposa, Lady Caroline Lamb (1785-1828), engañaba a su vez con Lord Byron (1788-1824), causando uno de los mayores escándalos de la Inglaterra pre-victoriana.

Francesco Bartolozzi (1727–1815). Izquierda: Maria Cosway (1785); derecha: Lady Smith (after Sir Joshua Reynolds)

La confusión del retrato se debió tanto al parentesco entre ambas damas, como a la circulación de un grabado realizado por el gran Francesco Bartolozzi (1727-1815), en 1788 (o 1797), quien también es autor de varios dibujos de señoras con sombreros Gainsborough (imagen superior).

También son poco conocidos estos otros dos retratos con sombrero tipo Gainsborough de la novelista británica Frances Burney (1752-1840). Por cierto que Burney fue una escritora acomodaticia con el papel sumiso de la mujer y contraria a los postulados feministas que por aquellos entonces proclamaba Mary Wollstonecraft (1759-1797), por ejemplo. El primero (superior izquierda) es una litografía a partir de una obra pintada en 1782 por su primo Edward Francis Burney (1760-1848), que también es el autor de la segunda obra (superior derecha).

John Hoppner (1758-1810), fue otro pintor inglés que no se resistió a los retratos femeninos con amplios sombreros Gainsborough: El primero (superior arriba derecha) es un retrato de Elizabeth Beresford (1762-1833) de 1790; el segundo (superior arriba izquierda) representa a Miss Susanna Gyll (1779) y el tercero (superior abajo) es un retrato de Mary Boteler (1763-1852) pintado en 1786.

Y por señalar solo alguno más, estos otros dos, que son franceses y de la misma autora Louise Élisabeth Vigée Le Brun (1755-1842): el primero (superior izquierda), que fue atribuido en un principio a Jean-Laurent Mosnier (1743-1808), es un retrato de dama pintado en 1790; y el segundo (superior derecha), dama con sombrero azul, es anterior, de 1784. Le Brun, ya había retratado a la reina María Antonieta de Austria con algunos sombreros enormes, como el la imagen inferior que levantó toda una serie de críticas por la vestimenta ligera que lucía la reina, la llamada Gaulle (robe chemise, o vestido-camisola), una prenda más propia para su uso privado por su simplicidad y que ella acostumbraba a utilizar en público en sus retiros en la Petit Trianon de Versalles. Fue diseñado por Rose Bertín (1747-1813), modista, estilista y marchante de modas de María Antonieta, quien junto a su peluquero, el ya mencionado Leonard Autié, fueron los creadores de la imagen pública de la reina, personalísimo vehículo de expresión de la soberana.

Hay muchísimos más, les invito a descubrirlos por las muchas páginas de arte que pueden encontrarse por ahí, por ejemplo aquí. Para finalizar, podríamos decir que en España la representación artística de este tipo de sombreros corre a cargo de Francisco de Goya (1746-1828) con el retrato que realizó en 1785 de María Josefa Pimentel y Téllez-Girón (1750-1834), duquesa de Benavente.

La moda evoluciona muchísimo entre finales del XVIII y finales del XIX, incluidos los sombreros femeninos, y este tipo de voluptuosos y exagerados tocados parecen atenuarse en las formas, cobrando más importancia otros modelos, por ejemplo, el Poked bonnet (nosotros diríamos “bonete”, y del que también se llega a caricaturizar como exagerado a veces, ver imagen inferior) o, más adelantado el siglo, el Eugenie Hat, un sombrerito puesto de moda por la emperatriz francesa Eugenia de Montijo (1826-1920), otra mujer que creó tendencia en moda en Europa.

Pero como todas las modas, el Gainsborough volvió. A finales del siglo XIX y principios del XX se impone de nuevo auspiciado por dos corrientes: por un lado, en los EEUU, la moda de las Gibson Girl, un tipo de mujer “inocente y voluptuosa” puesta de moda por el ilustrador Charles Dana Gibson (1867-1944); y por otro, en Inglaterra, por las Gaiety Girls, las coristas de los musicales eduardianos en el Teatro de la Alegría de Londres (imagen inferior).

Y por supuesto, en la meca de la moda, en París. Las revistas de modas parisinas se llenan de grandes sombreros que las damas de la alta sociedad europea se apresuran a lucir. Y ya no dejarán de estar en boga.

El Gainsborough vuelve a hacer furor también en el siglo XX. Son muchas las actrices que lo lucen desde los primeros años del siglo.

La famosa actriz inglesa Lily Elsie (1886-1962), la imagen arriba a la izquierda, lo pone de moda en Europa con un atuendo diseñado (por una modista muy conocida entonces de nombre Lucile) para la caracterización de Sonia, la protagonista de la opereta “La viuda alegre”, en 1907, actualizando una imagen que ya había lucido la también actriz Lillian Russell (1860-1922) en los EEUU en 1903 (imagen arriba a la derecha). Otra de las grandes actrices de los inicios del siglo XX, Billie Burke (1884-1970), también aparecía con estos sombreros en algunas de las muchas postales fotográficas (imagen inferior) que realizó entre 1906 y 1920. Se pueden ver más aquí. Burke es más conocida en la actualidad por haber interpretado a Glinda (la bruja buena del norte) en la película El mago de Oz (1939, Víctor Fleming).

En 1908, era tal la fama alcanzada por los  sombreros Gainsborough, que hasta un avispado caricaturista rumano, Ion Theodorescu-Sion (1882-1939, que se hacía llamar Teodosion) se atreve a rebautizarlos con el aparentemente apropiado mote de “sombreros hongo” (imagen inferior), en una revista satírica rumana, Furnica

Y también le salen imitadores, como este modelo “Cesta de Melocotones” (Peach basket hat, imagen inferior), nacido en los EEUU a la luz de un artículo de la revista Vogue de 1907, que auguraba el alza de los sombreros “enormes”.

Y así, en los años siguientes, a este modelo “tipo cesta de frutas” lo ponen de moda, actrices como Mabel Normand (1892-1930) quien lo luce en este boceto de 1908 de James Montgomery Flagg (superior izquierda) o cantantes como Blossom Seeley (1891-1974), aquí en una imagen de 1912 (superior centro). Desaparece un tiempo de la palestra y vuelve con cierta fuerza en los años 30 de la mano de otras actrices, esta vez del Hollywood dorado, como por ejemplo la elegante Marion Davis (1897-1961), con esta imagen de estudio (superior derecha).

Pero volvamos a nuestro Gainsborough. En 1910, la comedia “Girls”, del popular e incansable escritor estadounidense Clyde Fitch (1865-1909), se estrena con estos coloridos carteles de damas con su sombrero Gainsborough. Es significativo porque Fitch escribió mucho sobre las mujeres, hasta el punto que llegaron a decir que él que “sabe más acerca de las mujeres de lo que la mayoría de las mujeres saben sobre sí mismas”. Las conocía bien. Sabía que debía estrenar una obra con esos atuendos.

Pronto ocupa páginas y portadas de las revistas de moda en toda Europa, y las damas elegantes de la burguesía lo adoptan como elemento imprescindible para estar a la moda (arriba, imágenes de 1911). En Francia, es la actriz y cortesana Geneviève Lantelme (1883-1911), quien marca tendencia. Considerada un icono de la moda francesa y una de las mujeres más bellas de la Belle Époque, era imitada por buena parte de las mujeres de su tiempo. Y fue una de las que mejor lucieron el Gainsborough (inferior).

En los EEUU, en estos momentos iniciales del siglo XX, es también el teatro de Broadway el que marca tendencia. Otra actriz reconocida y muy imitada en sus atuendos de moda fue Alice Johnson (1888–1922), quien lucía estos sombreros en sus representaciones (imagen inferior, de 1908), en las muchas que interpretó en Broadway con la Murray Hill Theatre Stock Company (con más de 30 papeles diferentes en una sola temporada) y con la Frawley Company de San Francisco.

Otras actrices que “se atreven” con el Gainsborough son, por ejemplo:

Alice Witcher
Marjorie Villis
Else Frölich
Evelyn Nesbit
Phyllis le Grand
Gabrielle Ray…

El Teatro y no solo el Teatro, porque también la alta sociedad norteamericana participaba de la moda, de lo que nos deja buena cuenta hasta los ecos de sociedad y sucesos de esta década. Dorothy Harriet Camille Arnold  (1884-¿1910?), Dorothy Arnold, fue una muchacha neoyorquina que desapareció sin dejar rastro el 12 de diciembre de 1910 (no confundir con la actriz de Hollywood, Dorothy Arnold, primera esposa de Joe DiMaggio, posteriormente casado con Marilyn Monroe). Sobre ella se habló mucho en los diarios de casi todo el mundo durante mucho tiempo y su caso fue tan famoso que aún hoy se sigue comentando.

Hasta la famosa Agencia Nacional de Detectives Pinkerton se ocupó del asunto sin éxito, pues nunca llegó a resolverse. Pues bien, algunas de las fotografías que se conservan de esta joven desaparecida a los 26 años, lucen con un sombrero Gainsborough tan de moda en esos años (imagen superior).

Lo cierto es que hasta el arte del siglo XX refleja la preferencia de las mujeres por este tipo de enormes sombreros. Por poner solo un par de ejemplos, Gustav Klimt (1862-1918) realizaba esta obra de la izquierda, Dame mit Hut und Federboa (1909), y Félix Vallotton (1865-1925) la de la derechaThe violet hat (1907).

Después de la Segunda Guerra Mundial, en la década de los sesenta, el Gainsborough se torna más sofisticado y elegante, justo como Audrey Hepburn aparece, con un precioso sombrero de este estilo, en el filme “Desayuno con diamantes” (1961, Blake Edwards) y, más tarde, con el maravilloso atuendo de “My Fair Lady” (1964, George Cukor).

El sombrero femenino es un artículo que hoy parece reinventarse y adquiere cada vez más importancia entre los accesorios de moda. Y el Gainsborough ocupa su lugar de nuevo en las pasarelas de alta costura (la imagen superior es un modelo de Marc Jacobs para la New York Fashion Week de febrero de 2012), como si de nuevo quisiese, a través de él, revivir aquella imagen, la de la mujer del cuadro.

 LA MUJER DEL CUADRO.

Y todo ello originado con aquel retrato con el que se iniciaba este artículo, el de la Duquesa de Devonshire, nacida Georgiana Spencer (1757-1806), Lady Spencer desde 1765, después de que su padre asumiera el título de vizconde Spencer, y primera esposa de William Cavendish (1748-1811), a la sazón, V duque de Devonshire, uno de los hombres más ricos y poderosos del momento. Mujer interesante y controvertida donde las haya, Georgiana fue una de las personas que más influyó en la moda y estilo de su tiempo. Y una de las que más sombreros Gainsborough lució, como por ejemplo, con este otro (imagen superior) atribuido al pintor y maestro de pintores John Russell (1745-1806).

El temprano matrimonio de Georgiana (ella tenía 17 años y él 25) en 1774, no fue lo que esperaba. Su marido era reservado y poco dado a ofrecer a su esposa el cariño y la atención que ella reclamaba, mientras se dedicaba a sus asuntos políticos y a su vida licenciosa, que llegaron a incluir una hija ilegítima, Charlotte Williams. Georgiana, mientras tanto, no era capaz de darle al duque el ansiado heredero. Sufrió varios abortos y tuvo dos hijas en las que se volcó criándolas ella misma en contra de la costumbre de la época entre familias aristocráticas. En 1790 tuvo, por fin, a su hijo Guillermo Jorge Spencer Cavendish (1790-1858), VI Duque de Devonshire.

Lady Elizabeth Foster (1759-1824), segunda duquesa de Devonshire, luciendo un sombrero Gainsborough, por Angelica Kauffmann (1741–1807)

Unos años después de su matrimonio, en 1782, su mejor amiga, Lady Elizabeth Foster (1759-1824), llamada “Bess” (imagen superior), acabó siendo amante del duque mientras vivía en su casa, acogida por Georgiana dada su mala situación emocional y económica (se había separado de su marido quien no permitió que viera a sus hijos). El triángulo amoroso, que según algunos, alcanzó también una relación entre ambas damas, se mantuvo durante varios años, en los que Lady Elizabeth, además de otros amantes, tuvo dos hijos con el duque, quien terminó por convertirse en su marido en 1809 (Georgiana murió en 1806).

Georgiana Cavendish con “bess”, por John Downman (1750-1824)

Pese a las infidelidades de su esposo, y como suele ocurrir, fue a la duquesa a quien se acusó de mantener una vida disipada. Pero no fue hasta después de dar a luz a su hijo varón cuando la duquesa dejó de ser totalmente ajena a las infidelidades (al parecer no estaba socialmente aceptado tener un amante antes de proporcionar un heredero al matrimonio legal), llegando a mantener una intensa relación con Charles Grey (1764-1845),  diplomático y político (y de quien toma el nombre el té Earl Grey), con el que tuvo una hija en 1792, Eliza Courtney, nacida en Francia, y que tuvo que entregar a la familia de su amante, obligada por su marido, bajo amenaza de no volver a ver a sus otros hijos. Sin embargo, los hijos ilegítimos del duque, los dos que tuvo con Elizabeth y Charlotte Williams, su primera hija ilegítima, sí que acabaron siendo educados en la casa Devonshire (la segunda al morir la madre de la niña). Georgiana visitó a su hija en secreto durante toda su vida y la joven no supo quién fue su madre hasta después de su fallecimiento.

Este estado de cosas causaba hondo pesar en la duquesa quien sufrió a menudo problemas de anorexia, alcoholismo, adicción a los medicamentos y una malsana afición por los juegos de azar, por la que llegó a acumular varias deudas que la llevaron a la ludopatía, ya que siempre quiso ocultar la magnitud de sus deudas a su esposo. Este las descubrió tras su muerte.

Georgiana de Devonshire (1780-81), por Joshua Reynolds (1723-1792).

Pero no solo su vida privada fue intensa. Georgiana fue una mujer muy inquieta y liberada y no se conformó con un papel pasivo en la encorsetada sociedad georgiana. Escribió algunas obras de prosa y poesía (“Emma, Or, The Unfortunate Attachment: A Sentimental Novel”, 1773; “El Sylph”, exitosa novela epistolar de 1778, con caracteres autobiográficos, que se ha atribuido dudosamente a la poco conocida novelista británica Sophia Briscoe; “Memorandums of the Face of the Country in Switzerland”, 1799; o el poemario “The Passage of the Mountain of Saint Gothard”, de 1802, dedicado a sus hijos), además de muchas cartas a lo largo de su vida, que se conservan. Siempre mantuvo una intensa vida social y cultural que incluía tertulias en su casa, a veces, con un marcado carácter político.

A esas reuniones llegaron a acudir políticos y personalidades como el Príncipe de Gales (contrario a las ideas absolutistas de su padre, el rey Jorge III) y Georgiana siempre se mostró como una incansable activista. Participó con gran influencia en el juego político inglés de su tiempo, apoyando políticamente a la facción whigs, el Partido Liberal británico (contrario a la corona) durante toda su vida. Realizó una auténtica campaña electoral, puerta a puerta, para favorecer la carrera política de su primo, Charles James Fox, quien postulaba para la Cámara de los Comunes. Se llegó a insinuar, como acto maledicente contra su persona, que Georgiana prometía un beso por cada voto (imagen inferior). Por su decidido intervencionismo político y por su marcado carácter independiente, se ha llegado a considerar a la duquesa de Devonshire, en la actual historiografía feminista, como una adelantada defensora de los derechos de la mujer.

Pero sobre todo, Georgiana fue una mujer elegante que imprimió su sello particular en la alta sociedad inglesa dieciochesca. Ella afirmaba tener amistad con María Antonieta, reina de Francia, que como hemos visto antes, en cuestiones de moda podríamos decir que era para el país galo lo que la duquesa para el británico.

La duquesa de Devonshire fue retratada por varios pintores dieciochescos. Hemos visto hasta ahora obras de Thomas Gainsborough, John Russell, John Downman o Sir Joshua Reynolds, a los que cabría añadir Thomas Lawrence (1769-1830), Robert Dighton (1752-1814), Jean-Urbain Guérin, o el caricaturista Thomas Rowlandson (1756-1827), hombre también muy aficionado al juego y ludópata (para pagar sus deudas se hizo caricaturista de escenas eróticas muy subidas de tono), quien  la dibujó en varias de sus situaciones más comprometidas, como en una mesa de juego en su casa de Devonshire (imagen superior), o practicando la que decían era su política de un beso por un voto, que se ha visto más arriba.

También aparece en una famosa litografía suya en los Jardines de Vauxhall (1785), junto a su hermana, varios políticos y el Príncipe de Gales.

Georgiana terminó sus días cuidando de su esposo, aquejado de gota, pese a todos los sinsabores que había sufrido por su causa. También mantuvo por siempre su amistad con Lady Elizabeth, e incluso con la esposa del que fuera su amante, Charles Grey. Y siempre estuvo pendiente y al lado de sus hijos. Su fallecimiento se produjo por un problema hepático a la edad de 48 años, rodeada de su familia y llorada por todos cuantos la conocieron. Por cierto que, tanto la fallecida Diana de Gales, como su cuñada Sarah Ferguson, descienden de la duquesa de Devonshire (de diferentes ramas).

Son varias las veces que se ha llevado su vida al cine (en 1929 interpretada por Evelyn Hall; en 1933 por Juliette Compton; o en 1951, por Kathleen Byron); pero hoy, la más conocida de todas ellas es “La Duquesa” (2008), basada en una obra escrita por Amanda Foreman en 1998. Fue dirigida por Saul Dibb (quien aparece en el filme como su amante, Charles Grey), e interpretada magistralmente por una entregada Keira Knightley.

Uno de los grandes aciertos del filme es el cuidado Diseño de Vestuario, un trabajo de Michael O’Connor,  que le valió el Oscar de Hollywood, además del Premio BAFTA, y otros reconocimientos. En varias escenas de “La Duquesa” podemos ver algunos planos fantásticos con enormes sombreros Gainsborough, sobre todo el que le da nombre, el del cuadro de la dama del sombrero.

EL CUADRO DE LA DAMA DEL SOMBRERO

Como decía al principio, a veces sucede que una serie de acontecimientos parecen enlazarse de una forma increíble, casi como una danza de conexiones cósmicas. Pues bien, si Georgiana Cavendish, la dama retratada por Gainsborough con un enorme sombrero en la cabeza,  vivió una especie de trío amoroso con su marido y su mejor amiga en el siglo XVIII, un siglo después, otro trío amoroso, el formado por el criminal Adam Worth, su socio  Charley Bullard, y la que terminaría por ser su esposa, pero nunca abandonó del todo a Adam, Kitty Flynn, va a relacionarse con el primero en el tiempo, a través de un hecho totalmente inesperado: Worth robó el cuadro de Gainsborough y lo mantuvo en su poder durante muchos años, sin vender su botín. Algo de idilio cósmico sí que tiene ¿verdad?

Adam Worth (1844-1902), era el hijo de unos emigrantes judíos alemanes que llegaron a Massachusetts cuando él tenía cinco años. Para no dejar las casualidades con lo contado hasta ahora, el padre de Adam (cuyo apellido original pudo ser Werth) era sastre, una profesión muy significativa en la vida de Georgiana.

Adam era un muchacho inquieto, muy descontento con su destino, al que no quiso rendirse. Para abreviar un poco su biografía, diremos que cambió el ejército por el crimen, aunque siempre utilizó el engaño y la falsedad. En el ejército se alistaba con nombre falsos en varios regimientos y una vez cobrada la paga, desertaba. Así que, finalizada la Guerra Civil norteamericana, el mundo del crimen ya no le era extraño. Formó su propia banda de carteristas en Nueva York y llegó a fugarse de Sing Sing. Su fama y pericia aumentó con el tiempo y recaló en la banda de una leyenda criminal Fredericka Mandelbaum (1818-1894), con quien se especializó en el robo de bancos. Su robo más sonado fue el del Banco Nacional de Bostón, alertando a la famosa Agencia Pinkerton sobre su persona. A partir de entonces se convirtió en leyenda.

Se ha dicho mucho de Worth, incluso se afirma que él fue la inspiración de Sir Arthur Conan Doyle para el personaje del Profesor Moriarty en sus novelas sobre Sherlock Holmes. Organizó bandas y robos tanto en los EEUU como en Inglaterra, Francia, Bélgica y otros países europeos, e incluso llegó a cometer robos en Sudáfrica. Por todo ello, se le llegó a conocer con el sobrenombre de “el Napoleón del Crimen”, apodo que le fue impuesto por un detective de Scotland Yard.

Charles Bullard (izquierda) y Kitty Flynn (derecha)

Fue en Inglaterra (concretamente en Liverpool, a Londres fueron más tarde) donde Worth y su socio, Charles Bullard, conocieron a Kitty Flynn con quien ambos mantendrían una relación, aunque ella se casó con Bullard. También fue aquí donde Worth adoptó el nombre con el que se le conocería en adelante, Henry Judson Raymond. Y en París, fue donde Allan Pinkerton (1819-1884), el fundador de la famosa Agencia de Detectives, le reconoció y se dedicó a perseguirle durante toda su vida.

Obra original de Gainsborough  de 1787. Ailsa Mellon Bruce Collection.

En Londres, a donde llega después de que en 1873 Bullard y Kitty se marcharan a los EEUU, fue donde, un día como hoy, 25 de mayo, de 1876,  Worth roba el famoso cuadro de Thomas Gainsborough, concretamente de la Galería de Thomas Agnew & Sons. Intervino junto a dos socios, que más tarde se revelaron y le abandonaron cuando Worth se negó a vender la pintura y repartir el botín. Posiblemente vio en la imagen de aquella elegante mujer algo que le impedía abandonarla, como sí lo habían hecho en vida los hombres que la conocieron. El cuadro, además, había permanecido “perdido” durante más de cincuenta años, hasta que se descubre en poder de una tal señora Maginnis quien había realizado sobre él una terrible profanación: cortó la parte inferior del cuadro (las piernas de la duquesa) para que le cupiera encima de la repisa de su chimenea. Esto se sabe porque en 1841, un marchante de Londres llamado John Bentley, lo descubre en casa de la señora Maginnis y se lo compra por unas 56 libras, para revenderlo a un coleccionista de arte. Cuando este fallece, William Agnew lo adquiere en una subasta por la exorbitante cantidad de 10.000 guineas. Aunque en realidad, más desorbitante era la cifra por la que pensaba venderlo, algo más de 50.000 dólares, que se esfumaron cuando Worth robó el cuadro de su galería familiar.

La vida de Worth se hace cada vez más interesante y complicada. Viaja por varios países planificando robos y finalmente recala en Sudáfrica donde organiza uno de los mayores robos de diamantes de la historia, obteniendo un botín de más de 500.000 libras. Siendo un hombre rico funda una compañía en Londres y entonces se casa y tiene dos hijos. Mientras, el cuadro de Gainsborough, que había permanecido con él durante todo el tiempo, fue enviado a su casa en los EEUU, donde vivía su hermano. Luego vino la deriva.

En Bélgica, donde conoce la muerte de su antiguo socio Charley Bullard, organiza un robo fallido que le lleva a la cárcel durante siete años. En ese tiempo de ausencia, su mujer, seducida y arruinada por uno de los antiguos socios de Worth, enloquece y es recluida en una institución psiquiátrica, mientras sus hijos quedaron al cuidado de su hermano en los EEUU. Worth sufrió varias agresiones en la cárcel, tal vez causadas por la traición de algunos de sus últimos socios, y es cuando empieza a pensar en cambiar de vida.

Ya libre y en los EEUU, se pone en contacto con William A. Pinkerton (1846-1923) a quien le cuenta uno por uno todos los detalles de sus robos y los avatares de su vida (el manuscrito de Pinkerton aún se conserva en las oficinas de la Agencia en California). Pero lo más importante de esa reunión es que accede a devolver el cuadro de Georgiana Devonshire, a cambio de la cantidad de 30.000 dólares (en algunos sitios dice que fueron libras). En 1901 la compañía Agnew & Sons accede al trato y Worth, libre de cargas con la justicia, regresa a Londres con sus hijos. Curiosamente, uno de ellos ingresó más tarde en la Agencia Pinkerton como detective.

Adam Worth, el “Napoleón del Crimen”, el inspirador del Profesor Moriarty, falleció empobrecido (¿qué fue del dinero obtenido por el cuadro solo un año antes?) y olvidado en Londres en 1902, siendo enterrado en una tumba común para indigentes con el nombre de Henry J. Raymond, su antiguo pseudónimo. Desde 1997 una lápida con su verdadero nombre le recuerda.

El retrato de Georgiana, duquesa de Devonshire, de Thomas Gainsboroug, aún tiene algo más que contar. Fue vendido en 1991 en una subasta en Sotheby’s, por 265.500 dólares, a un personaje anónimo que decía actuar, o se lo quería entregar, al 11º duque de Devonshire, su actual dueño. Hoy, luce en el palacio ducal de Chatsworth House (imagen superior), palacio que, precisamente, sirvió de escenario para la película “La Duquesa”, además de para “Orgullo y Prejuicio” en el 2005 y “El Hombre Lobo” en el 2010, aunque la villa ya no florece como en sus mejores tiempos.

La mansión Chatsworth perteneció desde el siglo XVI a la casa de Devonshire, pero en los inicios del siglo XX sus miembro arrastraron problemas económicos que obligaron a los sucesivos duques a vender terrenos, enseres y obras de arte para saldar deudas. Incluso tuvieron que demoler el gigantesco invernadero de la finca, considerado en su momento el más grande del mundo y que albergaba hasta una selva tropical, porque no podían mantenerlo. No obstante, aún conserva una majestuosa colección de arte y es uno de los lugares más visitados del Reino Unido, con más de 300.000 visitas anuales, además de recibir eventos, ferias, festivales, actuaciones musicales y teatrales (a menudo escenario de películas, como se ha visto), y de poderse alquilar para actos privados.

Pero lo importante es que, finalmente, el retrato del sombrero de su Gracia, la duquesa de Devonshire, Georgiana Cavendish, por fin, descansa en casa.

AlmaLeonor.

VIGO, EL AZOTE DE LOS CÁRPATOS

VIGO, EL AZOTE DE LOS CÁRPATOS

“Yo, Vigo, el Azote de los Cárpatos, la tristeza de Moldavia, te lo mando… En una montaña de calaveras, en el castillo del dolor, yo me sentaba en un trono de sangre, ¡Cuál fue volverá a ser! ¡Lo que es, dejará de ser!… Ahora empieza la era de la maldad.”

Vigo Von Homburg Deutschendorf (1505-1610)
Flagelo y señor de Carpatia, conquistador y dolor de Moldavia. Vigo el cruel, Vigo el Torturador, Vigo de los despreciados, Vigo el profano (Vigo el mariconazo, según Peter Venkman). Vivió 105 años hasta que sus súbditos se rebelaron y le envenenaron, le apuñalado, fue colgado y descuartizado (“Ay!.”). Su cabeza decapitada emitió una profecía final antes de expirar… “La muerte no es más que una puerta, el tiempo no es sino una ventana… ¡volveré!”.
Ghostbusters II (1989) Ivan Reitman
Wilhelm von Homburg (actor) y Max Von Sydow (voz)

MATASABURO

MATASABURO

“Matasaburo”, de Alex Gross

Para muchos aficionados a las series televisivas este cuadro no le será extraño. Es el que preside el salón de la casa de la detective Kate Beckett de la serie Castle. Cada vez que un encuadre en una escena mostraba este cuadro me llamaba muchísimo la atención, así que acabé por buscar datos sobre él. No es difícil. En Internet se puede saber todo lo que quieras sobre los personajes de la serie, Kate Beckett (Stana Katic) y Richard Castle (Nathan Fillion), incluso puedes encontrar planos exactos de sus respectivas viviendas (el enorme loft de Castle también posee impresionantes obras de arte, sobre todo el fantástico Staircase, las escaleras infinitas de William Curtis Rolf, pero esa sería otra historia). También descubrimos frases del escritor protagonista:

“Todo el mundo tiene la historia perfecta por escrito dentro de las paredes de su corazón. Sólo tienes que abrir tu mente para encontrar las palabras para compartir.”

La serie es una de las que más me gustan… me gustaban, porque al parecer por desavenencias entre ambos protagonistas, se ha tenido que clausurar. Tal vez sea mejor así y que no termine por hastío de la audiencia, pero en todo caso, nos ha dejado pinceladas curiosas, como este cuadro.

La obra es del pintor neoyorkino Alex Gross (n.1968) que trabaja habitualmente en Los Ángeles (Califonria), dueño de un estilo muy particular, al oleo, que combina la crítica social con un tipo de imagen surrealista muy visual y colorista. Su temas favoritos son “la globalización, el comercio, la gran belleza, el caos oscuro, y el paso inexorable del tiempo“, según dicen de él críticos como Bruce Sterling, autor de un libro sobre su trabajo. Desde el año 2000, en el que viajó durante dos meses por Japón, este país y su cultura es una de sus fuentes de inspiración. Por ejemplo, con este cuadro que se titula “Matasaburo”, el espíritu del viento.

Está basado en la película animada japonesa de 1940 “Kaze no Matasaburo”, dirigida por Koji Shima (1901-1986), que a su vez, está basada en una obrita corta de 1934 y del mismo título, escrita por Kenji Miyazawa (1896-1933), poeta y autor de cuentos infantiles japonés, que además de vegetariano y budista (de la escuela Nichiren), fue uno de los defensores y traductores del esperanto y un importante activista social de su tiempo. Como sucede muchas veces, Kenji no fue reconocido en vida (murió de neumonía agravada por su veganismo), y su fama se produjo casi en los años noventa, con motivo de una exposición sobre su centenario.

En la historia de Kenji, un niño de pelo rojizo y con un traje que le queda grande, llamado Saburou Takada, se traslada a una escuela muy pequeña en una aldea remota donde su padre, trabajador de una compañía minera, ha sido destinado. Saburou es un niño de ciudad y su comportamiento y maneras chocan con los más rústicos de los demás niños (de todas las edades) de la pequeña escuela, que le consideran extranjero. Justo cuando un niño dice eso: “una fuerte ráfaga de viento sopla de repente, sacudiendo todas las puertas de cristal, la montaña, la hierba y los castaños detrás de la escuela se vuelven extrañamente pálidos y se estremecen“. Entonces Kasuke, un niño de cuarto grado, exclama: “¡Oh, lo tengo, es Matasaburú del viento!

Toda la historia se basa en esa especial relación que se fragua entre el “extraño” niño y el resto de estudiantes de la escuela de campo, hasta que un día, tal y como llegó, y acompañado de la misma ráfaga de viento, Saburou se marchó de la escuela y de la aldea.

El cuadro de Gross muestra a un niño pequeño, un bebé en realidad, de cabellera rojiza y a un personaje femenino, de grandes proporciones, que representa el viento cruzando un puente en medio de una escena de desolación y oscuridad (solo rota por la potente luz de un faro que ilumina hacia donde debería lucir el sol). A Stana Katic le encantaba ese cuadro, y veía en él una adecuada alegoría de la situación anímica de su personaje en la temporada 3:

 “Me encanta ese cuadro, creo que describe a Beckett, especialmente esta temporada. Hay un eclipse en el fondo y todo se está derrumbando a su alrededor”.

Lo que no sabíamos entonces es que unas temporadas más tarde, en la octava, la serie finalizaría por las desavenencias de sus protagonistas. Sabiendo esto, el cuadro se nos antoja una especie de premonición de la debacle que se estaba produciendo entre bambalinas, mientras en la pantalla los espectadores solo veíamos una pareja enamorada.

El último episodio de la octava temporada, que hacía el número 173 del total de la serie, se emitió un día como hoy, 16 de mayo, del año pasado, en el 2016. Para entonces ya sabíamos que no volverían a emitirse más episodios, pues la cadena ABC había anunciado unos días antes, el 12 de mayo, que la serie se cancelaba. Muchos de nosotros ya eramos admiradores de Stana Katic y Nathan Fillion, ambos actores canadienses, sobre todo de Fillion, el capitán Malcolm Reynolds de la serie Firefly, pero personalmente me gustaba muchísimo el papel de Martha Rodgers, interpretado por la bella actriz Susan Sullivan, habitual de las series de televisión, y muy conocida por su papel en la mítica Falcon Crest.

Al final, Matasaburo, fue la ráfaga repentina que arrasó con una de las series más premiadas y queridas por el público. Por cierto, casi de una manera que podríamos haber adivinado con otro cuadro del apartamento de Beckett (situado encima de su frigorífico), “Silent as Ether“, de la también pintora surrealista Lezley Saar.

Otros vientos, otros “etéreos silencios”, nos traerán otras series, pero ya no será lo mismo.

AlmaLeonor