LA ESTATUA

LA ESTATUA

Imagen: Los Niños del ParaguasParque Genovés, Cádiz

El VadeReto de este mes de AGOSTO no puede ser más interesante (¡que més no lo es!), y es que la propuesta que nos hace JascNet es escribir sobre LA ESTATUA. Para la creación de este relato había dos premisas:

Primera: El VadeReto va sobre LA ESTATUA y la imagen es solo ambientación para la entrada y publicidad de una de las estatuas más emblemáticas de Cádiz. Nos propone utilizar una ESTATUA que nos guste, que sea identificativa de nuestra ciudad o ¡¡inventada!! Y es que las normas de este reto, es que no hay normas. Como sugerencia, nos ofece las siguientes preguntas:
-¿Es la estatua la que os inspira o hace recordar alguna historia, o es ella misma la que os la cuenta?
-¿Habéis traspasado el umbral de la realidad y adentrado en un mundo de fantasía dónde la estatua cobra vida?
-¿Ocurre algo en la plaza que hace protagonista a la estatua?
-¿Qué tiene de diferente esta estatua para evocaros una historia fantástica?

Segunda: También nos propone una serie de frases que podemos utilizar (o no) en nuestro relato:
-«La escultura es el arte de la inteligencia». Pablo Picasso
-«La arquitectura es la ordenación de la luz; la escultura es el juego de la luz». Antoni Gaudí
«Los ojos de las estatuas lloran su inmortalidad». Ramón Gómez De La Serna.

Como siempre, la remarcada en negrita es que la yo he utilizado.

Durante una conversación con JascNet surgieron las GÁRGOLAS como tema del relato, pero buscando la definición de ESTATUA me he encontrado con que ellas, por muy intrigantes, misteriosas, interesantes y literarias que sean, no entran en esta definición:

Una estatua es la obra escultórica elaborada a imitación del natural, ​ que generalmente representa en efigie a una figura humana. En función de su actitud, puede presentar las siguientes denominaciones: propia (en pie), sedente (sentada), yacente (tumbada, generalmente sobre un sarcófago), ecuestre (a caballo), orante (arrodillada), oferente (ofreciendo presentes). Por la zona del cuerpo humano representada, se distingue: busto (solo la cabeza y la parte superior del tórax), herma (un busto que se prolonga por su base en forma de alto pedestal, más estrecho hacia abajo y sin solución de continuidad con la figura), torso o fragmento de escultura sin cabeza, piernas y brazos (típica en escultura romana, añadiéndose el resto del cuerpo en piedra de distinto color y textura). Por su tamaño, se denominan: colosos (las estatuas de gran tamaño que suelen representar a una personalidad destacada), estatuillas (las que tienen pequeño tamaño que suelen utilizarse como elemento ornamental o de culto).

Así que, nada de gárgolas, solo ESTATUAS. Pero en esta ocasión se me ha ocurrido hacer algo completamente distinto a lo hecho hasta ahora, espero no salirme del contexto del reto si en lugar de UN RELATO sobre UNA ESTATUA, ofrezco VARIOS MICRORRELATOS de 150 palabras cada uno, sobre VARIAS ESTATUAS. Y, la verdad, me ha gustado tanto esto de escribir un microrrelato sobre una estatua, que creo que voy a seguir realizando este ejercicio con un montón de ESTATUAS de las que tengo en fotografías propias y, quizá, otras que me gustan mucho y de las que buscaré una imagen en internet (como el David de Miguel Angel, una de mis favoritas, pero que aún no he visto).

Y con el beneplácito que espero obtener a este atrevimiento, aquí están los textos.

ESTATUA HUMANA

Distintas ESTATUAS HUMANAS en: Venecia, Pamplona y Amsterdam. Fotografías propias.

—Y, entonces, tu novio ¿cómo es?

—Pues, a veces muy besucón, otras un animal y en ocasiones gasta unas bromas, que asustan.

—Pues hija, que voluble… No creo que te aburras con alguien así…

—No te creas, es una ESTATUA humana.

—¡No me digas! Con tanto vaivén… ¿Quién lo diría?

—Pues sí, le va bien la profesión…

—Al menos, por la noche, eso de ser un «animal», te hará feliz en la cama…

—Bueno… De día ejerce y de noche… lo practica. Hace meses que no me como un rosco, como oyes…

—Que mal has elegido, hija… De día no le ves y de noche no le sientes…

—Esa es otra… Soy el señuelo. Si no empiezo yo pidiéndole una actuación, la gente no se anima… Se arruinaría… y, mientras tanto, a mí me arruina las noches… Menos mal que tiene humor. Me faltarán noches locas, pero nunca la risa.

LA VICTORIA DE SAMOTRACIA

La Victoria de Samotracia en su ubicación en la Escalera Daru en el Museo del Louvre. Fotografía propia.

Vienes volando, como un ser espectral, batiendo tus alas, liviana… Con tu vestido al viento, transparente, tan femenina… La belleza de tu cuerpo es impresionante… Me llamas…

—Fernando… Fernando… ¡Mírame…!

Te miro y caigo extasiado en tu mirada… ¡Espera, espera…! ¿Qué mirada? ¡Dioses del cielo! ¡Si no tienes cabeza! ¿Cómo puedes llamarme entonces?

—Fernando… Fernando… ¿Estás bien…?

No, no estoy bien, ¡cómo voy a estar bien si vienes a mí levitando, en cueros y sin cabeza…! Y encima conoces mi nombre… ¡Pero eres un bellezón! Me iría contigo al fin del mundo…

—Fernando… Fernando… ¡No te vayas…!

¿No quieres que me vaya contigo? ¿Y por qué me llamas entonces…?

—¡Ya abre los ojos! ¡Ya abre los ojos…! Fernando, ¿me oyes?

—Caballero, se ha caído usted por la escalera Daru… Menos mal que le ha frenado la ESTATUA de la Victoria de Samotracia, si no, rueda usted hasta abajo del todo…

MAIMÓNIDES

Estatua de Maimónides en Córdoba. Fotografía propia (texto ligeramente basaso en una historia real).

—¡Que te digo yo que es por aquí!

—¡No!, por ahí ya hemos pasado… hay que girar a la derecha…

—Así llegamos a la plaza del principio… A ver, déjame el plano…

—¿Y si preguntamos? Acabaremos antes.

—¡Tú siempre tan indeciso!

—¡Y tú tan perdida! ¡No te jode!

—¡Antonio! ¿Vamos a discutir también en vacaciones?

—Maribel, yo no quiero discutir, pero recorrer todos los monumentos de Córdoba me parece excesivo…

—Nos falta la ESTATUA de Maimónides, y hasta que no la encontremos no nos vamos.

—Pues voy a preguntar… ¡Perdone, señorita…! ¿Podría decirme…?

—Yo te digo a ti todo lo que tú quieras, ¡salao…!

—¡Oye, bonita, que es mi marido!

—Pues que te pregunte a ti, desaboría…

—¿Ves lo que has hecho?

—¿Yo? Si tú no fueras ligando con todo coño viviente…

—¡Y tu buscando al Maimónides! que a saber quién era ese…

—¡¡Ahí está!! (los dos a la vez)

EL HERMAFRODITO

El Hermafrodita durmiente , copia romana del siglo II a. C., sobre un colchón esculpido por Bernini en 1620. Museo del Louvre. Fotografías propias.

—Para mí no hay una ESTATUA más hermosa que esta, te lo aseguro. Ya lo verás…

—Estoy deseando verla, Gabriela.

—¡Aquí está! ¿Qué te parece?

—No se… Pensaba que sería otra cosa…

—¿No sabes quién es?

—No… ¿Debería?

—Mírala bien José… ¿es un hombre o una mujer?

—Tiene un buen culo… ¡Es una mujer!

—¿Y si fuese un hombre?

—Pues también tendría buen culo… Ahora que miro su cara… Sí, podría ser un hombre… ¡Y hermoso!

—¿Yo te parezco hermosa?

—La que más, ya lo sabes, Gabriela.

—¿Y si fuese como la de la estatua?

—¿A qué te refieres?

—Mírala por el otro lado…

—¡Me cago en la leche! Es un…, pero también…, una… ¿qué significa esto?

—José, ¿tú me quieres?

—Claro que te quiero, pero porqué me lo preguntas ahora… ¿Qué pasa?

—¿Me querrías si fuese como ella? ¿Si tuviese sus mismos atributos?

—Gabriela… Tú… ¿Gabriel…? ¡No es posible…!

TRES HOMBRES DESNUDOS

Desnudos masculinos en Amsterdam, Valladolid y Corella (Navarra). Fotografías propias.

—El desnudo masculino en las ESTATUAS, es una de las artes más antiguas y difíciles de realizar… Los grandes maestros se esforzaron mucho por mostrar el cuerpo humano en toda su magnificencia, las venas, los músculos, la perfección de las formas…

—Profesor… ¿A qué se refiere con eso de la perfección de las formas?

—La perfecta proporción del cuerpo… Desde la cara, complicada, pero que incluso desdibujada es aplaudida, hasta los glúteos, que deben mostrarse perfectos en su redondez, o los atributos masculinos…, que no pueden ser ni enormes, ni minúsculos, o se perdería su esencia…

—¿Y los ojos, profesor?

—Los ojos se suelen esculpir ciegos, mortecinos, apagados, acuosos, como cansados de lagrimear…

—¿Por qué?

—Como decía Ramón Gómez De La Serna: «Los ojos de las estatuas lloran su inmortalidad».

—Su ejemplo de tres hombres desnudos no tienen ojos, profesor…

—Pero al verlos, somos nosotros los que lloramos nuestra imperfección.

AlmaLeonor_LP

VadeReto de Abril: ¡Vacío!

VadeReto de Mayo: El Tesoro del Pirata

VadeReto de Junio: El Ramo de Violetas.

VadeReto de Julio: Soledad y algo de Desesperación

SOLEDAD Y ALGO DE DESESPERACIÓN

SOLEDAD Y ALGO DE DESESPERACIÓN

Escultura de Eduardo Cuadrado, de la serie «NAUFRAGIOS» expuestas en la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid entre septiembre y noviembre del año 2012. Fotografía propia.

-¡Dios!
-Dime, Noé…
-Estaba pensando… ¿Y si naufrago?

Nunca tanta responsabilidad cayó sobre los hombros de un ser humano. Nada menos que poner a salvo la vida en la tierra, cargando con ella en un Arca que debía resistir los envites de un diluvio trasmutado en castigo divino contra la propia humanidad que ese hombre debía salvar. No solo se trataba de cargar a una pareja de animales de cada especie, también a una pareja de seres humanos. A él, Noé, y a su mujer.

-No puedes naufragar.
-Pero… ¿Y si sucede?

No se lo pensó mucho cuando Dios le hizo el encargo…, los encargos de Dios siempre son un mandato. No podía desobedecer, no debía desobedecer, no quería desobedecer. Él era un devoto creyente cristiano, aunque aún no existía tal especie, pero existiría, Dios se lo había dicho. Y él sería el encargado de que repoblaran la tierra después de que la ira de ese Dios al que obedecía ciegamente, se calmara. No. No lo pensó siquiera. Si le pedía que construyera un Arca, la construiría. Si le pedía que la cargara con una pareja de animales de cada especie, lo haría (nunca la Biblia explicó cómo es que se hizo con animales que no existían en su continente, pero para eso era el elegido de Dios, podría hacerlo). Si Dios le pedía que repoblara el mundo durante la calma tras la tempestad, lo haría.

Es solo que para ese cometido tenía que contar con el consentimiento de su esposa. Y eso era harina de otro costal. Una cosa es obedecer a un omnipotente y poderoso Dios y otra muy distinta, convencer a su mujer de que procrear y salvar la humanidad no eran una excusa para mantener sexo durante días… ¡Que digo días! ¡Décadas! ¡Siglos, incluso! Seguro que ella se lo tomaría como un engaño manifiesto. ¿Qué hombre no haría hasta originar un diluvio universal solo por poseer una mujer? ¡Ah! eso sí que sería la prueba definitiva del poder de un Dios.

-Dios… ¡Tengo miedo!
-No lo tengas y obedece, el tiempo está llegando.
-El mal tiempo, querrás decir.
-Que algo sea bueno o malo es cuestión de perspectiva…
-¿Y tú me dices eso, Dios?

El problema de Noé se iba acrecentando conforme terminaba de construir el Arca. Lejos de animarse con la proximidad de la finalización de la tarea, se preocupaba más aún. ¿Tendría espacio para todos los animales de la tierra? ¿Tendría valor para explicarle a su mujer que debían fornicar incluso durante la tempestad? Y, sobre todo, ¿creería a un Dios que le hablaba de perspectiva en lugar de enseñarle, directamente, el camino del bien? Las dudas de Noé llegarían tarde o temprano a oídos de Dios. No era cuestión de enfadarle y que le encargara el cometido a otro. Incluso el de procrear con su mujer ¡solo faltaba eso! No podía apartarse de la tarea, ¡era su mujer! Bueno, también su Arca, su misión divina. Pero, sobre todo, era su mujer. Tenía que estar seguro de que el camino que emprendía era el correcto, el camino del bien. Esa era la duda que más le atenazaba en esos momentos. Ni siquiera el duro trabajo le apartaba de sus cuitas. Y, claro, Dios se enteró.

-Noé…
-Dime, Dios…
-¿Dudas de mí?
-No, Dios, no dudo… Solo temo…
-¿Qué temes?
-No saber si estoy haciendo lo correcto.
-Me obedeces, eso es lo correcto.
-Es que eso es precisamente lo que temo, Dios, si obedecer es el camino correcto…
-Eso es dudar de mí, Noé…

Pues que así sea, se dijo Noé para sus adentros, sabiendo que Dios le escuchaba también ahí. Sus temores ya no se referían solo a la posibilidad real de convertirse en un solitario naufrago en un mar embravecido por la furia del diluvio que se avecinaba, no… Ahora su peor preocupación era naufragar en su fe. Si no creía en Dios ¿qué le quedaba? ¿Por qué estaba trabajando con tanto ahínco? Se sintió encerrado en una jaula de soledad y algo de desesperación. Dios no le ofrecía respuestas, tenía que encontrarlas por sí mismo. Y le asustaba tal perspectiva ¿eso era lo que significaba ser humano, dudar? Decidió que era más fuerte el miedo que sentía por no estar seguro de su credo que el que podía surgir si al final hasta Dios se equivocaba. Y, además, tal vez el mar fuese más listo que ambos, más que su mujer, que era a quien consideraba más inteligente de todos los que poblaban el Arca, ya lista para la travesía. Tal vez el mar fuese quien, finalmente, resolviera el destino de todos causando un naufragio.

Dios le volvió a escuchar…

-Noé…
-¿Si, Dios?
-No culpes al mar de tu segundo naufragio.

AlmaLeonor_LP

Este relato se incluirá en el VadeReto del blog Acerbo de Letras, dedicado este mes de JULIO ¡¡¡EL NÁUFRAGO!!! Para la creación de este relato había dos premisas:

Primera: El reto es sencillo: Eres un Náufrago y tienes que contarnos tu historia. Pero no tiene por qué ser el resultado de un accidente de barco, la pérdida de la brújula, o el escarmiento y destierro por haberte sobrepasado con el carnet de socio civilizado. Puedes ser Náufrago en tu propia ciudad, en tu misma casa, en el trabajo, en el mundo, en el espacio, en la vida. Las condiciones básicas son claras: Soledad y algo de Desesperación. Desde mi punto de vista, el corazón del relato es el sentir emocional o mental del que se encuentra en este estado. Pero ya sabes que puedes pegarle a la idea tantas volteretas como se te ocurran. ¡Viva la imaginación! Puedes escribir la historia desde la primera persona, para hacerlo más íntimo y sensitivo; o usar la tercera si te apetece contarlo de forma más impersonal y externa.

Segunda: Una frase que debe aparecer dentro del relato y que debéis elegir entre las citas siguientes:

-«Estoy absolutamente cautivado por el ambiente de un naufragio. Un buque muerto es el hogar de una gran cantidad de vida: peces y plantas. La mezcla de la vida y la muerte es un misterio, incluso religioso. Existe la misma sensación de paz y el mismo estado de ánimo que el que sentimos al entrar en una catedral». Jacques-Yves Cousteau.

-«La muerte para los jóvenes es naufragio y para los viejos es llegar a puerto». Baltasar Gracián.

-«No culpes al mar de tu segundo naufragio». Publilio Siro.

He decidido utilizar la última frase, la de Publilio Siro, pero, además, la inspiración para el relato ha venido después de leer esta por casualidad: «Si Noé hubiera poseído el don de adivinar el futuro, habría sin duda naufragado». Es de Emil Ciorán, de su obra «Silogismos de la amargura» (1952), y he pensado que tiene mucha razón. ¿Cómo se hubiese escrito la historia de la vida en la tierra si Noé hubiese naufragado en su fe o en el mar?

La imagen forma parte de una serie de fotografías que tomé hace tiempo, en el año 2012 en la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid, donde estudiaba Historia entonces, y donde se celebró una exposición del artista Eduardo Cuadrado, bajo el título genérico de NAUFRAGIOS. Pensé en estas fotografías en cuanto leí el título del VadeReto de este mes. Podéis ver más imágenes pinchando aquí o en la imagen inferior.

NAUFRAGIOS, de Eduardo Cuadrado.

AlmaLeonor_LP

VadeReto de Abril: ¡Vacío!

VadeReto de Mayo: El Tesoro del Pirata

VadeReto de Junio: El Ramo de Violetas.

EL RAMO DE VIOLETAS

EL RAMO DE VIOLETAS

Imagen: Jose Luis Muñoz Luque

Este relato se incluirá en el VadeReto del blog Acerbo de Letras, dedicado este mes de junio a ¡¡¡LA CARTA!!! Para la creación de este relato había dos premisas:

Primera: El relato, la historia que contéis, tendrá que ser narrado a través de una carta escrita en primera persona y relatando hechos, aventuras, emociones reales o ilusorias. Puede ir firmada con nombre, apodo o seudónimo, o dejarla anónima. Podéis dirigirla a alguien en particular o lanzarla al viento para que la lean las nubes. Puede ser una carta de amor, de venganza, de súplica, de amenaza, de ayuda… lo que vuestras locas y traviesas musas os inspiren.

Segunda: Una frase que debe aparecer dentro del relato y que debéis elegir entre las citas siguientes:

-«Escribir esta carta es como meter una nota en una botella… Y esperar que llegue a Japón». Alice Munro.

-«Las cartas no son más que un trozo de papel. Aunque se quemen, en el corazón siempre queda lo que tiene que quedar; por más que las guardes, lo que no tiene que quedar desaparece». Haruki Murakami

«Uno de los placeres de leer cartas antiguas está en que no necesitamos contestarlas». Lord Byron.

He escogido la última frase para incluirla en mi relato. Es un texto que tiene un fondo musical que vais a encontrar enseguida, pero que, también podéis escuchar al final del mismo.

EL RAMO DE VIOLETAS

En algún lugar del corazón, a 9 de noviembre de cualquier año.

Querida Almudena…

Te extrañará que te escriba una carta después de tanto tiempo enviándote tan solo unos versos hilados casi sin tino, pero con mucho amor… Bueno, y un ramo de flores, de violetas, cada año. Ya sabes que yo sigo anclado en el pasado y será difícil que pueda cambiar ¡Que irónico que te diga esto! ¡He cambiado tanto! Pero no quiero adelantarme, iré por partes. Mejor empezaré de nuevo.

Querida Almudena…

En realidad, no puedo empezar de nuevo… ¡Ojalá pudiese hacerlo! ¡Ojalá te lo hubiese explicado todo hace tiempo! Pero lo intentaré… Es mi última oportunidad, el próximo año ya no estaré contigo para felicitarte en tu santo y cumpleaños. Ya no podré enviarte ningún verso, ninguna flor por primavera, ningún ramo de violetas el 9 de noviembre…

Esta es la primera carta que te escribo… ¡Y que difícil me está resultando! Resulta tan triste que siendo yo cartero de profesión, nunca te haya enviado una carta. ¡Con las que yo he leído! Una vez encontré en una de ellas una frase que siempre recordé. «Uno de los placeres de leer cartas antiguas está en que no necesitamos contestarlas». Era de alguien llamado Lord Byron, y tenía mucha razón. Esta que te escribo es de hoy, querida Almudena, no antigua, pero tampoco vas a necesitar contestarla.

Pero si no nos escribimos ninguna carta, es porque nunca nos separamos, ni de novios, y no tuvimos necesidad de hacerlo. Aunque, también, porque yo no era, lo que se dice, un tipo romántico, ni creativo. Ya sabes que yo, echado para adelante, si… Pero sensible no. No lo fui jamás. No me dejaron serlo… Esto es lo que quería explicarte, que no te escribí ninguna carta, pero que siempre deseé hacerlo.

No sabía de qué forma expresar mi amor por ti. De verdad que no lo sabía. Solo me enseñaron a trabajar y a ser duro, como correspondía a un varón. Nadie me explicó que un hombre lo es, precisamente, por demostrar el amor que profesa a su esposa, a ti, querida Almudena. Pero es que a mí me obligaron a interiorizar lo contrario, me dijeron que debía ser duro, cruel, intolerante, insensible, austero, parco, reticente al cariño… Me enseñaron a no mostrar nunca mis sentimientos, a no desvelar ni mis miedos ni mis satisfacciones, a no hacerte saber que moría por una mirada tuya, que clamaba al cielo por verte sonreír, que tu voz era mi aliento, que tus manos mi alimento, que anhelé todos los días de mi vida los besos que no nos dimos ¡Cuánto tiempo perdí, mi querida Almudena! ¡Cuánto tiempo!

Sé que te hice daño. Sé que debí pedirte perdón hace mucho tiempo. Pero tampoco aprendí a hacer eso, no sabía cómo solicitar tu indulgencia, tu perdón. Te veía llorar cuando creías que yo no te miraba…, sufría cada vez que bajabas los ojos creyendo que mi semblante mostraba ira…, se me partía el alma cuando te veía feliz en compañía de los demás y tan triste y apesadumbrada conmigo. Solo puedo decir lo mismo que intento querer decirte desde que empecé esta carta, querida Almudena, que no sabía… que no sabía… de verdad que no sabía.

Una vez te vi admirando unas violetas. Las tomaste entre tus delicadas manos y te las llevaste hasta el rostro para aspirar su aroma. ¡No sabes cuánto desee en ese momento ser ese ramo de violetas! Si solo hubiese podido decirte que te amaba hasta lo más profundo de mí ser y que lloraba por no saber hacerte feliz… Me considerabas un demonio, te lo escuché decir más de una vez. Me tenías miedo… Me hubiese gustado saber explicarte que yo también tenía miedo… que sentía pavor cada vez que intentaba decirte que te amaba… ¡Que cobarde! Tenía que habértelo dicho tantas veces… Pero aquellas flores me hicieron pensar que si yo no podía aspirar a la dicha de que tus labios se acercaran a mí como lo habían hecho a ellas, al menos, podrías abrazar unas flores que yo te enviara.

Y así fue como empecé a hacerlo, querida Almudena. Aquel 9 de noviembre, como hoy, te envié un ramo de esas tus flores favoritas, las violetas, nada más que las violetas. Estuve pensando en escribirte también una tarjeta expresando lo que no me atrevía a decirte de frente, mirándote… “¡Felicidades! ¡Te amo!”, quería gritarte con el corazón… Pero tampoco tuve valor. No obstante, ¡qué alivio sentí ese primer día que te envié flores, querida Almudena! ¡Y que nervios al mismo tiempo! Estaba escondido, en la calle, esperando a que el mensajero te las entregara. Te vi abrir la puerta, y recibir el encargo con dudas, con tu inocente ignorancia, pero también con una satisfacción que encendió tu rostro. ¡Qué bella estabas! Guarde para mí ese rubor y también la sonrisa que surgió de tus labios y que iluminó mi vida en ese instante. ¿Y tus ojos? ¡Tus ojos bailaron, querida Almudena! ¡Qué bella estabas! Quiero decírtelo una y otra vez… ¡Que bella estabas! Aunque mi pesar eterno fue no haber tenido el valor de decírtelo antes.

Mi vida en la tierra se terminó ese día, querida Almudena. No sobreviví a la pena de no saber hacerte feliz, de no saber decirte cuanto te amaba. El destino quiso que la muerte me alcanzara justo después de la mayor dicha, de verte sonreír al recibir mi secreto regalo. Pero los dioses son benévolos, mi amadísima Almudena. Me permitieron cumplir el deseo que surgió de mis labios en ese último instante, el momento que certifica que solo la verdad surge en las palabras expresadas, porque ascienden desde el alma. Pedí que me permitieran ofrecerte mi amor cada año de la misma forma. Y me dejaron hacerlo.

Así que, cada nueve de noviembre, durante todo este tiempo, has recibido ese presente de mi amor, querida Almudena, un ramo de violetas. Te era enviado desde el infinito de mi alma, la única cosa buena que guardaba este cruel cuerpo endurecido por una forma de ver las cosas que nunca entendí, pero que siempre obedecí.

Pero ya no podré hacerlo más. Esta es mi primera y mi última carta, mi querida Almudena. Hoy cumples años, pero ya no cumplirás más. Mañana vence tu destino. Y antes de que puedas preguntármelo, te contestaré que no, que no podremos estar juntos. Mi tiempo de benevolencia termina contigo. Yo he de marchar a seguir penando mis crueldades, pero tú eres un alma pura que será recibida en los cielos. No te preocupes demasiado. Están llenos de versos y violetas.

¡Felicidades! ¡Te amo!
Tu esposo.

AlmaLeonor_LP

VadeReto de Abril: Vacío.

VadeReto de Mayo: El Tesoro del Pirata.

EL TESORO DEL PIRATA

EL TESORO DEL PIRATA

Imagen: John Rowe

Este relato se incluirá en el VadeReto del blog Acerbo de Letras, dedicado este mes de mayo a ¡¡¡LEER!!! Para la creación de este relato había dos premisas:

Primera: La siguiente fotografía debe servir como inspiración y de alguna forma verse representada en la historia: Fotografía virada al blanco y negro con tonalidades sepia. En ella se ve, centradas en un primer plano, unas manos, de una persona muy anciana, hojeando un libro. Nada más y nada menos. Composición a partir de la imagen de Alexas_Fotos en Pixabay.

Segunda: Una frase que debe aparecer dentro del relato y que debéis elegir entre las citas siguientes:
-«Allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres». Heinrich Heine
-«Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee». Miguel de Unamuno
-«Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma». Cicerón
El tema de este mes es bastante abierto para que haya una mayor diversidad de historias por contar. Eso sí, hablad del hecho en sí de la lectura, no de los libros en general.

En este relato hablo de libros, pero también de lectura y, además, está implícita, sobre todo, porque quien haya leído la obra que lo inspira sabrá de que autor estoy hablando. Espero que no se considere que me aparto mucho del tema y que guste a los lectores del VadeReto. La frase que he escogido es la subrayada en negro, la de Cicerón.

Este texto es la adaptación para este ejercicio de un relatito que escribí hace mucho tiempo y que publiqué en este mismo blog, en HELICÓN. Podéis leerlo aquí, y así entender todo lo que ha cambiado para el VadeReto de Mayo.

EL TESORO DEL PIRATA

Desde su privilegiada posición bajo una palmera en la ribera, en penumbra, fumando su cigarro y con esos azules ojos escrutadores que le habían hecho ganar fama como el mejor pirata de las Antillas, observaba a sus hombres disfrutar de la celebración que empezaron muchas horas atrás. Estaban contentos y, aunque alguno pareciera que no le cabía una gota más en el cuerpo, seguían bebiendo. Les habían hecho llegar varios barriles de cerveza cuando las botellas de ron se terminaron.

            Volvió su cabeza hacia el final de la playa al escuchar un vocerío. Un par de hombres se acercaban con una caja que cargaban entre los dos. El resto les recibieron entre vítores y risas. Traían más ron. Todos tiraron al suelo el caliente brebaje de sus jarras y se apresuraron a abrir las nuevas botellas. Los bailes alrededor de la hoguera y las peleas en torno a un improvisado tablero de dados, cesaron. Ya podían volver a emborracharse como es debido, con ron, como correspondía a los hombres de mar.

            Después de tantas penalidades, el pirata se alegraba de verlos en ese estado de desahogo y satisfacción, más bien, de pura felicidad. Más allá de la playa, su bergantín desafiaba airoso la línea del horizonte, mostrando con los vaivenes de las olas, los casi 100 cañones que enarbolaba. El pirata estaba satisfecho del botín conseguido, tanto como sus hombres, pensó, volviendo a contemplarlos, aunque él no necesitaba beber para demostrarlo. Él solo observaba.

            Desde que Gustav Adolf Van Deer Queerc, había abandonado su Flandes natal al quedarse huérfano, muchas cosas habían pasado. Primero, recaló en Sevilla, en España, la antesala del Nuevo Mundo. Llegó más tarde al caribe oculto en un buque mercante, sin salir de la bodega. El polizón, obtuvo allí todo lo que necesitó para subsistir hasta que le encontraron, justo al desembarcar, cuando descargaban el buque. Entonces, salió corriendo sin que pudieran alcanzarle y, con el apelativo de Bekeer, empezó a ganarse la vida como uno de tantos pilluelos que merodeaban por los muelles, con los recados que le encomendaban los marineros que atracaban en el puerto.

            Fue un hombre alto y fuerte quien, ya desde su nave, había advertido esa fijación del muchacho por examinar todo lo que sucedía a su alrededor. Era uno de los piratas más temidos de todo el golfo, Barbarroja le apodaban, aunque la rala pelambrera que asomaba bajo su imponente mentón fuese más rubia que roja. Siempre que llegaba a puerto le reclamaba… «¡Chico!», le gritaba asomado a la ventana de su alojamiento en la Tortuga. Y él corría hasta situarse a su frente.

            —Si ves llegar a un tipo casi calvo, más bien gordo, que siempre lleva una hoja de laurel en la cabeza y a quien apodan Cicer, me avisas…

            Y, con sus muy arrugadas y callosas manos le lanzaba una moneda de cobre que él atrapaba en el aire.

            —¡Si, señor! —Y salía corriendo.

            Barbarroja estaba convencido de que, si alguien podía encontrar al italiano entre la baraúnda de personajes que se arremolinaban en los tugurios del puerto de la Tortuga, era ese chico de ojos azules que parecían ver más allá del mismo cielo. Y no se equivocaba. Al cabo de unas horas, el muchacho se presentaba de nuevo ante él y dando saltos para llamar su atención, esperaba a que el capitán se asomase.

            —¿Lo has visto?

            —¡Sí, señor!

            Y le lanzaba otra moneda. Sí, Bekeer se había ganado, con creces, la fama de buen escudriñador desde que no levantaba del suelo mucho más que la altura de un barril de ron. Así que, cuando los ingleses tomaron la ciudad y todos los piratas se apresuraron a salir huyendo del abrigo del puerto, Barbarroja le preguntó si quería ser su grumete y él aceptó. Subió a la chalupa que les llevaría hasta su barco. No conocía un barco pirata, y menos uno tan grande. Era un antiguo galeón español que el temido pirata capturó hacía muchos años convirtiéndolo en su insignia. Todo el mundo conocía el Black Falcon y todo el mundo le temía. Menos ese chico. Claro que, al ascender por la escalerilla no cayó al mar de milagro. Barbarroja le agarró por la muñeca y, tirando de él le gritó «¡Arriba, chico!». Bekeer se volvió a fijar en sus manos. Estaban tan arrugadas que no entendía cómo podía tener tacto con ellas, aunque agradeció que demostraran tanto tino.

            Le llevó hasta la puerta de su camarote. Al abrirla, Bekeer se sobresaltó cuando un enorme pájaro verde le salió al encuentro.

            —¡Acostúmbrate a Goliat, chico, manda más que yo aquí! Y también cuida de que nadie entre en mis aposentos…

            Se lo dijo inclinando hacia él su enorme cabezota encrespada, con su pelo y barba pajiza, y mirándolo fijamente, a modo de advertencia. Bekeer asintió sin mucha convicción y salió corriendo. Su curiosidad y las ansias por saber de todo eran más fuertes que él, pensó Barbarroja, sabiendo que volvería. Pero, en ese momento, eran tantas las emociones que el chico sentía en aquel buque, que pasó horas recorriéndolo todo, aprendiéndose cada rincón del acastillaje, del bauprés, de la sentina, de las bodegas…, conociendo a donde daba cada puerta…, donde estaba y como era cada cañón, cada palo, cada cabo, cada trinquete, cada camarote…, lo que medía cada borda en pasos… Se acomodaba un rato junto al timonel y otro subía hasta la cofia junto al vigía, sin ayuda y con la seguridad de un avezado marino. ¡Era tanto lo que podía aprender! Esa primera noche a bordo ni dormir pudo. Al día siguiente, Bekeer conocía el barco casi como la palma de su mano. Solo le faltaba entrar en el camarote del capitán Barbarroja.

            Le vio aparecer en el puente, seguido de Goliat, su guacamayo verde, que no dejaba de gritar las únicas palabras que conocía en inglés… «read book, read book, read book»… Bekeer se escabulló entre los afanosos marineros que no hacían más que encomendarle tareas, y llegó a hurtadillas hasta el cuarto del capitán. Abrió la puerta que Barbarroja nunca cerraba con llave, porque sabía que nadie se atrevería a traspasarla, y empezó a indagar por todos los rincones con sus ojos azules. Al llegar a una alacena se sorprendió de no encontrarla llena de joyas… Allí le descubrió Barbarroja al entrar de súbito, con uno de sus más preciados tesoros en la mano… El pirata se lo quitó sin brusquedad con sus ajados dedos y lo acarició con mimo. Luego, se lo devolvió.

            —Puedes quedártelo. Llegará a ser tu tesoro como ha sido el mío.

            Y le revolvió el pelo con su rugosa mano despeinándolo ya para el resto del día.

            A bordo de aquel galeón, siempre bajo los cuidados y casi paternales atenciones del más temido pirata conocido en ese siglo, Bekeer se hizo un hombre y aprendió a apreciar los tesoros de los que le hablaba. Con el tiempo, se enroló en otros buques piratas, luchando contra portugueses, ingleses y españoles, hasta que consiguió el suyo propio, un precioso bergantín al que llamó El Temido. Él ya no era un simple grumete, sino el pirata Bekeer el Negro, conocido en los siete mares.

            Los recuerdos se le marcharon de la cabeza cuando se dio cuenta de que su apurado cigarro le quemaba los dedos. Lo arrojó al suelo. Además, en poco tiempo el sol se ocultaría del todo y no podría distinguir ya ni la silueta de los cofres que tenía delante, el Tesoro de Barbarroja. Por fin lo había encontrado. Esa era la causa de la escandalosa celebración de sus hombres en la playa.

            Volvió a inclinarse sobre los baúles. La búsqueda de aquel botín, revelado por el pirata que le enseño el oficio en su lecho de muerte, fue lo que le impulsó a forjarse su fama sanguinaria y convertirse en prófugo, en perseguido por las justicias de todas las naciones del mundo, incluido el turco, de la lejana Estambul. Pero él sabía que merecía la pena. Era el único tesoro que desde que conoció a Barbarroja deseó poseer. Lo difícil sería hacérselo entender a sus hombres.

            Por eso pensó que dejarles celebrarlo primero se lo haría más fácil.

            —«Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma»…

      Pero su voz sonaba cansina, mientras abría el primero de los cofres. Tenía que explicarles que su tesoro eran los libros que Barbarroja le enseño a leer y amar hacía ya mucho tiempo, cuando hurtó uno de ellos de la alacena de su camarote. Esa frase que pronunciaba con mayor frecuencia a medida que pasaban los años, era la misma que le repetía Barbarroja cada vez que le enseñaba un nuevo libro, cada vez que lo leían juntos, sujeto entre las arrugadas manos del temible pirata, pasando sus largos y esqueléticos dedos por las páginas, sobre cada línea escrita, con el mismo amoroso cuidado con el que acariciaba un muslo de mujer. La había aprendido del italiano, aquel Cicer que buscó para él en el muelle, el día que se conocieron.

No sabía cómo se iban a tomar aquellos hombres, temibles marinos de las Antillas, que su airoso bergantín, El Temido, armado con cien cañones por banda, había recorrido medio mundo siguiendo las pistas de un viejo mapa y que ellos lucharon con bravura contra soldados y piratas, para conseguir…  

            —¡Libros! Auténticas joyas para leer, como decía Goliat… Read Book, Read Book… Tendrán que entenderlo… ¡Lo harán! Toda mi patria…, mi libertad…, mi bandera… Todo lo sacrifiqué por el más maravilloso tesoro que un hombre pueda desear conseguir… ¡Libros y Lectura! La historia venidera no recordará a Gustav Adolf Van Deer Queerc, ni a un grumete avezado, ni al capitán Bekeer el Negro, ni a mi velero El Temido…, pero conocerá y leerá los libros que he encontrado, conocerá mi tesoro.

AlmaLeonor_LP

VadeReto de Abril: Vacío.

¡VACÍO!

¡VACÍO!

Imagen: Espacio exterior.

Este relato se incluirá en el VadeReto del blog Acerbo de Letras, dedicado este mes de abril a la ciencia-ficción. Empezamos con la siguiente premisa… Imagina que:

«Acabas de despertar, te notas desorientado y no recuerdas dónde estás, ni cómo has llegado allí. Te sientes ligero, como si flotaras dentro de un lago o una piscina. Te incorporas y te das cuenta de que has estado durmiendo dentro de una especie de caja o contenedor transparente. Miras a tu alrededor y compruebas que estás en un lugar cerrado, porque no puedes ver el cielo, pero es grande, muy grande, demasiado grande para ser tu casa. Deambulas durante un rato por pasillos vacíos, asépticos y silenciosos. Atraviesas salas y ves habitáculos con las mismas características. Por fin, encuentras lo que parece una ventana y te asomas. ¡No puedes creer lo que ven tus ojos!»

A partir de esa introducción, he creado este relato que, además, quiero compartir hoy, DÍA DE LA TIERRA, con la esperanza de que lleguemos algún día a comprender la suerte que tenemos de que nos acoja como especie y empecemos a cuidarla de veras. Vamos con el texto:

¡VACÍO!

Al abrir los ojos lo poco que entendí es que teníamos gravedad. Ni siquiera sabía por qué pensaba eso. Es lo único que vino a mi mente, lo demás era vacío… No recordaba nada. Ni donde estaba, ni qué hacía allí, mucho menos qué día era o quien era yo. Estaba en un lugar cerrado, acuoso, pero por alguna razón que solo la razón comprende, sabía cómo abrirlo. Salí y me puse de pie. Ese esfuerzo fue mayor que el de abrir los ojos. Caí al suelo. Entonces vi que estaba rodeada de cubículos iguales a aquel de donde había salido yo.

Vale, no estoy sola

Miré en los más cercanos y no había nadie dentro… Solo una especie de mancha descolorida. Cuando pude caminar comprobé que los demás cubículos, al menos los que alcancé a ver en un corto recorrido —allí había miles—, estaban igualmente vacíos.

¡Nadie!

¿Nunca hubo nadie o es que se habían desvanecido? Me mareé y vomité sin que nada saliese de mi boca. Una corriente de aire frío recorrió mi espalda y un sentimiento de absoluto vacío se apoderó de mi ser. Vacío en mi cabeza, vacío en mi estómago, vacío hasta en mis entrañas… Al alzar los ojos vi una puerta. Me dirigí hacia ella. También sabía cómo abrirla, el código que debía introducir. El resto de mi mente era un agujero negro absoluto, insondable. Miré hacia atrás. ¿Debía mirar en todos los demás cubículos? Tal vez si encontraba a alguien vivo sabría decirme dónde estabamos y qué hacíamos aquí. Intenté dar la vuelta, pero justo en ese momento la puerta se abrió completamente y algo en mi interior me obligó a seguir por el largo pasillo que se mostraba ante mis ojos. Después de ese llegó otro, y otro más, más puertas, más pasillos… Me desorienté completamente. Por un momento sentí verdadero pánico.

¿Cómo voy a volver?

Pero acto seguido un resorte de mi mente, el único que al parecer me había escuchado, me dijo: «¿Volver a dónde?». No sabía dónde estaba, ni ahora ni antes, así que mi mejor opción era seguir caminando. Cada vez estaba más desorientada y asustada. Hubo un momento que hasta me descubrí corriendo. Había pasillos que ya creía haber recorrido sin tener una certeza absoluta, pero es que ¡eran todos idénticos! Me estaba mareando de nuevo y me obligué a sosegarme un poco. Tenía que calmarme. Me apoyé en una de las límpidas paredes.

¡Piensa, …!

¡Mi nombre! ¡Ni siquiera recordaba mi nombre! Como iba a infundirme ánimo si no sabía a quién dirigirlo. ¿Y mi aspecto? ¿Cómo sería mi aspecto? Sentía que era una mujer, pero no tenía ni idea de si era alta o baja, delgada o gorda, rubia o morena, joven o vieja… Palpé mi cuerpo y mi rostro para tratar de identificarme. De algún modo que desconocía sabía que a mí nunca me importó mi aspecto, pero eso no me decía cómo era. Encontré una superficie bruñida. Me miré con precaución, no sabía lo que iba a encontrar allí, a quién vería. Cerré los ojos un momento. No podría describir lo que bullía en mi cabeza, además del miedo. Era uns sensación como la de caer a un pozo sin fondo en el que no se veían las paredes, ni el principio, mi el fin… ¡Me iba a asomar a mi propia existencia! Era tan intenso como nacer… Me sujeté como pude y abrí los ojos. Allí estaba yo… Era una mujer a la que no conocía, sin nombre, aparentemente delgada, morena, con el pelo muy corto y arrugas en la cara…

¿Cuántos años tendré?

Entonces, una especie de sacudida casi me hace caer. Me asusté. Algo había hecho estremecer ese lugar, como un terremoto que no surgía de las profundidades, sino de todas partes. Traté de sujetarme a las paredes lisas… Volvió a moverse todo de nuevo, con más fuerza y, de repente, noté un frenazo brusco.

¡Una nave! ¡Estoy en una nave!

Empezaba a recordar. Ahora sabía dónde tenía que ir. De alguna manera que aún desconocía, los pasillos antes idénticos, se hicieron identificables. Enseguida llegué al óvulo, el centro de la nave, el lugar desde donde se podían abrir las compuertas exteriores y… «Ver…, ¿qué?». Mi mente no podía recordarlo todavía, pero cuando esas pesadas láminas de acero se abrieron por completo mi cabeza hizo lo mismo. De un instante a otro lo recordé todo, absolutamente todo, hasta mi nombre: «Mirena».

Yo soy Mirena…, soy Mirena…, soy Mirena

Pero, así como mi ser aceptó lo que las puertas del recuerdo me mostraron con intensidad, mis ojos negaban lo que estaban contemplando en esos momentos.

¡Vacío!

Me senté en el suelo, desconcertada, derrotada… «¡Vacío! ¡Solo vacío!» Después de todo lo que habíamos pasado, después de lo que habíamos sufrido, lo que habíamos trabajado, todos nuestros esfuerzos solo nos llevaron al vacío. Una nave vacía en un espacio vacío, oscuro, silencioso, infinito… No había nada, ni nebulosas, ni estrellas, ni cometas, ni agujeros negros siquiera… Mucho menos un planeta habitable. Nuestros cálculos no eran exactos, no sabíamos muy bien donde estaba, pero nos aseguraron que al final del viaje habría una nueva Tierra. Y no había nada. ¡Nada! La ventana del óvulo me decía que estaba en ese mismo pozo sin fondo donde me había visto hacía un momento… Nos habían engañado.

¡Estúpida! ¡Eres una crédula estúpida!

Siempre había sido demasiado confiada. Siempre acepté que la gente aún era capaz de respetar sus promesas. Pese a todo, lo creía. Firmemente. Aunque, a decir verdad, tendría que haber renegado de las palabras de los hombres y mujeres que se hacen llamar humanos hacía mucho tiempo. ¡Me fallaron tantas veces! Promesas de amor incumplidas, felicidad inalcanzada, esperanzas derrotadas. Ni un solo día de mi vida había visto cumplir una promesa. ¿Por qué creería que embarcarse hacia un destino incierto era la única forma de salvar a la humanidad de ese planeta condenado a la autodestrucción? 

Todos los habitantes de la Tierra llevában siglos intentando que eso no sucediese. Sin éxito. No consiguieron nunca ponerse de acuerdo. Uno de los últimos avisos de los científicos de entonces decía que al planeta solo le quedaban trescientos años. Después colapsaría. No habían pasado ni cien cuando descubrieron que nos dirigíamos hacia la inevitable destrucción de la Tierra en cuestión de unos pocos años. Entonces, cobardemente, todas las naciones del mundo se prepararon para abandonarla a su suerte. Hacía más de dos décadas que nosotros también estábamos trabajando en ello.

Cuando me incorporé al proyecto, a mis veintisiete años y con mi carrera de química inorgánica recién terminada, me recibió el hombre más entusiasta que había conocido nunca en este mundo tan autodestructivo. Nos enamoramos y nos amamos en medio del caos y la devastación, mientras todo lo que se había venido vaticinando sucedía irremisiblemente a nuestro alrededor y más rápido de lo que nadie había calculado. Hasta que él también me engañó y se enamoró de otra, y luego de otra. Promesas incumplidas, felicidad escamoteada…

Y llegó el día cero. Nos reunieron a todos en el lugar donde nos esperaba la nave. Yo la contemplaba por primera vez. Mi trabajo estaba en el laboratorio, no en infraestructuras. Allí estaba él, como capitán del proyecto. Su voz potente y entusiasta llegó a embargar de nuevo mi corazón y mi cabeza. ¿Le seguía amando? Yo también rompí mi promesa de no volver a hacerlo. Mientras mi cabeza racional debatía con mi corazón enamorado, él seguía con su arenga, asegurando, en un último y vano intento por descargar de culpa a los seres humanos, que la Tierra no se destruiría porque la llevaríamos con nosotros. Yo pensé que ojalá no fuese así. Si llevar algo con nosotros suponía trasladar la semilla de la destrucción a otro lugar, mejor que no partiésemos nunca.

Además ¡éramos tan pocos! No sabíamos de nadie que hubiese alcanzado el final de la construcción de una nave como lo habíamos logrado nosotros. Y ya no quedaba tiempo para hacerlo. En ese momento, esperando mi turno para subir a ella, no hacía más que rogar para que algunas de esas naves clandestinas que también se habían estado construyendo al margen de los gobiernos, estuviesen tan listas como la nuestra. No teníamos una certeza absoluta de la ruta que debíamos seguir, solo disponíamos de vagos cálculos acerca del destino. Nos faltó tiempo para cerciorarnos. Las últimas mediciones sobre ese último mal que llevaba decenios afectando al planeta sin remisión, nos avisaron de que nada de lo que hiciéramos ya evitaría el colapso. La Tierra se extinguía, enmudecía, palidecía, se angostaba… Estaba muerta. Debíamos salir inmediatamente o pereceríamos con ella.

Una vez dentro, y justo antes de despegar, nos volvió a reunir para infundirnos los últimos soplos de ánimo antes de hibernar. Ya no volveríamos a vernos en mucho tiempo. Si todo salía bien, en varios centenares de años. Estábamos muy asustados. Su voz volvió a estremecer todo mi cuerpo. Me había engañado y seguía creyendo en él. Me sentía estúpida, pero también sirvió para escuchar una alerta en mi cabeza ¿mentiría también en su confianza en el éxito del viaje? Las opciones no eran más que dos: morir en la tierra o hibernar casi perennemente viajando hasta el infinito. Yo no estaba lista para ninguna de las dos cosas. Ahora me daba cuenta de que creí en ese proyecto porque creía en él. Y él me había engañado.

Debí haberlo imaginado… Tendría que haberlo pensado y alertar a los demás.

Pero aquel día estábamos agotados, física y mentalmente. Sentir que éramos un minúsculo puñado de supervivientes nos fatigaba de una forma que no habíamos experimentado nunca. Como si nos asolara la misma presión, el mismo desfallecimiento, que debieron experimentar los primeros humanos sobre la Tierra tratando de entender que hacían allí. Además, nosotros cargábamos con una culpa por la que ellos no penaron, la de haber destruido nuestra propia existencia en el planeta. Por eso necesitábamos promesas, las promesas de futuro que esa nave nos proporcionaba. La habíamos llamado FUTURE.

Despegamos. Estábamos todos —o la mayoría, nunca llegué a saber cuántas personas embarcamos—, en el óvulo, con las compuertas abiertas, contemplando el espacio como yo lo estaba haciendo ahora, mientras la nave se alejaba de la Tierra. Y entonces la vimos desaparecer… Nunca olvidaré esa sensación de vacío que ocupó todo mi ser hasta derrotarme mientras dejamos de verla de repente… Un vacío infinito, una ausencia abismal, un agujero negro que nacía en mi interior y se extendía poco a poco a todo mi ser, haciéndome cada vez más pequeña, más insignificante, menos necesaria. El fin ante mis ojos. No sé si los demás lo sintieron así, no hablamos de ello, nos enmudeció a todos. Esa noche, mientras nos acomodábamos en nuestros cubículos de viaje, en silencio, había más lágrimas en los rostros de mis compañeros que expresiones de esperanza. No podíamos mirar a nadie, como si temiéramos que al encontrarnos con otros ojos nos revelásemos como los culpables que éramos por lo que habíamos hecho. Como si la Tierra se hubiese llevado con ella nuestras almas, lo único humano capaz del perdon. Nunca comprendí lo que era la soledad como lo hice en ese instante.

Una vez que nuestras acciones hicieron desaparecer la Tierra, ¿acaso teníamos derecho a un lugar en el universo? Habíamos sido tan parte de ella como los ríos, los árboles, las montañas, los bosques… y una vez que nada de todo eso quedaba ya, extinguido por nuestra culpa, ¿por qué nosotros íbamos a tener el privilegio de sobrevivir?

Me eché a llorar. Después de un tiempo indefinido que nunca lograré llegar a saber cuánto fue en cálculos terrestres, soy la única que salgo con vida de esos cubículos. Ha sido la última promesa incumplida de mi vida. Cuando todos estaban destinados a morir, la propia muerte me engaña y me mantiene con vida. Vacía de vida.

¿Acaso existo? ¿Acaso no hemos sido siempre vacío…?

AlmaLeonor_LP

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