EL SIGLO QUE NO AMABA A LAS MUJERES

EL SIGLO QUE NO AMABA A LAS MUJERES

Imagen: Alfred Stevens (1870)

Digámoslo desde el principio: el siglo XIX no fue un buen siglo para la mujer.

Afortunadamente, en los últimos decenios ―aproximadamente desde finales de los años setenta y principios de los ochenta― se han multiplicado los trabajos de investigación que tienen en la mujer y en el género su campo de estudio, revirtiendo una cierta tendencia oscurantista de la historiografía tradicional en este sentido. Hoy, existen grandes profesionales y numerosas cátedras de estudios de género o sobre la mujer, y un gran número de publicaciones dedicadas a revisar y actualizar el papel que ha desempeñado la mujer en la historia y el sitio que ha ocupado, y ocupa, en ella.

Los trabajos publicados en lo que se ha llamado la Nueva Historia de la Mujer, han permitido conocer gran parte de toda esta experiencia histórica, así como rescatar relevantes comportamientos, actitudes y valores del colectivo femenino, tanto en los aspectos domésticos ―los tradicionalmente asignados a la mujer―, como en los mundanos. Además, han hecho posible contemplar con otra perspectiva algunos de los cambios sociales que esta historiografía tradicional había subordinado únicamente a la experiencia masculina como protagonista de la esfera pública ―económica, política, cultural y social― y de los que, hasta fechas recientes, habían marginado, obviado y excluido a la mujer, considerando únicamente la excepcionalidad de algunas mujeres notables. Esta invisibilidad, sin embargo, no puede excluirlas de la realidad de su más que evidente presencia visible en el proceso histórico. Algo que ya adelantaba Faustina Sáez de Melgar(1834-1895), cuando afirmaba que es inútil negar «que la mujer tiene una importancia social, mucho mayor de la que se le quiere reconocer, y de gran trascendencia en la vida de la humanidad». Esta amplia panoplia de estudios recientes, por lo tanto, nunca ha de resultarnos suficiente. Si algo nos ha enseñado la historia, que, según la misma autora anterior, «habla con voz más elocuente que cuanto nosotras tratáramos de decir», es que sus aristas y recovecos siempre son susceptibles de ser redescubiertos, analizados y estudiados si se está dispuesto a enfocar la cuestión desde una perspectiva nueva, adecuada a cada caso, y proyectando sobre ella una luz de renovado interés.

Este es, pues, un nuevo trabajo sobre la mujer. Más concretamente, sobre mujeres a las que en el siglo XIX les correspondió interpretar un nuevo papel en la larga historia de la feminidad: su visibilidad pública. Una visibilidad pública individual y colectiva. Visibilidad y activa presencia femenina en el llamado espacio público, tradicional campo masculino de sociabilidad y transformación sociopolítica. Un espacio en el que también las mujeres han actuado decididamente, demostrando con ello, además de una clara iniciativa en los asuntos sociales, una inequívoca contribución femenina al proceso histórico.

Insistamos. El siglo XIX no fue un siglo agradecido para la mujer.

Según Colette Rabaté, el término burguesía no se utiliza en el siglo XIX al menos hasta después del Sexenio Revolucionario. Es más usual el apelativo de clase media, una expresión ya presente en el siglo XVIII donde es utilizada implícitamente de forma excluyente para la mujer, ya que con ella se quería expresar los valores «de la probidad y el trabajo» como «garantía de regeneración de la sociedad». En este trabajo se han utilizado ambos términos, dando preferencia al de burguesía, por entender que expresa mejor la sociedad de la que mayoritariamente se habla en él.

Así, la burguesía decimonónica y el liberalismo político español, dibujaron una nueva sociedad a su medida en la que se quiso encorsetar a las mujeres en un ideal de vida doméstica que, a la vez, también exigía un ideal de clase. Este nuevo papel femenino, no obstante, pudo posibilitar que las mujeres españolas del siglo XIX se adentrasen en espacios en los que poder cimentar sus oportunidades de intervención pública, tanto cultural como social o políticamente.

¿Cómo? Pues asistiendo a una tremenda paradoja.

En el siglo decimonónico, decía, al tiempo que la domesticidad y el espíritu liberal-burgués marcaban claramente la diferencia entre espacio privado y espacio público, se perfilaba el papel de la nueva mujer reservando únicamente la esfera doméstica como su ámbito de actuación. Pero la paradoja a la que se asiste en este siglo es que también se defendían a su alrededor los valores de clase media, confirmándola así, como uno de los pilares fundamentales, e imprescindibles, para el cambio social.

Imagen: Edouard John Mentha ( 1858 – 1915)

A esa mujer del XIX, burguesa ya por mor de pertenecer a la nueva clase hegemónica, ya por vivir bajo su órbita, es a la que «la exigente sociedad la reclama sin cesar, como el teatro a la actriz que ha contratado», utilizando palabras de Gertrudis Gómez de Avellaneda(1814-1873), la única escritora del periodo isabelino que recibiría, en virtud de sus méritos literarios, una corona de laurel de oro.

Es esta paradoja la que va a posibilitar una mínima apertura para la realización femenina. Va a servir a algunas mujeres para que, sorteando obstáculos y aprovechando oportunidades, protagonicen incursiones sociales en ámbitos que parecían reservados exclusivamente a los hombres: educación, prensa, literatura, opinión pública, reuniones sociales… Al tiempo, va a permitirles desempeñar una serie de papeles que podríamos considerar como transgresiones públicas: revoluciones, arengas, protestas, misivas políticas, influencias… Ambas, son acciones que inequívocamente nos muestran ejemplos claros de protagonismo social y visibilidad pública femenina. Y son esos ejemplos los que han servido para intentar esbozar en esta obra, y desde una perspectiva cultural ―sin entrar en consideraciones jurídico-políticas del estatus femenino en el siglo XIX―, una serie de claros antecedentes de acciones públicas femeninas claves para que la mujer española futura pudiese ser capaz de cimentar sus anhelos de emancipación.

Este trabajo se constituye como un recorrido bibliográfico por el siglo XIX, contando con fuentes muy cercanas a las mujeres ―obras literarias, periodísticas y gráficas, aunque también archivísticas―, con las que intentar reconocer esa visibilidad en un mundo en el que, por tradición, se las invisibilizaba.

Mejor dicho. Su presencia era notoria, pero pasaron por desapercibidas. Las mujeres eran visibles, pero fueron veladas en la narración histórica. «Las mujeres en la historia son como una especie de muro de arena: entran y salen al espacio público sin dejar rastro, borradas las huellas» (Celia Amorós, 1994).

Digámoslo claro igualmente desde el principio. Para conocer a estas mujeres existe un tremendo hándicap: la escasez de fuentes exclusivamente femeninas. Lo que se ha conservado y difundido es, ante todo, un corpus educativo-moralista que resulta en cierto modo tendencioso. La mujer ha sido conocida a lo largo de la historia a través de una narración que podríamos llamar del enemigo vencido, aquella en la que solamente sobrevive el relato de los vencedores. El siglo XIX, en lo que a la mujer respecta, sigue siendo un tiempo hambriento de estudios.

Mª del Pilar López Almena

INTRODUCCIÓN de mi libro:
VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX
(Ediciones UVA, 2018)

FAMILIA DEL ARTISTA

FAMILIA DEL ARTISTA

Imagen: Victor Tkachenko

En los actos culturales debería estar prohibida la entrada a la familia del artista. También la de los amigos de la infancia. Por resumir, de todo aquel que conozca cierto anecdotario vergonzoso de la niñez y adolescencia y esté dispuesto a soltarlo a cualquiera que se le acerque en el cóctel. La familia es dinamita pura. El artista la utiliza como material creativo, moldea los recuerdos como le viene en gana, y la familia, sin entender que la literatura consiste, en gran parte, en una traición a los hechos reales, se cabrea, se queja o se envanece, según. El otro día hicieron un homenaje a Philip Roth en la Universidad de Columbia, y una de las cosas más divertidas que contó, en el repaso a su trayectoria literaria, fue que días antes de que apareciera el libro que le hizo popular, El lamento de Portnoy, invitó a sus padres a cenar con la intención de avisarles de que la novela que iba a publicar era bastante escandalosa y que tenían que estar preparados para las reacciones que pudieran leer. Roth supo por su padre que, de camino a casa, la madre dijo: «Este chico tiene aires de grandeza». Ay, las madres, cómo conocen a los hijos aunque los hijos sean ilustres. De cualquier forma, el muchacho no se equivocaba: aquel libro se convirtió en el colofón cachondo e irreverente con el que la literatura rubricó los años de revolución sexual de los sesenta. Las escenas caseras, con ese padre que padece un estreñimiento contumaz del que toda la familia está al tanto, y ese hijo que pilla un hígado de la cocina, en el desesperado intento de encontrar algo que se parezca a una vagina, y corre al cuarto de baño para hacerse pajas, levantaron reacciones de ira, sobre todo en la comunidad judía. Pajas reales, de jadeo silencioso interrumpido por la madre que llama a la puerta alarmada por si el hijo ha heredado el proverbial estreñimiento paterno; pajas mentales, las del chaval que brega con el deseo y la culpa. La familia tuvo que soportar las reacciones felices o airadas como si el libro fuera autobiográfico, y el autor, como es costumbre, se defendió diciendo: a mí que me registren, esto es solo ficción. La familia, ay. Debería haber un detector de familiares a la entrada de los eventos para dejarlos fuera. Eso debió de pensar el otro día Erica Jong, también experta en novelar todo aquello que toca, dicho esto en el sentido más literal de la expresión. Se trataba de otro homenaje universitario, en este caso a Miedo a volar, esa novela que en 1973 la dio a conocer en todo el mundo. Su protagonista, más que ser una heroína de la combustión interna, como el héroe de Roth, es una mujer de acción que cuenta sin reparos sus intercambios de fluidos. Todo parecía marchar de maravilla en el homenaje a este emblemático libro, hablaban las filólogas feministas, cantaban las excelencias de ese paso adelante que fue Miedo a volar en el relato de la sexualidad femenina, cuando llegó el turno de preguntas y se levantó una señora que parecía la doble de Erica Jong. Sus razones tenía, era la hermana. Soy la hermana de la autora, dijo, y después pasó a encadenar una serie de reproches a los que el público reaccionaba con ese gesto de asombro contenido tan propio de los americanos. A Erica le habrá ido muy bien con ese libro, dijo la hermana de la artista, muy bien, enhorabuena, pero a mí me hundió la vida, y quiero decir que por mucho que Erica se justifique diciendo que esto no es más que ficción, está claro que uno de los hombres que aparecen en la novela es mi marido, y me gustaría aclarar de una vez por todas que es completamente incierto que mi marido se metiera en la cama de Erica y le pidiera que le practicara una felación; esto fue una pesadilla para mi marido y para mí, así que sepan ustedes que si a ella el libro la hizo famosa, a nosotros sus mentiras nos han jodido la vida. Ufff. Dicho esto, el acto se dio por concluido. La hermana-bomba desapareció, y cuentan las crónicas que, en el cóctel, la autora se limitó a comentar, fríamente, que en su familia había gente más inteligente que la muestra que acababan de presenciar. ¡Ficción, ficción, esto es ficción!, dicen los autores desde que la literatura existe. Pero los padres o se tragan ese cuento. Fue sonado cómo el papá del autor teatral Sam Shepard (marido de Jessica Lange) se presentó, bastante borracho, por cierto, en el estreno de su última obra y en mitad de la representación comenzó a explicarle al público, que al principio no entendía si aquello era parte del espectáculo, que todo lo que se estaba contando en el escenario era una mentira podrida. Mientras se lo llevaban a rastras, el hombre iba balbuceando cómo pasaron verdaderamente las cosas. Ya les gustaría a los de La Fura dels Baus, que con gran aparataje de gritos y metralletas andan simulando, en su último montaje, el secuestro de un teatro a la manera chechena, conseguir que el público viviera un momento tan perturbador como ese de presenciar a un familiar borracho irrumpiendo en la sala para cantarle las cuarenta al autor. A ese autor que si escribe como se tiene que escribir, como si la familia no existiera, sentirá alguna vez en su vida el peso del viejo reproche bíblico: «Hijo mío, ¿por qué me has avergonzado?».


Elvira Lindo
DON DE GENTES,
Alfaguara (Penguin Random House España), Madrid, 2011

Publicado en El País (Dominical) el 20 de abril de 2008,

ENVIDA DEL PENE

ENVIDIA DEL PENE

Imagen: Mélanie Bourget

Envidio a los hombres que pueden anhelar
con infinita vaciedad
el cuerpo de una mujer,
que esperan que su anhelo
haga un niño,
que su oquedad misma
fertilice lo oscuro.
Las mujeres no se hacen ilusiones sobre esto,
ya que son a la vez
casas y túneles,
copas y las que escancian el vino,
ya que conocen el vacío como estado temporal
entre dos plenitudes,
y no ven en ello ningún romance.
Si yo fuera hombre,
condenado a esa infinita vaciedad,
y no teniendo alternativa,
encontraría, como los otros, sin duda,
una mujer
para bautizarla Vientre de Luna,
Madona, Diosa del Cabello de Oro
y hacerla tienda de mi deseo,
paracaídas de seda de mi lujuria,
icono ojiazul de mi sagrada comezón sexual,
madre de mi hambre.
Pero ya que soy mujer,
debo no sólo inspirar el poema
sino también escribirlo a máquina,
no sólo concebir al niño
sino también darlo a luz,
no sólo dar a luz al niño
sino también bañarlo,
no sólo bañar al niño
sino también alimentarlo,
no sólo alimentar al niño
sino también llevarlo
a todas partes, a todas partes…
mientras que los hombres escriben poemas
sobre los misterios de la maternidad.
Envidio a los hombres que pueden anhelar
con infinita vaciedad.

Erica Jong
(Traducción: Beth Miller)

CARIÁTIDES

CARIÁTIDES

Réplica de las Cariátides del Erecteión en la Acrópolis de Atenas (Grecia). Imagen By Gary Bembridge.

Dice Irene Vallejo en una reciente visita al Museo de la Acrópolis de Atenas, que “en las orgullosas cariátides del Erecteion, no puedo evitar ver la metáfora de las mujeres que sostienen el peso del mundo”. Y luego pasa a narrar la versión de Vitruvio acerca del origen de estas seis mujeres que, a modo de columnas, sostienen el pórtico sur del Templo de Erecteion, donde se encontraba la tumba del mítico rey Cécrope. Estas seis matronas griegas, esculpidas en mármol pentélico, miden 2,3 metros de altura y en su día contaban con pintura policromada. Las que se encuentran in situ son réplicas modernas, cinco de las originales están en el Museo de la Acrópolis, en Atenas (Grecia) y la sexta, en el Museo Británico de Londres (Reino Unido).

Cariatide del Museo Británico en Londres (Reino Unido) DP

Marco Vitruvio Polión (circa 80-70 a. C. – 15 a. C.) fue un arquitecto, escritor, ingeniero y tratadista romano, que sirvió a Julio César. Dedicado después a la arquitectura civil, es más conocido por ser el autor del tratado más antiguo sobre arquitectura que se conserva y el único de la antigüedad clásica, De Architectura, diez libros escritos entre los años 27 y 23 a. C. Conocido y empleado en la Edad Media, la obra se imprimió por primera vez en Roma en 1486, por el humanista y gramático Fray Giovanni Sulpicio de Veroli. De Architectura sentó las bases de la arquitectura Renacentista y el famoso dibujo de Leonardo da Vinci, el Hombre de Vitruvio, sobre las proporciones del hombre, está basado en las indicaciones dadas en esta obra. En HELICON, ya hablamos de ello.

Según el autor, los edificios públicos (o algunos de ellos) deben exhibir tres cualidades, que ya se conocen como las virtudes o la Tríada de Vitruvio: firmitas, utilitas, venustas. Es decir, que deben ser sólidos, útiles y hermosos. Es una pena constatar como esas cualidades se respetan poco hoy en día, al menos, las tres juntas.

Las cariátides originales en el Museo de la Acrópolis. Imagen by Ricardo André Frantz

En el Libro Primero, y en su primer capítulo, es donde encontramos la historia de las cariátides, que hoy no se tiene por segura, pero que es la más difundida y, al mismo tiempo, la que más visiblemente refleja la cruz soportada por las mujeres a lo largo de la historia, la de ser causa y sufrir las consecuencias de las guerras, mientras se vetaba su participación en las mismas. Irene Vallejo también lo expresa mucho mejor que yo: “Un relato escalofriante que nos recuerda cómo los cuerpos de las mujeres, excluidas de las decisiones bélicas, fueron y siguen siendo campos de batalla”. No podemos olvidar que Caria (Karys o Caryae, en el Peloponeso), lugar de origen de las cariátides del Erecteion, fue también el hogar de Elena de Troya (por eso se decía que sus mujeres eran las más bellas de la Hélade), estigmatizada por ser causa de uno de los muchos conflictos bélicos en los que todas las polis griegas se vieron inmersas a lo largo de su historia.

Además, en ese primer capítulo, Vitruvio deja claro que los conocimientos de los arquitectos deben ir más allá del simple aprendizaje de la teoría arquitectónica. Pienso yo que todos los profesionales deberían incluir entre sus virtudes la del conocimiento o, al menos, el interés por conocer, ciencias y artes ajenas a su especialidad, pero necesarias para que su trabajo no carezca de cierta alma. No he podido resistirme a traer a HELICON todo el texto.

Las cariátides del Erecteion. Imagen By Berthold Werner

La Arquitectura es una ciencia adornada de otras muchas disciplinas y conocimientos, por el juicio de la cual pasan las obras de las otras artes. Es práctica y teórica. La práctica es una continua y expedita frecuentación del uso, ejecutada con las manos, sobre la materia correspondiente a lo que se desea formar. La teórica es la que sabe explicar y demostrar con la sutileza y leyes de la proporción, las obras ejecutadas.

Así, los arquitectos que sin letras solo procuraron ser prácticos y diestros de manos, no pudieron con sus obras conseguir crédito alguno. Los que se fiaron del solo raciocinio y letras, siguieron una sombra de la cosa, no la cosa misma. Pero los que se instruyeron en ambas, como prevenidos de todas armas, consiguieron brevemente y con aplauso lo que se propusieron.

Tiene, como las demás artes, principalmente la Arquitectura, aquellas dos cosas de significado y significante. Significado es la cosa propuesta a tratarse. Significante es la demostración de la cosa con razones científicas. Por lo que, parece debe estar ejercitado en ambas, el que quiera llamarse arquitecto. Deberá, pues, ser ingenioso y aplicado; pues ni el talento sin el estudio, ni éste sin aquel, pueden formar un artífice perfecto.

Será instruido en las Buenas Letras, diestro en el Dibujo, hábil en la Geometría, inteligente en la Óptica, instruido en la Aritmética, versado en la Historia, Filósofo, Médico, Jurisconsulto, y Astrólogo. La causa de necesitar todo esto, es la siguiente: Conviene que el arquitecto sea Literato, para poder, con escritos, asegurar sus estudios en la memoria. Dibujante, para trazar con elegancia las obras que se le ofrecieren. La Geometría auxilia mucho a la Arquitectura, principalmente por el uso de la regla y el compás, con lo cual más fácilmente se describen las plantas de los edificios en los planos, se forman escuadras, se tiran nivelaciones y otras líneas. Con la Óptica se toman en los edificios las mejores luces y de mejor parte. Por la Aritmética se calculan los gastos de las obras, se anotan las medidas, y se resuelven intrincados problemas de las proporciones. Sabrá la Historia, porque los arquitectos ponen muchas veces en los edificios diferentes ornatos, de cuyo origen conviene dar razón a quien la pidiere.

Cariátides originales en el Museo de la Acrópolis en Atenas (Grecia). Imagen By Manthou

Como si alguno, en vez de columnas, colocare en la fábrica estatuas de mujeres con adornos matronales, llamadas Cariátides, y encima pusiere modillones y coronamientos; a quien preguntare la causa, la dará de esta manera: Caria, ciudad del Peloponeso, se confederó contra Grecia con los persas, sus enemigos, y habiendo los griegos salido gloriosamente victoriosos de esta guerra, de común acuerdo la declararon a los de Caria. Tomada y asolada la ciudad, y pasados a cuchillo los hombres, se llevaron cautivas sus matronas, sin consentir que dejasen las vestiduras matronales; no contentándose con aquel triunfo solo, sino queriendo también que, con la afrenta de la perenne memoria de su esclavitud, pareciesen pagar eternamente la culpa de su Pueblo. Por lo cual, los arquitectos de aquella edad pusieron en los edificios públicos las imágenes de estas mujeres, sosteniendo el peso, para dejar memoria a la posteridad del castigo de la culpa de Caria.

[…] Otras historias hay de esta especie, cuya noticia conviene tengan los arquitectos. La Filosofía hace magnánimo al arquitecto y que no sea arrogante, antes flexible, leal y justo, sin avaricia, que es lo principal; pues no puede haber obra bien hecha sin fidelidad y entereza. No será codicioso, ni amigo de recibir regalos, antes procure mantener su reputación con gravedad y buena fama; que todo esto prescribe la Filosofía. Trata también de la naturaleza de las cosas que en griego se llama Fisiología, la cual debe saberse con mayor cuidado, tanto por contener muchas y varias cuestiones naturales, cuanto por lo que mira a la conducción de aguas encañadas; porque en su camino, rodeos y subidas se excitan aires de varias maneras, cuya resistencia no podrá evitar sino quien por la Filosofía sepa la naturaleza de las cosas. También el que lea los escritos de Ctesíbio, de Archimedes y otros semejantes, no los podrá entender, si los filósofos no le hubieren instruido en estas cosas.

“En las orgullosas cariátides del Erecteion, no puedo evitar ver la metáfora de las mujeres que sostienen el peso del mundo”, Irene Vallejo.
Imagen: By Vicenç Valcárcel Pérez

AlmaLeonor_LP

EL RAMO DE VIOLETAS

EL RAMO DE VIOLETAS

Imagen: Jose Luis Muñoz Luque

Este relato se incluirá en el VadeReto del blog Acerbo de Letras, dedicado este mes de junio a ¡¡¡LA CARTA!!! Para la creación de este relato había dos premisas:

Primera: El relato, la historia que contéis, tendrá que ser narrado a través de una carta escrita en primera persona y relatando hechos, aventuras, emociones reales o ilusorias. Puede ir firmada con nombre, apodo o seudónimo, o dejarla anónima. Podéis dirigirla a alguien en particular o lanzarla al viento para que la lean las nubes. Puede ser una carta de amor, de venganza, de súplica, de amenaza, de ayuda… lo que vuestras locas y traviesas musas os inspiren.

Segunda: Una frase que debe aparecer dentro del relato y que debéis elegir entre las citas siguientes:

-«Escribir esta carta es como meter una nota en una botella… Y esperar que llegue a Japón». Alice Munro.

-«Las cartas no son más que un trozo de papel. Aunque se quemen, en el corazón siempre queda lo que tiene que quedar; por más que las guardes, lo que no tiene que quedar desaparece». Haruki Murakami

«Uno de los placeres de leer cartas antiguas está en que no necesitamos contestarlas». Lord Byron.

He escogido la última frase para incluirla en mi relato. Es un texto que tiene un fondo musical que vais a encontrar enseguida, pero que, también podéis escuchar al final del mismo.

EL RAMO DE VIOLETAS

En algún lugar del corazón, a 9 de noviembre de cualquier año.

Querida Almudena…

Te extrañará que te escriba una carta después de tanto tiempo enviándote tan solo unos versos hilados casi sin tino, pero con mucho amor… Bueno, y un ramo de flores, de violetas, cada año. Ya sabes que yo sigo anclado en el pasado y será difícil que pueda cambiar ¡Que irónico que te diga esto! ¡He cambiado tanto! Pero no quiero adelantarme, iré por partes. Mejor empezaré de nuevo.

Querida Almudena…

En realidad, no puedo empezar de nuevo… ¡Ojalá pudiese hacerlo! ¡Ojalá te lo hubiese explicado todo hace tiempo! Pero lo intentaré… Es mi última oportunidad, el próximo año ya no estaré contigo para felicitarte en tu santo y cumpleaños. Ya no podré enviarte ningún verso, ninguna flor por primavera, ningún ramo de violetas el 9 de noviembre…

Esta es la primera carta que te escribo… ¡Y que difícil me está resultando! Resulta tan triste que siendo yo cartero de profesión, nunca te haya enviado una carta. ¡Con las que yo he leído! Una vez encontré en una de ellas una frase que siempre recordé. «Uno de los placeres de leer cartas antiguas está en que no necesitamos contestarlas». Era de alguien llamado Lord Byron, y tenía mucha razón. Esta que te escribo es de hoy, querida Almudena, no antigua, pero tampoco vas a necesitar contestarla.

Pero si no nos escribimos ninguna carta, es porque nunca nos separamos, ni de novios, y no tuvimos necesidad de hacerlo. Aunque, también, porque yo no era, lo que se dice, un tipo romántico, ni creativo. Ya sabes que yo, echado para adelante, si… Pero sensible no. No lo fui jamás. No me dejaron serlo… Esto es lo que quería explicarte, que no te escribí ninguna carta, pero que siempre deseé hacerlo.

No sabía de qué forma expresar mi amor por ti. De verdad que no lo sabía. Solo me enseñaron a trabajar y a ser duro, como correspondía a un varón. Nadie me explicó que un hombre lo es, precisamente, por demostrar el amor que profesa a su esposa, a ti, querida Almudena. Pero es que a mí me obligaron a interiorizar lo contrario, me dijeron que debía ser duro, cruel, intolerante, insensible, austero, parco, reticente al cariño… Me enseñaron a no mostrar nunca mis sentimientos, a no desvelar ni mis miedos ni mis satisfacciones, a no hacerte saber que moría por una mirada tuya, que clamaba al cielo por verte sonreír, que tu voz era mi aliento, que tus manos mi alimento, que anhelé todos los días de mi vida los besos que no nos dimos ¡Cuánto tiempo perdí, mi querida Almudena! ¡Cuánto tiempo!

Sé que te hice daño. Sé que debí pedirte perdón hace mucho tiempo. Pero tampoco aprendí a hacer eso, no sabía cómo solicitar tu indulgencia, tu perdón. Te veía llorar cuando creías que yo no te miraba…, sufría cada vez que bajabas los ojos creyendo que mi semblante mostraba ira…, se me partía el alma cuando te veía feliz en compañía de los demás y tan triste y apesadumbrada conmigo. Solo puedo decir lo mismo que intento querer decirte desde que empecé esta carta, querida Almudena, que no sabía… que no sabía… de verdad que no sabía.

Una vez te vi admirando unas violetas. Las tomaste entre tus delicadas manos y te las llevaste hasta el rostro para aspirar su aroma. ¡No sabes cuánto desee en ese momento ser ese ramo de violetas! Si solo hubiese podido decirte que te amaba hasta lo más profundo de mí ser y que lloraba por no saber hacerte feliz… Me considerabas un demonio, te lo escuché decir más de una vez. Me tenías miedo… Me hubiese gustado saber explicarte que yo también tenía miedo… que sentía pavor cada vez que intentaba decirte que te amaba… ¡Que cobarde! Tenía que habértelo dicho tantas veces… Pero aquellas flores me hicieron pensar que si yo no podía aspirar a la dicha de que tus labios se acercaran a mí como lo habían hecho a ellas, al menos, podrías abrazar unas flores que yo te enviara.

Y así fue como empecé a hacerlo, querida Almudena. Aquel 9 de noviembre, como hoy, te envié un ramo de esas tus flores favoritas, las violetas, nada más que las violetas. Estuve pensando en escribirte también una tarjeta expresando lo que no me atrevía a decirte de frente, mirándote… “¡Felicidades! ¡Te amo!”, quería gritarte con el corazón… Pero tampoco tuve valor. No obstante, ¡qué alivio sentí ese primer día que te envié flores, querida Almudena! ¡Y que nervios al mismo tiempo! Estaba escondido, en la calle, esperando a que el mensajero te las entregara. Te vi abrir la puerta, y recibir el encargo con dudas, con tu inocente ignorancia, pero también con una satisfacción que encendió tu rostro. ¡Qué bella estabas! Guarde para mí ese rubor y también la sonrisa que surgió de tus labios y que iluminó mi vida en ese instante. ¿Y tus ojos? ¡Tus ojos bailaron, querida Almudena! ¡Qué bella estabas! Quiero decírtelo una y otra vez… ¡Que bella estabas! Aunque mi pesar eterno fue no haber tenido el valor de decírtelo antes.

Mi vida en la tierra se terminó ese día, querida Almudena. No sobreviví a la pena de no saber hacerte feliz, de no saber decirte cuanto te amaba. El destino quiso que la muerte me alcanzara justo después de la mayor dicha, de verte sonreír al recibir mi secreto regalo. Pero los dioses son benévolos, mi amadísima Almudena. Me permitieron cumplir el deseo que surgió de mis labios en ese último instante, el momento que certifica que solo la verdad surge en las palabras expresadas, porque ascienden desde el alma. Pedí que me permitieran ofrecerte mi amor cada año de la misma forma. Y me dejaron hacerlo.

Así que, cada nueve de noviembre, durante todo este tiempo, has recibido ese presente de mi amor, querida Almudena, un ramo de violetas. Te era enviado desde el infinito de mi alma, la única cosa buena que guardaba este cruel cuerpo endurecido por una forma de ver las cosas que nunca entendí, pero que siempre obedecí.

Pero ya no podré hacerlo más. Esta es mi primera y mi última carta, mi querida Almudena. Hoy cumples años, pero ya no cumplirás más. Mañana vence tu destino. Y antes de que puedas preguntármelo, te contestaré que no, que no podremos estar juntos. Mi tiempo de benevolencia termina contigo. Yo he de marchar a seguir penando mis crueldades, pero tú eres un alma pura que será recibida en los cielos. No te preocupes demasiado. Están llenos de versos y violetas.

¡Felicidades! ¡Te amo!
Tu esposo.

AlmaLeonor_LP

VadeReto de Abril: Vacío.

VadeReto de Mayo: El Tesoro del Pirata.

EL TACTO Y EL OLOR

EL TACTO Y EL OLOR

Imagen: Alfredo Montaña

El tacto es ciego, el olfato es galopante. La boca es frenética. El oído es torpe. Sólo el ojo alcanza la totalidad. Reconstruir una mujer a partir de su voz, de su contacto, de su sabor, de su olor. Eso es la imaginación. La imaginación es el vuelo de un sentido a través de todos los otros. La imaginación es la sinestesia, el olfato que quiere ser tacto, el tacto que quiere ser mirada. La imaginación nace de una limitación. La mirada, quizás, es menos imaginativa porque posee más. Pero la mirada necesitaba imaginar lo que ve, redondear y colorear el cuerpo de la mujer, acercar lo que está lejos, alejar lo que está cerca. No basta con mirar. Hay que sobremirar, sobrever. Hay que interiorizar lo que está afuera y verlo hacia adentro.

Todo lo que nos perdemos por no ser perros. Hay que dar los olores en lo que se escribe. Antes, cuando era un escritor joven y responsable, quería describir minuciosamente las situaciones, los lugares. Luego comprende uno que basta con dar un olor o un color. Al lector le sirve esto mucho más. Dice Baroja de una calle que era larga y olía a pan. Ya está. Un largo olor a pan. Para qué más.

El olor de una mujer, cada una con su olor. Los seres tienen aura, que es el olor. Por el olor somos mágicos. El olor es lo único que no puede poseerse, es la fragancia de una personalidad, y por eso desasosiega y trastorna.

Francisco Umbral

LUPE VÉLEZ Y DOLORES DEL RÍO

LUPE VÉLEZ Y DOLORES DEL RÍO

Dolores del Río (izquierda) y Lupe Vélez (derecha)

Los niños también podían llegar a ser especialmente crueles con las ausencias cuando estas apuntaban una notable diferencia con respecto a la sacrosanta composición de la familia: padre, madre, hijos. Nunca nadie de mi entorno me ocultó el hecho de que mi madre se había marchado dejándome a mí al cuidado de mi padre y mi madrina, pero nunca nadie la había culpado de nada por ello y, por lo tanto, yo tampoco tenía motivo alguno para hacerlo. Pero durante los mayos a María, cuando todas las niñas escribían coplillas o hacían dibujos a su madre en el colegio, las miradas se dirigían a mí invariablemente. Al menos desde que una niña llamada Guadalupe dejase el colegio el curso anterior.

Guadalupe del Río era hija de madre soltera. Todo su entorno la hacía sentirse culpable por la ausencia de un padre ―todo lo contrario a mí, pero igualmente señalizable―, por la desdicha en la que había incurrido la madre ―porque, sí, fuese cual fuese la razón de su embarazo, la culpa recaía en la madre, en quien se materializaba físicamente la evidencia de una relación sexual no sancionada por el matrimonio―. La niña se comportaba de un modo tan retraído y extraño que atraía aún más las insidias de las demás niñas del colegio. Sobre todo, de una chicarrona alta y corpulenta llamada Dolores Vélez que nos asustaba a todas, pero que la tenía tomada con Guadalupe. Un día, Dolores apareció con un chichón enorme en la frente, fruto de un cantazo que le propinó Guadalupe, imagino que después de una de esas burlas de la grandota, y Guadalupe ya no volvió por la clase. Entonces, Dolores se fijó en mí.

― Dice mi madre que eres medio huérfana… y, además, tonta como tu primo.

― Pues mi madrina dice que tú eres grandota como el sobón de tu padre.

Que me aspen si yo sabía en aquellos entonces qué demonios significaba «sobón» ―lo apunté, no obstante, en una lista mental de insultos, como el «chaval» que utilizaba mi tío Juan cada vez que se metía en una gresca, o lo de «rojo» que le profería a mi inexistente abuelo, y otros exabruptos falangistas que solía gritar durante sus borracheras― pero me castigaron un día entero sin colegio. Dolores no me volvió a dirigir la palabra, aunque sé que ella estaba detrás de todas las veces que me desaparecía un lápiz ―mi madrina acabó por engancharme el lápiz con un alfiler al babi, de tantos como perdía― y de todas las veces que un cuaderno mío aparecía con un borratajo o una hoja de deberes arrancada.

No me importaba nada de todo aquello. Lo que sí me importaba era el protagonismo que, de repente, adquiría mi persona en el mes de mayo, cuando todo el mundo alababa a su madre y llevaba flores a María durante las mañanas escolares.

Mi madrina, siempre al quite de mis desdichas, acabó solucionando el tema haciendo que yo fuese la protagonista, sí, pero por llevar las flores más bonitas a mi colegio. Yo llevaba rosas, mientras que las demás niñas solo ofrecían margaritas, amapolas o diente de león, que crecían en las cunetas de las calles de mi apartado barrio urbano. Mi madrina decía que lo único bueno que se había traído del pueblo de su marido eran los rosales, que plantó en los lindes del patio comunal del edificio y que todos los años nos proporcionaba unas rosas preciosas por mayo.

AlmaLeonor_LP

Este párrafo estaba dedicado a las actrices Lupe Vélez (1908-1944) y Dolores del Río (1904-1983), aquí mencionadas con los nombres y apellidos trastocados, Guadalupe del Río y Dolores Vélez. Ambas fueron las primeras actrices reconocidas en Hollywood, pero mantuvieron una rivalidad antológica durante toda su vida. Incluso llegaron a las manos durante el estreno de una película. Dolores del Río regresó a México, mientras que Lupe Vélez se suicidó a los 36 años en su casa de Beverly Hills

LAS ACTRICES FAVORITAS DE MI PADRE

AL FARO

AL FARO

San Vicente de la Barquera (Imagen propia)

Por fin dejó de pensar; estaba ahí sentado al sol con la mano en la barra del timón, mirando fijamente al Faro, incapaz de moverse, incapaz de sacudirse los granos de tristeza que, uno tras otro, se depositaban en su mente. Parecía que lo ataba una maroma, y que su padre había hecho el nudo, y sólo podía sacar un cuchillo y hundirlo.

Pero en aquel momento la vela comenzó a moverse poco a poco, se hinchó lentamente; la barca sintió un sacudida, comenzó a moverse, apenas consciente, dormida; de repente se despertó, salió disparada entre las olas. Fue un alivio extraordinario. Todos parecieron perder importancia relativa ante los demás, y parecían estar bien, y los sedales se tensaron formando un ángulo agudo en los costados de la barca. Pero su padre no pareció haber advertido nada. Sólo hizo un gesto misterioso con la mano derecha en el aire, y la dejó reposar de nuevo sobre la rodilla, como si estuviera dirigiendo alguna sinfonía secreta.

Llegarán al Faro a la hora del almuerzo, pensaba. Pero el viento había refrescado, y el cielo cambió imperceptiblemente, las barcas habían cambiado de posición, y el paisaje, que el momento anterior parecía fijado para la eternidad, no era nada agradable ahora.

El viento había revuelto la estela de humo, había algo desagradable en la nueva posición de las barcas.

El Faro era entonces una torre brumosa, plateada, con un ojo amarillo que se abría de repente, delicadamente, al anochecer. Ahora… James miraba al Faro. Veía las rocas, blancas de espuma; veía la torre, erguida, recta; veía que tenía ventanas; veía incluso ropa tendida sobre las piedras, puesta a secar. De forma que, por fin, esto era el Faro, ¿no?

No, lo otro también era el Faro. Porque nada era sencillamente una sola cosa.

También el otro era el Faro. A veces costaba verlo desde el otro lado de la bahía. Al anochecer levantaba uno la mirada y veía cómo el ojo parpadeaba, y la luz parecía llegar hasta ellos en aquel jardín soleado y fresco en el que se sentaban.

Virginia Wolf
«Al Faro» (To the Lighthouse)
5 de mayo de 1927

LA REINA DE SABÁ

LA REINA DE SABÁ

Imagen: Viktoria Stoyanova

10 Oyendo la reina de Sabá la fama que Salomón había alcanzado por el nombre de Jehová, vino a probarle con preguntas difíciles. Y vino a Jerusalén con un séquito muy grande, con camellos cargados de especias, y oro en gran abundancia, y piedras preciosas; y cuando vino a Salomón, le expuso todo lo que en su corazón tenía. Y Salomón le contestó todas sus preguntas, y nada hubo que el rey no le contestase. Y cuando la reina de Sabá vio toda la sabiduría de Salomón, y la casa que había edificado, asimismo la comida de su mesa, las habitaciones de sus oficiales, el estado y los vestidos de los que le servían, sus maestresalas, y sus holocaustos que ofrecía en la casa de Jehová, se quedó asombrada.

Y dijo al rey: Verdad es lo que oí en mi tierra de tus cosas y de tu sabiduría; pero yo no lo creía, hasta que he venido, y mis ojos han visto que ni aun se me dijo la mitad; es mayor tu sabiduría y bien, que la fama que yo había oído. Bienaventurados tus hombres, dichosos estos tus siervos, que están continuamente delante de ti, y oyen tu sabiduría. Jehová tu Dios sea bendito, que se agradó de ti para ponerte en el trono de Israel; porque Jehová ha amado siempre a Israel, te ha puesto por rey, para que hagas derecho y justicia. 10 Y dio ella al rey ciento veinte talentos de oro, y mucha especiería, y piedras preciosas; nunca vino tan gran cantidad de especias, como la reina de Sabá dio al rey Salomón.

11 La flota de Hiram que había traído el oro de Ofir, traía también de Ofir mucha madera de sándalo, y piedras preciosas. 12 Y de la madera de sándalo hizo el rey balaustres para la casa de Jehová y para las casas reales, arpas también y salterios para los cantores; nunca vino semejante madera de sándalo, ni se ha visto hasta hoy.

13 Y el rey Salomón dio a la reina de Sabá todo lo que ella quiso, y todo lo que pidió, además de lo que Salomón le dio. Y ella se volvió, y se fue a su tierra con sus criados.

1 Reyes 10 (Reina Valera 1960)

¡VACÍO!

¡VACÍO!

Imagen: Espacio exterior.

Este relato se incluirá en el VadeReto del blog Acerbo de Letras, dedicado este mes de abril a la ciencia-ficción. Empezamos con la siguiente premisa… Imagina que:

«Acabas de despertar, te notas desorientado y no recuerdas dónde estás, ni cómo has llegado allí. Te sientes ligero, como si flotaras dentro de un lago o una piscina. Te incorporas y te das cuenta de que has estado durmiendo dentro de una especie de caja o contenedor transparente. Miras a tu alrededor y compruebas que estás en un lugar cerrado, porque no puedes ver el cielo, pero es grande, muy grande, demasiado grande para ser tu casa. Deambulas durante un rato por pasillos vacíos, asépticos y silenciosos. Atraviesas salas y ves habitáculos con las mismas características. Por fin, encuentras lo que parece una ventana y te asomas. ¡No puedes creer lo que ven tus ojos!»

A partir de esa introducción, he creado este relato que, además, quiero compartir hoy, DÍA DE LA TIERRA, con la esperanza de que lleguemos algún día a comprender la suerte que tenemos de que nos acoja como especie y empecemos a cuidarla de veras. Vamos con el texto:

¡VACÍO!

Al abrir los ojos lo poco que entendí es que teníamos gravedad. Ni siquiera sabía por qué pensaba eso. Es lo único que vino a mi mente, lo demás era vacío… No recordaba nada. Ni donde estaba, ni qué hacía allí, mucho menos qué día era o quien era yo. Estaba en un lugar cerrado, acuoso, pero por alguna razón que solo la razón comprende, sabía cómo abrirlo. Salí y me puse de pie. Ese esfuerzo fue mayor que el de abrir los ojos. Caí al suelo. Entonces vi que estaba rodeada de cubículos iguales a aquel de donde había salido yo.

Vale, no estoy sola

Miré en los más cercanos y no había nadie dentro… Solo una especie de mancha descolorida. Cuando pude caminar comprobé que los demás cubículos, al menos los que alcancé a ver en un corto recorrido —allí había miles—, estaban igualmente vacíos.

¡Nadie!

¿Nunca hubo nadie o es que se habían desvanecido? Me mareé y vomité sin que nada saliese de mi boca. Una corriente de aire frío recorrió mi espalda y un sentimiento de absoluto vacío se apoderó de mi ser. Vacío en mi cabeza, vacío en mi estómago, vacío hasta en mis entrañas… Al alzar los ojos vi una puerta. Me dirigí hacia ella. También sabía cómo abrirla, el código que debía introducir. El resto de mi mente era un agujero negro absoluto, insondable. Miré hacia atrás. ¿Debía mirar en todos los demás cubículos? Tal vez si encontraba a alguien vivo sabría decirme dónde estabamos y qué hacíamos aquí. Intenté dar la vuelta, pero justo en ese momento la puerta se abrió completamente y algo en mi interior me obligó a seguir por el largo pasillo que se mostraba ante mis ojos. Después de ese llegó otro, y otro más, más puertas, más pasillos… Me desorienté completamente. Por un momento sentí verdadero pánico.

¿Cómo voy a volver?

Pero acto seguido un resorte de mi mente, el único que al parecer me había escuchado, me dijo: «¿Volver a dónde?». No sabía dónde estaba, ni ahora ni antes, así que mi mejor opción era seguir caminando. Cada vez estaba más desorientada y asustada. Hubo un momento que hasta me descubrí corriendo. Había pasillos que ya creía haber recorrido sin tener una certeza absoluta, pero es que ¡eran todos idénticos! Me estaba mareando de nuevo y me obligué a sosegarme un poco. Tenía que calmarme. Me apoyé en una de las límpidas paredes.

¡Piensa, …!

¡Mi nombre! ¡Ni siquiera recordaba mi nombre! Como iba a infundirme ánimo si no sabía a quién dirigirlo. ¿Y mi aspecto? ¿Cómo sería mi aspecto? Sentía que era una mujer, pero no tenía ni idea de si era alta o baja, delgada o gorda, rubia o morena, joven o vieja… Palpé mi cuerpo y mi rostro para tratar de identificarme. De algún modo que desconocía sabía que a mí nunca me importó mi aspecto, pero eso no me decía cómo era. Encontré una superficie bruñida. Me miré con precaución, no sabía lo que iba a encontrar allí, a quién vería. Cerré los ojos un momento. No podría describir lo que bullía en mi cabeza, además del miedo. Era uns sensación como la de caer a un pozo sin fondo en el que no se veían las paredes, ni el principio, mi el fin… ¡Me iba a asomar a mi propia existencia! Era tan intenso como nacer… Me sujeté como pude y abrí los ojos. Allí estaba yo… Era una mujer a la que no conocía, sin nombre, aparentemente delgada, morena, con el pelo muy corto y arrugas en la cara…

¿Cuántos años tendré?

Entonces, una especie de sacudida casi me hace caer. Me asusté. Algo había hecho estremecer ese lugar, como un terremoto que no surgía de las profundidades, sino de todas partes. Traté de sujetarme a las paredes lisas… Volvió a moverse todo de nuevo, con más fuerza y, de repente, noté un frenazo brusco.

¡Una nave! ¡Estoy en una nave!

Empezaba a recordar. Ahora sabía dónde tenía que ir. De alguna manera que aún desconocía, los pasillos antes idénticos, se hicieron identificables. Enseguida llegué al óvulo, el centro de la nave, el lugar desde donde se podían abrir las compuertas exteriores y… «Ver…, ¿qué?». Mi mente no podía recordarlo todavía, pero cuando esas pesadas láminas de acero se abrieron por completo mi cabeza hizo lo mismo. De un instante a otro lo recordé todo, absolutamente todo, hasta mi nombre: «Mirena».

Yo soy Mirena…, soy Mirena…, soy Mirena

Pero, así como mi ser aceptó lo que las puertas del recuerdo me mostraron con intensidad, mis ojos negaban lo que estaban contemplando en esos momentos.

¡Vacío!

Me senté en el suelo, desconcertada, derrotada… «¡Vacío! ¡Solo vacío!» Después de todo lo que habíamos pasado, después de lo que habíamos sufrido, lo que habíamos trabajado, todos nuestros esfuerzos solo nos llevaron al vacío. Una nave vacía en un espacio vacío, oscuro, silencioso, infinito… No había nada, ni nebulosas, ni estrellas, ni cometas, ni agujeros negros siquiera… Mucho menos un planeta habitable. Nuestros cálculos no eran exactos, no sabíamos muy bien donde estaba, pero nos aseguraron que al final del viaje habría una nueva Tierra. Y no había nada. ¡Nada! La ventana del óvulo me decía que estaba en ese mismo pozo sin fondo donde me había visto hacía un momento… Nos habían engañado.

¡Estúpida! ¡Eres una crédula estúpida!

Siempre había sido demasiado confiada. Siempre acepté que la gente aún era capaz de respetar sus promesas. Pese a todo, lo creía. Firmemente. Aunque, a decir verdad, tendría que haber renegado de las palabras de los hombres y mujeres que se hacen llamar humanos hacía mucho tiempo. ¡Me fallaron tantas veces! Promesas de amor incumplidas, felicidad inalcanzada, esperanzas derrotadas. Ni un solo día de mi vida había visto cumplir una promesa. ¿Por qué creería que embarcarse hacia un destino incierto era la única forma de salvar a la humanidad de ese planeta condenado a la autodestrucción? 

Todos los habitantes de la Tierra llevában siglos intentando que eso no sucediese. Sin éxito. No consiguieron nunca ponerse de acuerdo. Uno de los últimos avisos de los científicos de entonces decía que al planeta solo le quedaban trescientos años. Después colapsaría. No habían pasado ni cien cuando descubrieron que nos dirigíamos hacia la inevitable destrucción de la Tierra en cuestión de unos pocos años. Entonces, cobardemente, todas las naciones del mundo se prepararon para abandonarla a su suerte. Hacía más de dos décadas que nosotros también estábamos trabajando en ello.

Cuando me incorporé al proyecto, a mis veintisiete años y con mi carrera de química inorgánica recién terminada, me recibió el hombre más entusiasta que había conocido nunca en este mundo tan autodestructivo. Nos enamoramos y nos amamos en medio del caos y la devastación, mientras todo lo que se había venido vaticinando sucedía irremisiblemente a nuestro alrededor y más rápido de lo que nadie había calculado. Hasta que él también me engañó y se enamoró de otra, y luego de otra. Promesas incumplidas, felicidad escamoteada…

Y llegó el día cero. Nos reunieron a todos en el lugar donde nos esperaba la nave. Yo la contemplaba por primera vez. Mi trabajo estaba en el laboratorio, no en infraestructuras. Allí estaba él, como capitán del proyecto. Su voz potente y entusiasta llegó a embargar de nuevo mi corazón y mi cabeza. ¿Le seguía amando? Yo también rompí mi promesa de no volver a hacerlo. Mientras mi cabeza racional debatía con mi corazón enamorado, él seguía con su arenga, asegurando, en un último y vano intento por descargar de culpa a los seres humanos, que la Tierra no se destruiría porque la llevaríamos con nosotros. Yo pensé que ojalá no fuese así. Si llevar algo con nosotros suponía trasladar la semilla de la destrucción a otro lugar, mejor que no partiésemos nunca.

Además ¡éramos tan pocos! No sabíamos de nadie que hubiese alcanzado el final de la construcción de una nave como lo habíamos logrado nosotros. Y ya no quedaba tiempo para hacerlo. En ese momento, esperando mi turno para subir a ella, no hacía más que rogar para que algunas de esas naves clandestinas que también se habían estado construyendo al margen de los gobiernos, estuviesen tan listas como la nuestra. No teníamos una certeza absoluta de la ruta que debíamos seguir, solo disponíamos de vagos cálculos acerca del destino. Nos faltó tiempo para cerciorarnos. Las últimas mediciones sobre ese último mal que llevaba decenios afectando al planeta sin remisión, nos avisaron de que nada de lo que hiciéramos ya evitaría el colapso. La Tierra se extinguía, enmudecía, palidecía, se angostaba… Estaba muerta. Debíamos salir inmediatamente o pereceríamos con ella.

Una vez dentro, y justo antes de despegar, nos volvió a reunir para infundirnos los últimos soplos de ánimo antes de hibernar. Ya no volveríamos a vernos en mucho tiempo. Si todo salía bien, en varios centenares de años. Estábamos muy asustados. Su voz volvió a estremecer todo mi cuerpo. Me había engañado y seguía creyendo en él. Me sentía estúpida, pero también sirvió para escuchar una alerta en mi cabeza ¿mentiría también en su confianza en el éxito del viaje? Las opciones no eran más que dos: morir en la tierra o hibernar casi perennemente viajando hasta el infinito. Yo no estaba lista para ninguna de las dos cosas. Ahora me daba cuenta de que creí en ese proyecto porque creía en él. Y él me había engañado.

Debí haberlo imaginado… Tendría que haberlo pensado y alertar a los demás.

Pero aquel día estábamos agotados, física y mentalmente. Sentir que éramos un minúsculo puñado de supervivientes nos fatigaba de una forma que no habíamos experimentado nunca. Como si nos asolara la misma presión, el mismo desfallecimiento, que debieron experimentar los primeros humanos sobre la Tierra tratando de entender que hacían allí. Además, nosotros cargábamos con una culpa por la que ellos no penaron, la de haber destruido nuestra propia existencia en el planeta. Por eso necesitábamos promesas, las promesas de futuro que esa nave nos proporcionaba. La habíamos llamado FUTURE.

Despegamos. Estábamos todos —o la mayoría, nunca llegué a saber cuántas personas embarcamos—, en el óvulo, con las compuertas abiertas, contemplando el espacio como yo lo estaba haciendo ahora, mientras la nave se alejaba de la Tierra. Y entonces la vimos desaparecer… Nunca olvidaré esa sensación de vacío que ocupó todo mi ser hasta derrotarme mientras dejamos de verla de repente… Un vacío infinito, una ausencia abismal, un agujero negro que nacía en mi interior y se extendía poco a poco a todo mi ser, haciéndome cada vez más pequeña, más insignificante, menos necesaria. El fin ante mis ojos. No sé si los demás lo sintieron así, no hablamos de ello, nos enmudeció a todos. Esa noche, mientras nos acomodábamos en nuestros cubículos de viaje, en silencio, había más lágrimas en los rostros de mis compañeros que expresiones de esperanza. No podíamos mirar a nadie, como si temiéramos que al encontrarnos con otros ojos nos revelásemos como los culpables que éramos por lo que habíamos hecho. Como si la Tierra se hubiese llevado con ella nuestras almas, lo único humano capaz del perdon. Nunca comprendí lo que era la soledad como lo hice en ese instante.

Una vez que nuestras acciones hicieron desaparecer la Tierra, ¿acaso teníamos derecho a un lugar en el universo? Habíamos sido tan parte de ella como los ríos, los árboles, las montañas, los bosques… y una vez que nada de todo eso quedaba ya, extinguido por nuestra culpa, ¿por qué nosotros íbamos a tener el privilegio de sobrevivir?

Me eché a llorar. Después de un tiempo indefinido que nunca lograré llegar a saber cuánto fue en cálculos terrestres, soy la única que salgo con vida de esos cubículos. Ha sido la última promesa incumplida de mi vida. Cuando todos estaban destinados a morir, la propia muerte me engaña y me mantiene con vida. Vacía de vida.

¿Acaso existo? ¿Acaso no hemos sido siempre vacío…?

AlmaLeonor_LP

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