LA ARAÑA Y EL CÁLIZ

LA ARAÑA Y EL CÁLIZ

Odilon Redon (1840-1916), The Chalice of Becoming (El Cáliz del Destino, 1894).

“Et si musca vel aranea casu contingente super calicem ceciderit, si viva fuerit uel mortua caute extrahatur et conburatur et cinis in sacrario repponatur.”

[Si una mosca o araña caía en el cáliz… Había que sacarla, estuviese viva o muerta, con sumo cuidado, quemarla, y echar sus cenizas por el sumidero.]


Andrés de Albalat
Sínodo de Valencia en el año del Señor de mil doscientos cincuenta y ocho, martes después de la fiesta de San Lucas.
Actualmente la festividad de San Lucas se celebra el
18 de octubre.

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Esta traducción de Valentia Medievalis, acerca de uno de los más curiosos temas tratados en los sínodos celebrados en Valencia entre los años 1255 y 1273, y en los que fray Andrés de Albalat, nombrado Obispo de Valencia por el papa Inocencio IV el 25 de febrero de 1249, tuvo un más que importante papel, adolece de una importante imprecisión: el sumidero.

No está claro que sea la traducción más correcta, aunque figure así en alguna obra, incluso mucho más moderna como vamos a ver. Por ejemplo, como me ha apuntado un amigo bastante más experto en este tema que yo, en el “Tratado de las Ceremonias de la misa y de las demás cosas tocantes a ella”  (1655) del licenciado Ivan de Bustamante (Madrid, 1655), y editado por Joseph Matías de Valmayor. En sus páginas 462-463 dice concretamente:

“11. Si antes de la consagración cayere en el Cáliz mosca, o araña, o otra cosa […] Si fuere araña, no conviene que se use del vino, ni agua, por el peligro de ponzoña. Si cayó, o se echó de ver después de la consagración, y no se atreviese el Sacerdote a tomarla, por hacer asco, la sacará, y la lavará con vino, y acabada la Misa, se quemará, y las cenizas, y el vino con que se lavó, se echarán en el sumidero” (1655).

Es decir, aquí sí que se utiliza la palabra “sumidero”, pero en otras traducciones se especifica un poco más a que se hace referencia con esa palabra. Por ejemplo, en el “Ceremonial Romano de la Missa rezada conforme el missal más moderno”, (1708), escrito por D. Frutos Bartolomé de Olalla y Aragón y editado por Antonio Gonçalez de Reyes, se especifica claramente, en su punto 5º, que “lo eche en el sumidero de la Pila del Bautismo(1708).

En el “Curso de derecho canónico hispano e indiano” (1743) de Pedro Murillo Valverde, al ser más moderno, se entienden mucho mejor las instrucciones, pero seguimos teniendo un problema en cuanto a la especificación final, el sitio donde ha de arrojarse el bicho quemado:

“Si cayere una mosca, araña, o alguna otra cosa en el cáliz, antes de la consagración, arroje el vino en un lugar decente, y ponga oro en el cáliz, mezcle un poco de agua, ofrezca como [dice más] arriba y prosiga la misa. Si después de la consagración cayere la mosca, o algo parecido, y le da naúsea al sacerdote, extraígala, lávela con vino, terminada la misa, quémela, y lo quemado y lo del lavatorio arrójelo en un lugar secreto” (1743).

En el “Suplemento al Diccionario de Teología del Abate Bergier” (1857), escrito por D. Antolín Monescillo, no habla ni de sumidero ni de Pila Bautismal, ni de “lugar secreto”… habla de “piscina”:

“Cuando por casualidad cae dentro del cáliz alguna mosca o araña […] Si lo advierte después de la Consagración, con la mayor cautela posible extraerá la mosca o araña, la lavará con curiosidad, y acabada la misa quemará al animal, echando sus cenizas con la ablución en la piscina.”

En todo caso siempre se pide que si el sacerdote “no hace asco” se tome la sangre consagrada con la mosca o araña, o incluso con las cenizas de la segunda, aun siendo considerada “ponzoñosa”… Siguiendo en el punto 5º: “Si no tuviere asco, ni temiere algún peligro, recíbalo con la Sangre” (1708); o según el Curso de Derecho Canónico: “Pero si no le causare náusea, y no temiese ningún peligro, consuma el sacramento” (1743). Así de contundente.

Ahora bien, los cánones recogen todas las situaciones posibles, y en el caso de haberse “comido” el bicho intruso, son muy estrictos en eso de seguir manteniendo la ortodoxia:

“11. Y advierta que no podrá aquel día decir otra Missa (aunque por otra causa la pudiera decir) por haberse desayunado, comiendo voluntariamente cosa que si sola basta para quebrantar el ayuno, como le quebrantara si en el Cáliz se echara un poco de pan, o cosa semejante. No es lo mismo del que acaso se le entró en la boca una mosca volando, o algunas gotas de agua, o nieve lloviendo, lo que no quebranta el ayuno, por no ser acto voluntario, ni de su intención, como lo es en el caso presente” (1655).

Cuídese mucho el sacerdote de romper el voto del ayuno en estos casos “voluntarios” de consumo de animal extraño con el vino consagrado. Pero no todo acaba en el sumidero de la Pila Bautismal, o en un lugar secreto… Hay un caso en el que las cenizas quemadas tienen otro destino:

“6. Si cayere en el Cáliz alguna cosa venenosa, o que provocare vómito, el vino consagrado se ha de poner en otro Cáliz, y poner otro vino con agua, para consagrar de nuevo. Acabada la Missa, la Sangre embebida en un paño de lino, o en estopa, se guarde tanto tiempo, hasta que las especies del vino se hayan secado, y entonces se queme la estopa, y las cenizas se echen en el Sagrario.” (1708).

Si. Un nuevo destino para el resto ceniciento, el Sagrario. Y no, no se preocupen, todo este ceremonial se realiza sin haber consumido la “cosa venenosa” que pudiera haber caído en el Cáliz… en el Canon de 1655 se especifica mejor:

“12. Si lo que cayó en el Cáliz es cosa venenosa, o que provoque a vómito, no consumirá la sangre, sino hará otro Cáliz, y lo consagrará…” (1655).

También este Canon, que no aclara muy bien en qué clase de sumidero hay que hacer desaparecer las cenizas, tanto de la araña como de la cosa venenosa (al menos hasta el punto 18, en el que ya se dice “sumidero o Pila Bautismal”), se especifica mucho mejor que en el de 1708, lo que ha de hacerse en este segundo caso…

“12… y acabada la Missa, embeberá la Sangre en un paño limpio de lino, o en unas estopas, y se guardarán en el Sagrario, hasta que estén secas, y entonces se quemarán, y las cenizas se echarán en el sumidero; y adviértase, que de ninguna manera se quemen los paños hasta que estén muy secos, porque mientras hay humedad, o las especies no están de todo punto corrompidas, permanece la Sangre de Cristo” (1655).

Igualmente manda proceder, para el caso de advertir en el cáliz, y después de la Consagración, la presencia de un “veneno”, el “Suplemento al Diccionario de Teología del Abate Bergier” (1857). Aquí es mucho más claro en esto. Habla de un veneno: “Si el celebrante sabe que en el cáliz han echado veneno…” (1857). No me quiero imaginar como es posible que el sacerdote sepa que han puesto veneno en el cáliz…

Todos los casos que puedan sucederse durante una misa están contemplados en los Cánones. Algunos son simplemente normas de uso, pero no cabe duda de que estos casos sobre arañas no dejan de tener una curiosidad añadida.

AlmaLeonor.
(Aclaraciones y explicaciones obtenidas por gentileza de F.P.R.A.).

 

 

 

 

 

 

 

 

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LAS PERSONAS DE LA HISTORIA

LAS PERSONAS DE LA HISTORIA

Imagen: Leszek Milewski

 

De la historia no podemos sacar instrucciones claras para tomar decisiones hoy, ni un plan de acción para anticiparnos al futuro. Ya hemos visto lo que puede suceder cuando los líderes políticos y de opinión afirman que están aplicando las lecciones del pasado. La historia tiene tanto alcance y una naturaleza tan proteica que una persona puede encontrar en ella justificación o ejemplos previos para cualquier cosa que desee hacer, sea buena o mala. La historia y sus personas nos brindan más que un humilde conocimiento y un humilde estímulo: el de que somos hasta cierto punto seres de nuestra época, pero capaces de trascender o poner en cuestión los límites. Tengo la esperanza de que esos individuos del pasado […] nos arrojen cierta luz a nosotros hoy sobre la complicada naturaleza de la humanidad, y sus muchas contradicciones, incoherencias, maldades y locuras, pero también sobre sus virtudes. Por encima de todo, las personas de la historia nos hacen conscientes de la enorme capacidad para el bien y el mal que todos poseemos”.

MARGARET MACMILLAN

 

LA CIUDADANA OLYMPE DE GOUGES

LA CIUDADANA OLYMPE DE GOUGES

Retrato de Olympe de Gouges (finales siglo XVIII)

Si hubo una mujer de la que se pueda afirmar sin lugar a dudas que murió por defender sus ideales, esa fue la francesa Olympe de Gouges, autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana y guillotinada por su causa.

«Nadie debe ser molestado por sus opiniones incluso fundamentales; la mujer tiene el derecho de subir al cadalso; debe tener también igualmente el de subir a la Tribuna con tal que sus manifestaciones no alteren el orden público establecido por la Ley.»

Pocas veces en la historia unas palabras llegaron a resultar tan proféticas. Olympe de Gouges las colocó en el artículo X de su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, escrita en 1791,  en plena era de la Revolución francesa, cuando los ánimos políticos y sociales seguían enfervorizados y aún se debatía como encajar a la mujer en la nueva Constitución (fue aprobada en junio de 1793 sin incluirla), con la monarquía como cabeza del poder ejecutivo y con un poder Legislativo formado por los representantes del pueblo.

¿Qué Pueblo?

La gran paradoja de la Revolución francesa es que consideró integrar en las decisiones políticas a todos los estamentos sociales, pero no a sus mujeres. En 1793, justo cuando Olympe es encontrada culpable y condenada a morir en el cadalso, el Diputado de la Convención, Jean-Pierre-André Amar (1755-1816), miembro del Comité de Seguridad Nacional, declara abiertamente que las mujeres no pueden ser objeto de derechos políticos. Sí que habían ejercido su derecho a participar como militantes activas en la Revolución, sí que habían portado armas, sí que habían defendido barricadas e incluso se encargaron de increpar y azuzar a los hombres que no se sumaban a la rebelión. Pero la Asamblea Nacional Legislativa optó por instaurar un sufragio censitario en el que no cabían las mujeres (tampoco los criados ni los depauperados, por cierto).

Marcha de las Mujeres sobre Versalles (5 de octubre de 1789) Bibliothèque nationale de France.

Sin embargo, ellas fueron quienes protagonizaron algunos de los episodios previos a la Revolución en 1788 y quienes encabezaron la importante Marcha sobre Versalles en octubre de 1789, con la intención de que el rey, Luis XVI (1754-1793) y su mujer, la conocida María Antonieta de Austria (175-1793), abandonasen el refugio de su palacio veraniego y asumiesen sus responsabilidades en París. Fue considerado uno de los muchos motines de subsistencia existentes en este siglo, una marcha provocada por la escasez de pan y protagonizada, como todos ellos, por mujeres. Pero fue mucho más que eso. Las mujeres de Versalles, las mujeres de 1789, las de 1793, las de 1795, las mujeres que respondieron a la Revolución con su presencia en las calles y en las barricadas, ejercieron de revolucionarias por derecho propio. Sin embargo no podían ejercer de ciudadanas por decreto político. Ninguna de estas mujeres (ni otras, como por ejemplo, Madame Manon Roland, escritora, política e influyente girondina, que también acabó guillotinada), formo nunca parte ni de la Asamblea ni de la Guardia Nacional.

Ni siquiera duraron los Clubes de Mujeres que se formaron en París, como la Sociedad Patriótica y de Beneficencia de las Amigas de la Verdad, el primero formado exclusivamente por mujeres (creado en París por la feminista holandesa Etta Palm, llamada baronesa de Aelders), o el pro-Jacobino de las Republicanas Revolucionarias. Fueron clausurados el 30 de octubre de 1793 por la Convención Nacional.

Marie Gouze versus Olympe de Gouges

Olympe de Gouges en 1793.

Olympe de Gouges (1748-1793), fue el nombre con el que se dio a conocer públicamente Marie Gouze, una escritora y política girondina francesa, defensora a ultranza de la mujer y autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. Olympe fue una adelantada feminista de su época.

Criada en un acomodado ambiente burgués y casada tempranamente con un hombre que casi ni conocía y la sobrepasaba en años, siempre consideró el matrimonio como una tumba para la mujer. De este matrimonio tuvo un hijo, Pierre Aubry (1766-1803), quien tuvo que renegar de las ideas de su madre ante la amenaza de seguirla en la guillotina (falleció diez años después, con apenas 36 años, a causa de fiebre amarilla en la Guyana francesa).

Trasladada a París al enviudar, Olympe se cuidó de formarse en los ambientes culturales franceses acudiendo a los salones y tertulias de la época donde contactó con los movimientos políticos pre-revolucionarios. También comenzó su carrera como escritora con el nombre que ya la acompañaría toda su vida, Maríe-Olympe (era el segundo nombre de su madre) junto a una derivación de su propio apellido, Gouges. Con este nombre se le conocen alguna obra de teatro, como La esclavitud de los negros (1792), obra claramente abolicionista en la que vuelca todas sus ideas políticas al respecto, abogando por el derecho a la libertad de todo ser humano, incluidas las mujeres. Se dio a conocer en París con el título de Zamore y Mirza y con varios problemas para ser representada, pues muchos de los que acudían como público a las salas de la Comédie-FranÇaise, eran tratantes de esclavos. Esta obra le valió uno de sus primeros encarcelamientos por orden real.

Société des Amis des Noirs: “Los mortales son iguales, no es el nacimiento, sino la virtud sola que marca la diferencia.”  Bibliothèque Nationale de France. 

Pero ella siguió con su militancia y en años siguientes publica algunos ensayos sobre el tema: Réflexions sur les hommes nègres (1788) y  Le marché des Noirs (1790). Guiada por estas ideas abolicionistas ingresó en la Société des Amis des Noirs y se adhiere a la corriente moderada liderada por el fundador del Club, el político y miembro de la Asamblea Legislativa, Jacques Pierre Brissot (1754-1793), multiplicando su actividad militante con la publicación de panfletos políticos, como Lettre au Peuple (1788).societe-des-amis-des-noirs

En agosto de 1793 fue detenida por la publicación de uno de estos panfletos, uno en el que defendía la causa “brissotins” o “rolandista” (seguidores de Brissot y del político Jean-Marie Roland de la Platière, Ministro del Interior y esposo de la mencionada Madame Manon Roland), causa llamada en el siglo XIX, de los Girondinos,  criticando abiertamente la política del presidente de la Convención Nacional, Maximilien Robespierre (1758-1794), jefe  de la facción más radical de los jacobinos y miembro del Comité de Salvación Pública, entidad que gobernó Francia durante el periodo conocido como el Terror.

La Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana

«Las madres, las hijas, las hermanas, representantes de la Nación, solicitan ser constituidas en Asamblea nacional. Considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los gobiernos, han decidido exponer en una solemne declaración los derechos naturales, inalienables y sagrados de la mujer, con el fin de que esta declaración, presente continuadamente en la mente de todo el cuerpo social, les recuerde sin cesar sus derechos y deberes; con el fin de que los actos de poder de las mujeres y los actos de poder de los hombres puedan ser comprados en cualquier momento con el objetivo de toda institución política, y sean más respetados; con el fin de que las reclamaciones de las ciudadanas, basadas en lo sucesivo sobre principios sencillos e incontrovertibles, tiendan siempre hacia el mantenimiento de la Constitución, de las buenas costumbres y de la felicidad de todos. En consecuencia, el sexo superior, tanto en belleza como en valor -como demuestran los sufrimientos maternales- reconoce y declara, en presencia y bajo los auspicios del Ser Supremo, los siguientes Derechos de la Mujer y de la Ciudadana

Desde este clarificador Preambulo, Olympe defendió la igualdad de las mujeres en todos los sentidos, incluyendo el derecho a formar parte de las Asambleas políticas que su participación en la Revolución había contribuido a crear: «La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos» (art.I), «el ejercicio de los derechos naturales de la mujer no tiene más limitaciones que la tiranía perpetua a que el hombre le opone; estos límites deben ser corregidos por las leyes de la naturaleza y de la razón» (art.IV).

Déclaration des Droits de la Femme et de la Citoyenne
Déclaration des Droits de L’Homme et du Cioyen

La declaración fue una respuesta feminista a la a Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, de la que ella sentía que se había excluido a las mujeres. Curiosamente, esta Declaración y la esencia misma de la Revolución francesa, con su encendida defensa de la igualdad, de los derechos de todos los ciudadanos por igual, fue tomada a principios del siglo XX como el punto fundacional de la lucha por la emancipación de la mujer. Sin embargo, es este episodio el que establece definitivamente la distinta relación con el hecho público que se establece entre los sexos. Y será un proceso irreversible. Las mujeres del siglo XVIII habrían sido más libres que las resultantes tras el episodio revolucionario, tal y como manifestaron mujeres de la talla de Madame de Staël (1766-1817) en su tiempo o Margarita Nelken (1894-1968) mucho más tarde, lo que resulta una paradoja en cierto sentido y significaría el primer caso de retroceso social en una historia de avances. Olympe de Gouges fue quien lo adelantó.

«Mujer, despierta; el rebato de la razón se hace oír en todo el universo; reconoce tus derechos. El potente imperio de la naturaleza ha dejado de estar rodeado de prejuicios, fanatismo, superstición y mentiras. La antorcha de la verdad ha disipado todas las nubes de la necedad y la usurpación. El hombre esclavo ha redoblado sus fuerzas y ha necesitado apelar a las tuyas para romper sus cadenas. Pero una vez en libertad, ha sido injusto con su compañera. ¡Oh, mujeres! ¡Mujeres! ¿Cuándo dejaréis de estar ciegas? ¿Qué ventajas habéis obtenido de la Revolución? Un desprecio más marcado, un desdén más visible… ¿Qué os queda entonces? La convicción de las injusticias del hombre.» (Epílogo)

«Las armas de los radicales» (1819), caricatura del inglés George Cruikshank.

Acusada de colaboracionismo con la facción girondina, de simpatías realistas y considerada traidora a la Asamblea francesa del periodo conocido como la Terreur (septiembre 1793 a junio de 1794), implantado por el poder jacobino de Robespierre, Olympe fue detenida el 2 de noviembre de 1793 y condenada a muerte por el Comité de Salvación Pública, el brazo armado encargado de acabar con los considerados activistas contrarrevolucionarios.  Curiosamente, fue en este periodo cuando se abolió la esclavitud en Francia (decreto del 29 de agosto de 1793). Olympe de Gouges fue guillotinada al día siguiente.

AlmaLeonorLP

BATRACOMIOMAQUIA

BATRACOMIOMAQUIA

Theodor Severin Kittelsen (1857-1914)

“Al comenzar esta primera página, ruego al coro del Helicón que venga a mi alma para entonar el canto que recientemente consigné en las tablas, sobre mis rodillas —una lucha inmensa, obra marcial llena de bélico tumulto— deseando que llegue a oídos de todos los mortales cómo se distinguieron los ratones al atacar a las ranas, imitando las proezas de los gigantes, hijos de la tierra.”

La Batracomiomaquia o “Batalla de las Ranas y Ratones”, es una obra épica cómica, una parodia sobre la “Ilíada”, atribuida igualmente a Homero por algunos autores romanos, pero que según Plutarco podría ser de Pigres de Halicarnaso (hermano o hijo de Artemisia, la reina de Caria), y según otros, sería incluso de un autor más moderno, de la época helenística. Por extensión, se denomina Batracomiomaquia a toda disputa estúpida por naturaleza, algo así como cuando nosotros decimos “entre tirios y troyanos” (como una disputa entre dos cuestiones iguales), y me pregunto si se podría asimilar a la guerra descrita en los Viajes de Gulliver entre Liliput y Blefuscu sobre cómo cascar los huevos cocidos (y que satiriza los conflictos religiosos de la Europa de la época del autor, Jonathan Swift, entre Inglaterra y Francia respectivamente).

La historia griega dice más o menos esto:

Un ratón llamado Hurtamigas, que bebía agua de un lago se encontró con el Rey Rana, llamado Hinchacarrillos, quien lo invitó a su casa. Mientras el Rey Rana cruzaba nadando el lago, con el ratón sentado en su espalda, se enfrentaron a una espantosa serpiente acuática…

De súbito apareció una hidra, con el cuello erguido sobre el agua ¡Amargo espectáculo para entrambos! Al verla, sumergióse Hinchacarrillos, sin parar mientes en la calidad del compañero que, abandonado, iba a perecer. Fuese, pues, la rana a lo hondo del lago y así evitó la negra muerte. El ratón, al soltarlo la rana, cayó en seguida de espaldas sobre el agua; y apretaba las manos; y, en su agonía, daba agudos chillidos. Muchas veces se hundió en el agua, otras muchas se puso a flote coceando; pero no logró escapar a su destino. El pelo, mojado, aumentaba aún más su pesantez. Y pereciendo en el agua, pronunció estas palabras:

—No pasará inadvertido tu doloso proceder, oh Hinchacarrillos, que a este náufrago despeñaste de tu cuerpo como de una roca. En tierra, oh muy perverso, no me vencieras ni en el pancracio, ni en la lucha, ni en la carrera; pero te valiste del engaño para tirarme al agua. Tiene la divinidad un ojo vengador, y pagarás la pena al ejército de los ratones sin que consigas escaparte.

Otro ratón fue testigo de lo ocurrido desde una orilla del lago, y corrió a contar a todos lo que había visto. Los ratones se prepararon para la batalla como venganza por la traición del Rey Rana y enviaron un heraldo para proponer a los dioses que eligiesen bando, y específicamente a Atenea para que les ayudase…

Entonces Zeus llamó a las deidades al estrellado cielo y, mostrándoles toda la batalla y los fuertes combatientes, que eran muchos y grandes y manejaban luengas picas —como si se pusiera en marcha un ejército de centauros o de gigantes— preguntó sonriente “¿Cuáles dioses auxiliarán a las ranas y cuáles a los ratones?” Y dijo a Atenea:

—¡Hija! ¿Irás por ventura a dar auxilio a los ratones, puesto que todos saltan en tu templo, donde se deleitan con el vapor de la grasa quemada y con manjares de toda especie?

—¡Oh padre! Jamás iré a prestar mi auxilio a los afligidos ratones, porque me han causado multitud de males, estropeando las diademas y las lámparas para beberse el aceite. Y aun me atormenta más el ánimo otra de sus fechorías: me han roído y agujereado un peplo de sutil trama y fino estambre que tejí yo misma; y ahora el sastre me apremia por la usura —¡situación horrible para un inmortal!— pues tomé al fiado lo que necesitaba para tejer y ahora no sé como devolverlo. Mas ni aun así querré auxiliar a las ranas, que tampoco tienen ellas sano juicio: pues recientemente, al volver de un combate en que me cansé mucho, me hallaba falta de sueño y no me dejaron pegar los ojos con su alboroto; y estuve acostada, sin dormir y doliéndome la cabeza, hasta que cantó el gallo. Ea, pues, oh dioses, abstengámonos de darles nuestra ayuda: no fuese que alguno de vosotros resultase herido por el punzante dardo, pues combatirán cuerpo a cuerpo, aunque una deidad se les oponga; y gocémonos todos en contemplar desde el cielo la contienda.

Así dijo. Obedeciéronla los restantes dioses y todos juntos se encaminaron a cierto paraje. Entonces los cínifes preludiaron con grandes trompetas el fragor horroroso del combate; y Zeus Cronida tronó desde el cielo, dando la señal de la funesta lucha.

Se libró la batalla y los ratones fueron más fuertes. Zeus, entonces, invocó a un ejército de cangrejos para evitar la completa destrucción de las ranas…

De pronto se presentaron unos animales de espaldas como yunques, de garras corvas, de marcha oblicua, de pies torcidos, de bocas como tijeras, de piel crustácea, de consistencia ósea, de lomos anchos y relucientes, patizambos, de prolongados labios, que miraban por el pecho y tenían ocho pies y dos cabezas, indomables: eran cangrejos, los cuales se pusieron a cortar con sus bocas las colas, pies y manos de los ratones, cuyas lanzas se doblaban al acometer a los nuevos enemigos.

Temiéronles los tímidos ratones y, cesando en su resistencia, se dieron a la fuga.

Impotentes ante sus pinzas acorazadas, los ratones se retiraron, finalizando al ocaso la guerra de un solo día.

El poema se compone de aproximadamente 300 hexámetros. En el proemio (versos 1-8) se adivina ya el toque cómico al presentar una guerra (narrada con lenguaje épico) entre dos tipos de animales, digamos, insignificantes: ranas y ratones.  Los detalles de la batalla (versos 202-259) son presentados como la lucha entre dos héroes individuales, aunque la la descripción final de la lucha es confusa debido al cruce de muchos textos traducidos e insertados en las traducciones antiguas. Pero, pese a que los dioses habían declinado no intervenir, al final Zeus lo hace en favor de las ranas. Para los expertos, es un texto muy rico en lecturas, pero que rezuma, ante todo, un profundo antibelicismo: todas las guerras son tan absurdas como una lucha entre ratones y ranas.

Las ilustraciones de esta entrada son obra de Theodor Severin Kittelsen (1857-1914), un artista noruego muy conocido por sus ilustraciones y pinturas inspiradas en la naturaleza y en los cuentos de hadas y leyendas nórdicas, sobre todo las relacionadas con los Trolls.

Troll (1906)

Vivió durante dos años en un faro en las islas Lofoten, donde además de pintar, empezó a escribir relatos para acompañar sus dibujos. Sus mejores años artísticos los pasó en una finca llamada Lauvlia, en Sigdal, cerca de Oslo, (Noruega, hoy museo), donde residió los restantes años de su vida. En Lauvlia, Kittelsen vivió con la que fuera su esposa desde 1889, Inga Dahl, con quien llegó a ser padre de nueve hijos en sus veinte años de matrimonio.

Kittelsen realizó su obra “Krigen mellom froskene musene” basada en la Batracomiomaquia entre 1884 y 1885, plasmando en una serie de magníficos dibujos el espíritu épico del relato homérico, pero también la parodia que se trasluce de la desigual batalla. Sin embargo, no fue una de sus obras exitosas y no encontró editor para ella en forma de libro. Todas las ilustraciones fueron compradas por un coleccionista sueco, Pontus Fürstenberg, quien las legó a su muerte al museo de arte de Gotemburgo. Hoy, pueden encontrarse en una obra editada por la Revista Babar en en forma de ebook (descargable desde el enlace), desde una traducción contemporánea, publicada en 1887 por el erudito Jenaro Lenda Mira (1816-1893), bibliotecario jefe de la Biblioteca Nacional.

Merece la pena conocer este relato y recordar, hoy más que nunca, la absurda realidad de las guerras. Todos acabamos siendo ranas o ratones engullidos por feroces cangrejos por voluntad de los dioses. Ni los ganadores ni los perdedores de las guerras tienen en sus manos el poder de decidir. Toda guerra es una falacia absurda… una cruel falacia absurda.

Almaleonor

 

 

 

 

 

LA MENTIRA: LO QUE PARECE, NO ES

LA MENTIRA:
LO QUE PARECE, NO ES

Artículo de Alma Leonor López publicado el 2 de febrero de 2015 en Anatomía de la Historia, sección Siglos XIX y XX.

“La mentira es un gran problema que, con frecuencia, nos inquieta en nuestro quehacer cotidiano porque tal vez denunciemos, temerariamente, como mentira lo que no es mentira, o pensemos que, a veces, se puede mentir con una mentira honesta, oficiosa o misericordiosa.”

Agustín de Hipona, Sobre la mentira

En el año 2013 Anatomía de la Historia publicó mi artículo Corruptelas que hicieron Historia, donde se hablaba de algunos de los casos de corrupción más sonados de nuestro país a la luz de los que estaban siendo conocidos en aquellos momentos. Aún siguen presentes en la actualidad política, aunque ahora un poco más acompañados, si puede decirse así, ya que otros escándalos político-financieros, relacionados algunos con la ocultación de ingresos a través de las llamadas tarjetas black, están provocando un rosario de dimisiones políticas no solo por la corrupción manifiesta, sino además, por mentir.

Y de esto es de lo que trata este artículo, de mentiras, de cómo la mentira aparece en la historia unas veces con su acepción primera (“expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa”, según el DRAE), y otras en forma de alguno de sus sinónimos: farsa, invención, engaño, simulación, falacia, treta, argucia, fraude, subterfugio, enredo, artificio, disimulo, apariencia, bola, embuste, chisme, calumnia, difamación, exageración, burla… o, sugestivamente, cuento, fábula y novela, como puede encontrarse en algún listado de sinónimos, aunque en puridad, una ficción no sea una mentira, ya que ésta ha de resultar, necesariamente, una acción intencionada como explicó Agustín de Hipona: “El pecado del mentiroso está en su deseo intencionado de engañar… Las bromas no son mentiras” (Sobre la mentira).

Fue la radio la que resultó testigo de una de las mayores “bromas” de la historia, la retransmisión teatralizada de la novela La Guerra de los Mundos de H. G. Wells, que el 30 de octubre de 1938 realizara un joven Orson Welles (1915-1985) causando una alarma generalizada de pánico en todo Estados Unidos, pese a que se había anticipado un mensaje aclarando que se trataba de una invención (Welles tuvo que volver a explicarlo en el minuto 40:30 aproximadamente). Todo había sido una ficción, un “truco o trato” en la noche más “terrorífica” de Estados Unidos, la noche de Halloween.

Pero vamos a ver algunas mentiras más que se sucedieron a lo largo de la historia… solo algunas, porque todas es imposible contarlas.

PRENSA, PROPAGANDA Y MAINSTREAM

Se suele decir que desde el siglo XVIII la prensa ha jugado un importante papel como un “cuarto poder”, pero finalizando el siglo XIX fue una suerte de prensa sensacionalista la que originó, en la Guerra Hispano-estadounidense de 1898, el anticipo de un conflicto bélico y hasta una nueva forma de hacer periodismo, llamado con el tiempo amarillismo, que consiste en falsear o presentar exageradamente un acontecimiento como “subterfugio” para provocar una reacción, ya sea comercial, social, política o, como en este caso, militar: el 16 febrero de 1898, al día siguiente del suceso, The New York Journal, el diario del gran magnate William Randolph Hearst, publicaba en titulares la noticia del estallido del barco estadounidense USS Maine en el puerto cubano de La Habana, culpabilizando a España de haber emprendido una acción de guerra: “El Maine, partido en dos por una máquina infernal del enemigo”. Sin embargo, la nota de su enviado a Cuba, Silvester Scovel, solo informaba de la explosión, sin más datos. Nacía así el periodismo al servicio de los intereses políticos o la prensa llamada hoy mainstream, creadora propia de opinión pública.

Uno de los mayores embustes conocidos a través de una publicación en prensa fue la sonada orquestación político-novelesca de los llamados Protocolos de los Sabios de Sión, muy difundidos a principios del siglo XX en Rusia (y en toda Europa, solo en la Biblioteca del Museo Británico se conservan 43 ediciones, la primera de 1905), con la pretensión de desacreditar a los judíos y, en cierto modo, justificar los pogromos rusos.

“La política no tiene nada que ver con la moral. Un jefe de Estado que pretenda gobernar con arreglo a leyes morales, no es hábil y, por tal, no está bien afianzado en su asiento. Todo el que quiera gobernar debe recurrir al engaño y a la hipocresía.” (Protocolo I)

Los Protocolos explicaban una elaboradísima trama conspiratoria sionista para hacerse con el control político mundial (empezando por la masonería y el comunismo y después manipulando la economía, controlando los medios de comunicación y fomentando los conflictos religiosos), una idea que ha continuado circulando durante mucho tiempo y que incluso a día de hoy puede rastrearse por Internet. En el año 2010 Umberto Eco reescribió la historia de los Protocolos, y de paso buena parte de la historia europea de la segunda mitad del siglo XIX, en su novela El Cementerio de Praga, donde el protagonista, el capitán Simonini (acuciado por una doble personalidad) se confiesa espía y autor de los documentos.

El texto de los Protocolos, del que no se conoce su origen exacto, aparece publicado por primera vez en 1903 en el diario ruso Znamya (‘bandera’), pero el que se difunde profusamente a partir de la Revolución Rusa de 1917 es el de la tercera edición de 1905, publicada en Rusia por Sergei Nilus (1862-1929), escritor, religioso, místico y, según él mismo, agente secreto de la Ojrana, la policía secreta rusa.

Poco después, en 1921, se publican en Nueva York una serie de artículos periodísticos sensacionalistas sobre los Protocolos cuya autora era la princesa Catherine Radziwiłł (1858-1941), la condesa polaca Ekaterina Adamovna Rzewuska, casada con el príncipe Wilhelm Radziwiłł a los 15 años, tenida por instigadora y chismosa en su tiempo y a la que se le conocen varios libros escritos con pseudónimo (el más conocido es el de Paul Vasili, nombre con el que escribió, por ejemplo, La Société de Madrid. 1886). Fue condenada y enviada a prisión en alguna ocasión por fraude y falsificación y el escritor francés André Maurois dijo de ella que era una “mitómana” y que toda su vida era un engaño y una mentira.

Pues bien, en esos artículos Radziwiłł describe cómo, entre los años 1904 y 1905, un agente de la Ojrana (según su versión era el periodista de Le Figaro Matvei Golovinski), le entrega en su apartamento de los Campos Elíseos de París unos documentos en francés, los Protocolos, siguiendo órdenes de Piotr Rachkovski, jefe del servicio secreto ruso, de la Ojrana. Pero toda la historia quedó desacreditada cuando se descubrió la mentira de Radziwiłł, ya que los documentos no eran originales, Rachkovski en esas fechas no estaba ya en París y, por supuesto, ella no poseía un apartamento en los Campos Elíseos.

Los Protocolos son una elaborada falsificación, una mentira antisionista con muchas ramificaciones, que según el Museo del Memorial del Holocausto ha sido varias veces condenada: en 1935 un tribunal suizo declaró que los Protocolos eran “difamatorios” y “falsificaciones obvias”; en 1964 el Senado de Estados Unidos emitió un informe en el que se dice de los Protocolos que estaban “fabricados” y eran un “galimatías”; en 1993 un tribunal ruso condenaba a los difusores de una nueva edición de los Protocolos por propagar el “antisemitismo”. Pues bien, aun así, es una de las publicaciones más difundidas en todo el mundo.

Para cuando los Protocolos llegan a Estados Unidos, hacia 1928, algunos magnates, como Henry Ford (1863-1947), los tomaron, si no como auténticos, sí como reflejo de una realidad posible.

Los Protocolos de los Sabios de Sión fueron también uno de los pasquines utilizados por la propaganda intencionadamente antisemita del nazismo alemán para justificar su ideología y amparar el Holocausto judío. A Joseph Goebbels se debe la famosa frase una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad, tantas veces parafraseada hoy en sentido contrario. La propaganda de los regímenes dictatoriales europeos del siglo XX, tanto de los fascismos como del régimen estalinista, puede encuadrarse también en una suerte de “exageración”, de política intencionadamente difamatoria, con el fin de subyugar a la opinión pública y promocionar la ideología dominante. Es doblemente dolosa si tenemos en cuenta que son campañas realizadas en tiempos en los que la censura y la represión impedían una contrastación efectiva de las mentiras.

Una forma de “engañar” y mentir a la opinión pública y, en cierto sentido, a la historia, también puede ser la falsificación de documentos gráficos como las fotografías. No es una exclusividad de nuestra era digital, sino que ha venido siendo una práctica habitual casi desde su mismo nacimiento. Como casos de semejantes montajes hay muchísimos, señalaremos solamente que no siempre se han manipulado para “eliminar” una presencia políticamente incómoda (como hizo Mussolini con el mozo que sujeta su caballo, para ofrecer una imagen más “marcial”; o Lenin con Trotsky de 1917 a 1926, o Stalin con este deportado y ajusticiado político), también se han utilizado para “retocar” carteles inapropiados (en la Rusia bolchevique “Abajo la Monarquía” decora una bandera anodina y un cartel que rezaba “Relojes. Oro. Plata”, se sustituye por un mensaje más adecuado: “en la lucha tendrás tu derecho”), o para “añadir” ausencias significativas, como la del general Francis Preston Blair Jr. en una fotografía junto al General William Tecumseh Sherman y su Estado Mayor de la Unión, tomada entre 1862 y 1865 por el equipo del famoso documentalista de la Guerra Civil estadounidense Mathew B. Brady (1822-1896).

O para cubrir las ausencias de parte de la familia real española en una felicitación navideña. Porque la política reciente también ha hecho uso de este “montaje” de forma más que habitual. Por ejemplo en el año 2004, en Estados Unidos, al entonces candidato demócrata a la presidencia y actual secretario de Estado, John Kerry, le “fabricaron” un pasado de lucha apasionada por los derechos civiles trucando una fotografía en la que aparecía junto a una activista Jane Fonda. Y en 2011, durante la operación secreta de las fuerzas especiales norteamericanas que acabó con la captura y muerte del terrorista Osama bin Laden, el presidente Barack Obama y sus colaboradores más inmediatos siguieron todos los acontecimientos desde una sala de la Casa Blanca, escena que todos los periódicos del mundo pudieron contemplar al día siguiente. Todos menos uno. Hubo un diario ortodoxo judío que borró digitalmente de la escena a las mujeres presentes en la reunión: Hillary Clinton y Audrey Tomason.

El caso es que muchas veces una imagen sí que necesita de mil palabras para no mentir.

MENTIRA VERSUS POLÍTICA

Ya desde la Antigüedad clásica, la política y el poder, encontraron en la mentira una “herramienta necesaria y justificable” −decía Hannah Arendt (Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política, 1954)− para encumbrarse, mantenerse y perpetuarse en los puestos dirigentes de la nación. La mentira, amparada en ocasiones en la maquiavélica “razón de Estado” como fin que justifica los medios, hace que la autora alemana se cuestione hasta dónde esta utilización del “falso testimonio”, puede llegar a resultar dañina no solo para la credibilidad del político, sino también para “la naturaleza y dignidad del campo político, de la verdad y la veracidad”. En definitiva, el peligro de que la banalidad de la mentira acabe por hacerla tan habitual que resulte aceptable. En su estudio Eichmann en Jerusalén, Arendt busca la evidencia de un falso testimonio, un delito de perjurio más allá del eficaz comportamiento del burócrata que cumple órdenes superiores.

Pero cuando quien falta a la verdad es el primer mandatario de un país, esta justificación no sirve. Políticos que fueron manifiestamente “cazados” en una mentira pueden ser muchos, pero nos centraremos en dos buenos ejemplos de presidentes estadounidenses: Richard Nixon, el único presidente en la historia de Estados Unidos que se vio obligado a dimitir de su cargo, el día 9 de agosto de 1974, tras la investigación de dos periodistas que sacaron a la luz toda una trama de obstrucción a la justicia y escuchas fraudulentas, bautizada como caso Wartergate; y el presidente Bill Clinton, por cuyo affaire sentimental con una becaria de la Casa Blanca de nombre Monica Lewinsky en enero de 1998 (asunto que saltó a la opinión pública desde la red de Internet), fue acusado por el fiscal Kenneth Starr de perjurio, además de otros cargos −hasta once−, entre los que se encontraba el de coacción de testigos por haber obligado a mentir a aquélla en otra causa. Aunque no llegó a dimitir por el escándalo y nunca admitió que cometiese perjurio, sí que tuvo que reconocer que había mantenido algún tipo de relación sexual con la becaria. Un año más tarde salió absuelto de todos los cargos.

Y aún está por determinar por la comunidad internacional, pero podríamos mencionar hasta a un tercer presidente estadounidense, George W. Bush, quien hizo creer a todo el mundo que, el otrora aliado norteamericano, el presidente iraquí Saddam Hussein, ocultaba armas de destrucción masiva en su país (violando la Resolución 687 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de 1991) capaces de provocar una masacre terrorista internacional. Con este, digamos, bullshitting (una aseveración sin saber a ciencia cierta su veracidad y sin que le importe al interlocutor que lo sea, según el filósofo Harry Frankfurt), el “Trío de las Azores” (Bush y los jefes de Gobierno europeos, José María Aznar y Tony Blair) emprendió la que quizá fue la más estrepitosa y mediática de las guerras modernas, la Guerra de Irak (2003-2011).

También en España, y en cierto sentido a consecuencia de este asunto, conocimos un sangrante caso de bullshitting cuando el Gobierno Aznar, con su ministro del Interior, Ángel Acebes a la cabeza, afirmó por todos los medios a su alcance la autoría etarra de los atentados que la organización terrorista Al-Qaeda perpetró en Madrid el 11 de marzo de 2004 en la Estación de Atocha.

ESPIANDO, QUE ES GERUNDIO

Pero a veces “no decir la verdad” no tiene por qué ser una mentira. Otra herramienta política, el espionaje, se basa en mantener la ilusión de un artificio, un doble juego, la falsedad de una lealtad hacia un bando que en realidad está sirviendo al contrario. Ejemplos de espías en la Historia hay muchos, y es uno de los más famosos, quizás, el del francés Alfred Dreyfus (1859-1935), un posible caso de espionaje, antisemitismo y mentiras a partes iguales.

Muchas mujeres participaron en contiendas y guerras utilizando el “ardid” de un fingido cambio de sexo para poder luchar como hombres. Fue el caso, por ejemplo, de Catalina de Erauso y Pérez Galarraga (1585?-1650), la “monja alférez” española, pero la lista podría ser enorme. Muchas fueron también las mujeres que mantuvieron una ficción actuando de espías, como la famosa holandesa Mata-Hari (1876-1917), o las mujeres españolas que, durante la Guerra de la Independencia, espiaron al francés con una fingida relación amorosa.

En una ocasión, en 1812, en la población vallisoletana de Tordesillas, una mujer, de nombre Ángela Villagarcía, realiza un servicio de espionaje, pero con una “artimaña” con la que “supo servir a un tiempo a su sangre y a su patria”, pues con ella, además del servicio a la independencia, pudo liberar a un hermano suyo, de nombre Antonio, presbítero de Torrecilla de la Abadesa, preso y condenado a muerte por el ejército francés. Ángela se dirigió al mariscal Auguste Marmont, que estaba en esos momentos atrincherado en la línea derecha del Duero (en el vado de Pollos), ofreciéndose llegar hasta las líneas inglesas (en la orilla opuesta), averiguar su composición y volver con la información, a cambio de la libertad de su hermano. Pero en lugar de eso, le reveló a Arthur Wellesley, capitán del ejército anglo-español (), todo lo hablado con el francés y, de paso, la posición de sus tropas. Poniéndose de acuerdo con el futuro primer duque de Wellintong, Ángela “regresa a Tordesillas, presenta el fruto de su espionaje, y obtiene la libertad de su hermano” (Eleuterio Fernández TorresHistoria de Tordesillas, 1905).

ATRÁPAME SI PUEDES

Alguien que procura engañar” o gentes “trapaceras”, son algunas de las acepciones que pueden encontrarse en el DRAE respecto a los gitanos, pero para hablar de auténticos trapaceros y mentirosos, vamos a recurrir, de nuevo, a Agustín de Hipona:

Miente el que tiene una cosa en la mente y expresa otra distinta con palabras u otros signos” (Sobre la mentira, Cap. II). De estos personajes la historia nos proporciona muchos nombres, tanto de hombres como de mujeres, que quisieron hacer de la mentira virtud, fortuna y fama… y terminaron por salir “escaldados”.

Desde Richard Adams Locke, quien, intentando hacer una fallida crítica social, publica como real la historia de unos habitantes alados-humanoides de la luna en el periódico The Sun en 1844… a Victor Lustig, que debe su fama a que, en 1925 y hasta en dos ocasiones, consiguió vender la Torre Eiffel… pasando por Konrad Kujau, quien en 1983 consiguió “colar” al periódico alemán Stern una serie de falsificaciones haciéndolas pasar por “los diarios secretos de Hitler” y por las que obtuvo una bonita suma de millones, además de una condena de 42 de meses de prisión.

También hay mentirosos, estafadores y desfalcadores profesionales, cuyas vidas fueron incluso recreadas en filmes. El más conocido es, seguramente, Frank Abagnale Jr., famoso gracias a la película de Steven Spielberg, Atrápame si puedes (2002) protagonizada por Leonardo DiCaprio y Tom Hanks. Pero también tienen películas sobre su vida, Ferdinand Waldo Demara (1921-1982), uno de los mayores embaucadores de estados Unidos; Nick Leeson (nacido en 1967), quien provocó la quiebra de la inglesa Banca Barinas (donde hasta la reina de Inglaterra tenía cuenta); o Frédéric Bourdin (nacido en 1974), habitual estafador y suplantador de identidades de jóvenes desaparecidos en los años 90 y que cuenta con un polémico documental británico sobre su vida titulado The Impostor (2012, Bart Layton).

Todos ellos acabaron por descubrir que al final, tanto en el cine como en la realidad, y si no que se lo pregunten a Jenaro García, el flamante fundador de Let’s Gowex (la Compañía española de Internet y comunicaciones, acusada de falsedad documental y contable), los mentirosos y falsificadores sí que pueden ser atrapados.

¿NUNCA ES LÍCITO NI PROVECHOSO MENTIR?

Lejos de escarmentar, la mentira, el fraude, el engaño y la suplantación han campado por nuestra historia sin que ningún pinocho de Collodi nos haya avisado nunca de su falta hasta que no ha sido ya demasiado tarde. Eso debieron pensar los troyanos de La Ilíada cuando vieron salir del famoso Caballo de Troya a los enfurecidos griegos y campar a sus anchas por la inexpugnable ciudad gracias a la “treta” de Odiseo.

E igualmente engañado se debió sentir el gobernador de Cuba Diego Velázquez, cuando Hernán Cortés (que además era su “concuñado”), merced a una hábil estratagema político-administrativa, funda en julio de 1519 la ciudad de la Villa Rica de la Vera Cruz, con la que compuso un Cabildo adicto que lo proclamó gobernador y capitán general de las tierras descubiertas, y con esa acreditación y “artimaña” se le adelantó en la campaña de conquista de la ciudad azteca de Tenochtitlán. Pues si hay que mentir, mejor que la recompensa resulte tan provechosa como a Enrique IV de Francia: “París bien vale una misa”.

Desde la exégesis religiosa, se ha intentado verificar si una mentira puede o no ser provechosa en según qué ocasiones. Para empezar, ni el Corán(“Luego roguemos seriamente que la maldición de Allah caiga sobre los mentirosos”, Corán 3:61), ni la Biblia (“No dirás contra tu prójimo falso testimonio”,  Éxodo 20:1-7 y Deuteronomio 5:6-21) consideran aceptable la mentira. Pero en la Sunna se aceptan excepciones (“primero para conciliar entre la gente; segundo, en la guerra; tercero, entre los esposos”, en este último caso no se refiere al adulterio, sino a elogios falsos o exagerados) y en la Biblia se anuncia su presencia habitualmente (por ejemplo en Mateo 24:11, “Muchos falsos profetas se levantarán y engañarán a muchos”, pero hay más) constatando que la mentira coexiste con la verdad divina y que también imperan “escalas”.

San Agustín estableció hasta ocho tipos de mentiras, algunas de ellas excusables, y Santo Tomás de Aquino, tres: la útil, la humorística y la maliciosa, donde todas son pecado, y el peor de todos es la calumnia.

El relato bíblico de la Pasión refiere el “engaño” y traición de Judas, así como la triple negación de Pedro incurriendo en falsedad de testimonio; y San Agustín, que nos recuerda episodios bíblicos como la mentira de Jacob al decir que era su hermano Esaú, afirma que “se debería confesar que, en ocasiones, la mentira no solo no es digna de reprensión, sino que incluso podría ser digna de alabanza” (Sobre la mentira).

Con esta ideología cristiana no es extraño que durante siglos la Curia Vaticana pudiera mantener como verdad incuestionable el documento apócrifo conocido como Donatio Constantini, el documento según el cual el emperador Constantino I donó al papa Silvestre I la ciudad de Roma, las provincias de Italia, y de paso todo el Imperio romano de Occidente, es decir, que todo el mundo conocido pasaba a ser “patrimonio de San Pedro” y, por lo tanto, el Papa se otorgaba para sí la jefatura universal del orbe cristiano. Es más, la Donatio le vino muy bien al Vaticano como acreditado argumento político en las disputas territoriales con el Sacro Imperio Romano Germánico acerca de los llamados Estados Pontificios. Esta falsa atribución no fue desvelada hasta que en 1440 el humanista Lorenzo Valla, aplicando un método lingüístico de estudio, descubre la utilización de términos medievales y, en consecuencia, la falsedad de un documento atribuido al siglo IV. El Vaticano nunca ha reconocido un fraude documental.

Sin embargo, la Iglesia católica se especializó en la averiguación de la verdad entre los conversos para luchar contra la herejía (considerada una “falacia” contra la doctrina católica “verdadera” y el mayor de los pecados del cristianismo) estableciendo Pruebas de Verdad (ad eruendam veritatem) desde un organismo creado ad hoc, la Santa Inquisición, que podía incluso utilizar el tormento como medio de prueba.

Llegar a establecer quien dice la verdad o quién miente o actúa “pensando” en mentir o no, es una tarea ardua que ha preocupado a todos las culturas desde la Antigüedad. Ya lo decía Heródoto: “me veo en el deber de referir lo que se me cuenta, pero no a creérmelo todo a rajatabla” (Historias, VII, 151, 3).

Pablo de Tarso (San Pablo) encontró en Epiménides (poeta y filósofo del siglo VI a. C.) una “paradójica” explicación sobre la proliferación de mentirosos entre los no cristianos cuando escribió su Carta a Tito, que se encontraba en Creta: “todos los cretenses son mentirosos” (Tito, 1:12). Lo paradójico es que Epiménides era cretense, con lo que tal explicación se complica, y necesitamos otra solución.

El rey Salomón patentó una forma poco convencional de desenmascarar a la mujer mentirosa que reclamaba el hijo que no era suyo (Libro I de los Reyes 3:16-18). Pero ni siquiera este juicio salomónico nos serviría hoy para dirimir, por ejemplo, si un anciano preferentista fue engañado por un banco usurero, o si por el contrario miente el cliente al afirmar que no conocía el alto riesgo de tal producto financiero. Y en esas estamos.

AlmaLeonor.

HOWARD HUGHES Y LOS IMPUESTOS

HOWARD HUGHES Y LOS IMPUESTOS

Uno de los personajes más pintorescos, maniáticos e inteligentes que pueden encontrarse en la industria cinematográfica es Howard Hughes (1905-1976), el más genuino multimillonario de la historia, el hombre más adinerado del mundo, a decir de la prensa de su época, y el primero en llegar a ser considerado billonario, pues se calculó que su fortuna rondaba los 2500 millones de dólares cuando, tras años de disputas legales posteriores a su muerte, todo su patrimonio se dividió entre sus 22 primos, sus únicos herederos.

Howard Robard Hughes, Jr., nació en Texas en una fecha indeterminada. Algunos dicen que fue un 25 de septiembre y otros un 24 de diciembre. Curiosamente tampoco está claro el momento de su fallecimiento. Sucedió el 5 de abril de 1976, pero no se sabe bien en qué momento. Hughes se encontraba enfermo y se autorrecluyó en un hotel de Acapulco, rodeado de los médicos que siempre le acompañaban (y por los criados mormones de los que se rodeó en los últimos veinte años de su vida), pero a los que no solía hacer mucho caso. Su estado era tan grave (se encontraba descuidado, greñudo y con las uñas larguísimas y sin cortar) que se decide trasladarle en avión hasta el Hospital Metodista de Houston. Allí solo pudieron certificar su muerte, pero nunca se aclaró si sucedió en el mismo hospital, durante el vuelo, o si ya había fallecido antes de salir de Acapulco. A su entierro en el cementerio Glenwood de Houston, solo asisten seis personas.

Si su nacimiento y muerte están rodeados de misterio, no es el caso de su vida, muy conocida en la época, y posteriormente, tanto por la intensa vida social que llevaba como por las películas que llegó a filmar o por los negocios que emprendió a lo largo de su vida, sobre todo con la aviación. Fue el creador de la compañía TWA, competidora de la todopoderosa PamAm y diseñó aviones para el ejército norteamericano.

La aviación le jugó algunas malas pasadas económicas (se vio obligado a pleitear para no tener que vender la TWA por determinación legal, pero al final tuvo que hacerlo y se embolsó una gran cantidad de dinero por ello) y algunos fracasos técnicos (el Hughes H-4 Hércules, el enorme hidroavión que diseñó para el ejército norteamericano que debía utilizarse en la IIGM, no llegó a ser construido), pero también le ocasionó el mayor daño a su salud. Fue en 1946, concretamente un 7 de julio, cuando el avión XF-11 que probaba para el ejército norteamericano, se estrelló en Los Ángeles. El avión se incendió y Hughes sufrió importantes lesiones internas, múltiples fracturas en clavícula y costillas (todas rotas) y quemaduras de tercer grado por todo el cuerpo (el característico bigote de sus últimos años ocultaba una de esas quemaduras). Estando convaleciente, pidió a sus ingenieros que acudieran para diseñar una camilla más adecuada a sus necesidades, con un sistema hidráulico compuesto de 30 motores que funcionaban al pulsar una serie de botones. Había inventado la moderna cama de hospital.

Pero sobre todo Hughes era multimillonario y ejerció de ello a menudo durante toda su vida (incluso en 1972, residiendo en Managua, intentó hacer negocios con el dictador Anastasio Somoza, pero tuvo que marcharse al ser sorprendido por el gran terremoto del 23 de diciembre de ese año). Se dice que amaba el dinero no por sí mismo, sino porque lo veía como el medio con el que podía obtener aquellas cosas a las que no alcanzaba a obtener por sus propias manos. Parece ser que fue el autor de aquella frase que declaraba que “todo el mundo tiene un precio”.

Hughes nació en el seno de una millonaria familia texana enriquecida con el petróleo. Heredó la fortuna de sus padres con 17 años, así que la acumulación de dinero nunca le fue algo extraño. Quería ser el hombre más rico de la tierra, y es posible que lo consiguiera. Sin embargo, su tesón, inteligencia, amor al riesgo y a las inversiones económicas, así como su apego por el trabajo compulsivo, no fueron los únicos elementos en hacer crecer su fortuna. También fue uno de los más grandes defraudadores de la hacienda norteamericana sin ningún escrúpulo. Mejor dicho… utilizó todos los resquicios legales a su alcance para escamotear el pago de altos impuestos.

Hughes fundó en 1932, en California, una compañía de aviación (antes de la TWA), llamada Hughes Aircraft, que quiso trasladar, sin éxito, a Nevada donde se pagaban muchos menos impuestos. Esto, que le salió mal, no fue óbice para que intentara toda su vida pagar menos al fisco. Al final, en 1953, encontró el modo: donó todos sus activos al Instituto Médico Howard Hughes, que él mismo había fundado, y que era una entidad exenta del pago de impuestos.

Vivió muchos años en California, donde tenía su casa, además de su negocio de aviación, pero pronto dejó la casa para vivir en hoteles (de lujo, por supuesto), porque así no tenía que declarar impuestos por su residencia habitual. Cuando unos años más tarde la ley se modifica de modo que quien viviera al menos 180 días al año en un hotel en un estado concreto, debería pagar igualmente por residencia, Hughes se fue cambiando de hotel, y de estado, antes de cumplir ese plazo. A consecuencia de esta “estratagema”, los estados de California y Texas no pudieron cobrar los impuestos relativos a su herencia porque ninguno de ellos pudo probar que era el Estado de residencia legal de Hughes. Un triunfo frente a la hacienda pública incluso tras su muerte.

Hughes siempre se rodeó de gentes de valía, hombres a los que se jactaba de “comprar” por un alto precio a cambio de su absoluta fidelidad a su causa y a sus empresas. Pero eso también le obligaba a pagar altos impuestos. Entonces Hughes ideó una forma de pagarles bien sin tener que declararlo al fisco. Mientras trabajasen para él les pagaba un sueldo casi miserable (que era por el que cotizaba), y cuando terminaban su trabajo en la empresa, Hughes les criticaba mordazmente, incluso con injurias ofensivas y de forma pública. Entonces sus empleados le “demandaban” judicialmente por difamación y, como era seguro que perdería el juicio, Hughes les pagaba una bonita y enorme cantidad de dinero… casi libre de impuestos para él. Una de las mayores indemnizaciones que pagó por este método fueron los 2.2 millones de dólares que se embolsó su socio durante un tiempo Robert Maheu.

Parece una forma diferente de finiquito en diferido, ¿verdad? Pero Hughes marcó una gran diferencia con respecto a todos los defraudadores a la Hacienda pública patrios… Todas las tretas que utilizó a lo largo de su vida para evadir impuestos, eran absolutamente legales. Nunca realizó un fraude fiscal, ni dejó de pagar los impuestos que le correspondían, pero intentó por todos los medios que esos fuesen los mínimos posibles. Cosas de milmillonarios.

Por cierto… ayer se cumplió el plazo para realizar la Declaración de la Renta en España. ¿Encontraron alguna fórmula para desgravar y no cotizar tantos impuestos? ¿No? Tal vez deberían haber leído algo sobre la vida de Howard Hughes… o haber preguntado a Marta Ferrusola, a quien le sale a devolver…

AlmaLeonor

 

DE MUTILADOS Y DISCAPACIDADES HISTÓRICAS (II)

DE MUTILADOS Y DISCAPACIDADES HISTÓRICAS (II):

De los Austrias a la actualidad

Artículo de Alma Leonor López publicado el 1 de abril de 2013 en la Revista Digital Anatomía de la Historia, sección Discusión Histórica.

Francisco Lezcano, el Nino de Vallecas, de Diego Velazquez.  

LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS Y LOS BORBONES

En Lepanto, en 1571, el mayor escritor de lengua española, Miguel de Cervantes, ‘el Manco de Lepanto’, perdía su mano izquierda, anquilosada por una herida de plomo. Pero la Corte española de los Habsburgo que terminó con el hijo de un “Rey Pasmado” –Carlos II, quien podría haber padecido el síndrome de Klinefelter, una enfermedad genética, además de raquitismo, prognatismo, epilepsia y diversas enfermedades más– fue prolífica en enanos cortesanos (al igual que en las cortes inglesa y francesa por otro lado), aquejados de diversas patologías, e inmortalizados por Velázquez.

Así aparecen, por ejemplo, Nicolasito de Pertusano y Mari Barbola (bufones de la infanta Margarita, a quien acompañan en Las Meninas), el primero con una deficiencia de la hormona del crecimiento y la segunda probablemente aquejada de acondroplasia.

De esta misma enfermedad también sufría Sebastián de Morra, bufón de la Corte al servició de Felipe IV y antes del príncipe Baltasar Carlos, de quien también fue bufón ‘El niño de Vallecas’, Francisco Lezcano, quien pudo padecer un hipotiroidismo congénito de tipo mixedematoso ―a decir del doctor Juan Falen Boggio―, que le llevó finalmente a la muerte a temprana edad.

O Diego de Acedo ‘el Primo’ (que no engañe el apodo, pues era muy inteligente y actuaba de secretario encargado de la estampilla de la firma real, más que de bufón), posiblemente también aquejado de una deficiencia en la hormona del crecimiento.

Y Juan de Calabazas, ‘Calabacillas’, bufón del Cardenal Infante Fernando de Austria y de Felipe IV, que podría padecer una forma de hipotiroidismo infantil

Por cierto que, en el nacimiento del rey Carlos II, la Gazeta de Madrid del siglo XVII se parecía bastante a muchos canales televisivos tan ideologizados y tan escasos  en el “rigor” y en la “veracidad” de sus informaciones. Dio la noticia del nacimiento del príncipe heredero, el domingo 6 de noviembre de 1661, de esta forma: “un robusto varón, de hermosísimas facciones, cabeza proporcionada, pelo negro y algo abultado de carnes”. Pero según el embajador de Francia, “el Príncipe parece bastante débil; muestra signos de degeneración; tiene flemones en las mejillas, la cabeza llena de costras y el cuello le supura (…) asusta de feo”.

El rey Carlos II

El hispanista John Lynch lo sentencia: “Carlos II fue la última, la más degenerada, y la más patética víctima de la endogamia de los Austrias”.

No nos hemos olvidado de las mutilaciones. Éstas siguieron presentes durante la Edad Moderna e, incluso, una de ellas llegó a ser la causa de una guerra entre España e Inglaterra en 1739.

La Oreja de Jenkins

Robert Jenkins fue un marino inglés (corsario, contrabandista, pirata…) que, en virtud del acuerdo llegado entre ambos países, mercadeaba con su bergantín “Rebecca” por el mar Caribe, con licencia de “navío de permiso”.

Esta práctica estaba sujeta a estrictas normas en cuanto a los puertos, mercancías y cantidades que se podían comerciar, y la flota española vigilaba contumazmente que se cumpliese la ley. Jenkins se la saltó, y aunque no era el único en aquellos tiempos, topó con un guardacostas español al mando del capitán Juan León Fandiño, quien le abordó (amparándose en el “derecho de visita”), le confiscó la carga y, como si de una actualísima “riña de políticos” se tratase (“-¡contrabandista!”, “-¡Y tu más!”), acabó cortándole una oreja como castigo ejemplar.

Era abril de 1731. “Ve y dile a tu Rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”, dicen que dijo. Y el inglés lo hizo. Así, el episodio fútil, convenientemente planteado en el Parlamento y agitado entre la opinión pública inglesa, obligó al primer ministro Robert Walpole, a declarar la guerra a España el 23 de octubre de 1739.

En esta Guerra del Asiento, más conocida como Guerra de la Oreja de Jenkins, se desarrolló una de las batallas más importantes de todas las acaecidas en aquel siglo XVIII, la batalla o sitio de Cartagena de Indias, plaza que había sitiado el almirante inglés Edward Vernon, y que estaba defendida desde 1737 por el comandante general de Cartagena, el teniente general de la Armada española Blas de Lezo, apodado por sus hombres “Mediohombre”, pues con sólo 25 años ya era cojo (desde 1704), ciego de un ojo (en 1706) y manco (en 1713).

El almirante Blas de Lezo, “mediohombre”

En 1739 Vernon había destruido el puerto de Portobelo en Panamá, obligando al rey español a reorganizar completamente el comercio con América y la Flota de Indias. Esta victoria animó al inglés a emprender el asalto definitivo a Cartagena de Indias y del 13 de marzo al 20 de mayo de 1741, tuvo lugar el sitio.

La flota inglesa compuso la mayor agrupación de buques de guerra de la historia (solo superada por el desembarco de Normandía), con 195 barcos que contenían 3.000 cañones y cerca de 25.000 combatientes (incluidos esclavos macheteros jamaicanos y reclutas de Virginia comandados por Lawrence Washington, medio hermano del que sería el primer presidente estadounidense, George Washington), que superaba en más de 60 buques a la Armada Invencible de Felipe II.

Pero también fue vencida. Y esta vez por un valiente ’Mediohombre’ con unas fuerzas que “no pasaban de 3.000 hombres, 600 indios flecheros, más la marinería y tropa de infantería de marina de los seis navíos de guerra que disponía la ciudad”, tal y como afirma Jesús María Ruíz Vidondo. El rey Jorge II prohibió que se hablase siquiera de la derrota, y se ocultaron una serie de medallas conmemorativas de la “victoria” que nunca se produjo. En ellas se veía a un “Don Blass” arrodillado (lo que le era imposible) y con los dos brazos completos, entregando su espada al inglés, con las leyendas: “Auténtico héroe británico, tomó Cartagena en abril de 1741” y “El orgullo de España humillado por el almirante Vernon”.

Algo más de cincuenta años después, en 1797, otro inglés, el almirante Horatio Nelson, perdía un brazo al tratar de tomar Santa Cruz de Tenerife. También había perdido un ojo en una batalla anterior (en 1794).

LA GUERRA Y LA ACTUALIDAD

George Grosz,. Mutilado de guerra sobreviviendo tras el conflicto.

Las guerras siempre han ocasionado mutilados y heridos a perpetuidad, cuyas terribles secuelas les castigan de por vida y ocasionan a la sociedad en la que se insertan un esfuerzo doble para mitigar su dura reinserción (al tiempo que un gasto económico considerable). Por eso mutilar al enemigo siempre ha sido una estrategia de combate. Pese a ello, hubo algunos personajes en la historia reciente que serán recordados, además de por sus acciones militares, por la discapacidad que éstas les produjeron.

El conde Claus von Stauffenberg, coronel del Estado Mayor de la Wehrmacht y jefe del Ejército de Reserva de Berlín durante el Tercer Reich, era un alto y apuesto noble y militar alemán que gozaba de gran carisma entre sus compañeros de armas y entre la élite alemana de la época, como Albert Speer (arquitecto y ministro alemán). Stauffenberg perdió el ojo izquierdo, la mano derecha y los dedos meñique y anular de la mano izquierda en 1943, en el transcurso de una incursión durante una batalla al sur de Mezzouna (Túnez). Sin embargo, no fue este revés el que le llevó a planificar el conocido como “complot del 20 de julio”, el más importante intento de acabar con la vida de Hitler en 1944. Sus convicciones eran anteriores a su mutilación de guerra.

También fueron anteriores a sus heridas de guerra, las convicciones políticas del fundador de la Legión extranjera española, José Millán-Astray y Terreros. En la Guerra de Marruecos, entre 1921 y 1926, sufrió varias heridas a consecuencia de las cuales cojeaba de una pierna y se le amputó el brazo izquierdo. Además, un disparo en el rostro le causó la pérdida de un ojo, desgarros en el maxilar, y una profunda herida en la mejilla izquierda.

El muy condecorado Millán-Astray, un “notable erudito” y “conferenciante”, según el polémico Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia recibió el siguiente discurso por parte de Miguel de Unamuno en Salamanca: “El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra… Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor”.

Restos hallados de Ricardo III

Finalmente, las discapacidades y mutilaciones también han ayudado a la investigación histórica. Muy recientemente, la Universidad de Leicester, en el Reino Unido, ha podido confirmar, tras cuatro meses de pruebas y análisis, que los restos encontrados en una excavación pertenecen al rey Ricardo III, gracias, entre otros indicios, a la acusada escoliosis que padecía. William Shakespeare le describió como “un jorobado vil, ambicioso y corrupto”. No dijo nada de que fuese discapacitado.

AlmaLeonor

 

Viene de De mutilados y discapacidades históricas (I)

Y en HELICON… aquí.

DE MUTILADOS Y DISCAPACIDADES HISTÓRICAS (I)

DE MUTILADOS Y DISCAPACIDADES HISTÓRICAS (I):

De la Prehistoria al fin de la Edad Media

Artículo de Alma Leonor López publicado el 1 de abril de 2013 en la Revista Digital Anatomía de la Historia, sección Discusión Histórica.

Viejo de la Chapelle-Aux-Saints

Actualmente, uno de los hombres más influyentes en la economía mundial es el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble; y uno de los “cerebros” más fascinantes en el presente panorama científico internacional es el del físico Stephen Hawking.

Ambos comparten una particularidad, y es que necesitan de una silla de ruedas para desplazarse. Schäuble desde 1990, cuando quedó parapléjico tras sufrir un atentado en Friburgo, nueve días después de la unificación Alemana. Y Hawking padece esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una enfermedad que le obligó a utilizar una silla adaptada a la que incluso ha tenido que incorporar un generador de voz ante el imparable avance de su mal. Ambos sufren una discapacidad física.

Ciertas personas acusan una deficiencia unas veces por una enfermedad o problema genético (como Hawking) y otras les vendrá impuesta por una causa externa (como Schäuble). Este artículo habla del protagonismo de algunas de ellas en la historia.

DESDE LA PREHISTORIA

De discapacidades nos habla hasta la Prehistoria. Erik Trinkaus, paleoantropólogo de la Universidad de Washington, y uno de los mayores expertos del mundo en neandertales, estudiando al Viejo de la Chapelle-aux-Saints, un espécimen de neandertal (se le estima una edad de 60.000 años) cuyos restos se hallaron en esa cueva en 1908, determinó que sufría de varios problemas y enfermedades importantes: artrosis grave en cervicales y hombro, osteoartritis, pérdida de molares y encías, sordera parcial, una rodilla deformada, un dedo del pie aplastado… Con toda seguridad, este “viejo” necesitó de la ayuda solidaria y altruista de sus congéneres para sobrevivir. Trinkaus ya había comprobado este comportamiento social con el espécimen de Shanidar 1 (en Irak, de hace unos 80.000 años), que presentaba lesiones por aplastamiento en la mitad del cuerpo (con hemiplejía en el lado derecho) y en el cráneo (con pérdida de visión en un ojo), así como múltiples fracturas (curadas) en el brazo derecho… y, pese a todo, sobrevivió gracias al grupo.

Shanidar 1

También en el yacimiento español de Atapuerca  se desenterró en 1994 un espécimen que se dio en llamar el Viejo de la Sima de los Huesos. En realidad eran solamente una pelvis y parte del tronco de un heidelbergensis de hace medio millón de años, pero permitieron averiguar muchas cosas. Primero, que era un individuo de edad avanzada (superaba los 45 años, muy mayor, equivale a unos 80 años actuales) y segundo, que sufría un “cierto grado de minusvalía locomotriz”: una cifosis lumbar degenerativa que le provocaría una curvatura pronunciada de la espalda, y una espondilolistesis moderada que haría que sufriera de una cierta desviación de la columna respecto al sacro.

Se concluyó que debió de necesitar de la ayuda de otros miembros del grupo para llegar a esa edad en su estado y que, por lo tanto, evidenciaría el primer caso de asistencia grupal a un miembro con discapacidad.

LAS PENAS DE MUTILACIÓN EN LA ANTIGÜEDAD

Dado este espíritu de camaradería en tiempos tan tempranos, sorprende encontrar, ya dentro de la Historia, no solo la más que posible ausencia de la misma, sino la preponderancia de leyes que ordenaban mutilar a sus semejantes:

Estela de Hammurabi

Ley 192: Si el hijo de un favorito o de una cortesana, dijo al padre que lo crió o la madre que lo crió: “tú no eres mi padre”, “tú no eres mi madre”, se le cortará la lengua.
Ley 193: Si el hijo de un favorito o de una cortesana ha descubierto la casa de su padre, ha tomado aversión al padre y la madre que lo han criado, y se fue a la casa de su padre, se le arrancarán los ojos.
Ley 194: Si uno dio su hijo a una nodriza y el hijo murió [porque] la nodriza amamantaba otro niño sin consentimiento del padre o de la madre, será llevada a los jueces, condenada y se le cortarán los senos.
Ley 195: Si un hijo golpeó al padre, se le cortarán las manos.
Ley 196: Si un hombre libre vació el ojo de un hijo de hombre libre, se vaciará su ojo.
Ley 197: Si quebró un hueso de un hombre, se quebrará su hueso.
Ley 200: Si un hombre libre arrancó un diente a otro hombre libre, su igual, se le arrancará su diente.
Ley 205: Si el esclavo de un hombre libre abofeteó un hijo de hombre libre, se cortará su oreja.
Ley 218: Si un médico hizo una operación grave con el bisturí de bronce y lo ha hecho morir, o bien si lo operó de una catarata en el ojo y destruyó el ojo de este hombre, se cortarán sus manos. 

El Código de Hammurabi (entre el 1790 y el 1750 a. C.), no dejaba lugar a dudas respecto a la “ley del Talión” que aplicaba, aunque hay que decir, en honor a la verdad, que estas leyes (al igual que otras orientales, como el Código de Ur, algo anterior), pretendían poner fin a prácticas individuales de venganza por la comisión de un desagravio.

En realidad, estas leyes tan drásticas (la pena de muerte era más frecuente que la de mutilación, aunque la mayoría eran pecuniarias), pretendían principalmente, además de la restitución del daño, producir un efecto ejemplificador. Eran penas con un marcado carácter social, algo que, en cierto modo, ha pervivido desde entonces en, por ejemplo, la “marca” a fuego en la piel de las prostitutas en la época medieval, las ejecuciones públicas practicadas profusamente hasta la historia reciente, o en las actuales normas legales extremas de algunos países en los que la amputación de una mano al ladrón (caso de Irán o Mali, por la ley islámica o sharia) o la lapidación a la adúltera (más corriente aún: en Sudán, Mali, Irán, Afganistán…), pretenden dejar constancia pública y notoria de su “infame” falta o condición.

Crucificados en el Imperio Romano

También Roma sucumbió al ejercicio del castigo por mutilación. Admitía la lesión corporal y la mutilación permitiendo que fuesen los parientes de la víctima quienes ejerciesen de ejecutadores de la sentencia. A los cristianos condenados por su herejía se les podía aumentar la pena con la amputación del pie izquierdo o la ceguera del ojo derecho, penas que más tarde emplearía Constantino para castigar a quienes robaran iglesias o violaran sepulturas (curiosamente también a “funcionarios subalternos que cometiesen defraudaciones”, según el historiador y jurista alemán Theodor Mommsen).

Todos estos castigos por mutilación permanecieron durante el Imperio con la misma severidad, hasta que Justiniano los prohibiera… para utilizar la amputación (o luxación de un miembro) como agravamiento de la pena inicial, una potestad que se otorgó a los Tribunales.

Justiniano en la Basílica bizantina de San Vitale en Ravena

¡Ah, los bizantinos!… ahí sí que encontramos a expertos “mutiladores”, desde que en el siglo VII Martina y su hijo Heracleonas fueran destronados por decisión del Senado y, por primera vez, se utilizase en sus personas la amputación de miembros (a la primera la lengua y al segundo la nariz), consagrando así la “incapacidad del amputado para un cargo público” (en el 641, según el gran bizantinista George Ostrogorsky).

La historia bizantina está plagada de mutilaciones. Constantino IV (668-685), en el año 681, mandó cortar la nariz a sus hermanos, Heraclio y Tiberio, para que no le hiciesen sombra ni le disputasen el trono. Antes de acabar el siglo, Leoncio (695-698) había hecho cortar la nariz y la lengua de su antecesor Justiniano II (685-695) al derrocarle, y él mismo sufrió la mutilación a manos de Apsimar, quien le apartó del trono y se hizo llamar Tiberio III (698-705).

Leoncio acabó siendo ejecutado por Justiniano II cuando regresó al trono. Si, aún con la nariz cortada (se aplicó una prótesis de oro y la mutilación parcial de la lengua no le impedía hablar), Justiniano II volvió a tomar las riendas del imperio entre el 705 y 711, con el sobrenombre de Rhinotmeta (nariz cortada), y “en el futuro, esta práctica ya no se volvió a aplicar a pretendientes al trono o  a emperadores destronados”, dice Ostrogorsky. Justiniano II reinó de manera despótica y lo primero que hizo fue mandar ajusticiar a todos los que él consideraba implicados en su derrocamiento (lo fueran realmente o no), así como a cualquier enemigo real o supuesto, acabando su vida arrestado y decapitado.

Pero el primitivo Código de Justiniano el Grande (siglo VI), basado en el Derecho romano, sufrió las consecuencias de esta orientalización que resultó drástica en el siglo VIII con la promulgación de la Égloga (‘extractos’), una serie de modificaciones legislativas sancionadas por Leon III (717-741), que contenían “todo un sistema de castigos corporales como no lo conoció el derecho justinianeo: amputación de nariz y lengua, sección de la mano, sacar los ojos, rapar y quemar el pelo, etc.” (G. Ostrogorsky). Sin embargo, A. A. Vasiliev afirma que “en la mayoría de los casos tales castigos están destinados a sustituir la pena de muerte” y eran de aplicación igualitaria, mientras que el Código de Justiniano prescribía penas diferentes según eestatus social. Así que cualquier paria podía ser condenado a la pena de amputación de la lengua o la nariz y estar sumamente agradecido por ser tratado como a un emperador.

La emperatriz Irene

O como el hijo de una emperatriz. Porque si crueles podían ser los emperadores bizantinos, también las emperatrices les emularon con bastante pericia, al menos una, Irene (797-802, regente desde el 780). La emperatriz (ella se hacía llamar “Basileus”, emperador, en masculino) que pasará a la historia, además de por organizar una de las mayores trifulcas con la Iglesia cristiana por la cuestión iconoclasta, por hacer cegar a su hijo, Constantino VI, para evitar que la destronara (en agosto del 797).

Un par de siglos más tarde dejaron de “afear” los rostros de los posibles candidatos al trono para utilizar el método de la castración. No es que se castrase al enemigo, sino que los emperadores bizantinos se fiaban de los eunucos castrados porque esta circunstancia les impedía legalmente acceder al trono.

Pero también acabaron encontrando el camino (el poder es lo que tiene, que agudiza el ingenio) y Basilio Lekapenos (945-985), que era bastardo además de castrado, fue escalando puestos hasta alcanzar los más altos: Fue primero “parakoimomenos” (una especie de mano derecha “full time” del emperador), luego primer ministro para tres emperadores, y finalmente emperador.

LA PLENA EDAD MEDIA

La Edad Media fue asimismo testigo de una curiosa contradicción. Por un lado, la coronación de un rey leproso, Balduino IV de Jerusalén, cuando contaba con 13 años; un rey que, contra todo pronóstico, se mantuvo en el trono y dominó su reino durante más de una década (1174-1185). Su cuerpo acusó enseguida los estragos de la terrible enfermedad y tenía que ocultar su rostro con una máscara de plata al tiempo que sus manos y piernas se desvanecían y la ceguera le alcanzaba cerca ya de su muerte a los 24 años.

Balduino IV de Jerusalén, el rey leproso, en la película Kingdom of Heaven (2005)

Pero, por otro lado, la época de las Cruzadas y de los reinos cristianos de Oriente conoció un trasiego de miembros “incorruptos” de santos a modo de reliquias que, procedentes de Tierra Santa, inundaron las catedrales, monasterios, iglesias y abadías de toda Europa. Mientras, la nefanda costumbre de mutilar a enemigos, insumisos, díscolos, e indisciplinados salteadores de la ley, no acabó ni con la caída de Constantinopla a mediados del siglo XV.

Si hallares que alguno de ellos hurten, castígalos también cortándoles las narices y las orejas, porque son miembros que no se podrán esconder”.

Así se expresaba Cristóbal Colón, en las instrucciones que trasmitía el 9 de abril de 1494 a mosén Pedro Margarite. Y no fue el único caso, también Pedro de Valdivia se explicaba en los mismos términos:

Prendiéronse trescientos o cuatrocientos, a los cuales hice cortar las manos derechas e narices, dándoles a entender que se hacía porque les había avisado viniesen de paz…”

AlmaLeonor

Finaliza en De mutilados y discapacidades históricas (y II)

ALMAS PARA EL RECUERDO: SWIMMING BRIGHTON CLUB

ALMAS PARA EL RECUERDO: SWIMMING BRIGHTON CLUB

TopHatBTNSwimClub1860s
Imagen: Swimming Brighton Club y East Sussex Record

Hoy traemos para nuestras ALMAS PARA EL RECUERDO no a un hombre sino a varios, los intrépidos nadadores ingleses que fundaron, en 1860, el Brighton Club Natación y Mar de Baño para Hombres, que es la denominación completa que adoptó en un principio el que hoy está considerado el más antiguo club de natación de todo el Reino Unido. Unos años después de su fundación, en 1863, se tomaron esta fotografía y tiene su curiosidad. Para conocerla en su total dimensión, hay que ir por partes.

EL CLUB

Frederick Cavill

Un pequeño grupo de amigos, aficionados a la natación, que se solían reunir en las cercanías del Lion Mansions Hotel desde el año de 1858, deciden formalizar su afición con la creación de un club de natación que se oficializa el 4 de mayo de 1860. Principalmente fueron los señores George Brown, J. Nyren, W. Patching, George Worsley (1835-1911), de 25 años, R. Ward Charles Hindley (1818-1893), de 40 años, que era el secretario y John Henry Camp (1826-1875), presidente. Al año siguiente se unió el conocido nadador de 23 años, Frederick Cavill (1839-1927). Cavill, natural de Kensington (Londres), emigraría a Australia una década más tarde (imagen de la derecha), donde fundó una escuela de natación, dando lugar a una muy conocida familia de nadadores profesionales.

Era un club modesto, de precios bajos, pero con mucho entusiasmo. Los socios que quisieran unirse debían pagar una cuota de entrada de un chelín y una suscripción semanal de dos peniques. En un principio no tenían ni un lugar donde cambiarse y las competiciones, que comienzan a celebrarse en 1861, eran igualmente poco significativas. Poco a poco se dotan de vestuarios y empiezan a organizar eventos con más premios que, aunque modestos (algunas veces constaban de una libra de té, o un jamón o una prenda de vestir… o pequeñas cantidades de dinero), pronto van a ser un acertado reclamo para atraer gente al club. En 1863, cuando se tomaron esa fotografía de la cabecera, el número de socios había pasado de 13 a 59.

John Henry Camp en 1872

Además de Cavill, de todos estos primeros miembros del Club de Natación de Brighton, el más famoso fue su primer presidente, John Henry Camp, toda una celebridad en la ciudad y que era conocido como “el capitán Camp”. Su particularidad es que pese a que su pierna izquierda había sido amputada, no le impedía ser un excelente nadador. Además de ser el primer presidente del Club fue instructor de natación y socorrista, llegando a salvar a no menos de 20 personas durante su pertenencia al club.

Una de las actividades más populares promovidas por el Club de Natación Brighton, fue el “Tea Party Acuático” celebrado en el muelle oeste de Brighton sobre una balsa de madera (la imagen inferior es de El Gráfico de 1881, pero se celebró desde los inicios), que se hacía acompañar de “caballitos” hechos de toneles de madera para diversión de los asistentes. La popularidad de John Henry Camp sirvió como acicate para la prensa local que en agosto de 1868 publicaba: El Capitán Camp, el nadador con una sola pierna, preparará y participará del tea party en el agua esta tarde.”

Camp padeció una larga y dolorosa enfermedad al final de sus días que le hizo gastar todos sus ahorros, llegando a vivir casi en la indigencia de no ser por la ayuda del resto de miembros del club. En su lápida, el club hizo poner una inscripción que decía: “Esta lápida fue erigido por el Brighton Club de Natación a la memoria de su antiguo Steward, John Henry Camp, el célebre nadador con una sola pierna, Nacido el 26 de julio de 1826, Murió en Brighton, 28 de diciembre de 1875, a los 49 años…. Su lema fue: me atrevo con cualquier ola para salvar una vida.”

Desde la muerte de John Henry Camp, al mejor nadador y líder del Club Brighton, se le otorgaba el título de “capitán” en su honor. El primero en ostentarlo fue George Harding, un excelente nadador que mantuvo el título durante los cuatro años siguientes, un importante logro ya que el número de socios había aumentado hasta los 115 miembros.

El Club Brighton se vinculó al condado de Sussex y junto a otros clubes de natación promovieron y fundaron la Asociación de Natación Amateur del condado de Sussex. La mayor parte de la información de este artículo se ha extraído de su página web.

LOS BAÑOS

“Swimming Hole”, de Thomas Eakins 1884-85 (existe también una fotografía).

En estos años existían algunas particularidades respecto al baño en las playas. La primera, es que muchos señores acostumbraban a bañarse desnudos; y la segunda, es que para bañarse en las playas públicas estas tenían que contar con las llamadas “máquinas de baño”, una especie de “carricoche” que entraba en el agua y que servía para cambiarse y disfrutar del agua sin ser vistos por otros. Lo utilizaban tanto hombres como mujeres, aunque los espacios playeros estuviesen restringidos y separados por sexos.

Así que las reuniones de los socios del Brighton Club, quizá para escapar a estas restricciones, tenían lugar a las 6 de la mañana, excepto si eran competiciones con público, en cuyo caso cumplían la normativa y se cubrían para bañarse.

Pero a algunos no les gustaba nada esa costumbre de utilizar “ropa de baño”. Uno de ellos fue el reverendo (de la Iglesia de Inglaterra) Robert Fancis Kilvert (1840-1879), un personaje controvertido del que, pese a su temprana muerte a los 38 años, se conservan varios diarios que escribió con gran información acerca de la vida rural inglesa de la segunda mitad del XIX. Gran entusiasta del nudismo, consideraba que era una práctica natural y saludable.

Decía el reverendo en distintas fechas de 1872:

“Durante el baño de la mañana temprano, antes del desayuno, muchas personas fueron despojándose abiertamente de sus ropas sobre la arena.  Que deliciosa sensación de libertad correr desnudos hacia el mar, donde las olas se vuelven espuma y el sol de la mañana, de color rojo brillante, cae sobre los miembros de y corrían hacia el mar. Yo habría hecho lo mismo. […] Un muchacho me llevó a la puerta de la máquina de baño lo que pensaba eran dos toallas, pero luego me di cuenta de que uno de los trapos que me había dado era un par de calzoncillos a rayas rojas y blancas muy cortos para cubrir mi desnudez [se llamaban “caleçons”]. No acostumbrado a este tipo de cosas y costumbres que tenían, y en mi ignorancia, me bañé desnudo desdeñando los convencionalismos del lugar y escandalicé a la playa. […] En Shanklin uno tiene que adoptar la costumbre detestable de bañarse en calzones. Si a las señoras no les gusta ver hombres desnudos. ¿Por qué no se mantienen fuera de la vista? hoy he tenido un par de calzones prestados que no me han dejado seguir nadando. Las fuertes olas les arrancaron y les enredaron alrededor de mis tobillos. Mientras tanto, yo estaba encadenado agarrado y tirado por un golpe de mar, que se retiraba de repente y me dejó desnudo sobre la arena. Después de esto tomé el trapo miserable y peligroso y lo arrojé fuera de mí y por supuesto había allí algunas señoras preguntándose qué me ocurrió en el agua.”

Esta costumbre masculina originó en la época varios reglamentos y normas destinadas a guardar el debido decoro y no escandalizar a las señoras (de lo que se quejaba Kilvert amargamente), y así, era fácil encontrar medidas como que entre las 8 de la mañana y las 9 de la noche, había que utilizar un traje de baño para hacer uso de las playas. En las competiciones públicas se introdujo la costumbre de utilizar los llamados caleçons, una especie de “calzones” masculinos para el baño. No fue hasta la desaparición de las “máquinas de baño” y después de permitirse las playas mixtas, cuando se empieza a utilizar el traje de baño decimonónico que nos es familiar, y que para los señores cubría hasta las rodillas.

A la izquierda, un nadador masculino con su “bañador” emergiendo del mar en una caricatura dibujada hacia 1900 por el ilustrador inglés Everard Hopkins (1860-1928). A la derecha, otro nadador masculino de Inglaterra, pero en una playa pública de Francia, en 1877, según dibujó George Du Maurier (1834-1896).

LAS MÁQUINAS DE BAÑOS

Máquinas de Baños en 1870. Caricatura satírica de George du Maurier sobre “un encuentro inesperado”. Observese que el señor utiliza calzones y no bañador completo.

Lo cierto es que bañarse tras las “máquinas de baños” impedía que desde la orilla alguien pudiera estar observando al bañista, ya fuesen señoras con ropajes imposibles para el baño, ya fuesen señores tal y como vinieron al mundo.

Esta especie de casetas-carro de cuatro ruedas, que estaban realizadas en madera y cubiertas con lonas, se desplazaban hasta el agua tiradas por caballos. En el extremo que entraba en el agua, tenían una especie de “parapeto” a ambos lados que impedía que un bañista viera a otro al descender del carro.

La “máquina” parece que fue inventada por un cuáquero, el Sr. Benjamín Beale, en 1750 en Kent (Inglaterra), para preservar la modestia de las mujeres en el baño, y no verse enfrentadas a la vergüenza de contemplar a los señores que disfrutaban desnudos del agua. Antes, hacia 1735 se conocen las “campanas de la modestia”, un artilugio un tanto envarado e insuficiente, que pretendía cumplir la misma misión.

Máquinas de Baño en Brighton, según una caricatura de William Heath de 1829.
Máquinas de Baño en Brighton en una fotografía de 1891. Los dos hombre en primer término llevan “calzones” de baño en lugar del bañador de una pieza que ya se acostumbra a utilizar en estos años.

Desde el siglo XVIII este tipo de artilugios se hicieron populares en muchas playas segregadas de Europa (sobre todo en Inglaterra, pero también en Francia o Alemania) y también fuera de ella (en EEUU y México), pero con el inicio del siglo XX, la utilización de bañadores de cuerpo entero (tanto para ellas como para ellos) y la popularización de las playas mixtas, acaban desapareciendo.

LA FOTOGRAFÍA 

La fotografía se dio a conocer en septiembre de 2011 cuando el Club Brighton montó una exposición de carteles, fotografías, películas, archivos y otros elementos de su historia, entre los que se encontraba esta imagen con 19 de sus miembros, aunque no han sido identificados. En un principio resultó algo intrigante porque todos estamos acostumbrados a la imagen de los típicos bañistas victorianos con un excesivamente largo “traje de baño”, normalmente a rayas horizontales. Pero lo cierto, como venía diciendo, es que hasta la segunda mitad del XIX era más corriente que se disfrutara desnudo de los baños de mar.

Los archivos del club indican que la fotografía fue tomada en el año 1863, durante la reunión de Comité del Club, celebrada el 2 de junio de ese año, cuando se admitió como miembro al fotógrafo Benjamín Botham, a quien se le conminó a tomar “un boceto fotográfico de los miembros del Club”, según consta en las actas de dicha reunión.

El fotógrafo Benjamin William Botham (1824-1877), que había sido pañero en Suffolk, llegó a Brighton alrededor de 1860. Tenía unos 35 años y se instaló en la ciudad con su esposa, Ellen Bedwell,  y sus cuatro hijos, ejerciendo de fotógrafo ambulante. Un par de años más tarde, ya tenía un estudio fijo en el 43 de Western Road, justo en la parte trasera de su domicilio en Brighton (el 33 de Clarence Square), donde trabajó como fotógrafo profesional hasta 1868, cuando vendió su estudio y se dedicó a algo totalmente diferente: fue el titular del The New Oxford Teatro de Variedades en New Road, Brighton, hasta su fallecimiento el 18 de diciembre de 1877.

Benjamin fotografió a los 19 miembros del Brighton Club en los alrededores de las instalaciones, cerca del agua, trasladando todo su equipo allí para la ocasión.

Es una fotografía del tipo impresión de albúmina en papel, un formula muy corriente en los años sesenta del siglo XIX y que consistía en cubrir el papel con clara de huevo, un excelente revestimiento, pero que tendía a amarillear con el tiempo (hacia la década de 1880 ya se utilizan otros sistemas para evitar este problema, como por ejemplo, la albúmina fermentada). El desenfoque de los bañistas de las filas traseras sugiere también que la cámara utilizada era de tipo “caja deslizante”, que requería un tiempo de exposición más largo, y revelada con el proceso de “placa húmeda” (y el uso de collodion wet plate”), lo que dificultaba mucho el revelado. Además, habría que añadir las dificultades de tomar una fotografía al aire libre y no en el estudio, donde tendría todos los elementos necesarios a mano. Bien pensado, fue todo un prodigio fotográfico.

Pero no fue la única fotografía de los primeros nadadores del Club, aunque sí la única de la que no se ha logrado identificar a ningún miembro. Norman & Co. hizo esta otra fotografía, que fue tomada a las 8:00 de la mañana de un día indeterminado de marzo de 1891, y es también muy interesante. Los seis hombres más mayores del centro fueron algunos de los primeros miembros del club.

De esos hombres, el segundo empezando por la izquierda (con abrigo claro, bigote y sombrero) es George Brown, uno de sus fundadores; el que está inmediatamente a su lado a la derecha parece ser Leonard Reuben Styer (1843-1932), un dentista que fue presidente del Brighton Club desde 1880 hasta 1931 y una de las personalidades más descollantes del mismo; y el que le sigue a la derecha es John Hawgood (1844-1896), un vendedor de muebles, nacido en Londres, que fue campeón de natación y Secretario Honorario del Club entre 1886 y 1888.

Al contrario que en nuestra fotografía protagonista, los nadadores de esta última ya utilizan traje de baño largo y posan con él. En dicha prenda ya aparece bordado el escudo del club, “dos delfines” que, a su vez, es un símbolo asociado tradicionalmente con la ciudad de Brighton. En la imagen de Botham llevaban los típico caleçons, introducidos desde Francia, que se veían obligados a utilizar cuando competían en público y no podían nadar desnudos, según normas establecidas en la década de los años sesenta, cuando se tomó la fotografía. Según una nota periodística aparecida en “The Spectator” el 6 de agosto de 1864, en la competición de los “Quintos Juegos Anuales de Natación del Club de Natación de Brighton”, se dictaron unas normas de “decoro” que incluían el uso de esta prenda y el uso de gorro de baño.

Los caleçons se sujetaban con una cuerda atada a la cintura que con los embates del mar tendía a desatarse y hacer que los calzones se movieran (de lo que también se quejaba Francis Kilvert ¿recuerdan?), por lo que unos años después, a finales de la década de los setenta, es cuando se empiezan a introducir los famosos bañadores de una pieza hasta la rodilla que nos son tan familiares. Estos evitaban “accidentes” y resultaban más cómodos y prácticos para el nadador.

Otro detalle curioso son los sombreros de copa que lucen los fotografiados de nuestra imagen . Ni es un atuendo necesario para el baño, ni una fotografía de esta guisa requiere tal cortesía en la indumentaria (ni tampoco anteojos, pipas…). Sin embargo también ofrecen alguna pista sobre la correcta datación de la fotografía, pues hay alguno, dos de la fila superior concretamente, que eran llamados en esos años (en la década de los cincuenta y principios de los sesenta) de “tubo de estufa”, por ser muy altos y echados hacia un lado. A mediados de los años sesenta ya se dejan de usar.

Pero nuestra fotografía amarillenta nos dice algo más. Es sabido que las fotografías de grupo, digamos mejor las fotografías “formales” de un grupo deportivo, no son habituales hasta más tarde (un buen ejemplo sería la fotografía anterior, de 1891) y son bastante infrecuentes en la década de los sesenta. Así que ¿qué sentido tenía esta fotografía, por otro lado “tan informal”? Es difícil saberlo, pero lo que sí es seguro es que esta imagen no fue tomada para ser exhibida en el club a la vista de todo el mundo, ni para pasar a la posteridad como una fotografía oficial de grupo del Club de Natación de Brighton.

La utilización de los minúsculos caleçons era algo demasiado privado como para aparecer en una imagen pública, y tanto las posturas de los fotografiados como los sombreros de copa sobre los cuerpos desnudos (incluso uno de los hombres hace un gesto como de sujetar sus dedos entre un imaginario chaleco), solo pueden apuntar a una broma particular entre los asistentes a la que se prestó el fotógrafo ambulante para poder entrar en el club, aun sabiendo que su obra no podría ser públicamente conocida sin despertar escándalo.

También se ha apuntado que la fotografía podría haber sido un guiño hacia uno de sus miembros más conocidos, John Henry Camp, el nadador de una sola pierna, por la postura de una de las figuras centrales de la fotografía, la del mencionado hombre que se lleva los pulgares al cuerpo como sujetando un imaginario chaleco, pero que se sostiene sobre una sola pierna ¿se trataba de una reunión de homenaje al capitán John Henry Camp, en esos momentos director del Brighton Club Natación? Tal vez nunca lo sepamos.

Prácticamente toda la información de este artículo se ha extraído de la magnífica web Photohistory-Sussex.

AlmaLeonor.

EL CAMALEÓN Y LA MOSCA

EL CAMALEÓN Y LA MOSCA

Leon Zernitsky

El camaleón y la mosca: “¿Han observado alguna vez a un camaleón atrapar una mosca? El camaleón se coloca detrás de la mosca y permanece inmóvil durante cierto tiempo, luego avanza muy lenta y pausadamente, avanzando primero una pata y luego la otra. Finalmente, cuando ya se encuentra dentro de su alcance, dispara su lengua y la mosca desaparece. Inglaterra es el camaleón y yo soy la mosca.”

Lobengula Khumalo (1845-1894)
segundo y último rey del pueblo matabele (ocupó parte de los actuales Zimbabwe y Rhodesia).