LA ESPAÑOLA QUE DIO SU NOMBRE A TRES CIUDADES

LA ESPAÑOLA QUE DIO SU NOMBRE  A TRES CIUDADES

Juana María de León Smith. Retrato de 1815 (París).

No cabe duda de que los nombres españoles pueden encontrarse (casi) por todo el mundo. En Bergen, Noruega, encontramos en un viaje el nombre María, con su acento y todo en la puerta de un edificio religioso, en lugar del anglosajón Mary, y en todo el continente americano es más que corriente encontrar ciudades de nombre castellano. Así que no debe extrañarnos hallar topónimos con acento español casi que en cualquier lugar del mundo. Menos habitual es encontrar personas españolas cuyo nombre haya servido para bautizar una ciudad. Y no digamos si esa persona es una mujer. Y el sumun ya es si en lugar de una sola ciudad, han sido tres y en dos continentes diferentes.

Ese fue el caso de Juana María de los Dolores de León Smith (1798-1872), natural de Badajoz, que fue la esposa del general Sir Harry Smith (1787-1860), gobernador británico de la Colonia del Cabo y que también tiene una ciudad con su nombre, Harrismith, a unos setenta kilómetros de la bautizada con el nombre de su esposa, Ladysmith, en el distrito de Uthukela de KwaZulu-Natal, en la actual Sudáfrica.

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En este país, existe otra localidad bautizada con su nombre, aunque con una ligera variación ortográfica, Ladismith, en la región occidental de Klein Karoo, en la provincia Occidental del Cabo, que en un principio se llamó con su nombre español, Lady Juana María Smith. Además de estas dos ciudades en el continente africano, Lady Juana Smith, da nombre a otra población en el continente americano, concretamente en Canadá, en la Columbia Británica, cerca de Vancouver, en la costa este de la isla. Esta población fue fundada en 1898 con el nombre de Oyster Harbour, y en 1900 fue rebautizada como Ladysmith por James Dunsmuir (1851-1920), Primer Ministro de la Columbia Británica de 1900 a 1902, como homenaje a los británicos que levantaron el sitio de Ladysmith en Sudáfrica (el 28 Febrero de 1900, tras 118 de asedio, desde el 2 de noviembre de 1899) durante la Segunda Guerra Boer, donde murieron unos 3000 soldados.

La liberación de Ladysmith (1900), de John Henry Frederick Bacon (1868-1914).

Juana María de León era descendiente del conquistador vallisoletano Juan Ponce de León (1460-1521), primer gobernante de Puerto Rico y el primero que llegó a la Florida, que fue criado en Sevilla y era descendiente, a su vez, del rey Alfonso IX de León, pues su madre, Aldonza, era hija natural del monarca. Esta ascendencia noble fue transmitida por generaciones hasta la familia de Juana María, de la nobleza castellana atrapada por la Guerra de la Independencia española en un Badajoz tomado al asalto en cuatro ocasiones, la última de las cuales por el ejército británico el 7 de abril de 1812. Entonces Juana y su hermana mayor, huérfanas, se vieron desamparadas y pidieron protección a los oficiales británicos.

Juana María Smith (1854) en un dibujo de Julian C. Brewer.

Uno de estos oficiales fue Sir Harry Smith, entonces recién ascendido a capitán del regimiento de exploradores 95th Rifles, y al que le gustaba cazar liebres con su perro Moro por las tierras extremeñas. Así lo contó un oficial de su ejército:

“Estuve conversando con un amigo al día siguiente, en la puerta de su tienda, cuando observamos a dos señoras que venían de la ciudad, que se dirigían directamente hacia nosotros; ambas parecían jóvenes, y cuando se acercaron, la mayor de las dos arrojó hacia atrás su mantilla para dirigirse a nosotros, mostrando una figura notablemente hermosa, con rasgos finos, pero su rostro cetrino, quemado por el sol y agotado, aunque todavía joven […] Se dirigió de inmediato a nosotros de esa manera confiada y heroica, tan característica de la gran doncella española, nos dijo quiénes eran, la última de una antigua y honorable casa, y se refirió a un oficial de alto rango en nuestro ejército, que había sido alojada allí en los días de su prosperidad, por la verdad de su historia. Su esposo, dijo ella, era un oficial español en una parte distante del reino; él podría, o quizás no, seguir viviendo. Pero ayer ella y su hermana menor pudieron vivir en la riqueza y en una casa hermosa. Hoy no sabían dónde recostar sus cabezas, dónde cambiar de ropa o un trozo de pan. Su casa, dijo ella, era un desastre, y para mostrar las indignidades a las que habían sido sometidas, señaló donde la sangre todavía caía por sus cuellos, causada por el rasgado de sus aretes a través de la carne por las manos de peores que los salvajes […] Por sí misma, dijo, no le importaba, sino a la doncella agitada y casi inconsciente a su lado, a quien había tenido pero que últimamente había recibido de las manos de sus instructores convencionales, estaba desesperada y no sabía qué hacer; y que, en la prisión y la ruina que en ese momento estaban desolando la ciudad, no veía seguridad para ella, sino la que parecía no muy delicada que había adoptado: ir al campamento y lanzarse a la protección de cualquier oficial británico que se lo permitiera. Y tan grande, dijo, fue su fe en nuestro carácter nacional, que sabía que la apelación no se haría en vano, ni la confianza abusada […] ¡Allí estaba de pie un ángel! ¡El ser más encantador que nunca antes había visto! […] Catorce veranos aún no habían pasado por su rostro juvenil, que era de una delicada frescura, más inglés que español; su rostro, aunque no tal vez rígidamente hermoso, era sin embargo tan increíblemente hermoso e irresistiblemente atractivo, superando a una figura en la naturaleza. Mejor que mirarla era amarla, y yo la amaba, pero nunca le confesé mi amor, y mientras tanto, un hombre más impudente intervino y se la ganó. Pero aun así fui feliz, porque en él encontró un tal como su belleza y sus desgracias reclamaban: un hombre de honor y un marido digno de ella en todos los sentidos, Harry Smith.”

Random Shots by a Rifleman” (Disparos al azar por un fusilero),
por Sir John Kincaid (1835)

Unos días más tarde, Juana María, de 14 años y Sir Harry, de 25, contraían matrimonio. Nunca se separarían. Curiosamente, fallecieron el mismo día, 12 de octubre (en algunos lugares aparece que Juana María falleció el día 10), aunque de años diferentes, Harry en 1860 (a los 73 años) y Juana María en 1872 (a los 74 años). Ambos reposan juntos en St Mary’s, en Whittlesey (Cambridgeshire).

Sir Henry George Wakelyn Smith, 1st Baronet de Aliwal GCB (1787-1860)

Lady Smith, pese a su juventud, no quiso alejarse nunca de su marido  y le acompañó durante todos sus destinos militares (excepto durante la Batalla de Bladensburg el 24 de agosto de 1814, en el marco de la guerra anglo-americana de 1812-15 por las colonias canadienses). Su esposo fue comandante de brigada en Waterloo en 1815 y después estuvo destinado en Francia, Glasgow, Nueva Escocia, El Cabo de Buena Esperanza (intervino en la Sexta Guerra Xhosa de 1834-36)… fue nombrado gobernador de la Provincia de la Reina Adelaida (Sudáfrica) mientras estuvo en manos británicas y también enviado a La India en 1840 donde participó en la campaña Gwalior de 1843 y resultó victorioso en la Primera Guerra Anglo-Sikh de 1845 (fue nombrado 1º Baronet de Aliwal por ello).

Durante todo este tiempo se cuenta que Juana María viajaba en el tren de equipajes y dormía al aire libre, como el resto de las tropas inglesas, padeciendo sus mismas privacidades. Estos gestos, unidos a un carácter fuerte, pero amable, y varias muestras de buen juicio, hicieron que Juana María fuese muy querida por los hombres bajo el mando del ya General Smith, e incluso por los más recios oficiales, como el Duque de Wellington, quien comentaría en alguna ocasión la buena amistad que le unía a Lady Smith y pronunció un encendido discurso en el Parlamento británico en favor de Sir Henry por sus victorias indias. Fue ascendido a Teniente General en 1846 y al año siguiente nombrado Alto comisionado británico y Gobernador de la Colonia de El Cabo (entre 1847 y 1852), Juana María le acompañó entonces a su nuevo destino africano, donde Sir Henry tomó el mando de una expedición para controlar la soberanía del Río Orange contra los Boers, y luchó en la batalla de Boomplaats del 29 de agosto de 1848. En 1853 vuelve a Inglaterra.

Anexiones sudafricanas de Harry Smith (1847-1854)

En Sudáfrica Lady Smith siguió siendo la mujer afable y comprometida que había sido en otros destinos de su marido. Se dice (aunque no es seguro) que Juana María dio a conocer el Melón en esta parte del continente africano, donde se le conocía como Spanspek (literalmente “tocino español”). Por los servicios prestados a la corona por su marido, el Parlamento británico concedió a Juana María Smith una pensión de 500 libras desde 1848. Pese a todos los exitosos destinos de Sir Henry, nunca estuvo sobrado de dineros y el matrimonio pasó penalidades económicas desde su vuelta a Inglaterra.

Como suele pasar con otros personajes de la Historia, Juana María y su esposo Sir Henry fueron tardíamente protagonistas de obras literarias de ambiente histórico. Su historia novelada aparece en la obra Then Spanish Bride” (1940) de Georgette Heyer, abarcando desde que se conocieron en Badajoz hasta la Batalla de Waterloo. Habían aparecido brevemente en la obra An Infamous Army” (1937) de la misma autora y de forma breve también Juana María aparece en el epílogo de “La Compañía de Sharpe” (1982), la decimotercera novela histórica de la serie Richard Sharpe de Bernard Cornwell. Igualmente, Juana María es nombrada en la obra de 1984 “El otro lado de la colina”, de Peter Luke, que narra las peripecias militares de su marido, Sir Henry, durante la Guerra de Independencia española y las Guerras Napoleónicas. Salvador de Madariaga también la nombra en su obra “Mujeres españolas” y en Badajoz, existe una calle con su nombre, Calle de Lady Smith.

La edición en línea de “La autobiografía del teniente general Sir Harry Smith” (1903, Londres: John Murray, Albemarle Street), está dedicada a Juana Smith, cuyo encanto y gracia brillan a través de las memorias de su esposo. Y también brilla a través de su nombre en tres ciudades distintas de dos continentes diferentes.

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VISIBLES… EL SIGLO XIX

VISIBLES… EL SIGLO XIX

Damas de luto en la época victoriana (imagen no incluida en el libro, pero que estuvo a punto de ser la portada).

 

The long nineteenth century es el nombre con el que el historiador Eric Hobsbawm se refiere al periodo comprendido entre 1789, año de la Revolución francesa, y 1914, año del inicio de la Primera Guerra Mundial. Este largo siglo XIX de 125 años, compendia una serie de transformaciones socio-políticas que terminaron por reescribir toda la historia europea y mundial. Es en este Siglo de las Revoluciones, como también se le ha llamado, donde se define y acaba por triunfar, el nuevo modelo social burgués: políticamente liberal, económicamente industrial-capitalista, y culturalmente conservador y moralizante. Las revoluciones que suceden en la primera parte del periodo ―entre 1789 y 1848―, intentan abrir la puerta a una mayor intervención popular en la vida pública y dan lugar a lo que Hobsbawm califica como «la mayor transformación en la historia humana desde los remotos tiempos». Y, finalmente, es en este momento donde el feminismo del siglo XX y la historiografía tradicional, instalan el inicio de la lucha por la emancipación femenina.

La tipología social es, además, completamente diferente a la del Antiguo Régimen. Con este panorama, la situación de la mujer no puede ser tampoco ni muy clara ni medianamente uniforme. Mientras en Inglaterra la temprana industrialización convierte a las mujeres en actores de las reivindicaciones laborales; en Francia se frenan los avances legislativos acerca del matrimonio, divorcio, concubinato y derecho de los hijos naturales, con el Código Napoleónico de principios de siglo, «una monstruosidad, una herramienta que somete, que envilece a la mujer», en palabras de George Sand. Mientras en Alemania, Suiza y Holanda se generaliza el protestantismo ―y lo extiende por el mundo a través de sus respectivas colonias― que revalorizaba el recogimiento familiar y moral; en los países del orbe católico se inicia una cruzada anti-laicista contra el positivismo racional dieciochesco que culmina con la firma de Concordatos con la Santa Sede.

En el marco de estos acuerdos estado-iglesia, se recupera la rancia moralidad que confina de nuevo a la mujer en el reduccionista ámbito del hogar. En medio, la razón ilustrada dejó abiertas puertas de realización y liberalización femenina que la nueva clase burguesa va a tratar de neutralizar y utilizar al mismo tiempo: por un lado, privilegia la moralidad como principal preocupación social, revalorizando la familia ―por encima del individuo― y exigiendo a la mujer su «silencio, sumisión y conformismo»; pero por otro, al convertir a las mujeres en «el eje de la familia y del hogar», implícitamente aumenta el valor, protagonismo y visibilidad de la casada: «Digámoslo de una vez: el matrimonio es el estado natural de una mujer y el primer precepto que dio el Señor a los hombres» (Periódico de las Damas (1822), Nº I, Madrid, pp.8-9).

Mª del Pilar López Almena.

VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX

AVA GARDNER, LA ANDALUZA

AVA GARDNER, LA ANDALUZA

LAS ACTRICES FAVORITAS DE MI PADRE

“…Ava Gardner… ―y este nombre, sorprendentemente, sí que le pronunciaba bien―, esa sí que era una mujer… morena, con cuerpo, con humor… una mujer sabia, andaluza, de las que quedan pocas…
― Pero papá… ¿no te pueden gustar más las actrices rubias como a todo el mundo? ¡Y Ava Gardner no era andaluza…!
― Pero le gustaba Sevilla más que a los sevillanos…”

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Ava Gardner
(24 de diciembre de 1922 – 25 de enero de 1990)

DOS AÑOS DE LOS PUSSYHATS

DOS AÑOS DE LOS PUSSYHATS

El 21 de enero del año 2017 se llevó a cabo en Washington (y en otras ciudades estadounidenses y del mundo) una manifestación de mujeres contra Donal Trump caracterizada por la utilización masiva de una prenda, un gorrito de lana con orejas de gato, que se popularizó con el nombre de PUSSYHATS. Unos días más tarde, la revista digital Anatomía de la Historia publicaba mi artículo LOS PUSSYHATS: UN MUNDO DE MUJERES VISIBLES, que hacía referencia a este acontecimiento y a alguna otra cosa más… Hoy, pasados dos años de aquello, el blog del Brithis Museum recoge un artículo sobre el gorrito (“Cuando un sombrero no es solo un sombrero“) y he pensado que es un buen momento para recordar en HELICON aquel artículo. Lo único que ha cambiado desde entonces es que cuando publiqué este artículo (en enero de 2017) mi libro VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX aún no se había publicado, saldría un año después, en febrero de 2018, y ahora ya puede encontrarse en librerías y a través de la web de Ediciones UVA.

LOS PUSSYHATS: UN MUNDO DE MUJERES VISIBLES

Por Alma Leonor López . 25 enero, 2017 en Discusión histórica , Mundo actual.

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Antes de la independencia norteamericana, un llamamiento patriótico en 1765 instaba a las mujeres de los colonos a hilar sus propias ropas en casa para no tener que importar tejidos de la metrópoli inglesa y contribuir así a la causa. De esta forma, a la simple ama de casa, le fue atribuida la condición de “hija de la libertad”, emulando la masculina proclama de la organización patriótica (Sons of Liberty, organización en un principio fiel al rey de Inglaterra, con la que estuvieron relacionados Paul Revere o Samuel y John Adams) creada para reivindicar y proteger los derechos de los colonos.

«Boicot a las mercancías importadas de Inglaterra, fabriquemos y compremos americano»

Eso es lo que se decía en un llamamiento cívico que se dirige a ellas, a las mujeres, y solo a ellas. Porque coser, hilar, tejer… eran labores femeniles. Como cuando hubo que coser una nueva bandera nacional con 13 bandas blancas y rojas y 13 estrellas y el mito se atribuyó a una mujer, Betsy Ross (1752-1836), hija de un pastor cuáquero de Pensilvania, repudiada por éste al casarse con un episcopaliano tapicero de profesión. A Betsy la habían enseñado a coser desde la escuela de su iglesia, como se enseñaba a coser a las niñas pobres españolas que entraban en alguna de las escuelas de hilados fundadas por las Sociedades Patrióticas del siglo XVIII o más tarde en las promovidas por las Juntas de Damas del siglo XIX. Coser, hilar, tejer… para el bien de la patria, son formulas con las que se traslada a la mujer, desde un cercado espacio femenino dentro del hogar, al espacio público y visible de la actuación sociopolítica.

Tejer

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Hoy vemos en los Estados Unidos recién despertados en la era Trump, cómo las mujeres han encontrado en el acto de tejer una labor altamente patriótica. El Pussyhat Project, puesto en marcha el día de Acción de Gracias por Krista Suh y Jayna Zweiman, dos mujeres de Los Ángeles que nada tienen que ver con la política (la primera es guionista y la segunda arquitecta), junto con la artista Aurora Lady, nació con la intención de «crear un océano de color rosa para la manifestación, ofrecer un mensaje visual que distinguiese a esta protesta» (Noelia Ramírez, El País). Se referían a la manifestación de mujeres contra Donal Trump celebrada en Washington (y en otras ciudades estadounidenses y del mundo) este pasado día 21 de enero de 2017.

El nombre, pussyhat, surge de un juego de palabras: pussy es la versión coloquial de ‘vagina’ y la forma de orejitas de gato en el gorro (hat, un diseño de Kat Coyle) hacen referencia a la palabra pussycat, todo ello como respuesta gráfica al «grab the from the pussy» (traducido libremente como ‘agarrarlas por el coño’) que dicen que dijo Trump según unas comprometidas grabaciones difundidas durante la campaña electoral.

El mensaje es claro: somos mujeres, estamos aquí, hemos tejido nuestro propio elemento distintivo. Pero incluso van más allá. La idea se lanzó con un gran carácter inclusivo para visibilizar a través de ellos la adhesión a la protesta de aquellas mujeres que no pudieran estar presentes en Washington. Unas mujeres los lucen, otras los tejen para ser visibles a través de ellos. Las redes sociales ayudaron a que los pussyhats traspasasen las fronteras estadounidenses y llegasen a Canadá o Reino Unido o a lugares tan lejanos como Noruega, lugares desde donde muchas mujeres se sintieron representadas en la manifestación de Washington al ver sus gorros rosas en las cabezas de las que si estaban allí.

Visibilidad

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Hubo un tiempo en España en el que las mujeres también realizaron protestas con un claro cariz político y patriótico visibilizado a través de un objeto o un color que lucían en sus cuerpos. Por ejemplo, cuando en 1833, ya fallecido Fernando VII, Isabel II es proclamada reina y «las señoras empezaron a usar, en sus vestidos y adornos, el color azul cristina», contaba José Ortega Zapata en su crónica del Valladolid del XIX, en señal de reconocimiento cristino, es decir, de apoyo a la reina madre, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, preceptora y regente de la reina niña entre 1833 y 1840, y contra las aspiraciones de los partidarios de Carlos María Isidro, hermano del rey finado.

De igual modo, durante el reinado de Amadeo de Saboya (como Amadeo I, entre 1871 y 1873), una protesta aristocrática, impulsada por Sofía Troubetzkoy (duquesa de Sesto), conminó a las mujeres madrileñas a lucir la españolísima mantilla española en lugar de los sombreros parisinos tan de moda en esos años, para mostrar su adhesión a la restauración borbónica y el rechazo a la nueva casa reinante. Para ello, la duquesa de Sesto diseñó un alfiler en forma de flor de lis (emblema de los Borbones) que las damas debían lucir visibles sobre la mantilla en los paseos solariegos por el madrileño Paseo del Prado.

Llamada la Rebelión de las Mantillas, fue orquestada y llevada a cabo por mujeres, una presencia femenina con un protagonismo propio y una visibilidad con sentido político. O al menos, reivindicativo de una corriente político-social contraria al nuevo orden institucional, como sucede con las actuales mujeres de Washington opuestas al nuevo presidente. Sí. Ninguna de esas formas de protesta pueden ser tomadas como una mera manifestación femenil.

Las mujeres de Estados Unidos y de buena parte del mundo, han querido mostrar en Washington este pasado día 21 una clara (y visibilizada en rosa) oposición a su recién proclamado presidente, a sus modos chulescos y su postura fatua, a sus desplantes mediáticos, a su falta de educación, a su xenofobia manifiesta contra inmigrantes y extranjeros, a su más que evidente machismo, misoginia y agresividad verbal hacia el sexo femenino. La protesta de las mujeres de Washington no solo es feminista, es parte de una protesta cívica y política que algunos medios ya han llegado a calificar de auténtica «resistencia civil».

Claro que, me dirán, que Washington no es precisamente una ciudad proclive a Donald Trump, donde solo un 4% de los votantes le apoyaron (lo que también explicaría las “calvas” en la multitud concentrada frente al Capitolio, en el National Mall, el día de la proclamación presidencial) y que al fin y al cabo, las mujeres, un 53% de las mujeres (blancas, el voto afroamericano conjunto fue del 8%), votaron a favor del nuevo presidente. Son cifras para la reflexión, sobre todo, cuando su oponente demócrata era una mujer, Hillary Clinton.

Pero son cifras que directamente nos dicen que las mujeres tienen su propia opinión política. No votan por corporativismo femenino. Y por lo tanto, la oposición que se realiza ahora frente al nuevo presidente no es feminista ni corporativista, ni debe tenerse únicamente por femenil. Es una reivindicación política que se visibiliza en rosa, sí, con los pussyhats, sí, pero también a través de un claro empuje cívico-político femenino.

La historia nos ha enseñado que tal empuje no debe ser desdeñado. Si podemos considerarlo histórico, Eva realizó la primer acción de protesta femenina (y solo femenina) contra el poder establecido, reivindicando el derecho a la sabiduría para ella y para toda la humanidad. Fue un gran logro, pero a cambio, supuso un alto costo para nosotras: la carga perpetua de un pecado en forma de subordinación femenina al sexo opuesto. No nos conformamos nunca con ese destino.

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Fueron muchas las ocasiones en las que a lo largo de la historia las mujeres mostraron ese empuje, coraje y voluntad de cambiar el destino de todas. Fueron las mujeres las que en la Revolución Francesa alentaron a los hombres para salir a las barricadas portando ellas armas y antorchas en todas las revueltas. Fueron las mujeres del mercado de París las que el 5 de octubre de 1789 protagonizaron la marcha a Versalles protestando por la carestía y alto precio del pan, marcha que pronto se tornó en política cuando se unieron a los ciudadanos (hombres y mujeres) que sitiaron el Palacio de Versalles obligando al rey, y a los miembros de los Estados Generales allí reunidos, a volver a París. Para algunos estudios feministas, estos actos son considerados “fundacionales” de la lucha por la emancipación femenina. Pero es que no fueron los únicos.

En la previa Revolución Norteamericana (1775-1783), hubo mujeres que empuñaron armas y cañones (Margaret Corbin, por ejemplo, la primera mujer en la historia de Estados Unidos que recibió una pensión del Congreso por los servicios militares prestados y la única enterrada en West Point, pero también la mítica Molly Pitcher, por cierto, ambas vinculadas a Pensilvania, como Betsy Ross)

Y en la posterior Guerra de la Independencia española iniciada en 1808, las mujeres se rebelaron contra los invasores franceses, llegando a ser artilleras (Agustina de Aragón) o jefas de Somatén (Susana Claretona, Margarita Tona, María Esclopé…), por poner solo un par de ejemplos.

Fueron decididas mujeres norteamericanas (muchas inmigrantes de origen europeo, además) las que protagonizaron las huelgas del sector textil de 1908 (en Chicago) y 1909 (como la famosa “huelga de las camiseras” o el “levantamiento de las 20.000”, organizado por los sindicatos de mujeres de Nueva York) o las que sucedieron en 1911 después del terrible incendio de la Fábrica de camisas Triangle Waist Co. de Nueva York, que se saldó con la muerte de 146 personas, 123 de las cuales eran mujeres, muchas de ellas muy jóvenes y de nuevo, inmigrantes europeas en gran número (incendió que desde entonces se recuerda con el Día Internacional de la Mujer Trabajadora del 8 de marzo).

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Las condiciones de trabajo de todas estas mujeres eran terribles y la respuesta que las autoridades dieron a esas manifestaciones multitudinarias no estuvieron ausentes de detenciones, despidos, multas y más violencia (la sindicalista Clara Lemlich, por ejemplo, con varias costillas rotas en la manifestación de 1909 en Nueva York), pero estas protestas alentaron el movimiento sufragista femenino que ya había nacido en el siglo anterior y que tendría en estos primeros años del siglo XX su momento de apogeo.

Y también fueron mujeres con empuje las milicianas republicanas españolas del 36 que defendieron la legalidad constitucional frente a un bárbaro golpe de Estado, dejando visibilizada su condición femenina y su decidida voluntad de participación revolucionaria y política como ciudadanas.

Hoy, muchas mujeres en todo el mundo están mostrando su empuje, su voluntad de seguir siendo escuchadas, su decidida negativa a ser tratadas como ciudadanas de segunda y seres humanos de tercera. Y una de esas reivindicaciones ha llegado al corazón de la gran metrópoli occidental, Washington, visibilizándose con un gorro de lana de color rosa y orejas de gato. La manifestación de mujeres en Washington, y en otras muchas ciudades, portando sus pussyhats o fabricándolos para otras mujeres, han mostrado dos cosas al mundo: una, que en Estados Unidos han empezado a conocer un tipo de protesta civil a la que no estaban acostumbrados, una protesta espontánea y multitudinaria hacia una institución tan venerada en ese país como es la Presidencia de la República; y dos, la han conocido a través de las mujeres… definitivamente estamos en una nueva era… la era de las mujeres.

(Datos del TFM de la autora, “La visibilidad de las mujeres en el espacio público burgués del siglo XIX”, aún sin publicar).

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BÁRBARA STANWYCK (III)

BÁRBARA STANWYCK (III)

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LAS ACTRICES FAVORITAS DE MI PADRE

“Bárbara Stanwyck fue el nombre artístico con el que el productor y guionista Willard Mack bautizó a la joven promesa Ruby Catherine Stevens, cuando iba a protagonizar su nueva obra teatral, La Soga, que años más tarde Hitchcock llevaría al cine. Dicen que Mack y Ruby se inspiraron en la heroína unionista revolucionaria Bárbara Frietchie, cuya hazaña poetizada era representada a menudo en los teatros neoyorkinos en los años veinte, y que posiblemente vieran el apellido Stanwyck en el reparto del cartel de una de esas representaciones. Pero puede también ser una leyenda construida por los estudios de cine, como otras muchas. Mi padre siempre decía que se llamó Bárbara porque así era ella. Y tal vez tuviera más razón que las crónicas.”

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BÁRBARA STAWYCK 
(Ruby Catherine Stevens)
16 de julio de 1907 – 20 de enero de 1990

GRETA GARBO

GRETA GARBO

“Pues bien, tanto Bárbara Stanwyck como Joan Crawford, otras grandes del cine como la directora Dorothy Arzner, y divas de la altura de Greta Garbo, Marlene Dietrich Mercedes de Acosta, Alla Nazimova, Claudette Colbert, Katharine Cornell, Tallulah Bankhead o Mae West, pertenecieron, o estuvieron relacionadas, con un grupo de mujeres de Hollywood a las que se las vinculaba con el lesbianismo, y que fue llamado el «Círculo de Costura» (The Sewing Circle).”

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GRETA GARBO (Greta Lovisa Gustafsson)
(18 de septiembre de 1905 – 15 de abril de 1990)
LAS ACTRICES FAVORITAS DE MI PADRE

 

LA MUÑECA

LA MUÑECA

Imagen: Antoine Auguste Ernest Hébert (1817-1908)

Figuras en forma de muñecas, realizadas en materiales muy diversos (madera, piel, trapo, etc.) aparecen desde los primeros tiempos de la historia, pero no eran juguetes. La mayoría eran objetos mágicos o propiciatorios, elementos de una religiosidad que veía en la representación humana un vehículo de comunicación con los dioses. No obstante se han encontrado tumbas egipcias con enterramientos infantiles a los que se acompañaba de muñecas que parecen indicar objetos lúdicos muy antiguos. En todo caso, en todas las culturas y en todos los tiempos, las muñecas han acompañado juegos y oraciones votivas de toda la humanidad.

El siglo XIX es también el siglo del auge del juguete infantil y de la industria a la que se asocia.  Desde muy temprano se fabrican muñecas articuladas e incluso con mecanismos que les permitían articular palabras (“mamá” y “papá”) o caminar. Pero lejos de ser un juguete inocente, la muñeca, que muchas niñas habrán recibido estos pasados reyes como un regalo deseado, fue un instrumento más para despertar en las niñas, futuras mujeres, el instinto maternal para el que, se decía, estaban predestinadas. A comienzos del siglo XIX las muñecas se vestían como una joven elegante y bella, como predestinando a las niñas a aspirar a esa excelencia futura. Pero hacia mitad de siglo no solo la moda vino a constituir un vehículo de adoctrinamiento femenino, la muñeca, ya en forma de bebé asexuado «se erige en instrumento privilegiado para la preparación a la maternidad».  Las niñas jugaban a ser mamás.

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VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS
EN EL SIGLO XIX

JOAN CRAWFORD

JOAN CRAWFORD

“Y luego, soportaba el egoísmo de su marido y la desmedida ambición de sus hermanos e hijos con una sonrisa en su rostro. Ann Blyth sí logró el éxito en el cine. Lo logró al protagonizar, con 15 años, una película por la que obtuvo una nominación a un Oscar de la Academia de Hollywood en 1954 ―aquí titulada Alma en suplicio, originalmente Mildred Pierce―. Todo un gran espaldarazo para su carrera, pese a que no resultó ganadora. Quien sí lo obtuvo fue su madre en el filme, Joan Crawford, a quien curiosamente en la película atormentaba con un egoísmo y ambición desmedidos.”

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Joan Crawford (Lucille Fay Le Sueur)
(23 de marzo de 1904 – 10 de mayo de 1977)
LAS ACTRICES FAVORITAS DE MI PADRE

DÍAS DE REYES MAGOS

DÍAS DE REYES MAGOS

Cuando AlmaLeonor creía en la existencia de los Reyes Magos…

 

“Yo, con los regalos como con las cartas más esperadas y queridas, prefiero el rito contrario: dilatar la hora de la apertura definitiva, con lo que se alarga ese placer indescriptible que produce la ignorancia, la imaginación, la incertidumbre. Y, desde luego, abrirlos y leerlas en la intimidad más absoluta. Con los regalos no siempre es posible, porque la equivocidad del gesto podría sugerir una falta de interés, cuando sucede justamente lo contrario.”

Emilio Pascual, “Días de Reyes Magos” (1999)

¡¡FELIZ NOCHE DE REYES A TODOS!! ¡¡Y NO SE OLVIDEN… UN LIBRO ES SIEMPRE UN BUEN REGALO!!