CUANDO INSULTABAN A INGRID BERGMAN

CUANDO INSULTABAN A INGRID BERGMAN

Ingrid Bergman con su hijo Roberto en brazos.

“Me llegaban cartas atroces, cada sobre iba lleno de odio. En algunas ponían que yo ardería en el infierno por toda la eternidad. Otras decían que era una agente del diablo y que mi pequeño era hijo del diablo. Y aun otras que mi bebé nacería muerto o sería jorobado. Hablaban de toda clase de horrorosas deformaciones que afectarían a mi hijo. Me llamaban puta y fulana. No podía creer que me odiara tanta gente. Al margen de lo que pensaran sobre mi vida, se trataba de mi vida privada, y yo no les había hecho nada. Estaba en estado de shock. Llegaban cartas de todas partes, pero la mayoría de América. América es muy grande, así que había gente para escribir cartas de todas clases. Roberto me preguntaba por qué las leía si me afectaban tanto. Decía que era como leer reseñas de críticos a quienes nunca les gusta tu trabajo. ¿Qué sentido tiene? Yo le respondía que era el único modo para encontrar cartas de amigos que me animaban y me apoyaban.”

 

Estas palabras fueron escritas por Ingrid Bergman (1915-1982) cuando, años más tarde de los acontecimientos que narra, contaba lo que llegó a sufrir en 1950 a causa de su relación con Roberto Rossellini (1906-1977). Si hoy nos parece que las redes sociales magnifican el odio visceral y la fácil descalificación anónima, situaciones como esta demuestran que el hombre (la humanidad) nunca estuvo, ni estará, libre de tirar piedras contra la Magdalena, sin importar para nada si está o no libre de culpa. Pero así como ella no dejaba de leer sus cartas, guiada por la confianza de que habría entre ellas quien la animaba y apoyaba, hoy no debemos dejarnos abatir por los comentarios en las redes, porque entre ellos, incluso entre los críticos, podemos encontrar a quien de verdad nos apoya y anima.

Ingrid Bergman se casó en mayo de 1950 con el director Roberto Rosselini, después de casi un año de público romance y estando ambos casados (ella con un dentista sueco con quien tenía una hija; él con la italiana Marcella de Marchis, con quien tenía dos hijos) además de que Rossellini mantenía una relación adúltera semipermanente (parecían estar “prometidos”) con la admirada Ana Magnani (1908-1973). Pero fue la relación con la sueca Ingrid Bergman, con quien tuvo un hijo en febrero de 1950, lo que causó un auténtico escándalo internacional: en Italia, por el “despecho” hacia una gloria nacional como era la Magnani (lo de la esposa legal parecía no importar demasiado); en Suecia, donde Ingrid llegó a ser fuerte y públicamente criticada por la iglesia luterana; y en los EEUU, donde hasta el senador Edwin C. Johnson llegó a pedir en el Congreso (en marzo, cuando el niño tenía apenas un mes) la adopción de medidas legales para no proyectar la película “Stromboli” (de Rossellini e interpretada por la Bergman), por lo que él llamó una «poderosa influencia maligna» para América de la actriz, a causa de su romance adúltero y maternidad fuera del matrimonio. Como ella contó años más tarde, recibió miles de cartas en las que llegaban a pedir que fuese quemada en la hoguera como a una bruja. La famosa columnista de Hollywood, Hedda Hopper (1890-1966), pudo contribuir a este malestar público por sus críticas mordaces y muy duras de ese año… por cierto que dirigidas  a ella y solo a ella, a Ingrid Bergman, hacia quien se dirigieron críticas, vituperios e insultos, no así hacia Rossellini, quien también era adúltero y padre del niño.

Finalmente Ingrid Bergman fue declarada persona non gratta en los EEUU y la pareja (con su hijo, Robertino) tuvo que emigrar a Italia. Rossellini se buscó otra amante.

AlmaLeonor

 

 

 

 

LIBERTAD

LIBERTAD

Pier Toffoletti

Risueños están los mozos,
gozosos están los viejos
porque dicen, compañeras
que hay libertad para el pueblo.
Todo es la turba cantares,
los campanarios estruendo,
los balcones luminarias,
y las plazuelas festejos.
Gran novedad en las leyes,
que, os juro que no comprendo,
ocurre cuando á los hombres
en tal regocijo vemos.
Muchos bienes se preparan,
dicen los doctos al reino,
si en ello los hombres ganan
yo, por los hombres , me alegro;
Mas, por nosotras, las hembras,
ni lo aplaudo, ni lo siento,
pues aunque leyes se muden
para nosotras no hay fueros.
¡Libertad! ¿Que nos importa?
¿Qué ganamos qué tendremos?
Un encierro por tribuna
y una aguja por derecho.
¡Libertad! ¿De qué nos vale
si son los tiranos nuestros
no el yugo de los monarcas,
el yugo de nuestro sexo?
¡Libertad! ¿Pues no es sarcasmo
el que nos hacen sangriento
con repetir ese grito
delante de nuestros hierros?
¡Libertad! ¡ay! para el llanto
tuvímosla en todos tiempos;
con los déspotas lloramos ,
con tribunos lloraremos;
Que, humanos y generosos
estos hombres, como aquellos,
á sancionar nuestras penas
en, todo siglo están prestos.
Los mozos están ufanos,
gozosos están los viejos,
igualdad hay en la patria,
libertad hay en el reino.
Pero, os digo, compañeras,
que la ley es sola de ellos,
que las hembras no se cuentan
ni hay Nación para este sexo.
Por eso aun que los escucho
ni me aplaudo ni lo siento;
si pierden ¡Dios se lo pague!
y si ganan ¡buen provecho!

Carolina Coronado
Almendralejo, 1846

NO ME INTERESA

NO ME INTERESA

Delawer Omar (Syrian Artist)

No me interesa saber a que te dedicas.
Quiero saber qué es lo que añoras
Y si te atreves a soñar o alcanzar
Lo que tu corazón más ansía.

No me interesa saber qué edad tienes.
Quiero saber si te arriesgarás
a parecer un loco por amor,
por tus sueños, por la aventura de estar vivo.

No me interesa saber que planetas están cuadrando tu luna,
Quiero saber si has tocado el centro de tu propia pena,
si has estado abierto a las traiciones de la vida
o te has vuelto marchito y cerrado por miedo a más dolor.
Quiero saber si te puedes sentar con dolor, tuyo o mío,
sin moverte para esconderlo, diluirlo o arreglarlo.
Quiero saber si puedes estar con alegría tuya o mía,
y si puedes danzar libremente y dejar que el éxtasis te llene hasta
las puntas de los dedos de tus manos y de los pies,
sin advertirnos de ser cuidadosos, ser realistas o recordar las limitaciones del ser humano.

No me interesa si la historia que me estás contando es verdad, quiero
saber si puedes desilusionar a otros
por ser sincero contigo mismo,
si puedes resistir la acusación de traición y no traicionar a tu propia alma.

Quiero saber si puedes ser fiel y por lo tanto confiable.
Quiero saber si puedes ver belleza hasta en los días feos,
y si puedes nutrir tu vida desde la presencia de Dios.
Quiero saber si puedes vivir con fallos tuyos y míos
y todavía apartarte en la orilla del lago y gritar a la luna llena plateada….! Siii!

No me interesa saber dónde vives, ni cuánto dinero tienes.
Quiero saber si te puedes parar después de una noche de pena y desesperación,
débil y moreteado hasta los huesos,
y hacer lo que necesita estar hecho para los niños.

No me interesa saber quien eres, ni porqué estás aquí.
Quiero saber si puedes estar en el centro del fuego conmigo sin encogerte.

No me interesa dónde, qué, o con quién has estudiado,
Quiero saber si te sostienes desde dentro
cuando todo a tu alrededor se cae.
Quiero saber si puedes estar solo contigo y si verdaderamente disfrutas de la compañía
que mantienes en tus momentos de soledad….”

 

Khalil Gibran

(Publicado en HELICON el 2 de julio de 2008)

LA CONEXIÓN GAINSBOROUGH

LA CONEXIÓN GAINSBOROUGH

Su Gracia Georgiana Cavendish, duquesa de Devonshire (1787), de Thomas Gainsborough (1727-1788)

Pues exactamente eso, que parece mentira lo que se puede encontrar a partir de un nombre y como se pueden acabar conectando las cosas… Todo empezó buscando un sombrero, un tipo de sombrero concreto, que al final encontré y que no viene al caso, pero por el camino asomó varias veces una denominación, la de “Sombreros Gainsborough”, y la tentación de saber algo más pudo conmigo. Al final, acabé escribiendo este artículo para contaros todo lo que descubrí, pero tenía que publicarse un día como hoy, 25 de mayo… Y si termináis de leerlo hasta el final, veréis porqué.

Los llamados sombreros Gainsborough son un tipo de sombreros femeninos, grandes y muy aparatosos, que reciben su nombre por el retrato de “Su Gracia Georgiana Cavendish, duquesa de Devonshire”, la imagen de la cabecera de este artículo, pintado entre 1785 y 1787 por el artista inglés Thomas Gainsborough (1727-1788). Gainsborough fue uno de los más afamados retratistas de la segunda mitad del siglo XVIII, aunque él siempre tuvo preferencia por los paisajes, llegando a crear escuela en este tipo de obras en Inglaterra. Alumno aventajado del gran pintor y satírico social, William Hogarth (1697-1764),  fue uno de los fundadores de la Real Academia de las Artes inglesa y durante toda su vida mantuvo una rivalidad retratística con otro pintor afamado del Reino Unido, Sir Joshua Reynolds (1723-1792), rivalidad que se decantó por Gainsborough, entre otras cosas, por este retrato de la duquesa de Devonshire. Y debido a este cuadro, también el sombrero se denomina picture hat, o el sombrero del retrato.

EL SOMBRERO DEL RETRATO

En realidad esta fue la inspiración, pero el sombrero Gainsborough hace referencia a una amplia gama de sombreros femeninos de gran tamaño, que han venido estando de moda desde el siglo XVIII hasta la actualidad. El caso es que fuesen grandes, enormes.

Su origen dieciochesco indica que su finalidad no era tanto posarse en la cabeza de una dama (que nunca llegaba a ser tan enorme), como adornar los elaborados y grandilocuentes peinados femeninos de este siglo realizados a base de pelucas largas y extravagantes (un uso llamado “Pouf”), normalmente empolvadas en talco y perfumes, a las que se solía añadir desde plumas, a pieles, lazos, flores, juguetes, joyas, metales y otros elementos (que llegaban a incluir maquetas de barcos o pájaros disecados), y que eran utilizadas como símbolo de status.

El uso de pelucas altísimas y elaboradísimas complicaba hasta la posición de las señoras en los carricoches (imagen inferior). Las pelucas de la reina María Antonieta (1755-1793) por ejemplo, elaboradas por su carísimo peluquero personal,  Léonard Autié (que cobraba hasta 4.000 libras anuales), podían llegar a tener un metro de alto. Uno de los peinados más famosos de Autié fue el pouf à la belle poule (imagen superior), que se remataba con una réplica de la fragata de ese nombre, de exitosa participación bélica en 1778 contra el Aretusa británico, y que recibió también por ello el pomposo nombre de “La Independencia, o el Triunfo de la Libertad”.

Pese a su más que evidente incomodidad, las pelucas triunfaron con el estilo rococó. Fueron puestas de moda por Luis XIV en la Francia dieciochesca, tanto para damas como para caballeros, extendiéndose su uso a buena parte de Europa, sobre todo a Inglaterra. Allí, el sombrero Gainsborough vino a sobreponerse encima de todos estos elementos capilares, pero también realizó un enorme servicio en un momento de transición del rococó al estilo neoclásico que se empieza a implantar a partir de los años sesenta del siglo XVIII, tanto en Francia como en Inglaterra, aunque sorprendentemente, el rococó cobró nuevos bríos en este país en la primera mitad del siglo XIX.

El retrato más famoso con este tipo de elemento de moda femenino, fue el de la duquesa de Devonshire, eso es seguro, pero hubo otros retratos, no menos conocidos, que llegaron a acompañarle, acentuando la moda de los enormes sombreros. Por ejemplo, y sin dejar todavía al pintor Thomas Gainsborough, tenemos este “Paseo de la mañana (retrato de los señores William Hallett)” de 1785 (imagen superior).

O este de “Henrietta, Viscountess Duncannon” (1776), de John Downman (1750-1824)que hasta llego a ser confundido y durante un tiempo se pensó que era igualmente la duquesa de Devonshire y no su hermana, la distinguida y hermosa Henrietta Frances Spencer de Ponsonby (1761-1821), condesa de Bessborough, desdichada vizcondesa Ducannon en segundas nupcias (ella y su marido jugaban y perdían grandes cantidades de dinero y por ello el señor vizconde la maltrataba en privado y la humillaba en público) y ávida amante de varios nobles ingleses de su tiempo, incluyendo el que acabaría siendo el marido de su hija, William Lamb (1779-1848), más tarde primer ministro de la Reina Victoria, y al que su esposa, Lady Caroline Lamb (1785-1828), engañaba a su vez con Lord Byron (1788-1824), causando uno de los mayores escándalos de la Inglaterra pre-victoriana.

Francesco Bartolozzi (1727–1815). Izquierda: Maria Cosway (1785); derecha: Lady Smith (after Sir Joshua Reynolds)

La confusión del retrato se debió tanto al parentesco entre ambas damas, como a la circulación de un grabado realizado por el gran Francesco Bartolozzi (1727-1815), en 1788 (o 1797), quien también es autor de varios dibujos de señoras con sombreros Gainsborough (imagen superior).

También son poco conocidos estos otros dos retratos con sombrero tipo Gainsborough de la novelista británica Frances Burney (1752-1840). Por cierto que Burney fue una escritora acomodaticia con el papel sumiso de la mujer y contraria a los postulados feministas que por aquellos entonces proclamaba Mary Wollstonecraft (1759-1797), por ejemplo. El primero (superior izquierda) es una litografía a partir de una obra pintada en 1782 por su primo Edward Francis Burney (1760-1848), que también es el autor de la segunda obra (superior derecha).

John Hoppner (1758-1810), fue otro pintor inglés que no se resistió a los retratos femeninos con amplios sombreros Gainsborough: El primero (superior arriba derecha) es un retrato de Elizabeth Beresford (1762-1833) de 1790; el segundo (superior arriba izquierda) representa a Miss Susanna Gyll (1779) y el tercero (superior abajo) es un retrato de Mary Boteler (1763-1852) pintado en 1786.

Y por señalar solo alguno más, estos otros dos, que son franceses y de la misma autora Louise Élisabeth Vigée Le Brun (1755-1842): el primero (superior izquierda), que fue atribuido en un principio a Jean-Laurent Mosnier (1743-1808), es un retrato de dama pintado en 1790; y el segundo (superior derecha), dama con sombrero azul, es anterior, de 1784. Le Brun, ya había retratado a la reina María Antonieta de Austria con algunos sombreros enormes, como el la imagen inferior que levantó toda una serie de críticas por la vestimenta ligera que lucía la reina, la llamada Gaulle (robe chemise, o vestido-camisola), una prenda más propia para su uso privado por su simplicidad y que ella acostumbraba a utilizar en público en sus retiros en la Petit Trianon de Versalles. Fue diseñado por Rose Bertín (1747-1813), modista, estilista y marchante de modas de María Antonieta, quien junto a su peluquero, el ya mencionado Leonard Autié, fueron los creadores de la imagen pública de la reina, personalísimo vehículo de expresión de la soberana.

Hay muchísimos más, les invito a descubrirlos por las muchas páginas de arte que pueden encontrarse por ahí, por ejemplo aquí. Para finalizar, podríamos decir que en España la representación artística de este tipo de sombreros corre a cargo de Francisco de Goya (1746-1828) con el retrato que realizó en 1785 de María Josefa Pimentel y Téllez-Girón (1750-1834), duquesa de Benavente.

La moda evoluciona muchísimo entre finales del XVIII y finales del XIX, incluidos los sombreros femeninos, y este tipo de voluptuosos y exagerados tocados parecen atenuarse en las formas, cobrando más importancia otros modelos, por ejemplo, el Poked bonnet (nosotros diríamos “bonete”, y del que también se llega a caricaturizar como exagerado a veces, ver imagen inferior) o, más adelantado el siglo, el Eugenie Hat, un sombrerito puesto de moda por la emperatriz francesa Eugenia de Montijo (1826-1920), otra mujer que creó tendencia en moda en Europa.

Pero como todas las modas, el Gainsborough volvió. A finales del siglo XIX y principios del XX se impone de nuevo auspiciado por dos corrientes: por un lado, en los EEUU, la moda de las Gibson Girl, un tipo de mujer “inocente y voluptuosa” puesta de moda por el ilustrador Charles Dana Gibson (1867-1944); y por otro, en Inglaterra, por las Gaiety Girls, las coristas de los musicales eduardianos en el Teatro de la Alegría de Londres (imagen inferior).

Y por supuesto, en la meca de la moda, en París. Las revistas de modas parisinas se llenan de grandes sombreros que las damas de la alta sociedad europea se apresuran a lucir. Y ya no dejarán de estar en boga.

El Gainsborough vuelve a hacer furor también en el siglo XX. Son muchas las actrices que lo lucen desde los primeros años del siglo.

La famosa actriz inglesa Lily Elsie (1886-1962), la imagen arriba a la izquierda, lo pone de moda en Europa con un atuendo diseñado (por una modista muy conocida entonces de nombre Lucile) para la caracterización de Sonia, la protagonista de la opereta “La viuda alegre”, en 1907, actualizando una imagen que ya había lucido la también actriz Lillian Russell (1860-1922) en los EEUU en 1903 (imagen arriba a la derecha). Otra de las grandes actrices de los inicios del siglo XX, Billie Burke (1884-1970), también aparecía con estos sombreros en algunas de las muchas postales fotográficas (imagen inferior) que realizó entre 1906 y 1920. Se pueden ver más aquí. Burke es más conocida en la actualidad por haber interpretado a Glinda (la bruja buena del norte) en la película El mago de Oz (1939, Víctor Fleming).

En 1908, era tal la fama alcanzada por los  sombreros Gainsborough, que hasta un avispado caricaturista rumano, Ion Theodorescu-Sion (1882-1939, que se hacía llamar Teodosion) se atreve a rebautizarlos con el aparentemente apropiado mote de “sombreros hongo” (imagen inferior), en una revista satírica rumana, Furnica

Y también le salen imitadores, como este modelo “Cesta de Melocotones” (Peach basket hat, imagen inferior), nacido en los EEUU a la luz de un artículo de la revista Vogue de 1907, que auguraba el alza de los sombreros “enormes”.

Y así, en los años siguientes, a este modelo “tipo cesta de frutas” lo ponen de moda, actrices como Mabel Normand (1892-1930) quien lo luce en este boceto de 1908 de James Montgomery Flagg (superior izquierda) o cantantes como Blossom Seeley (1891-1974), aquí en una imagen de 1912 (superior centro). Desaparece un tiempo de la palestra y vuelve con cierta fuerza en los años 30 de la mano de otras actrices, esta vez del Hollywood dorado, como por ejemplo la elegante Marion Davis (1897-1961), con esta imagen de estudio (superior derecha).

Pero volvamos a nuestro Gainsborough. En 1910, la comedia “Girls”, del popular e incansable escritor estadounidense Clyde Fitch (1865-1909), se estrena con estos coloridos carteles de damas con su sombrero Gainsborough. Es significativo porque Fitch escribió mucho sobre las mujeres, hasta el punto que llegaron a decir que él que “sabe más acerca de las mujeres de lo que la mayoría de las mujeres saben sobre sí mismas”. Las conocía bien. Sabía que debía estrenar una obra con esos atuendos.

Pronto ocupa páginas y portadas de las revistas de moda en toda Europa, y las damas elegantes de la burguesía lo adoptan como elemento imprescindible para estar a la moda (arriba, imágenes de 1911). En Francia, es la actriz y cortesana Geneviève Lantelme (1883-1911), quien marca tendencia. Considerada un icono de la moda francesa y una de las mujeres más bellas de la Belle Époque, era imitada por buena parte de las mujeres de su tiempo. Y fue una de las que mejor lucieron el Gainsborough (inferior).

En los EEUU, en estos momentos iniciales del siglo XX, es también el teatro de Broadway el que marca tendencia. Otra actriz reconocida y muy imitada en sus atuendos de moda fue Alice Johnson (1888–1922), quien lucía estos sombreros en sus representaciones (imagen inferior, de 1908), en las muchas que interpretó en Broadway con la Murray Hill Theatre Stock Company (con más de 30 papeles diferentes en una sola temporada) y con la Frawley Company de San Francisco.

Otras actrices que “se atreven” con el Gainsborough son, por ejemplo:

Alice Witcher
Marjorie Villis
Else Frölich
Evelyn Nesbit
Phyllis le Grand
Gabrielle Ray…

El Teatro y no solo el Teatro, porque también la alta sociedad norteamericana participaba de la moda, de lo que nos deja buena cuenta hasta los ecos de sociedad y sucesos de esta década. Dorothy Harriet Camille Arnold  (1884-¿1910?), Dorothy Arnold, fue una muchacha neoyorquina que desapareció sin dejar rastro el 12 de diciembre de 1910 (no confundir con la actriz de Hollywood, Dorothy Arnold, primera esposa de Joe DiMaggio, posteriormente casado con Marilyn Monroe). Sobre ella se habló mucho en los diarios de casi todo el mundo durante mucho tiempo y su caso fue tan famoso que aún hoy se sigue comentando.

Hasta la famosa Agencia Nacional de Detectives Pinkerton se ocupó del asunto sin éxito, pues nunca llegó a resolverse. Pues bien, algunas de las fotografías que se conservan de esta joven desaparecida a los 26 años, lucen con un sombrero Gainsborough tan de moda en esos años (imagen superior).

Lo cierto es que hasta el arte del siglo XX refleja la preferencia de las mujeres por este tipo de enormes sombreros. Por poner solo un par de ejemplos, Gustav Klimt (1862-1918) realizaba esta obra de la izquierda, Dame mit Hut und Federboa (1909), y Félix Vallotton (1865-1925) la de la derechaThe violet hat (1907).

Después de la Segunda Guerra Mundial, en la década de los sesenta, el Gainsborough se torna más sofisticado y elegante, justo como Audrey Hepburn aparece, con un precioso sombrero de este estilo, en el filme “Desayuno con diamantes” (1961, Blake Edwards) y, más tarde, con el maravilloso atuendo de “My Fair Lady” (1964, George Cukor).

El sombrero femenino es un artículo que hoy parece reinventarse y adquiere cada vez más importancia entre los accesorios de moda. Y el Gainsborough ocupa su lugar de nuevo en las pasarelas de alta costura (la imagen superior es un modelo de Marc Jacobs para la New York Fashion Week de febrero de 2012), como si de nuevo quisiese, a través de él, revivir aquella imagen, la de la mujer del cuadro.

 LA MUJER DEL CUADRO.

Y todo ello originado con aquel retrato con el que se iniciaba este artículo, el de la Duquesa de Devonshire, nacida Georgiana Spencer (1757-1806), Lady Spencer desde 1765, después de que su padre asumiera el título de vizconde Spencer, y primera esposa de William Cavendish (1748-1811), a la sazón, V duque de Devonshire, uno de los hombres más ricos y poderosos del momento. Mujer interesante y controvertida donde las haya, Georgiana fue una de las personas que más influyó en la moda y estilo de su tiempo. Y una de las que más sombreros Gainsborough lució, como por ejemplo, con este otro (imagen superior) atribuido al pintor y maestro de pintores John Russell (1745-1806).

El temprano matrimonio de Georgiana (ella tenía 17 años y él 25) en 1774, no fue lo que esperaba. Su marido era reservado y poco dado a ofrecer a su esposa el cariño y la atención que ella reclamaba, mientras se dedicaba a sus asuntos políticos y a su vida licenciosa, que llegaron a incluir una hija ilegítima, Charlotte Williams. Georgiana, mientras tanto, no era capaz de darle al duque el ansiado heredero. Sufrió varios abortos y tuvo dos hijas en las que se volcó criándolas ella misma en contra de la costumbre de la época entre familias aristocráticas. En 1790 tuvo, por fin, a su hijo Guillermo Jorge Spencer Cavendish (1790-1858), VI Duque de Devonshire.

Lady Elizabeth Foster (1759-1824), segunda duquesa de Devonshire, luciendo un sombrero Gainsborough, por Angelica Kauffmann (1741–1807)

Unos años después de su matrimonio, en 1782, su mejor amiga, Lady Elizabeth Foster (1759-1824), llamada “Bess” (imagen superior), acabó siendo amante del duque mientras vivía en su casa, acogida por Georgiana dada su mala situación emocional y económica (se había separado de su marido quien no permitió que viera a sus hijos). El triángulo amoroso, que según algunos, alcanzó también una relación entre ambas damas, se mantuvo durante varios años, en los que Lady Elizabeth, además de otros amantes, tuvo dos hijos con el duque, quien terminó por convertirse en su marido en 1809 (Georgiana murió en 1806).

Georgiana Cavendish con “bess”, por John Downman (1750-1824)

Pese a las infidelidades de su esposo, y como suele ocurrir, fue a la duquesa a quien se acusó de mantener una vida disipada. Pero no fue hasta después de dar a luz a su hijo varón cuando la duquesa dejó de ser totalmente ajena a las infidelidades (al parecer no estaba socialmente aceptado tener un amante antes de proporcionar un heredero al matrimonio legal), llegando a mantener una intensa relación con Charles Grey (1764-1845),  diplomático y político (y de quien toma el nombre el té Earl Grey), con el que tuvo una hija en 1792, Eliza Courtney, nacida en Francia, y que tuvo que entregar a la familia de su amante, obligada por su marido, bajo amenaza de no volver a ver a sus otros hijos. Sin embargo, los hijos ilegítimos del duque, los dos que tuvo con Elizabeth y Charlotte Williams, su primera hija ilegítima, sí que acabaron siendo educados en la casa Devonshire (la segunda al morir la madre de la niña). Georgiana visitó a su hija en secreto durante toda su vida y la joven no supo quién fue su madre hasta después de su fallecimiento.

Este estado de cosas causaba hondo pesar en la duquesa quien sufrió a menudo problemas de anorexia, alcoholismo, adicción a los medicamentos y una malsana afición por los juegos de azar, por la que llegó a acumular varias deudas que la llevaron a la ludopatía, ya que siempre quiso ocultar la magnitud de sus deudas a su esposo. Este las descubrió tras su muerte.

Georgiana de Devonshire (1780-81), por Joshua Reynolds (1723-1792).

Pero no solo su vida privada fue intensa. Georgiana fue una mujer muy inquieta y liberada y no se conformó con un papel pasivo en la encorsetada sociedad georgiana. Escribió algunas obras de prosa y poesía (“Emma, Or, The Unfortunate Attachment: A Sentimental Novel”, 1773; “El Sylph”, exitosa novela epistolar de 1778, con caracteres autobiográficos, que se ha atribuido dudosamente a la poco conocida novelista británica Sophia Briscoe; “Memorandums of the Face of the Country in Switzerland”, 1799; o el poemario “The Passage of the Mountain of Saint Gothard”, de 1802, dedicado a sus hijos), además de muchas cartas a lo largo de su vida, que se conservan. Siempre mantuvo una intensa vida social y cultural que incluía tertulias en su casa, a veces, con un marcado carácter político.

A esas reuniones llegaron a acudir políticos y personalidades como el Príncipe de Gales (contrario a las ideas absolutistas de su padre, el rey Jorge III) y Georgiana siempre se mostró como una incansable activista. Participó con gran influencia en el juego político inglés de su tiempo, apoyando políticamente a la facción whigs, el Partido Liberal británico (contrario a la corona) durante toda su vida. Realizó una auténtica campaña electoral, puerta a puerta, para favorecer la carrera política de su primo, Charles James Fox, quien postulaba para la Cámara de los Comunes. Se llegó a insinuar, como acto maledicente contra su persona, que Georgiana prometía un beso por cada voto (imagen inferior). Por su decidido intervencionismo político y por su marcado carácter independiente, se ha llegado a considerar a la duquesa de Devonshire, en la actual historiografía feminista, como una adelantada defensora de los derechos de la mujer.

Pero sobre todo, Georgiana fue una mujer elegante que imprimió su sello particular en la alta sociedad inglesa dieciochesca. Ella afirmaba tener amistad con María Antonieta, reina de Francia, que como hemos visto antes, en cuestiones de moda podríamos decir que era para el país galo lo que la duquesa para el británico.

La duquesa de Devonshire fue retratada por varios pintores dieciochescos. Hemos visto hasta ahora obras de Thomas Gainsborough, John Russell, John Downman o Sir Joshua Reynolds, a los que cabría añadir Thomas Lawrence (1769-1830), Robert Dighton (1752-1814), Jean-Urbain Guérin, o el caricaturista Thomas Rowlandson (1756-1827), hombre también muy aficionado al juego y ludópata (para pagar sus deudas se hizo caricaturista de escenas eróticas muy subidas de tono), quien  la dibujó en varias de sus situaciones más comprometidas, como en una mesa de juego en su casa de Devonshire (imagen superior), o practicando la que decían era su política de un beso por un voto, que se ha visto más arriba.

También aparece en una famosa litografía suya en los Jardines de Vauxhall (1785), junto a su hermana, varios políticos y el Príncipe de Gales.

Georgiana terminó sus días cuidando de su esposo, aquejado de gota, pese a todos los sinsabores que había sufrido por su causa. También mantuvo por siempre su amistad con Lady Elizabeth, e incluso con la esposa del que fuera su amante, Charles Grey. Y siempre estuvo pendiente y al lado de sus hijos. Su fallecimiento se produjo por un problema hepático a la edad de 48 años, rodeada de su familia y llorada por todos cuantos la conocieron. Por cierto que, tanto la fallecida Diana de Gales, como su cuñada Sarah Ferguson, descienden de la duquesa de Devonshire (de diferentes ramas).

Son varias las veces que se ha llevado su vida al cine (en 1929 interpretada por Evelyn Hall; en 1933 por Juliette Compton; o en 1951, por Kathleen Byron); pero hoy, la más conocida de todas ellas es “La Duquesa” (2008), basada en una obra escrita por Amanda Foreman en 1998. Fue dirigida por Saul Dibb (quien aparece en el filme como su amante, Charles Grey), e interpretada magistralmente por una entregada Keira Knightley.

Uno de los grandes aciertos del filme es el cuidado Diseño de Vestuario, un trabajo de Michael O’Connor,  que le valió el Oscar de Hollywood, además del Premio BAFTA, y otros reconocimientos. En varias escenas de “La Duquesa” podemos ver algunos planos fantásticos con enormes sombreros Gainsborough, sobre todo el que le da nombre, el del cuadro de la dama del sombrero.

EL CUADRO DE LA DAMA DEL SOMBRERO

Como decía al principio, a veces sucede que una serie de acontecimientos parecen enlazarse de una forma increíble, casi como una danza de conexiones cósmicas. Pues bien, si Georgiana Cavendish, la dama retratada por Gainsborough con un enorme sombrero en la cabeza,  vivió una especie de trío amoroso con su marido y su mejor amiga en el siglo XVIII, un siglo después, otro trío amoroso, el formado por el criminal Adam Worth, su socio  Charley Bullard, y la que terminaría por ser su esposa, pero nunca abandonó del todo a Adam, Kitty Flynn, va a relacionarse con el primero en el tiempo, a través de un hecho totalmente inesperado: Worth robó el cuadro de Gainsborough y lo mantuvo en su poder durante muchos años, sin vender su botín. Algo de idilio cósmico sí que tiene ¿verdad?

Adam Worth (1844-1902), era el hijo de unos emigrantes judíos alemanes que llegaron a Massachusetts cuando él tenía cinco años. Para no dejar las casualidades con lo contado hasta ahora, el padre de Adam (cuyo apellido original pudo ser Werth) era sastre, una profesión muy significativa en la vida de Georgiana.

Adam era un muchacho inquieto, muy descontento con su destino, al que no quiso rendirse. Para abreviar un poco su biografía, diremos que cambió el ejército por el crimen, aunque siempre utilizó el engaño y la falsedad. En el ejército se alistaba con nombre falsos en varios regimientos y una vez cobrada la paga, desertaba. Así que, finalizada la Guerra Civil norteamericana, el mundo del crimen ya no le era extraño. Formó su propia banda de carteristas en Nueva York y llegó a fugarse de Sing Sing. Su fama y pericia aumentó con el tiempo y recaló en la banda de una leyenda criminal Fredericka Mandelbaum (1818-1894), con quien se especializó en el robo de bancos. Su robo más sonado fue el del Banco Nacional de Bostón, alertando a la famosa Agencia Pinkerton sobre su persona. A partir de entonces se convirtió en leyenda.

Se ha dicho mucho de Worth, incluso se afirma que él fue la inspiración de Sir Arthur Conan Doyle para el personaje del Profesor Moriarty en sus novelas sobre Sherlock Holmes. Organizó bandas y robos tanto en los EEUU como en Inglaterra, Francia, Bélgica y otros países europeos, e incluso llegó a cometer robos en Sudáfrica. Por todo ello, se le llegó a conocer con el sobrenombre de “el Napoleón del Crimen”, apodo que le fue impuesto por un detective de Scotland Yard.

Charles Bullard (izquierda) y Kitty Flynn (derecha)

Fue en Inglaterra (concretamente en Liverpool, a Londres fueron más tarde) donde Worth y su socio, Charles Bullard, conocieron a Kitty Flynn con quien ambos mantendrían una relación, aunque ella se casó con Bullard. También fue aquí donde Worth adoptó el nombre con el que se le conocería en adelante, Henry Judson Raymond. Y en París, fue donde Allan Pinkerton (1819-1884), el fundador de la famosa Agencia de Detectives, le reconoció y se dedicó a perseguirle durante toda su vida.

Obra original de Gainsborough  de 1787. Ailsa Mellon Bruce Collection.

En Londres, a donde llega después de que en 1873 Bullard y Kitty se marcharan a los EEUU, fue donde, un día como hoy, 25 de mayo, de 1876,  Worth roba el famoso cuadro de Thomas Gainsborough, concretamente de la Galería de Thomas Agnew & Sons. Intervino junto a dos socios, que más tarde se revelaron y le abandonaron cuando Worth se negó a vender la pintura y repartir el botín. Posiblemente vio en la imagen de aquella elegante mujer algo que le impedía abandonarla, como sí lo habían hecho en vida los hombres que la conocieron. El cuadro, además, había permanecido “perdido” durante más de cincuenta años, hasta que se descubre en poder de una tal señora Maginnis quien había realizado sobre él una terrible profanación: cortó la parte inferior del cuadro (las piernas de la duquesa) para que le cupiera encima de la repisa de su chimenea. Esto se sabe porque en 1841, un marchante de Londres llamado John Bentley, lo descubre en casa de la señora Maginnis y se lo compra por unas 56 libras, para revenderlo a un coleccionista de arte. Cuando este fallece, William Agnew lo adquiere en una subasta por la exorbitante cantidad de 10.000 guineas. Aunque en realidad, más desorbitante era la cifra por la que pensaba venderlo, algo más de 50.000 dólares, que se esfumaron cuando Worth robó el cuadro de su galería familiar.

La vida de Worth se hace cada vez más interesante y complicada. Viaja por varios países planificando robos y finalmente recala en Sudáfrica donde organiza uno de los mayores robos de diamantes de la historia, obteniendo un botín de más de 500.000 libras. Siendo un hombre rico funda una compañía en Londres y entonces se casa y tiene dos hijos. Mientras, el cuadro de Gainsborough, que había permanecido con él durante todo el tiempo, fue enviado a su casa en los EEUU, donde vivía su hermano. Luego vino la deriva.

En Bélgica, donde conoce la muerte de su antiguo socio Charley Bullard, organiza un robo fallido que le lleva a la cárcel durante siete años. En ese tiempo de ausencia, su mujer, seducida y arruinada por uno de los antiguos socios de Worth, enloquece y es recluida en una institución psiquiátrica, mientras sus hijos quedaron al cuidado de su hermano en los EEUU. Worth sufrió varias agresiones en la cárcel, tal vez causadas por la traición de algunos de sus últimos socios, y es cuando empieza a pensar en cambiar de vida.

Ya libre y en los EEUU, se pone en contacto con William A. Pinkerton (1846-1923) a quien le cuenta uno por uno todos los detalles de sus robos y los avatares de su vida (el manuscrito de Pinkerton aún se conserva en las oficinas de la Agencia en California). Pero lo más importante de esa reunión es que accede a devolver el cuadro de Georgiana Devonshire, a cambio de la cantidad de 30.000 dólares (en algunos sitios dice que fueron libras). En 1901 la compañía Agnew & Sons accede al trato y Worth, libre de cargas con la justicia, regresa a Londres con sus hijos. Curiosamente, uno de ellos ingresó más tarde en la Agencia Pinkerton como detective.

Adam Worth, el “Napoleón del Crimen”, el inspirador del Profesor Moriarty, falleció empobrecido (¿qué fue del dinero obtenido por el cuadro solo un año antes?) y olvidado en Londres en 1902, siendo enterrado en una tumba común para indigentes con el nombre de Henry J. Raymond, su antiguo pseudónimo. Desde 1997 una lápida con su verdadero nombre le recuerda.

El retrato de Georgiana, duquesa de Devonshire, de Thomas Gainsboroug, aún tiene algo más que contar. Fue vendido en 1991 en una subasta en Sotheby’s, por 265.500 dólares, a un personaje anónimo que decía actuar, o se lo quería entregar, al 11º duque de Devonshire, su actual dueño. Hoy, luce en el palacio ducal de Chatsworth House (imagen superior), palacio que, precisamente, sirvió de escenario para la película “La Duquesa”, además de para “Orgullo y Prejuicio” en el 2005 y “El Hombre Lobo” en el 2010, aunque la villa ya no florece como en sus mejores tiempos.

La mansión Chatsworth perteneció desde el siglo XVI a la casa de Devonshire, pero en los inicios del siglo XX sus miembro arrastraron problemas económicos que obligaron a los sucesivos duques a vender terrenos, enseres y obras de arte para saldar deudas. Incluso tuvieron que demoler el gigantesco invernadero de la finca, considerado en su momento el más grande del mundo y que albergaba hasta una selva tropical, porque no podían mantenerlo. No obstante, aún conserva una majestuosa colección de arte y es uno de los lugares más visitados del Reino Unido, con más de 300.000 visitas anuales, además de recibir eventos, ferias, festivales, actuaciones musicales y teatrales (a menudo escenario de películas, como se ha visto), y de poderse alquilar para actos privados.

Pero lo importante es que, finalmente, el retrato del sombrero de su Gracia, la duquesa de Devonshire, Georgiana Cavendish, por fin, descansa en casa.

AlmaLeonor.

RINCÓN DE AGRADECIMIENTO

RINCÓN DE AGRADECIMIENTO

He dicho alguna vez que algo he debido de hacer bien en algún momento de mi vida, como para recibir tantas cosas y tanto cariño de gente buena. He tenido que hacer algo bueno alguna vez…

Alicia Prado, además de una gran pintora y dibujante, es una magnífica persona que ha tenido la paciencia y la amabilidad de realizar este retrato mio con Miki que me ha hecho muchísima ilusión y que le agradezco en el alma… ¡¡Mil Gracias Alicia!!

 AlmaLeonor

POEMA PROPIO Nº 47 (SILVIA)

POEMA PROPIO Nº 47 (SILVIA)

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Imagen: Edward Robert Hughes (1851-1914)

El canto del mirlo negro
la hacía retornar por el pasadizo de las tinieblas
al juego de la vida o de la muerte
al oscuro salón de la ruleta rusa
al siempre solitario laberinto.

Silvia entre la fragancia de las flores
Silvia escribiendo versos en el aire
Silvia besando el polvo en la escollera
Silvia en el esplendor del arco iris
Silvia entre mariposas.

Un trueque injusto le cobró los ojos
y tantas veces muerta y renacida
y aquel rostro deforme en los espejos
y aquella amputación
y aquel naufragio.

Silvia casi ya ausente en el alambre
Silvia ya muy cansada
Silvia perdiendo pie
Silvia hacia las tinieblas
Silvia oyendo cantar al mirlo negro.

Jose Miguel Junco Ezquerra
Poema Propio nº 47 (Silvia)“, del poemario inédito: Voces
Para conmemorar el Día Azul de marzo.

EL MARIDO VERDUGO

EL MARIDO VERDUGO

Imagen: Omar Galliani
Imagen: Omar Galliani

¿Teméis de esa que puebla las montañas
turba de brutos fiera el desenfreno?…
¡Mas feroces dañinas alimañas
la madre sociedad nutre en su seno!
Bullen, de humanas formas revestidos,
torpes vivientes entre humanos seres,
que ceban el placer de sus sentidos
en el llanto infeliz de las mujeres.
No allá á las lides de su patria fueron
a exhalar de su ardor la inmensa llama;
Nunca enemiga lanza acometieron,
que otra es la lid que su valor inflama.
nunca el verdugo de inocente esposa
con noble lauro coronó su frente:
¡Ella os dirá temblando y congojosa
las gloriosas hazañas del valiente!
Ella os dirá que á veces siente el cuello
por sus manos de bronce atarazado,
y á veces el finísimo cabello
por las garras del héroe arrebatado.
Que á veces sobre el seno trasparente
cárdenas huellas de sus dedos halla;
que á veces brotan de su blanca frente
sangre las venas que su esposo estalla.
y que ¡ay! del tierno corazón llagado
mas sangre, mas dolor la herida brota,
que el delicado seno macerado,
y que la vena de sus sienes rota!
Así hermosura y juventud al lado
pierde de su verdugo; así envejece:
Así lirio suave y delicado
junto al áspero cardo arraiga y crece.
Y así en humanas formas escondidos,
cual bajo el agua del arroyo el cieno,
torpes vivientes al amor uncidos
la madre sociedad nutre en su seno.

Carolina Coronado
Almendralejo 1846

LA IGUALDAD DE LA MUJER

LA IGUALDAD DE LA MUJER

“Las mujeres son conscientes de la grandeza de la misión social  que se les ha encomendado; en nombre de la fraternidad piden que la libertad y la igualdad sean a partir de ahora una realidad tanto para  ellas como para sus hermanos”.

Eugénie Niboyet (1796-1883) 

Eugénie Niboyet fue una feminista francesa de origen suizo que creó el primer periódico feminista francés , La Voix des Femmes” , el 20 de marzo de 1848, tras la revolución proletaria que hizo abdicar a Luis Felipe I de Francia y crear la 2ª República. Subtitulado “un periódico socialista y político que representa todos los intereses de las mujeres”, La Voix des Femmes se convirtió también en una asociación feminista, que lejos de cuestionar el papel maternal de la mujer en el círculo familiar, promovían la necesidad de su seguridad financiera y salarial, su educación, su derecho a la propiedad y el derecho al voto. También se abogaba por el restablecimiento del divorcio que había sido derogado durante la restauración monárquica. Eugénie Niboyet propondrá la candidatura de George Sand a la Asamblea Nacional Constituyente, lo que acabará por llevar al cierre de la publicación el 20 de junio de ese año de 1848 y a la prohibición gubernamental de los clubes de mujeres. Eugénie Niboyet se retiró de la vida pública y se exilió en Ginebra dedicada a la traducción de libros infantiles. En 1860 regresó a Francia, donde publicó el Libro de las Mujeres ( Le Vrai livre des femmes ) en 1863. Siempre interesada por las cuestiones feministas, en 1878, a la edad de 82 años, fue honrada en el Congreso Feminista de París. Falleció en París el 6 de enero de 1883.

“Las mujeres no tienen que adquirir la libertad, sino ejercerla.” Eugénie Niboyet (1796-1883). 

Las mujeres continúan reclamando la igualdad social, política y jurídica, pero sobre todo laboral, más de un siglo después de iniciados los movimientos feministas. Hoy, 8 de marzo de 2017, Día Internacional de la Mujer, es más necesaria que nunca la reivindicación de la igualdad femenina. Ni una menos. Ni un derecho menos.

AlmaLeonor

 

1,2,3,4… AMÉRICA

1,2,3,4… AMÉRICA

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El pasado día 17 de febrero se celebraron en la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid, la III Jornada Académica de Investigadores Latinoamericanos, en la que participé gracias a la invitación del recién investido Doctor en Historia, Jose Julián Soto Lara, compañero mío en el Máster Europa y el Mundo Atlántico y a quien agradezco enormemente la oportunidad que me brindó de poder estar en esa mesa a la que se le dio el título de HISTORIA DE DOS MUNDOS.

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Todas estas ponencias fueron grabadas en vídeo y se pueden ver en el canal youtube del colectivo, al que puede accederse aquí. La Mesa HISTORIA DE DOS MUNDOS, puede verse y escucharse pinchando en la imagen siguiente, y también aquí. Mi intervención comienza a partir del minuto 47:45, aunque recomiendo vivamente escuchar el resto de conferencias, todas ellas con una temática diferente y muy interesantes. En todo caso, el texto de lo expuesto en esa charla, puede leerse a continuación.

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1,2,3,4… AMÉRICA

Primero quería dar las gracias por acogerme en esta III Jornada Académica de Investigadores Latinoamericanos, no siendo yo ni americana ni investigadora de la historia del continente, aunque como si me considero latina e historiadora, de nuevo ¡Muchas Gracias!

Como se ha dicho, yo he trabajado en el siglo XIX español y más concretamente en la visibilidad de la mujer en esa sociedad burguesa que se afianza precisamente en este siglo, aunque a lo largo de mi trabajo me he encontrado con algunos temas que me hubiese gustado ampliar con una  investigación en la historia americana. Por ejemplo, el empuje de las mujeres que participaron en los procesos emancipadores americanos, o la valentía de las mujeres que forman sociedades masonas en la segunda mitad del siglo XIX en todo el subcontinente.

Pero aun no siendo especialista en la historia americana, si he tocado ciertos aspectos en algunos trabajos y artículos, y de eso tratará esta ponencia, de la exposición de algunos hechos de la historia americana que alguna vez he tratado en mis artículos.

Bien… como historiadores, siempre anticipamos si nuestra investigación histórica va a estar vertebrada con un orden cronológico, geográfico, biográfico o transversal, y esa suele ser la misma fórmula que empleamos como divulgadores para visibilizar nuestro trabajo. Pero a mí, que llegué a Historia desde la diplomatura de Educación Social, me gusta decir que utilizo una fórmula de “causalidad” para escribir mis artículos, es decir, que partiendo de un elemento cualquiera, común, saltar hacia relatos históricos, hacia la narración de hechos históricos. Por ejemplo desde los números.

Y para esta ocasión, he pensado que sería una buena idea hablarles a ustedes de historia desde esta óptica de causalidad numérica. Lo que vamos a hacer es un recorrido, del 1 al 4, por algún aspecto de la historia americana.

 

EMPEZANDO POR EL UNO…

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…tengo que decir que mi primera aproximación a la historia y cultura de las comunidades precolombinas fue con los Aymara. Fue una aproximación más que interesante, que cambió para siempre mi forma de entender la historia. Con los Aymara aprendí la importancia de la lengua y el lenguaje para el relato histórico. Y llegué a hacer mío ese axioma que dice que la lengua condiciona nuestra visión del mundo. Porque no podemos conocer aquello que no sabemos expresar. O al menos nos costaría muchísimo hacerlo.

También resultó una enseñanza enriquecedora la óptica desde la que se sitúa la concepción del mundo para los Aymara. Con aquel trabajo que realizamos un grupo de estudiantes de Educación Social, aprendimos que para ellos el pasado está delante de nuestros ojos porque es aquello que podemos ver, y que el futuro está detrás de nosotros porque es aquello que no podemos atisbar, que nos está oculto. Desde nuestra cultura occidental aprendemos justo lo contrario, que el pasado está detrás de nosotros porque es de dónde venimos y el futuro está delante porque es lo que tenemos que construir.

Conjugar esas dos visiones casi antagónicas del sentido de la vida tuvo que ser muy difícil para los primeros encuentros poscolombinos, pero hoy podemos extraer una enseñanza, que hay distintas fórmulas con las que abordar el relato de los hechos del pasado, de la historia. Situarnos en diferentes perspectivas en nuestro trabajo como historiadores puede ayudarnos a arrojar más luz sobre esos hechos históricos sobre los que investigamos.

Siempre recuerdo a los Aymara cuando me enfrento al reto de escribir un artículo histórico, o como en esta ocasión, hablar de historia.

 

EL NÚMERO DOS…

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…nos anuncia un error nominativo. Y es que tanto América, como el nombre con el que esas tierras empezaron siendo llamadas, Las Indias, son nombres, digamos “erróneos”, que no responden completamente a la realidad. Esto que les voy a contar formó parte de una intervención mía sobre los nombres de los continentes, en un programa de radio llamado Tempus Fugit que realizan unos amigos míos en una emisora de Almería, y en el que colaboré durante una temporada hablando de historia.

Cristobal Colon, aunque equivocadamente, pensaba que había llegado a Las Indias, la tierra que buscaba. Decía el Almirante que eran “unas tierras pegadas a Asia”, el oriente del mundo conocido, encontradas navegando hacia el occidente. Y así, En España, durante los siglos XV y XVI se utilizó el nombre de “Las Indias Occidentales”, o Las Indias, para referirse a todas las tierras descubiertas desde 1492. En el siglo XVIII se empieza a utilizar tímidamente el nombre de “América”, pero el órgano administrativo del que dependía todo lo relacionado con ella, el Consejo de Indias, siguió utilizando esta denominación hasta su desaparición en 1834.

El resto de naciones europeas utilizaban habitualmente el nombre de Nuevo Mundo, o como por ejemplo, Tierra de Brasil, una denominación muy corriente entre los portugueses, entre otras cosas, por Américo Vespucio, un navegante florentino al servicio de los Médicis que más tarde sirvió a la corona portuguesa para quien navegó bordeando Brasil. Y son estos viajes portugueses de Américo Vespucio los que le acabarían dando una idea de las enormes proporciones de las tierras descubiertas, un “Mundus Novus”, de proporciones que él consideraba continentales.

En 1502, a la vuelta de uno de sus viajes, Américo Vespucio escribió un texto en el que, entre otras cosas, decía: “Al sur de la línea equinoccial, en donde los antiguos declararon que no había Continente, sino un solo mar llamado Atlántico… yo he encontrado países más templados y amenos, de mayor población que cuantos conocemos. Es la Cuarta Parte de la Tierra”. Recordemos que hasta el momento se conocían o se nombraban tres continentes, Europa, Asia y África.

Es así como en 1507 en Lorena, Martin Waldseemüller,  edita la colección de mapas de Ptolomeo y en el de América estampa ese nombre, por cierto, en la parte sur del continente. En el prólogo, Mathias Ringmann explica que ese nombre es honor a la “mente preclara de Américo Vespucio”, y aclara que feminiza el nombre porque femeninos son el resto de continentes.

Mientras esto sucedía, decía Francisco Morales Padrón, uno de los especialistas más reputados sobre el Descubrimiento de América: “Américo Vespucio, en Sevilla, permanecía completamente ajeno a lo sucedido, igual que Colon permaneció ajeno al conocimiento de un nuevo continente”.  Dos personajes ajenos a su logro; dos nombres ajenos a la realidad del nuevo continente.

 

EL NÚMERO TRES…

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… fue uno con los que trabajé en los artículos de Anatomía de la Historia, donde colaboro de vez en cuando con el pseudónimo de Alma Leonor López. Fueron dos, y en ellos hablaba de las Troikas (las soviéticas y las más recientes y económicas de la UE) y de los Triunviratos, los dos romanos y los Triunviratos americanos, Triunviratos que tuvieron su importancia en la historia de las emancipaciones americanas del siglo XIX y aún después.

Por ejemplo, en Argentina (Provincias Unidas del Río de la Plata), en 1811, una Junta Conservadora revierte los avances emancipadores de la Junta Grande y nombra un Triunvirato gubernativo que tiene su continuación en un segundo Triunvirato que durará hasta 1814.

Por ejemplo, en las Provincias Unidas del Centro de América se nombró igualmente un gobierno triunviro, pero con un carácter completamente contrario, fue en 1823 y a raíz de su proclamación de independencia. El Triunvirato fue nombrado por tanto por una Asamblea Nacional Constituyente. Aún hubo un segundo Triunvirato hasta 1825.

Por ejemplo, en México, un Triunvirato ejecutivo (entre 1823 y 1824) fue designado por el Congreso restituido tras la abdicación como emperador de Agustín de Iturbide, con el triunfo de la Revolución de Casa Mata (1822-1823) y la proclamación de la República. La Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos, aprobada en octubre de 1824, otorgaba la presidencia de la República a Guadalupe Victoria y puso fin al Triunvirato.

Por ejemplo, el caso de Uruguay, que fue algo más tardío, enmarcado en las disputas por el control del gobierno que mantenían el partido “blanco” y el “colorado”, y que desembocaron en la llamada Guerra Grande (1839-1851). Tras la paz de octubre de 1851 sobrevinieron unos años de convulsiones que impidieron la consolidación de un gobierno constitucional. En septiembre de 1853 se acordó la formación de un Triunvirato gubernamental en el que Venancio Flores acabó gobernando en solitario dada la muerte de sus dos correligionarios en el plazo de pocos meses. En 1854 fue nombrado presidente constitucional y se dio por finalizado el Triunvirato.

Nos vamos ahora a la República Dominicana donde en la segunda mitad del siglo XX, el 25 de septiembre de 1963, toma las riendas del Estado un grupo de militares que nombran una Junta Superior de Gobierno, militar y apoyada por la oligarquía y las élites dominicanas, que es la que instala un gobierno civil ejecutivo en forma de Triunvirato. Este golpe militar derrocó el gobierno constitucional que se había formado en febrero de ese mismo año con Juan Bosch, y que a su vez, había puesto fin a los 31 años de dictadura de Rafael Leónidas Trujillo.

Este Primer Triunvirato, presidido por Emilio de los Santos (1903-1986), tuvo que ser renovado constantemente por las revueltas populares, sobre todo por la acción del movimiento político 14 de Junio, que se rebela en armas, provocando la dimisión del presidente tras el fusilamiento de su líder Manuel Távarez Justo. Donald Reid Cabral es quien dirigirá los tres Triunviratos siguientes, hasta ser derrocado por la Revolución de abril de 1965.

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Para terminar quiero que nos quedemos en este país, la República Dominicana, y volvamos a los orígenes de esta charla, a mi objeto de estudio, a la mujer. Para cerrar esta intervención me gustaría recordar un artículo de mi blog, HELICON, en el que contaba la historia de tres mujeres dominicanas cuyo ejemplo y sacrificio se recuerda cada 25 de noviembre en el “Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer”.

Me estoy refiriendo a Patria, Minerva y María Teresa Mirabal Reyes, activistas políticas asesinadas en la República Dominicana a manos de la policía secreta del dictador Rafael Trujillo el 25 de noviembre de 1960. Tenían entre 26 y 36 años y en las ocasiones en las que fueron encarceladas, sufrieron vejaciones, violaciones y torturas sistemáticas. Las tres hermanas, llamadas “las mariposas” pertenecían a la “Agrupación política 14 de junio”, opositora a Trujillo, que ya hemos mencionado antes.

Bien, pues en 1981, en Bogotá (Colombia) se celebró el “Primer encuentro feminista para América Latina y el Caribe”, con asistencia de más de 200 feministas latinoamericanas. Es en este foro donde se denuncia la violación sistemática de los derechos de la mujer latina, incluyendo, como novedad hasta el momento, cuando no se contemplaba como tal, la violencia de Estado hacia la mujer.

Fue aquí cuando se propone recordar esta lucha el día 25 de noviembre como homenaje a las hermanas Mirabal. La propuesta, que fue aceptada por la ONU no fue oficializada hasta mucho más tarde, el 17 de diciembre de 1999 (resolución 54/134). Y se celebra así desde entonces, en España visibilizando el evento a través del color violeta.

No es el único color. Se ha utilizado el color blanco en alguna ocasión y en el año 2014, por ejemplo, el lema de la ONU para la campaña que llamó “16 días de activismo contra la violencia de género”, celebrada entre el 25 de noviembre y el 10 de diciembre (Día de los Derechos Humanos), llevó como emblema el color naranja. Y, no quiero dejar de mencionarlo, recientemente la visibilización de la lucha de la mujer por el reconocimiento igualitario entre los sexos y los derechos de las mujeres, y contra las formas machistas y burlescas del presidente Trump, ha tenido, como todos sabrán una visibilización en color rosa, el de los pussyhats (gorros rosas con orejas de gato) que llevaron las mujeres de la marcha de las mujeres Washington y en buena parte del mundo el pasado 21 de enero, y de la que también realicé un artículo para Anatomía de la Historia.

 

¿Y DÓNDE ESTÁ EN ESTA HISTORIA EL NÚMERO 4 …

…se estarán preguntando? Pues con las mismas hermanas Mirabal, porque la más pequeña de ellas, Bélgica Adela Mirabal, llamada Dedé, que no participaba de su activismo político y sobrevivió a la persecución, dedicó su vida a recordar la memoria de sus hermanas hasta su fallecimiento el 1 de febrero del 2014.

Casi sin haberlo previsto, hemos realizado un recorrido geográfico por distintos países de Centro y Sudámerica, casi biográfico, desde luego transversal y también cronológico. Empezamos hablando de los Aymara, un pueblo precolombino, luego pasamos al momento del descubrimiento y los nombres dados a las tierras descubiertas en los siglos XV y XVI, saltamos a los siglos XIX y XX con los Triunviratos gubernativos formados durante y después de las emancipaciones americanas y finalmente llegamos al tiempo actual con el recuerdo de las Hermanas Mirabal y la lucha feminista.

Muchas Gracias a todos.