GOLBASTO DE LILIPUT

GOLBASTO DE LILIPUT

Golbasto Momaren Evlame Gurdilo Shefin Mully Ully Gue, muy poderoso emperador de Liliput, delicia y terror del universo, cuyos dominios se extienden cinco mil blustrugs (unas doce millas en circunferencia) hacia los confines del globo; monarca de todos los monarcas, más alto que los hijos de los hombres, cuyos pies oprimen el centro del mundo y cuya cabeza se levanta hasta tocar el Sol; cuyo gesto hace temblar las rodillas de los príncipes de la tierra; agradable como la primavera, reconfortante como el verano, fructífero como el otoño, espantoso como el invierno.”

Los Viajes de Gulliver (1726)
Jonathan Swift (1667-1745)

Imagen: Peter O’Toole en el papel de emperador de Liliput para la película de TV Gulliver’s Travels (1996)  de Charles Sturridge.

ALMAS PARA EL RECUERDO: ROBERT MILLAR

ALMAS PARA EL RECUERDO: ROBERT MILLAR

Ahora que estamos en plena vorágine del Tour de Francia 2017, la vuelta ciclista con más historia y con más reconocimiento mundial, es un buen momento para recordar a un ciclista, una figura fulgurante de los años ochenta y noventa, más o menos cuando yo empezaba a aficionarme al ciclismo en ruta, y que hoy vuelve a ser recordado, aunque no por sus logros en la bicicleta, que tuvo muchos y muy importantes, sino por su cambio de sexo. Me estoy refiriendo a Robert Millar, hoy de nombre Philippa York. Vamos a conocer su historia.

Tengo guardada esta fotografía de la izquierda desde el año 2007 (según consta en mi ordenador, guardada junto con el enlace a una noticia que leí entonces) y es una de las que seleccioné hace unos meses cuando decidí iniciar esta serie de artículos titulados ALMAS PARA EL RECUERDO. No es que esta sección vaya a estar dedicada solamente a deportistas, pero lo cierto es que hasta ahora son los protagonistas de ella. No obstante me alegro de no haber hecho un artículo sobre Robert Millar/Philippa York hasta ahora, porque hubiese parecido una entrada tal vez poco apropiada, chismosa.

Hoy es diferente porque hace unos días, el pasado día 6 de julio, Philippa York decidió hacer pública (se sabía desde hace tiempo en el mundo del ciclismo) su historia: “Durante mucho tiempo he vivido como Philippa”. Lo hizo con una carta abierta en la web Cyclingnews.com, un espacio especializado en ciclismo, donde además colabora asiduamente desde el año 2010 con su nombre masculino, “Robert Millar Blog”:

“Creo que se trata del momento adecuado. Hace diez años aún fui objeto de arcaicos prejuicios e insultos por mi condición. Hago pública mi imagen, ya que vivimos en una época más tolerante, libre de ignorancia, y me dedicaré a analizar el ciclismo en televisión (ITV4)”.

Philippa York el pasado 6 de julio

Para hacer más visible su imagen y su voz, Philippa York ha aceptado la propuesta de la cadena británica ITV4, para ser comentarista en el presente Tour de Francia: “Estoy realmente encantada con este desafío. Creo que es el momento adecuado para volver a un papel más activo en el ciclismo, el deporte que siempre he amado”. 

Así que creo que hoy es un buen momento para conocer a Philippa York y también para recordar al ciclista Robert Millar. 

Robert Millar, en el Tour de Francia de 1993

Empecemos por saber algo más de Robert Millar. Nacido en Escocia el 13 de septiembre de 1958, pronto empieza a correr como amateur. Primero lo hará en Escocia, luego en carreras británicas y hasta en Francia. En esta primera etapa de su carrera llegó a estar clasificado en 4º lugar en el Campeonato del Mundo Amateur. En 1980 pasó al ciclismo profesional (con el equipo Peugeot). Desde entonces se le conocen varios éxitos en las principales carreras ciclistas mundiales: quedó varias veces entre los diez primeros en carreras del estilo de la Dauphiné Libéré (que ganó en 1990), como la París-Niza, le Grand Prix du Midi Libre, el Tour Midi-Pyrenees, Tour de Suisse, Tour del Mediterraneo o el Tour de Romandía; obtuvo la victoria en la Volta a Catalunya del 85 y en el Tour de Gran Bretaña del 89; en el Tour de Francia, participó en once ediciones, ocho de ellas terminadas por completo, y quedó entre los veinte primeros en seis ocasiones; fue segundo durante dos años en la Vuelta a España (1985 y 1986); en 1987, de la mano del equipo Panasonic, corrió su único Giro de Italia, quedando en segunda posición y ganando una etapa y la clasificación de la montaña.

Siempre fue un magnífico escalador. Participó en el Tour de Francia por primera vez en 1983, consiguiendo una victoria de etapa. Fue una victoria importante, ya que le arrebató el triunfo a Perico Delgado en una etapa de montaña pirenaica, la décima, celebrada un 11 de julio, que era además la primera del Tour en la que se subía a los col de Ausbisque, Tourmalet, Aspin y Peyresourde. Obtuvo seis segundos de ventaja sobre Perico, algo que el segoviano parece que no olvidó nunca. Millar quedó en el puesto 14 a veintitrés minutos del ganador del Tour de ese año, Laurent Fignon y Perico Delgado quedó en el puesto 15, después de haberse llegado a colocar en segunda posición.

Al año siguiente, en 1984, Robert Millar quedó en 4º lugar en el Tour (Perico Delgado tuvo que abandonar por una caída cuando se había colocado el 5º en la general), ganó una etapa y fue el primero en la clasificación de la montaña, algo que no había logrado ningún ciclista inglés y que no se repetirá en 20 años, concretamente hasta el año 2009, cuando Bradley Wiggins resultó tercero en el Tour. Había nacido el gran ciclista profesional.

Bernard Hinault y Robert Millar

Su palmarés no recoge ninguna victoria en las grandes vueltas, pero siempre estuvo entre los primeros haciendo grande el ciclismo de los años ochenta y noventa, la mejor etapa, creo yo, de este deporte, cuando descollaban muchas y grandes figuras, como Bernard Hinault (es, por cierto, el último francés que ha ganado un Tour, en el año 1985), Laurent Fignon, Greg LeMond, Stephen Roche, Jan Ullrich, Lucien van Impe, Joop Zoetemelk, Alex Zülle, Freddy Maertens, Laurent Jalabert, Mario Cipollini, Francesco Moser, Giuseppe Saronni, Sean Kelly, Richard Virenque, Tony Rominger, Giuseppe Saronni, Marco Pantani…   y tantos y tantos otros, además de algunos de los mejores ciclistas españoles de todos los tiempos, como por ejemplo (y a riesgo de dejar muchos, muchísimos, en el tintero): José Luis Laguía, Melchor Mauri, Álvaro Pino, Marino Lejarreta, Vicente Belda, Chava Jiménez, Lucho Herrera, Fernando Escartín, Laudelino Cubino, Anselmo Fuerte, Peio Ruiz Cabestany, Julián Gorospe… y los enormes Miguel Indurain y Perico Delgado, el gran rival de Millar.

Miguel Indurain

En la mente de todo aficionado español al ciclismo quedó aquella mítica Vuelta a España de 1985, cuando en la penúltima etapa, una etapa durísima de puertos “rompepiernas” (los tres puertos de la etapa fueron: La Morcuera, Cotos y el Alto del León), por la sierra de Madrid, entre Alcalá de Henares y las Destilerías Dyc en Palazuelos de Eresma (Segovia), Perico Delgado (no olvidar tampoco la impagable labor de Pepe Recio) le disputó el liderazgo a Robert Millar (en estos momentos líder con maillot amarillo) con una escalada espectacular, digna de los mejores ciclistas del mundo y haciendo vibrar a todos los aficionados que no nos despegábamos del televisor.

 Pepe Recio y Perico Delgado

Descendiendo Navacerrada, Perico Delgado, que estaba a más de seis minutos del líder, Millar (era segundo Pacho Rodríguez a 10” y tercero Peio Ruiz Cabestany del MG-Orbea, el equipo de Perico, a 1’15”), acabó con las aspiraciones del escoces para terminar triunfante en una de las grandes vueltas. Perico Delgado le sacó una ventaja de siete minutos alzándose con el triunfo de la etapa y de la vuelta.

Para la afición inglesa fue una “vuelta robada”, un acuerdo de connivencia entre los equipos españoles. Philip Bouvet, del diario francés L’Équipe, declaró que Millar fue “la víctima de una formidable coalición española”. Toda la prensa y hasta el director deportivo del equipo Peugeot, Roland Berland, estaban convencidos de que se les había tendido una trampa urdida por todo el pelotón de la vuelta: “Está todo podrido, todo el pelotón estaba contra nosotros, parece que un español tenía que ganar a toda costa”. Millar aseguró que no volvería a correr la vuelta española. Pero si que lo hizo. Al año siguiente, con el equipo Panasonic, se colocó la camiseta amarilla en la etapa seis (coronando los Lagos de Covadonga), pero de nuevo, en la etapa once, esta vez un trial de 29 km en Valladolid, la pierde en favor de Álvaro Pino, quien se hizo con el triunfo de la Vuelta, con Millar en segunda posición a un minuto y seis segundos.  En 1988, con el equipo francés Fagor, volvió a la Vuelta quedando sexto. Perico Delgado ganó el Tour de Francia de ese año y Robert Millar lo abandona en la etapa 17.

Robert Millar y Perico Delgado

Durante la década de los noventa, Robert Millar ya no parecía ser el ciclista descollante de la década anterior. En 1991 terminó el Tour de Francia en el puesto 72, la única vez de las ocho que lo terminó que no se situó entre los 25 primeros. El año siguiente fue su Annus horribilis, cuando llegó a ser positivo por testosterona en la Vuelta a España de 1992. Perdió su tercer puesto y le sancionaron con 10′, una multa pecuniaria y una suspensión durante tres meses, algo que en su profesión no se olvida fácilmente y pasa factura, como le ocurrió tristemente a Marco Pantani (el año pasado se supo que su análisis estuvo manipulado por la mafia a causa de las apuestas clandestinas).  Aun así, obtuvo algunos buenos puestos en esta década: completó el Tour de Francia en 1992 (18ª posición) y 1993 (24ª); la Vuelta en 1992 (20ª) y 1993 (15ª); fue segundo y tercero en algunas carreras y campeón de Gran Bretaña de fondo en carretera en 1995. En ese mismo año su equipo, Le Groupement, se disuelve por quiebra y Millar abandona el ciclismo profesional.

Robert Millar en el Alpe D’Huez en el Tour de Francia de 1991.

Su vida privada era poco conocida. En la todavía clasista España de los ochenta, se le criticaba su coleta y su pendiente en la oreja, y entre sus compañeros de equipo era tenido por un personaje retraído y poco dado a comentar sus cosas. La prensa le calificaba de “taciturno” e impopular por sus repetidas negativas a ser entrevistado. En 1985 se casó, casi en secreto, con la francesa Sylvie Transler (hermana del ciclista Jerome Simon), de la que se separó a finales de los noventa y con la que tuvo un hijo.

En 1994, dos años después del disgusto del dopaje en la Vuelta a España, se hizo vegetariano manifestando a menudo su aversión a los productos químicos. En el año 2000 los rumores sobre su condición sexual hicieron que redujera drásticamente sus apariciones públicas, siendo su participación en los Juegos de la Commonwealth del 2002 la última ocasión en la que se dejó ver como Robert Millar. Al parecer, en el año 2003 inicia su camino de cambio de sexo y pasa por primera vez por el quirófano: “Ya sabía que era diferente desde los cinco años.”

Siguió, no obstante, ligado al ciclismo como preparador y director deportivo, pero al iniciarse el nuevo siglo no se sabe nada de él, desaparece. En el año 2003 fue incluido en el Salón de la fama del Deporte en Escocia y ni siquiera acudió a la ceremonia. Tan notoria fue su desaparición que el Daily Mail decidió profundizar en el tema y se llegó a realizar un documental titulado “En busca de Robert Millar”, basado en el libro del periodista Richard Moore. Entonces, en el año 2007, se publicó la imagen de la que hablaba al principio, una imagen en la que borrosamente se identificaba a una mujer de larga melena, de nombre Philippa York, como Robert Millar. El Daily Mail adelantaba entonces que Philippa vivía en Dorset con su pareja, una mujer llamada Linda Purr.

“Por mucho que he intentado mantener mi privacidad intacta durante el curso de los años, creo que hay varias razones obvias por las que no había tenido un perfil público desde que hice la transición. Por suerte, los tiempos han cambiado desde hace 10 años, cuando mi familia amigos y yo misma estábamos anclados en la vista arcaica y llena de prejuicios que mucha gente y algunos tabloides han mantenido sobre esto.”

Robert Millar, hoy ya Philippa York, es el primer ciclista profesional que ha manifestado públicamente su cambio de sexo. No es el único deportista que lo ha hecho, pero hay deportes en los que parece mucho más difícil hablar abiertamente de ello. Bienvenida de nuevo al mundo del ciclismo Philippa.

AlmaLeonor

Fuentes: WikipediaCyclinews; As; El MundoEl Mundo DeportivoEl Español; Diario Público; MarcaEl Periódico; ABCAS ; Il Corriere; El Mundo Deporte; Web oficial de Perico Delgado; Web oficial del Tour de Francia.

Hoy, 11 de julio, justo cuando acabo de terminar de escribir este artículo, toda la historia de Robert Millar ha sido contada en los comentarios de la décima etapa del Tour por los periodistas de Eurosport.

FRASES CON IMÁGENES (XVIII)

FRASES CON IMÁGENES (XVIII)

Imagen: Michael Kenna (cortesía de “La curiosidad no mató al gato”).

“El sueño es como un cuadro, pero hay que cuidarse de desmembrarlo de acuerdo a un sistema moral o psicológico para encontrarle una interpretación: es preferible permitirle al espectador que subsista en su genuina pureza simbólica porque la visión visible y creadora es más fuerte y fecunda que su prolijo análisis.”

Alfred Kubin (1877-1959).

BATRACOMIOMAQUIA

BATRACOMIOMAQUIA

Theodor Severin Kittelsen (1857-1914)

“Al comenzar esta primera página, ruego al coro del Helicón que venga a mi alma para entonar el canto que recientemente consigné en las tablas, sobre mis rodillas —una lucha inmensa, obra marcial llena de bélico tumulto— deseando que llegue a oídos de todos los mortales cómo se distinguieron los ratones al atacar a las ranas, imitando las proezas de los gigantes, hijos de la tierra.”

La Batracomiomaquia o “Batalla de las Ranas y Ratones”, es una obra épica cómica, una parodia sobre la “Ilíada”, atribuida igualmente a Homero por algunos autores romanos, pero que según Plutarco podría ser de Pigres de Halicarnaso (hermano o hijo de Artemisia, la reina de Caria), y según otros, sería incluso de un autor más moderno, de la época helenística. Por extensión, se denomina Batracomiomaquia a toda disputa estúpida por naturaleza, algo así como cuando nosotros decimos “entre tirios y troyanos” (como una disputa entre dos cuestiones iguales), y me pregunto si se podría asimilar a la guerra descrita en los Viajes de Gulliver entre Liliput y Blefuscu sobre cómo cascar los huevos cocidos (y que satiriza los conflictos religiosos de la Europa de la época del autor, Jonathan Swift, entre Inglaterra y Francia respectivamente).

La historia griega dice más o menos esto:

Un ratón llamado Hurtamigas, que bebía agua de un lago se encontró con el Rey Rana, llamado Hinchacarrillos, quien lo invitó a su casa. Mientras el Rey Rana cruzaba nadando el lago, con el ratón sentado en su espalda, se enfrentaron a una espantosa serpiente acuática…

De súbito apareció una hidra, con el cuello erguido sobre el agua ¡Amargo espectáculo para entrambos! Al verla, sumergióse Hinchacarrillos, sin parar mientes en la calidad del compañero que, abandonado, iba a perecer. Fuese, pues, la rana a lo hondo del lago y así evitó la negra muerte. El ratón, al soltarlo la rana, cayó en seguida de espaldas sobre el agua; y apretaba las manos; y, en su agonía, daba agudos chillidos. Muchas veces se hundió en el agua, otras muchas se puso a flote coceando; pero no logró escapar a su destino. El pelo, mojado, aumentaba aún más su pesantez. Y pereciendo en el agua, pronunció estas palabras:

—No pasará inadvertido tu doloso proceder, oh Hinchacarrillos, que a este náufrago despeñaste de tu cuerpo como de una roca. En tierra, oh muy perverso, no me vencieras ni en el pancracio, ni en la lucha, ni en la carrera; pero te valiste del engaño para tirarme al agua. Tiene la divinidad un ojo vengador, y pagarás la pena al ejército de los ratones sin que consigas escaparte.

Otro ratón fue testigo de lo ocurrido desde una orilla del lago, y corrió a contar a todos lo que había visto. Los ratones se prepararon para la batalla como venganza por la traición del Rey Rana y enviaron un heraldo para proponer a los dioses que eligiesen bando, y específicamente a Atenea para que les ayudase…

Entonces Zeus llamó a las deidades al estrellado cielo y, mostrándoles toda la batalla y los fuertes combatientes, que eran muchos y grandes y manejaban luengas picas —como si se pusiera en marcha un ejército de centauros o de gigantes— preguntó sonriente “¿Cuáles dioses auxiliarán a las ranas y cuáles a los ratones?” Y dijo a Atenea:

—¡Hija! ¿Irás por ventura a dar auxilio a los ratones, puesto que todos saltan en tu templo, donde se deleitan con el vapor de la grasa quemada y con manjares de toda especie?

—¡Oh padre! Jamás iré a prestar mi auxilio a los afligidos ratones, porque me han causado multitud de males, estropeando las diademas y las lámparas para beberse el aceite. Y aun me atormenta más el ánimo otra de sus fechorías: me han roído y agujereado un peplo de sutil trama y fino estambre que tejí yo misma; y ahora el sastre me apremia por la usura —¡situación horrible para un inmortal!— pues tomé al fiado lo que necesitaba para tejer y ahora no sé como devolverlo. Mas ni aun así querré auxiliar a las ranas, que tampoco tienen ellas sano juicio: pues recientemente, al volver de un combate en que me cansé mucho, me hallaba falta de sueño y no me dejaron pegar los ojos con su alboroto; y estuve acostada, sin dormir y doliéndome la cabeza, hasta que cantó el gallo. Ea, pues, oh dioses, abstengámonos de darles nuestra ayuda: no fuese que alguno de vosotros resultase herido por el punzante dardo, pues combatirán cuerpo a cuerpo, aunque una deidad se les oponga; y gocémonos todos en contemplar desde el cielo la contienda.

Así dijo. Obedeciéronla los restantes dioses y todos juntos se encaminaron a cierto paraje. Entonces los cínifes preludiaron con grandes trompetas el fragor horroroso del combate; y Zeus Cronida tronó desde el cielo, dando la señal de la funesta lucha.

Se libró la batalla y los ratones fueron más fuertes. Zeus, entonces, invocó a un ejército de cangrejos para evitar la completa destrucción de las ranas…

De pronto se presentaron unos animales de espaldas como yunques, de garras corvas, de marcha oblicua, de pies torcidos, de bocas como tijeras, de piel crustácea, de consistencia ósea, de lomos anchos y relucientes, patizambos, de prolongados labios, que miraban por el pecho y tenían ocho pies y dos cabezas, indomables: eran cangrejos, los cuales se pusieron a cortar con sus bocas las colas, pies y manos de los ratones, cuyas lanzas se doblaban al acometer a los nuevos enemigos.

Temiéronles los tímidos ratones y, cesando en su resistencia, se dieron a la fuga.

Impotentes ante sus pinzas acorazadas, los ratones se retiraron, finalizando al ocaso la guerra de un solo día.

El poema se compone de aproximadamente 300 hexámetros. En el proemio (versos 1-8) se adivina ya el toque cómico al presentar una guerra (narrada con lenguaje épico) entre dos tipos de animales, digamos, insignificantes: ranas y ratones.  Los detalles de la batalla (versos 202-259) son presentados como la lucha entre dos héroes individuales, aunque la la descripción final de la lucha es confusa debido al cruce de muchos textos traducidos e insertados en las traducciones antiguas. Pero, pese a que los dioses habían declinado no intervenir, al final Zeus lo hace en favor de las ranas. Para los expertos, es un texto muy rico en lecturas, pero que rezuma, ante todo, un profundo antibelicismo: todas las guerras son tan absurdas como una lucha entre ratones y ranas.

Las ilustraciones de esta entrada son obra de Theodor Severin Kittelsen (1857-1914), un artista noruego muy conocido por sus ilustraciones y pinturas inspiradas en la naturaleza y en los cuentos de hadas y leyendas nórdicas, sobre todo las relacionadas con los Trolls.

Troll (1906)

Vivió durante dos años en un faro en las islas Lofoten, donde además de pintar, empezó a escribir relatos para acompañar sus dibujos. Sus mejores años artísticos los pasó en una finca llamada Lauvlia, en Sigdal, cerca de Oslo, (Noruega, hoy museo), donde residió los restantes años de su vida. En Lauvlia, Kittelsen vivió con la que fuera su esposa desde 1889, Inga Dahl, con quien llegó a ser padre de nueve hijos en sus veinte años de matrimonio.

Kittelsen realizó su obra “Krigen mellom froskene musene” basada en la Batracomiomaquia entre 1884 y 1885, plasmando en una serie de magníficos dibujos el espíritu épico del relato homérico, pero también la parodia que se trasluce de la desigual batalla. Sin embargo, no fue una de sus obras exitosas y no encontró editor para ella en forma de libro. Todas las ilustraciones fueron compradas por un coleccionista sueco, Pontus Fürstenberg, quien las legó a su muerte al museo de arte de Gotemburgo. Hoy, pueden encontrarse en una obra editada por la Revista Babar en en forma de ebook (descargable desde el enlace), desde una traducción contemporánea, publicada en 1887 por el erudito Jenaro Lenda Mira (1816-1893), bibliotecario jefe de la Biblioteca Nacional.

Merece la pena conocer este relato y recordar, hoy más que nunca, la absurda realidad de las guerras. Todos acabamos siendo ranas o ratones engullidos por feroces cangrejos por voluntad de los dioses. Ni los ganadores ni los perdedores de las guerras tienen en sus manos el poder de decidir. Toda guerra es una falacia absurda… una cruel falacia absurda.

Almaleonor

 

 

 

 

 

EL CALTECH DE PASADENA

EL CALTECH DE PASADENA

El Instituto de Tecnología de California (CALTECH, en sus siglas en inglés), es el centro donde investigan los protagonistas de la serie The Big Bang Theory… No podían haber elegido un centro mejor para la serie.

El CALTECH es una universidad privada situada en Pasadena (California, Estados Unidos) que pasa por ser una de las principales instituciones mundiales dedicadas a la ciencia, la ingeniería y la investigación. Hasta el 2005, el recuento de los Premios Nobel vinculados a la institución (alumnos y/o profesores) asciende a treinta y uno, entre ellos Richard Feynman (1918-1988), Premio Nobel de Física en 1965 y uno de los participantes del  Proyecto Manhattan, donde se desarrolló la bomba atómica. Albert Einstein visitó CALTECH en la década de 1930.

Fue fundado en 1891, y su lema es “La Verdad os hará libres“, en inglés “Truth Shall Make You Free“. Así que para hacer honor a su lema, hay que explicar que lo que se funda en septiembre de 1891, fue la Universidad Throop, un centro fundado por el filántropo de Pasadena, Amos Gager Throop (1811-1894) quien alquiló el edificio Wooster para ese propósito. La Universidad Throop es el antecesor decimonónico de CALTECH, pero tuvo éxito desde sus inicios. En noviembre del mismo año de su inauguración abrió sus puertas para los primeros 31 estudiantes (curiosamente el mismo número de Premios Nobel de la institución hasta el 2005) y seis profesores. Throop podría haber seguido siendo simplemente una buena escuela local, si no hubiera sido por la llegada del astrónomo George Ellery Hale (1868-1938), fundador y primer director del observatorio del Monte Wilson, junto a los ya afamados Ferdinand Ellerman (su ayudante desde hacía varios años), Harlow Shapley y Edwin Hubble (juntos desarrollaron el diseño y planificación de varios telescopios líderes en el mundo). Hale se convirtió en un miembro del consejo de administración de Throop en 1907, y comenzó a moldear la escuela en una institución de primera clase para la ingeniería y la investigación científica y la educación. En 1921 cambia su nombre a Instituto de Tecnología de California. Había nacido CALTECH.

Actualmente, y desde el 1 de julio de 2014, CALTECH, está dirigido por el físico estadounidense Thomas F. Rosenbaum (en la serie el rector y quien preside el instituto es el doctor Siebert), y el centro también controla y dirige el Jet Propulsion Laboratory de la agencia espacial estadounidense, NASA, como aparece en la serie. El Spitzer Science Center (SSC), ubicado en el campus de CALTECH, es el centro comunitario y de análisis de datos de apoyo para el telescopio Spitzer de la NASA. El SSC es parte de Infrared Processing and Analysis Center (IPAC, Centro de Procesamiento Infrarrojo y Análisis), trabajando en colaboración con el Jet Propulsion Laboratory.

Aquí se pueden ver algunos de los espacios de la Universidad tal y como aparecen en la serie, que no es, precisamente, como son en realidad. Según la serie, ellos trabajan en el Bridge Physics Building, de CALTECH. La verdad es que no está nada mal el sitio que han escogido para situar a los “frikis” de la serie.

AlmaLeonor

FRASES CON IMÁGENES (XVII)

FRASES CON IMÁGENES (XVII)

“Cuando en la noche serena / doblo mi frente abrasada, / sobre mi triste almohada / confidente de mi pena, / suave luz mi estancia llena / un ángel hacia mi avanza… / ‘descansa, dice, descansa: / Duerme en paz, confía en Dios. / Soy el alma de los dos / y te traigo la esperanza…”

Francisco Escudero y Perosso (“TU (a M)”)
poema dedicado a su esposa, la actriz Matilde Bagá
(fallecida en 1867).

EL “PATO” DE SCHRÖDINGER

EL “PATO” DE SCHRÖDINGER

Ánade o pato común (Anas platyrhynchos)

Aunque tardé un buen rato en darme cuenta, esta mañana, en mi paseo con Miki a lo largo del canal, un pato… mejor dicho un grupo de patos me seguía displicente en todos mis movimientos. Si yo me paraba, ellos se paraban, si avanzaba, ellos avanzaban. En realidad, todos ellos (la mayoría hembras y pollos jóvenes) seguían a un pato común macho, grande, de colores brillantes y gesto vivaz, que era el que encabezaba la comitiva y el que marcaba el ritmo de parada-avance, según mis movimientos.

Cuando me di cuenta de ello empecé a pensar en el motivo de tal comportamiento, y como yo nunca me he parado en el canal a echar comida a los patos (mucha gente sí que lo hace), se me ocurre que quizá aquel pato guiaba a sus congéneres (o tal vez una extensa familia) siguiendo no a la persona que les proporcionaba un alimento extra, sino a la representación de esa persona. Evidentemente, el pato no distinguía entre su dadivoso humano y mi persona ¿o tal vez si y lo que estaba expresando con su comportamiento era la notada ausencia de esa persona?

Entonces se me ocurrió describir la escena con un título: era el Pato de Schrödinger.

Todos conocemos, más o menos, la famosa distropía de Schrödinger, esa en la que un gato, (cruelmente utilizado, aunque se supone que en teoría) encerrado dentro de una caja con una capsula de veneno y un dispositivo que puede romper o no la capsula, crea la duda de si está vivo o muerto a no ser que se abra la caja, probando con ello la superposición cuántica de los estados «vivo» y «muerto», algo que no puede ser explicado por la lógica, solo con la intervención de un observador exterior. Es una noción interesante que siempre me ha intrigado. Estar vivo o muerto depende de la mirada ajena, parece querer decirnos la teoría de Schrödinger. Estar y no estar a la vez, mientras no se dirima la duda por un medio externo: abrir la caja y mirar.

Es lo que parecía querer decirme aquel pato de Schrödinger. Una persona que está y no está a la vez, dependiendo de la apreciación del pato. Para aquel pato, o yo era esa persona que esperaba y me estaba apremiando para que cumpliera con el cometido alimenticio, o yo era la representación de alguien que lo hacía, y por lo tanto, era una muestra clara de su ausencia. O al menos, esa es la duda que hizo crecer en mí. ¿Dónde estaba esa persona que esperaba el pato? ¿Existía siquiera? ¿Acaso debía ser yo esa persona? ¿Da igual la persona, el caso es estar ahí dando de comer a los patos? Estar y no estar a la vez. La distropía de Schrödinger.

Digo que me resulta muy interesante el experimento porque puede aplicarse a nuestra propia situación vital de cada día. Dejando aparte la inquietud que me causó el Pato de Schrödinger esta mañana, uno está o no está, dependiendo del ángulo externo con el que se le observa. Por ejemplo, para nuestros amigos, familiares y conocidos, siempre “estamos” aunque tardemos mucho tiempo en hablar o comunicarnos. Pero para el resto del mundo, nuestro estado vital dentro de una supuesta caja (nuestra vida), sería acogido con una indiferencia tan absoluta que se parecería mucho a estar muerto. Uno está y no está, vivo.

Pero si metiésemos en esa “caja” imaginaria de Schrödinger a un personaje muy conocido, por poner algún que otro ejemplo, digamos que a Jesucristo, Mahoma, Julio Cesar, Superman, James Dean, Marilyn Monroe o Elvis Presley… para la gran mayoría se proyectaría una imagen “muy viva” de su persona, aunque en puridad, sea una persona fallecida (o que nunca llegó a existir). El Rey ha muerto, viva el rey. El rey siempre está, aunque no esté.

El caso es que ahora no hago más que pensar en esa persona que esta mañana debía de haber acudido a una cita con el pato, una cita que yo imagino, que no sé si es real, que solo lo intuyo por el comportamiento del pato, y que por lo tanto, no puedo saber si está viva o muerta hasta que no se abra la caja… es decir, hasta que no aparezca alguien con una bolsa de pan para echar de comer a los patos. Pero en ese caso, y ahí está la enorme paradoja de la distropía del Pato de Schrödinger, nunca sabré si esa persona que aparece es la persona que esperaba el pato cuando aparecí yo…

Y así sigo cavilando…

AlmaLeonor

 

LA MENTIRA: LO QUE PARECE, NO ES

LA MENTIRA:
LO QUE PARECE, NO ES

Artículo de Alma Leonor López publicado el 2 de febrero de 2015 en Anatomía de la Historia, sección Siglos XIX y XX.

“La mentira es un gran problema que, con frecuencia, nos inquieta en nuestro quehacer cotidiano porque tal vez denunciemos, temerariamente, como mentira lo que no es mentira, o pensemos que, a veces, se puede mentir con una mentira honesta, oficiosa o misericordiosa.”

Agustín de Hipona, Sobre la mentira

En el año 2013 Anatomía de la Historia publicó mi artículo Corruptelas que hicieron Historia, donde se hablaba de algunos de los casos de corrupción más sonados de nuestro país a la luz de los que estaban siendo conocidos en aquellos momentos. Aún siguen presentes en la actualidad política, aunque ahora un poco más acompañados, si puede decirse así, ya que otros escándalos político-financieros, relacionados algunos con la ocultación de ingresos a través de las llamadas tarjetas black, están provocando un rosario de dimisiones políticas no solo por la corrupción manifiesta, sino además, por mentir.

Y de esto es de lo que trata este artículo, de mentiras, de cómo la mentira aparece en la historia unas veces con su acepción primera (“expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa”, según el DRAE), y otras en forma de alguno de sus sinónimos: farsa, invención, engaño, simulación, falacia, treta, argucia, fraude, subterfugio, enredo, artificio, disimulo, apariencia, bola, embuste, chisme, calumnia, difamación, exageración, burla… o, sugestivamente, cuento, fábula y novela, como puede encontrarse en algún listado de sinónimos, aunque en puridad, una ficción no sea una mentira, ya que ésta ha de resultar, necesariamente, una acción intencionada como explicó Agustín de Hipona: “El pecado del mentiroso está en su deseo intencionado de engañar… Las bromas no son mentiras” (Sobre la mentira).

Fue la radio la que resultó testigo de una de las mayores “bromas” de la historia, la retransmisión teatralizada de la novela La Guerra de los Mundos de H. G. Wells, que el 30 de octubre de 1938 realizara un joven Orson Welles (1915-1985) causando una alarma generalizada de pánico en todo Estados Unidos, pese a que se había anticipado un mensaje aclarando que se trataba de una invención (Welles tuvo que volver a explicarlo en el minuto 40:30 aproximadamente). Todo había sido una ficción, un “truco o trato” en la noche más “terrorífica” de Estados Unidos, la noche de Halloween.

Pero vamos a ver algunas mentiras más que se sucedieron a lo largo de la historia… solo algunas, porque todas es imposible contarlas.

PRENSA, PROPAGANDA Y MAINSTREAM

Se suele decir que desde el siglo XVIII la prensa ha jugado un importante papel como un “cuarto poder”, pero finalizando el siglo XIX fue una suerte de prensa sensacionalista la que originó, en la Guerra Hispano-estadounidense de 1898, el anticipo de un conflicto bélico y hasta una nueva forma de hacer periodismo, llamado con el tiempo amarillismo, que consiste en falsear o presentar exageradamente un acontecimiento como “subterfugio” para provocar una reacción, ya sea comercial, social, política o, como en este caso, militar: el 16 febrero de 1898, al día siguiente del suceso, The New York Journal, el diario del gran magnate William Randolph Hearst, publicaba en titulares la noticia del estallido del barco estadounidense USS Maine en el puerto cubano de La Habana, culpabilizando a España de haber emprendido una acción de guerra: “El Maine, partido en dos por una máquina infernal del enemigo”. Sin embargo, la nota de su enviado a Cuba, Silvester Scovel, solo informaba de la explosión, sin más datos. Nacía así el periodismo al servicio de los intereses políticos o la prensa llamada hoy mainstream, creadora propia de opinión pública.

Uno de los mayores embustes conocidos a través de una publicación en prensa fue la sonada orquestación político-novelesca de los llamados Protocolos de los Sabios de Sión, muy difundidos a principios del siglo XX en Rusia (y en toda Europa, solo en la Biblioteca del Museo Británico se conservan 43 ediciones, la primera de 1905), con la pretensión de desacreditar a los judíos y, en cierto modo, justificar los pogromos rusos.

“La política no tiene nada que ver con la moral. Un jefe de Estado que pretenda gobernar con arreglo a leyes morales, no es hábil y, por tal, no está bien afianzado en su asiento. Todo el que quiera gobernar debe recurrir al engaño y a la hipocresía.” (Protocolo I)

Los Protocolos explicaban una elaboradísima trama conspiratoria sionista para hacerse con el control político mundial (empezando por la masonería y el comunismo y después manipulando la economía, controlando los medios de comunicación y fomentando los conflictos religiosos), una idea que ha continuado circulando durante mucho tiempo y que incluso a día de hoy puede rastrearse por Internet. En el año 2010 Umberto Eco reescribió la historia de los Protocolos, y de paso buena parte de la historia europea de la segunda mitad del siglo XIX, en su novela El Cementerio de Praga, donde el protagonista, el capitán Simonini (acuciado por una doble personalidad) se confiesa espía y autor de los documentos.

El texto de los Protocolos, del que no se conoce su origen exacto, aparece publicado por primera vez en 1903 en el diario ruso Znamya (‘bandera’), pero el que se difunde profusamente a partir de la Revolución Rusa de 1917 es el de la tercera edición de 1905, publicada en Rusia por Sergei Nilus (1862-1929), escritor, religioso, místico y, según él mismo, agente secreto de la Ojrana, la policía secreta rusa.

Poco después, en 1921, se publican en Nueva York una serie de artículos periodísticos sensacionalistas sobre los Protocolos cuya autora era la princesa Catherine Radziwiłł (1858-1941), la condesa polaca Ekaterina Adamovna Rzewuska, casada con el príncipe Wilhelm Radziwiłł a los 15 años, tenida por instigadora y chismosa en su tiempo y a la que se le conocen varios libros escritos con pseudónimo (el más conocido es el de Paul Vasili, nombre con el que escribió, por ejemplo, La Société de Madrid. 1886). Fue condenada y enviada a prisión en alguna ocasión por fraude y falsificación y el escritor francés André Maurois dijo de ella que era una “mitómana” y que toda su vida era un engaño y una mentira.

Pues bien, en esos artículos Radziwiłł describe cómo, entre los años 1904 y 1905, un agente de la Ojrana (según su versión era el periodista de Le Figaro Matvei Golovinski), le entrega en su apartamento de los Campos Elíseos de París unos documentos en francés, los Protocolos, siguiendo órdenes de Piotr Rachkovski, jefe del servicio secreto ruso, de la Ojrana. Pero toda la historia quedó desacreditada cuando se descubrió la mentira de Radziwiłł, ya que los documentos no eran originales, Rachkovski en esas fechas no estaba ya en París y, por supuesto, ella no poseía un apartamento en los Campos Elíseos.

Los Protocolos son una elaborada falsificación, una mentira antisionista con muchas ramificaciones, que según el Museo del Memorial del Holocausto ha sido varias veces condenada: en 1935 un tribunal suizo declaró que los Protocolos eran “difamatorios” y “falsificaciones obvias”; en 1964 el Senado de Estados Unidos emitió un informe en el que se dice de los Protocolos que estaban “fabricados” y eran un “galimatías”; en 1993 un tribunal ruso condenaba a los difusores de una nueva edición de los Protocolos por propagar el “antisemitismo”. Pues bien, aun así, es una de las publicaciones más difundidas en todo el mundo.

Para cuando los Protocolos llegan a Estados Unidos, hacia 1928, algunos magnates, como Henry Ford (1863-1947), los tomaron, si no como auténticos, sí como reflejo de una realidad posible.

Los Protocolos de los Sabios de Sión fueron también uno de los pasquines utilizados por la propaganda intencionadamente antisemita del nazismo alemán para justificar su ideología y amparar el Holocausto judío. A Joseph Goebbels se debe la famosa frase una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad, tantas veces parafraseada hoy en sentido contrario. La propaganda de los regímenes dictatoriales europeos del siglo XX, tanto de los fascismos como del régimen estalinista, puede encuadrarse también en una suerte de “exageración”, de política intencionadamente difamatoria, con el fin de subyugar a la opinión pública y promocionar la ideología dominante. Es doblemente dolosa si tenemos en cuenta que son campañas realizadas en tiempos en los que la censura y la represión impedían una contrastación efectiva de las mentiras.

Una forma de “engañar” y mentir a la opinión pública y, en cierto sentido, a la historia, también puede ser la falsificación de documentos gráficos como las fotografías. No es una exclusividad de nuestra era digital, sino que ha venido siendo una práctica habitual casi desde su mismo nacimiento. Como casos de semejantes montajes hay muchísimos, señalaremos solamente que no siempre se han manipulado para “eliminar” una presencia políticamente incómoda (como hizo Mussolini con el mozo que sujeta su caballo, para ofrecer una imagen más “marcial”; o Lenin con Trotsky de 1917 a 1926, o Stalin con este deportado y ajusticiado político), también se han utilizado para “retocar” carteles inapropiados (en la Rusia bolchevique “Abajo la Monarquía” decora una bandera anodina y un cartel que rezaba “Relojes. Oro. Plata”, se sustituye por un mensaje más adecuado: “en la lucha tendrás tu derecho”), o para “añadir” ausencias significativas, como la del general Francis Preston Blair Jr. en una fotografía junto al General William Tecumseh Sherman y su Estado Mayor de la Unión, tomada entre 1862 y 1865 por el equipo del famoso documentalista de la Guerra Civil estadounidense Mathew B. Brady (1822-1896).

O para cubrir las ausencias de parte de la familia real española en una felicitación navideña. Porque la política reciente también ha hecho uso de este “montaje” de forma más que habitual. Por ejemplo en el año 2004, en Estados Unidos, al entonces candidato demócrata a la presidencia y actual secretario de Estado, John Kerry, le “fabricaron” un pasado de lucha apasionada por los derechos civiles trucando una fotografía en la que aparecía junto a una activista Jane Fonda. Y en 2011, durante la operación secreta de las fuerzas especiales norteamericanas que acabó con la captura y muerte del terrorista Osama bin Laden, el presidente Barack Obama y sus colaboradores más inmediatos siguieron todos los acontecimientos desde una sala de la Casa Blanca, escena que todos los periódicos del mundo pudieron contemplar al día siguiente. Todos menos uno. Hubo un diario ortodoxo judío que borró digitalmente de la escena a las mujeres presentes en la reunión: Hillary Clinton y Audrey Tomason.

El caso es que muchas veces una imagen sí que necesita de mil palabras para no mentir.

MENTIRA VERSUS POLÍTICA

Ya desde la Antigüedad clásica, la política y el poder, encontraron en la mentira una “herramienta necesaria y justificable” −decía Hannah Arendt (Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política, 1954)− para encumbrarse, mantenerse y perpetuarse en los puestos dirigentes de la nación. La mentira, amparada en ocasiones en la maquiavélica “razón de Estado” como fin que justifica los medios, hace que la autora alemana se cuestione hasta dónde esta utilización del “falso testimonio”, puede llegar a resultar dañina no solo para la credibilidad del político, sino también para “la naturaleza y dignidad del campo político, de la verdad y la veracidad”. En definitiva, el peligro de que la banalidad de la mentira acabe por hacerla tan habitual que resulte aceptable. En su estudio Eichmann en Jerusalén, Arendt busca la evidencia de un falso testimonio, un delito de perjurio más allá del eficaz comportamiento del burócrata que cumple órdenes superiores.

Pero cuando quien falta a la verdad es el primer mandatario de un país, esta justificación no sirve. Políticos que fueron manifiestamente “cazados” en una mentira pueden ser muchos, pero nos centraremos en dos buenos ejemplos de presidentes estadounidenses: Richard Nixon, el único presidente en la historia de Estados Unidos que se vio obligado a dimitir de su cargo, el día 9 de agosto de 1974, tras la investigación de dos periodistas que sacaron a la luz toda una trama de obstrucción a la justicia y escuchas fraudulentas, bautizada como caso Wartergate; y el presidente Bill Clinton, por cuyo affaire sentimental con una becaria de la Casa Blanca de nombre Monica Lewinsky en enero de 1998 (asunto que saltó a la opinión pública desde la red de Internet), fue acusado por el fiscal Kenneth Starr de perjurio, además de otros cargos −hasta once−, entre los que se encontraba el de coacción de testigos por haber obligado a mentir a aquélla en otra causa. Aunque no llegó a dimitir por el escándalo y nunca admitió que cometiese perjurio, sí que tuvo que reconocer que había mantenido algún tipo de relación sexual con la becaria. Un año más tarde salió absuelto de todos los cargos.

Y aún está por determinar por la comunidad internacional, pero podríamos mencionar hasta a un tercer presidente estadounidense, George W. Bush, quien hizo creer a todo el mundo que, el otrora aliado norteamericano, el presidente iraquí Saddam Hussein, ocultaba armas de destrucción masiva en su país (violando la Resolución 687 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de 1991) capaces de provocar una masacre terrorista internacional. Con este, digamos, bullshitting (una aseveración sin saber a ciencia cierta su veracidad y sin que le importe al interlocutor que lo sea, según el filósofo Harry Frankfurt), el “Trío de las Azores” (Bush y los jefes de Gobierno europeos, José María Aznar y Tony Blair) emprendió la que quizá fue la más estrepitosa y mediática de las guerras modernas, la Guerra de Irak (2003-2011).

También en España, y en cierto sentido a consecuencia de este asunto, conocimos un sangrante caso de bullshitting cuando el Gobierno Aznar, con su ministro del Interior, Ángel Acebes a la cabeza, afirmó por todos los medios a su alcance la autoría etarra de los atentados que la organización terrorista Al-Qaeda perpetró en Madrid el 11 de marzo de 2004 en la Estación de Atocha.

ESPIANDO, QUE ES GERUNDIO

Pero a veces “no decir la verdad” no tiene por qué ser una mentira. Otra herramienta política, el espionaje, se basa en mantener la ilusión de un artificio, un doble juego, la falsedad de una lealtad hacia un bando que en realidad está sirviendo al contrario. Ejemplos de espías en la Historia hay muchos, y es uno de los más famosos, quizás, el del francés Alfred Dreyfus (1859-1935), un posible caso de espionaje, antisemitismo y mentiras a partes iguales.

Muchas mujeres participaron en contiendas y guerras utilizando el “ardid” de un fingido cambio de sexo para poder luchar como hombres. Fue el caso, por ejemplo, de Catalina de Erauso y Pérez Galarraga (1585?-1650), la “monja alférez” española, pero la lista podría ser enorme. Muchas fueron también las mujeres que mantuvieron una ficción actuando de espías, como la famosa holandesa Mata-Hari (1876-1917), o las mujeres españolas que, durante la Guerra de la Independencia, espiaron al francés con una fingida relación amorosa.

En una ocasión, en 1812, en la población vallisoletana de Tordesillas, una mujer, de nombre Ángela Villagarcía, realiza un servicio de espionaje, pero con una “artimaña” con la que “supo servir a un tiempo a su sangre y a su patria”, pues con ella, además del servicio a la independencia, pudo liberar a un hermano suyo, de nombre Antonio, presbítero de Torrecilla de la Abadesa, preso y condenado a muerte por el ejército francés. Ángela se dirigió al mariscal Auguste Marmont, que estaba en esos momentos atrincherado en la línea derecha del Duero (en el vado de Pollos), ofreciéndose llegar hasta las líneas inglesas (en la orilla opuesta), averiguar su composición y volver con la información, a cambio de la libertad de su hermano. Pero en lugar de eso, le reveló a Arthur Wellesley, capitán del ejército anglo-español (), todo lo hablado con el francés y, de paso, la posición de sus tropas. Poniéndose de acuerdo con el futuro primer duque de Wellintong, Ángela “regresa a Tordesillas, presenta el fruto de su espionaje, y obtiene la libertad de su hermano” (Eleuterio Fernández TorresHistoria de Tordesillas, 1905).

ATRÁPAME SI PUEDES

Alguien que procura engañar” o gentes “trapaceras”, son algunas de las acepciones que pueden encontrarse en el DRAE respecto a los gitanos, pero para hablar de auténticos trapaceros y mentirosos, vamos a recurrir, de nuevo, a Agustín de Hipona:

Miente el que tiene una cosa en la mente y expresa otra distinta con palabras u otros signos” (Sobre la mentira, Cap. II). De estos personajes la historia nos proporciona muchos nombres, tanto de hombres como de mujeres, que quisieron hacer de la mentira virtud, fortuna y fama… y terminaron por salir “escaldados”.

Desde Richard Adams Locke, quien, intentando hacer una fallida crítica social, publica como real la historia de unos habitantes alados-humanoides de la luna en el periódico The Sun en 1844… a Victor Lustig, que debe su fama a que, en 1925 y hasta en dos ocasiones, consiguió vender la Torre Eiffel… pasando por Konrad Kujau, quien en 1983 consiguió “colar” al periódico alemán Stern una serie de falsificaciones haciéndolas pasar por “los diarios secretos de Hitler” y por las que obtuvo una bonita suma de millones, además de una condena de 42 de meses de prisión.

También hay mentirosos, estafadores y desfalcadores profesionales, cuyas vidas fueron incluso recreadas en filmes. El más conocido es, seguramente, Frank Abagnale Jr., famoso gracias a la película de Steven Spielberg, Atrápame si puedes (2002) protagonizada por Leonardo DiCaprio y Tom Hanks. Pero también tienen películas sobre su vida, Ferdinand Waldo Demara (1921-1982), uno de los mayores embaucadores de estados Unidos; Nick Leeson (nacido en 1967), quien provocó la quiebra de la inglesa Banca Barinas (donde hasta la reina de Inglaterra tenía cuenta); o Frédéric Bourdin (nacido en 1974), habitual estafador y suplantador de identidades de jóvenes desaparecidos en los años 90 y que cuenta con un polémico documental británico sobre su vida titulado The Impostor (2012, Bart Layton).

Todos ellos acabaron por descubrir que al final, tanto en el cine como en la realidad, y si no que se lo pregunten a Jenaro García, el flamante fundador de Let’s Gowex (la Compañía española de Internet y comunicaciones, acusada de falsedad documental y contable), los mentirosos y falsificadores sí que pueden ser atrapados.

¿NUNCA ES LÍCITO NI PROVECHOSO MENTIR?

Lejos de escarmentar, la mentira, el fraude, el engaño y la suplantación han campado por nuestra historia sin que ningún pinocho de Collodi nos haya avisado nunca de su falta hasta que no ha sido ya demasiado tarde. Eso debieron pensar los troyanos de La Ilíada cuando vieron salir del famoso Caballo de Troya a los enfurecidos griegos y campar a sus anchas por la inexpugnable ciudad gracias a la “treta” de Odiseo.

E igualmente engañado se debió sentir el gobernador de Cuba Diego Velázquez, cuando Hernán Cortés (que además era su “concuñado”), merced a una hábil estratagema político-administrativa, funda en julio de 1519 la ciudad de la Villa Rica de la Vera Cruz, con la que compuso un Cabildo adicto que lo proclamó gobernador y capitán general de las tierras descubiertas, y con esa acreditación y “artimaña” se le adelantó en la campaña de conquista de la ciudad azteca de Tenochtitlán. Pues si hay que mentir, mejor que la recompensa resulte tan provechosa como a Enrique IV de Francia: “París bien vale una misa”.

Desde la exégesis religiosa, se ha intentado verificar si una mentira puede o no ser provechosa en según qué ocasiones. Para empezar, ni el Corán(“Luego roguemos seriamente que la maldición de Allah caiga sobre los mentirosos”, Corán 3:61), ni la Biblia (“No dirás contra tu prójimo falso testimonio”,  Éxodo 20:1-7 y Deuteronomio 5:6-21) consideran aceptable la mentira. Pero en la Sunna se aceptan excepciones (“primero para conciliar entre la gente; segundo, en la guerra; tercero, entre los esposos”, en este último caso no se refiere al adulterio, sino a elogios falsos o exagerados) y en la Biblia se anuncia su presencia habitualmente (por ejemplo en Mateo 24:11, “Muchos falsos profetas se levantarán y engañarán a muchos”, pero hay más) constatando que la mentira coexiste con la verdad divina y que también imperan “escalas”.

San Agustín estableció hasta ocho tipos de mentiras, algunas de ellas excusables, y Santo Tomás de Aquino, tres: la útil, la humorística y la maliciosa, donde todas son pecado, y el peor de todos es la calumnia.

El relato bíblico de la Pasión refiere el “engaño” y traición de Judas, así como la triple negación de Pedro incurriendo en falsedad de testimonio; y San Agustín, que nos recuerda episodios bíblicos como la mentira de Jacob al decir que era su hermano Esaú, afirma que “se debería confesar que, en ocasiones, la mentira no solo no es digna de reprensión, sino que incluso podría ser digna de alabanza” (Sobre la mentira).

Con esta ideología cristiana no es extraño que durante siglos la Curia Vaticana pudiera mantener como verdad incuestionable el documento apócrifo conocido como Donatio Constantini, el documento según el cual el emperador Constantino I donó al papa Silvestre I la ciudad de Roma, las provincias de Italia, y de paso todo el Imperio romano de Occidente, es decir, que todo el mundo conocido pasaba a ser “patrimonio de San Pedro” y, por lo tanto, el Papa se otorgaba para sí la jefatura universal del orbe cristiano. Es más, la Donatio le vino muy bien al Vaticano como acreditado argumento político en las disputas territoriales con el Sacro Imperio Romano Germánico acerca de los llamados Estados Pontificios. Esta falsa atribución no fue desvelada hasta que en 1440 el humanista Lorenzo Valla, aplicando un método lingüístico de estudio, descubre la utilización de términos medievales y, en consecuencia, la falsedad de un documento atribuido al siglo IV. El Vaticano nunca ha reconocido un fraude documental.

Sin embargo, la Iglesia católica se especializó en la averiguación de la verdad entre los conversos para luchar contra la herejía (considerada una “falacia” contra la doctrina católica “verdadera” y el mayor de los pecados del cristianismo) estableciendo Pruebas de Verdad (ad eruendam veritatem) desde un organismo creado ad hoc, la Santa Inquisición, que podía incluso utilizar el tormento como medio de prueba.

Llegar a establecer quien dice la verdad o quién miente o actúa “pensando” en mentir o no, es una tarea ardua que ha preocupado a todos las culturas desde la Antigüedad. Ya lo decía Heródoto: “me veo en el deber de referir lo que se me cuenta, pero no a creérmelo todo a rajatabla” (Historias, VII, 151, 3).

Pablo de Tarso (San Pablo) encontró en Epiménides (poeta y filósofo del siglo VI a. C.) una “paradójica” explicación sobre la proliferación de mentirosos entre los no cristianos cuando escribió su Carta a Tito, que se encontraba en Creta: “todos los cretenses son mentirosos” (Tito, 1:12). Lo paradójico es que Epiménides era cretense, con lo que tal explicación se complica, y necesitamos otra solución.

El rey Salomón patentó una forma poco convencional de desenmascarar a la mujer mentirosa que reclamaba el hijo que no era suyo (Libro I de los Reyes 3:16-18). Pero ni siquiera este juicio salomónico nos serviría hoy para dirimir, por ejemplo, si un anciano preferentista fue engañado por un banco usurero, o si por el contrario miente el cliente al afirmar que no conocía el alto riesgo de tal producto financiero. Y en esas estamos.

AlmaLeonor.