BATRACOMIOMAQUIA

BATRACOMIOMAQUIA

Theodor Severin Kittelsen (1857-1914)

“Al comenzar esta primera página, ruego al coro del Helicón que venga a mi alma para entonar el canto que recientemente consigné en las tablas, sobre mis rodillas —una lucha inmensa, obra marcial llena de bélico tumulto— deseando que llegue a oídos de todos los mortales cómo se distinguieron los ratones al atacar a las ranas, imitando las proezas de los gigantes, hijos de la tierra.”

La Batracomiomaquia o “Batalla de las Ranas y Ratones”, es una obra épica cómica, una parodia sobre la “Ilíada”, atribuida igualmente a Homero por algunos autores romanos, pero que según Plutarco podría ser de Pigres de Halicarnaso (hermano o hijo de Artemisia, la reina de Caria), y según otros, sería incluso de un autor más moderno, de la época helenística. Por extensión, se denomina Batracomiomaquia a toda disputa estúpida por naturaleza, algo así como cuando nosotros decimos “entre tirios y troyanos” (como una disputa entre dos cuestiones iguales), y me pregunto si se podría asimilar a la guerra descrita en los Viajes de Gulliver entre Liliput y Blefuscu sobre cómo cascar los huevos cocidos (y que satiriza los conflictos religiosos de la Europa de la época del autor, Jonathan Swift, entre Inglaterra y Francia respectivamente).

La historia griega dice más o menos esto:

Un ratón llamado Hurtamigas, que bebía agua de un lago se encontró con el Rey Rana, llamado Hinchacarrillos, quien lo invitó a su casa. Mientras el Rey Rana cruzaba nadando el lago, con el ratón sentado en su espalda, se enfrentaron a una espantosa serpiente acuática…

De súbito apareció una hidra, con el cuello erguido sobre el agua ¡Amargo espectáculo para entrambos! Al verla, sumergióse Hinchacarrillos, sin parar mientes en la calidad del compañero que, abandonado, iba a perecer. Fuese, pues, la rana a lo hondo del lago y así evitó la negra muerte. El ratón, al soltarlo la rana, cayó en seguida de espaldas sobre el agua; y apretaba las manos; y, en su agonía, daba agudos chillidos. Muchas veces se hundió en el agua, otras muchas se puso a flote coceando; pero no logró escapar a su destino. El pelo, mojado, aumentaba aún más su pesantez. Y pereciendo en el agua, pronunció estas palabras:

—No pasará inadvertido tu doloso proceder, oh Hinchacarrillos, que a este náufrago despeñaste de tu cuerpo como de una roca. En tierra, oh muy perverso, no me vencieras ni en el pancracio, ni en la lucha, ni en la carrera; pero te valiste del engaño para tirarme al agua. Tiene la divinidad un ojo vengador, y pagarás la pena al ejército de los ratones sin que consigas escaparte.

Otro ratón fue testigo de lo ocurrido desde una orilla del lago, y corrió a contar a todos lo que había visto. Los ratones se prepararon para la batalla como venganza por la traición del Rey Rana y enviaron un heraldo para proponer a los dioses que eligiesen bando, y específicamente a Atenea para que les ayudase…

Entonces Zeus llamó a las deidades al estrellado cielo y, mostrándoles toda la batalla y los fuertes combatientes, que eran muchos y grandes y manejaban luengas picas —como si se pusiera en marcha un ejército de centauros o de gigantes— preguntó sonriente “¿Cuáles dioses auxiliarán a las ranas y cuáles a los ratones?” Y dijo a Atenea:

—¡Hija! ¿Irás por ventura a dar auxilio a los ratones, puesto que todos saltan en tu templo, donde se deleitan con el vapor de la grasa quemada y con manjares de toda especie?

—¡Oh padre! Jamás iré a prestar mi auxilio a los afligidos ratones, porque me han causado multitud de males, estropeando las diademas y las lámparas para beberse el aceite. Y aun me atormenta más el ánimo otra de sus fechorías: me han roído y agujereado un peplo de sutil trama y fino estambre que tejí yo misma; y ahora el sastre me apremia por la usura —¡situación horrible para un inmortal!— pues tomé al fiado lo que necesitaba para tejer y ahora no sé como devolverlo. Mas ni aun así querré auxiliar a las ranas, que tampoco tienen ellas sano juicio: pues recientemente, al volver de un combate en que me cansé mucho, me hallaba falta de sueño y no me dejaron pegar los ojos con su alboroto; y estuve acostada, sin dormir y doliéndome la cabeza, hasta que cantó el gallo. Ea, pues, oh dioses, abstengámonos de darles nuestra ayuda: no fuese que alguno de vosotros resultase herido por el punzante dardo, pues combatirán cuerpo a cuerpo, aunque una deidad se les oponga; y gocémonos todos en contemplar desde el cielo la contienda.

Así dijo. Obedeciéronla los restantes dioses y todos juntos se encaminaron a cierto paraje. Entonces los cínifes preludiaron con grandes trompetas el fragor horroroso del combate; y Zeus Cronida tronó desde el cielo, dando la señal de la funesta lucha.

Se libró la batalla y los ratones fueron más fuertes. Zeus, entonces, invocó a un ejército de cangrejos para evitar la completa destrucción de las ranas…

De pronto se presentaron unos animales de espaldas como yunques, de garras corvas, de marcha oblicua, de pies torcidos, de bocas como tijeras, de piel crustácea, de consistencia ósea, de lomos anchos y relucientes, patizambos, de prolongados labios, que miraban por el pecho y tenían ocho pies y dos cabezas, indomables: eran cangrejos, los cuales se pusieron a cortar con sus bocas las colas, pies y manos de los ratones, cuyas lanzas se doblaban al acometer a los nuevos enemigos.

Temiéronles los tímidos ratones y, cesando en su resistencia, se dieron a la fuga.

Impotentes ante sus pinzas acorazadas, los ratones se retiraron, finalizando al ocaso la guerra de un solo día.

El poema se compone de aproximadamente 300 hexámetros. En el proemio (versos 1-8) se adivina ya el toque cómico al presentar una guerra (narrada con lenguaje épico) entre dos tipos de animales, digamos, insignificantes: ranas y ratones.  Los detalles de la batalla (versos 202-259) son presentados como la lucha entre dos héroes individuales, aunque la la descripción final de la lucha es confusa debido al cruce de muchos textos traducidos e insertados en las traducciones antiguas. Pero, pese a que los dioses habían declinado no intervenir, al final Zeus lo hace en favor de las ranas. Para los expertos, es un texto muy rico en lecturas, pero que rezuma, ante todo, un profundo antibelicismo: todas las guerras son tan absurdas como una lucha entre ratones y ranas.

Las ilustraciones de esta entrada son obra de Theodor Severin Kittelsen (1857-1914), un artista noruego muy conocido por sus ilustraciones y pinturas inspiradas en la naturaleza y en los cuentos de hadas y leyendas nórdicas, sobre todo las relacionadas con los Trolls.

Troll (1906)

Vivió durante dos años en un faro en las islas Lofoten, donde además de pintar, empezó a escribir relatos para acompañar sus dibujos. Sus mejores años artísticos los pasó en una finca llamada Lauvlia, en Sigdal, cerca de Oslo, (Noruega, hoy museo), donde residió los restantes años de su vida. En Lauvlia, Kittelsen vivió con la que fuera su esposa desde 1889, Inga Dahl, con quien llegó a ser padre de nueve hijos en sus veinte años de matrimonio.

Kittelsen realizó su obra “Krigen mellom froskene musene” basada en la Batracomiomaquia entre 1884 y 1885, plasmando en una serie de magníficos dibujos el espíritu épico del relato homérico, pero también la parodia que se trasluce de la desigual batalla. Sin embargo, no fue una de sus obras exitosas y no encontró editor para ella en forma de libro. Todas las ilustraciones fueron compradas por un coleccionista sueco, Pontus Fürstenberg, quien las legó a su muerte al museo de arte de Gotemburgo. Hoy, pueden encontrarse en una obra editada por la Revista Babar en en forma de ebook (descargable desde el enlace), desde una traducción contemporánea, publicada en 1887 por el erudito Jenaro Lenda Mira (1816-1893), bibliotecario jefe de la Biblioteca Nacional.

Merece la pena conocer este relato y recordar, hoy más que nunca, la absurda realidad de las guerras. Todos acabamos siendo ranas o ratones engullidos por feroces cangrejos por voluntad de los dioses. Ni los ganadores ni los perdedores de las guerras tienen en sus manos el poder de decidir. Toda guerra es una falacia absurda… una cruel falacia absurda.

Almaleonor

 

 

 

 

 

LA MENTIRA: LO QUE PARECE, NO ES

LA MENTIRA:
LO QUE PARECE, NO ES

Artículo de Alma Leonor López publicado el 2 de febrero de 2015 en Anatomía de la Historia, sección Siglos XIX y XX.

“La mentira es un gran problema que, con frecuencia, nos inquieta en nuestro quehacer cotidiano porque tal vez denunciemos, temerariamente, como mentira lo que no es mentira, o pensemos que, a veces, se puede mentir con una mentira honesta, oficiosa o misericordiosa.”

Agustín de Hipona, Sobre la mentira

En el año 2013 Anatomía de la Historia publicó mi artículo Corruptelas que hicieron Historia, donde se hablaba de algunos de los casos de corrupción más sonados de nuestro país a la luz de los que estaban siendo conocidos en aquellos momentos. Aún siguen presentes en la actualidad política, aunque ahora un poco más acompañados, si puede decirse así, ya que otros escándalos político-financieros, relacionados algunos con la ocultación de ingresos a través de las llamadas tarjetas black, están provocando un rosario de dimisiones políticas no solo por la corrupción manifiesta, sino además, por mentir.

Y de esto es de lo que trata este artículo, de mentiras, de cómo la mentira aparece en la historia unas veces con su acepción primera (“expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa”, según el DRAE), y otras en forma de alguno de sus sinónimos: farsa, invención, engaño, simulación, falacia, treta, argucia, fraude, subterfugio, enredo, artificio, disimulo, apariencia, bola, embuste, chisme, calumnia, difamación, exageración, burla… o, sugestivamente, cuento, fábula y novela, como puede encontrarse en algún listado de sinónimos, aunque en puridad, una ficción no sea una mentira, ya que ésta ha de resultar, necesariamente, una acción intencionada como explicó Agustín de Hipona: “El pecado del mentiroso está en su deseo intencionado de engañar… Las bromas no son mentiras” (Sobre la mentira).

Fue la radio la que resultó testigo de una de las mayores “bromas” de la historia, la retransmisión teatralizada de la novela La Guerra de los Mundos de H. G. Wells, que el 30 de octubre de 1938 realizara un joven Orson Welles (1915-1985) causando una alarma generalizada de pánico en todo Estados Unidos, pese a que se había anticipado un mensaje aclarando que se trataba de una invención (Welles tuvo que volver a explicarlo en el minuto 40:30 aproximadamente). Todo había sido una ficción, un “truco o trato” en la noche más “terrorífica” de Estados Unidos, la noche de Halloween.

Pero vamos a ver algunas mentiras más que se sucedieron a lo largo de la historia… solo algunas, porque todas es imposible contarlas.

PRENSA, PROPAGANDA Y MAINSTREAM

Se suele decir que desde el siglo XVIII la prensa ha jugado un importante papel como un “cuarto poder”, pero finalizando el siglo XIX fue una suerte de prensa sensacionalista la que originó, en la Guerra Hispano-estadounidense de 1898, el anticipo de un conflicto bélico y hasta una nueva forma de hacer periodismo, llamado con el tiempo amarillismo, que consiste en falsear o presentar exageradamente un acontecimiento como “subterfugio” para provocar una reacción, ya sea comercial, social, política o, como en este caso, militar: el 16 febrero de 1898, al día siguiente del suceso, The New York Journal, el diario del gran magnate William Randolph Hearst, publicaba en titulares la noticia del estallido del barco estadounidense USS Maine en el puerto cubano de La Habana, culpabilizando a España de haber emprendido una acción de guerra: “El Maine, partido en dos por una máquina infernal del enemigo”. Sin embargo, la nota de su enviado a Cuba, Silvester Scovel, solo informaba de la explosión, sin más datos. Nacía así el periodismo al servicio de los intereses políticos o la prensa llamada hoy mainstream, creadora propia de opinión pública.

Uno de los mayores embustes conocidos a través de una publicación en prensa fue la sonada orquestación político-novelesca de los llamados Protocolos de los Sabios de Sión, muy difundidos a principios del siglo XX en Rusia (y en toda Europa, solo en la Biblioteca del Museo Británico se conservan 43 ediciones, la primera de 1905), con la pretensión de desacreditar a los judíos y, en cierto modo, justificar los pogromos rusos.

“La política no tiene nada que ver con la moral. Un jefe de Estado que pretenda gobernar con arreglo a leyes morales, no es hábil y, por tal, no está bien afianzado en su asiento. Todo el que quiera gobernar debe recurrir al engaño y a la hipocresía.” (Protocolo I)

Los Protocolos explicaban una elaboradísima trama conspiratoria sionista para hacerse con el control político mundial (empezando por la masonería y el comunismo y después manipulando la economía, controlando los medios de comunicación y fomentando los conflictos religiosos), una idea que ha continuado circulando durante mucho tiempo y que incluso a día de hoy puede rastrearse por Internet. En el año 2010 Umberto Eco reescribió la historia de los Protocolos, y de paso buena parte de la historia europea de la segunda mitad del siglo XIX, en su novela El Cementerio de Praga, donde el protagonista, el capitán Simonini (acuciado por una doble personalidad) se confiesa espía y autor de los documentos.

El texto de los Protocolos, del que no se conoce su origen exacto, aparece publicado por primera vez en 1903 en el diario ruso Znamya (‘bandera’), pero el que se difunde profusamente a partir de la Revolución Rusa de 1917 es el de la tercera edición de 1905, publicada en Rusia por Sergei Nilus (1862-1929), escritor, religioso, místico y, según él mismo, agente secreto de la Ojrana, la policía secreta rusa.

Poco después, en 1921, se publican en Nueva York una serie de artículos periodísticos sensacionalistas sobre los Protocolos cuya autora era la princesa Catherine Radziwiłł (1858-1941), la condesa polaca Ekaterina Adamovna Rzewuska, casada con el príncipe Wilhelm Radziwiłł a los 15 años, tenida por instigadora y chismosa en su tiempo y a la que se le conocen varios libros escritos con pseudónimo (el más conocido es el de Paul Vasili, nombre con el que escribió, por ejemplo, La Société de Madrid. 1886). Fue condenada y enviada a prisión en alguna ocasión por fraude y falsificación y el escritor francés André Maurois dijo de ella que era una “mitómana” y que toda su vida era un engaño y una mentira.

Pues bien, en esos artículos Radziwiłł describe cómo, entre los años 1904 y 1905, un agente de la Ojrana (según su versión era el periodista de Le Figaro Matvei Golovinski), le entrega en su apartamento de los Campos Elíseos de París unos documentos en francés, los Protocolos, siguiendo órdenes de Piotr Rachkovski, jefe del servicio secreto ruso, de la Ojrana. Pero toda la historia quedó desacreditada cuando se descubrió la mentira de Radziwiłł, ya que los documentos no eran originales, Rachkovski en esas fechas no estaba ya en París y, por supuesto, ella no poseía un apartamento en los Campos Elíseos.

Los Protocolos son una elaborada falsificación, una mentira antisionista con muchas ramificaciones, que según el Museo del Memorial del Holocausto ha sido varias veces condenada: en 1935 un tribunal suizo declaró que los Protocolos eran “difamatorios” y “falsificaciones obvias”; en 1964 el Senado de Estados Unidos emitió un informe en el que se dice de los Protocolos que estaban “fabricados” y eran un “galimatías”; en 1993 un tribunal ruso condenaba a los difusores de una nueva edición de los Protocolos por propagar el “antisemitismo”. Pues bien, aun así, es una de las publicaciones más difundidas en todo el mundo.

Para cuando los Protocolos llegan a Estados Unidos, hacia 1928, algunos magnates, como Henry Ford (1863-1947), los tomaron, si no como auténticos, sí como reflejo de una realidad posible.

Los Protocolos de los Sabios de Sión fueron también uno de los pasquines utilizados por la propaganda intencionadamente antisemita del nazismo alemán para justificar su ideología y amparar el Holocausto judío. A Joseph Goebbels se debe la famosa frase una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad, tantas veces parafraseada hoy en sentido contrario. La propaganda de los regímenes dictatoriales europeos del siglo XX, tanto de los fascismos como del régimen estalinista, puede encuadrarse también en una suerte de “exageración”, de política intencionadamente difamatoria, con el fin de subyugar a la opinión pública y promocionar la ideología dominante. Es doblemente dolosa si tenemos en cuenta que son campañas realizadas en tiempos en los que la censura y la represión impedían una contrastación efectiva de las mentiras.

Una forma de “engañar” y mentir a la opinión pública y, en cierto sentido, a la historia, también puede ser la falsificación de documentos gráficos como las fotografías. No es una exclusividad de nuestra era digital, sino que ha venido siendo una práctica habitual casi desde su mismo nacimiento. Como casos de semejantes montajes hay muchísimos, señalaremos solamente que no siempre se han manipulado para “eliminar” una presencia políticamente incómoda (como hizo Mussolini con el mozo que sujeta su caballo, para ofrecer una imagen más “marcial”; o Lenin con Trotsky de 1917 a 1926, o Stalin con este deportado y ajusticiado político), también se han utilizado para “retocar” carteles inapropiados (en la Rusia bolchevique “Abajo la Monarquía” decora una bandera anodina y un cartel que rezaba “Relojes. Oro. Plata”, se sustituye por un mensaje más adecuado: “en la lucha tendrás tu derecho”), o para “añadir” ausencias significativas, como la del general Francis Preston Blair Jr. en una fotografía junto al General William Tecumseh Sherman y su Estado Mayor de la Unión, tomada entre 1862 y 1865 por el equipo del famoso documentalista de la Guerra Civil estadounidense Mathew B. Brady (1822-1896).

O para cubrir las ausencias de parte de la familia real española en una felicitación navideña. Porque la política reciente también ha hecho uso de este “montaje” de forma más que habitual. Por ejemplo en el año 2004, en Estados Unidos, al entonces candidato demócrata a la presidencia y actual secretario de Estado, John Kerry, le “fabricaron” un pasado de lucha apasionada por los derechos civiles trucando una fotografía en la que aparecía junto a una activista Jane Fonda. Y en 2011, durante la operación secreta de las fuerzas especiales norteamericanas que acabó con la captura y muerte del terrorista Osama bin Laden, el presidente Barack Obama y sus colaboradores más inmediatos siguieron todos los acontecimientos desde una sala de la Casa Blanca, escena que todos los periódicos del mundo pudieron contemplar al día siguiente. Todos menos uno. Hubo un diario ortodoxo judío que borró digitalmente de la escena a las mujeres presentes en la reunión: Hillary Clinton y Audrey Tomason.

El caso es que muchas veces una imagen sí que necesita de mil palabras para no mentir.

MENTIRA VERSUS POLÍTICA

Ya desde la Antigüedad clásica, la política y el poder, encontraron en la mentira una “herramienta necesaria y justificable” −decía Hannah Arendt (Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política, 1954)− para encumbrarse, mantenerse y perpetuarse en los puestos dirigentes de la nación. La mentira, amparada en ocasiones en la maquiavélica “razón de Estado” como fin que justifica los medios, hace que la autora alemana se cuestione hasta dónde esta utilización del “falso testimonio”, puede llegar a resultar dañina no solo para la credibilidad del político, sino también para “la naturaleza y dignidad del campo político, de la verdad y la veracidad”. En definitiva, el peligro de que la banalidad de la mentira acabe por hacerla tan habitual que resulte aceptable. En su estudio Eichmann en Jerusalén, Arendt busca la evidencia de un falso testimonio, un delito de perjurio más allá del eficaz comportamiento del burócrata que cumple órdenes superiores.

Pero cuando quien falta a la verdad es el primer mandatario de un país, esta justificación no sirve. Políticos que fueron manifiestamente “cazados” en una mentira pueden ser muchos, pero nos centraremos en dos buenos ejemplos de presidentes estadounidenses: Richard Nixon, el único presidente en la historia de Estados Unidos que se vio obligado a dimitir de su cargo, el día 9 de agosto de 1974, tras la investigación de dos periodistas que sacaron a la luz toda una trama de obstrucción a la justicia y escuchas fraudulentas, bautizada como caso Wartergate; y el presidente Bill Clinton, por cuyo affaire sentimental con una becaria de la Casa Blanca de nombre Monica Lewinsky en enero de 1998 (asunto que saltó a la opinión pública desde la red de Internet), fue acusado por el fiscal Kenneth Starr de perjurio, además de otros cargos −hasta once−, entre los que se encontraba el de coacción de testigos por haber obligado a mentir a aquélla en otra causa. Aunque no llegó a dimitir por el escándalo y nunca admitió que cometiese perjurio, sí que tuvo que reconocer que había mantenido algún tipo de relación sexual con la becaria. Un año más tarde salió absuelto de todos los cargos.

Y aún está por determinar por la comunidad internacional, pero podríamos mencionar hasta a un tercer presidente estadounidense, George W. Bush, quien hizo creer a todo el mundo que, el otrora aliado norteamericano, el presidente iraquí Saddam Hussein, ocultaba armas de destrucción masiva en su país (violando la Resolución 687 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de 1991) capaces de provocar una masacre terrorista internacional. Con este, digamos, bullshitting (una aseveración sin saber a ciencia cierta su veracidad y sin que le importe al interlocutor que lo sea, según el filósofo Harry Frankfurt), el “Trío de las Azores” (Bush y los jefes de Gobierno europeos, José María Aznar y Tony Blair) emprendió la que quizá fue la más estrepitosa y mediática de las guerras modernas, la Guerra de Irak (2003-2011).

También en España, y en cierto sentido a consecuencia de este asunto, conocimos un sangrante caso de bullshitting cuando el Gobierno Aznar, con su ministro del Interior, Ángel Acebes a la cabeza, afirmó por todos los medios a su alcance la autoría etarra de los atentados que la organización terrorista Al-Qaeda perpetró en Madrid el 11 de marzo de 2004 en la Estación de Atocha.

ESPIANDO, QUE ES GERUNDIO

Pero a veces “no decir la verdad” no tiene por qué ser una mentira. Otra herramienta política, el espionaje, se basa en mantener la ilusión de un artificio, un doble juego, la falsedad de una lealtad hacia un bando que en realidad está sirviendo al contrario. Ejemplos de espías en la Historia hay muchos, y es uno de los más famosos, quizás, el del francés Alfred Dreyfus (1859-1935), un posible caso de espionaje, antisemitismo y mentiras a partes iguales.

Muchas mujeres participaron en contiendas y guerras utilizando el “ardid” de un fingido cambio de sexo para poder luchar como hombres. Fue el caso, por ejemplo, de Catalina de Erauso y Pérez Galarraga (1585?-1650), la “monja alférez” española, pero la lista podría ser enorme. Muchas fueron también las mujeres que mantuvieron una ficción actuando de espías, como la famosa holandesa Mata-Hari (1876-1917), o las mujeres españolas que, durante la Guerra de la Independencia, espiaron al francés con una fingida relación amorosa.

En una ocasión, en 1812, en la población vallisoletana de Tordesillas, una mujer, de nombre Ángela Villagarcía, realiza un servicio de espionaje, pero con una “artimaña” con la que “supo servir a un tiempo a su sangre y a su patria”, pues con ella, además del servicio a la independencia, pudo liberar a un hermano suyo, de nombre Antonio, presbítero de Torrecilla de la Abadesa, preso y condenado a muerte por el ejército francés. Ángela se dirigió al mariscal Auguste Marmont, que estaba en esos momentos atrincherado en la línea derecha del Duero (en el vado de Pollos), ofreciéndose llegar hasta las líneas inglesas (en la orilla opuesta), averiguar su composición y volver con la información, a cambio de la libertad de su hermano. Pero en lugar de eso, le reveló a Arthur Wellesley, capitán del ejército anglo-español (), todo lo hablado con el francés y, de paso, la posición de sus tropas. Poniéndose de acuerdo con el futuro primer duque de Wellintong, Ángela “regresa a Tordesillas, presenta el fruto de su espionaje, y obtiene la libertad de su hermano” (Eleuterio Fernández TorresHistoria de Tordesillas, 1905).

ATRÁPAME SI PUEDES

Alguien que procura engañar” o gentes “trapaceras”, son algunas de las acepciones que pueden encontrarse en el DRAE respecto a los gitanos, pero para hablar de auténticos trapaceros y mentirosos, vamos a recurrir, de nuevo, a Agustín de Hipona:

Miente el que tiene una cosa en la mente y expresa otra distinta con palabras u otros signos” (Sobre la mentira, Cap. II). De estos personajes la historia nos proporciona muchos nombres, tanto de hombres como de mujeres, que quisieron hacer de la mentira virtud, fortuna y fama… y terminaron por salir “escaldados”.

Desde Richard Adams Locke, quien, intentando hacer una fallida crítica social, publica como real la historia de unos habitantes alados-humanoides de la luna en el periódico The Sun en 1844… a Victor Lustig, que debe su fama a que, en 1925 y hasta en dos ocasiones, consiguió vender la Torre Eiffel… pasando por Konrad Kujau, quien en 1983 consiguió “colar” al periódico alemán Stern una serie de falsificaciones haciéndolas pasar por “los diarios secretos de Hitler” y por las que obtuvo una bonita suma de millones, además de una condena de 42 de meses de prisión.

También hay mentirosos, estafadores y desfalcadores profesionales, cuyas vidas fueron incluso recreadas en filmes. El más conocido es, seguramente, Frank Abagnale Jr., famoso gracias a la película de Steven Spielberg, Atrápame si puedes (2002) protagonizada por Leonardo DiCaprio y Tom Hanks. Pero también tienen películas sobre su vida, Ferdinand Waldo Demara (1921-1982), uno de los mayores embaucadores de estados Unidos; Nick Leeson (nacido en 1967), quien provocó la quiebra de la inglesa Banca Barinas (donde hasta la reina de Inglaterra tenía cuenta); o Frédéric Bourdin (nacido en 1974), habitual estafador y suplantador de identidades de jóvenes desaparecidos en los años 90 y que cuenta con un polémico documental británico sobre su vida titulado The Impostor (2012, Bart Layton).

Todos ellos acabaron por descubrir que al final, tanto en el cine como en la realidad, y si no que se lo pregunten a Jenaro García, el flamante fundador de Let’s Gowex (la Compañía española de Internet y comunicaciones, acusada de falsedad documental y contable), los mentirosos y falsificadores sí que pueden ser atrapados.

¿NUNCA ES LÍCITO NI PROVECHOSO MENTIR?

Lejos de escarmentar, la mentira, el fraude, el engaño y la suplantación han campado por nuestra historia sin que ningún pinocho de Collodi nos haya avisado nunca de su falta hasta que no ha sido ya demasiado tarde. Eso debieron pensar los troyanos de La Ilíada cuando vieron salir del famoso Caballo de Troya a los enfurecidos griegos y campar a sus anchas por la inexpugnable ciudad gracias a la “treta” de Odiseo.

E igualmente engañado se debió sentir el gobernador de Cuba Diego Velázquez, cuando Hernán Cortés (que además era su “concuñado”), merced a una hábil estratagema político-administrativa, funda en julio de 1519 la ciudad de la Villa Rica de la Vera Cruz, con la que compuso un Cabildo adicto que lo proclamó gobernador y capitán general de las tierras descubiertas, y con esa acreditación y “artimaña” se le adelantó en la campaña de conquista de la ciudad azteca de Tenochtitlán. Pues si hay que mentir, mejor que la recompensa resulte tan provechosa como a Enrique IV de Francia: “París bien vale una misa”.

Desde la exégesis religiosa, se ha intentado verificar si una mentira puede o no ser provechosa en según qué ocasiones. Para empezar, ni el Corán(“Luego roguemos seriamente que la maldición de Allah caiga sobre los mentirosos”, Corán 3:61), ni la Biblia (“No dirás contra tu prójimo falso testimonio”,  Éxodo 20:1-7 y Deuteronomio 5:6-21) consideran aceptable la mentira. Pero en la Sunna se aceptan excepciones (“primero para conciliar entre la gente; segundo, en la guerra; tercero, entre los esposos”, en este último caso no se refiere al adulterio, sino a elogios falsos o exagerados) y en la Biblia se anuncia su presencia habitualmente (por ejemplo en Mateo 24:11, “Muchos falsos profetas se levantarán y engañarán a muchos”, pero hay más) constatando que la mentira coexiste con la verdad divina y que también imperan “escalas”.

San Agustín estableció hasta ocho tipos de mentiras, algunas de ellas excusables, y Santo Tomás de Aquino, tres: la útil, la humorística y la maliciosa, donde todas son pecado, y el peor de todos es la calumnia.

El relato bíblico de la Pasión refiere el “engaño” y traición de Judas, así como la triple negación de Pedro incurriendo en falsedad de testimonio; y San Agustín, que nos recuerda episodios bíblicos como la mentira de Jacob al decir que era su hermano Esaú, afirma que “se debería confesar que, en ocasiones, la mentira no solo no es digna de reprensión, sino que incluso podría ser digna de alabanza” (Sobre la mentira).

Con esta ideología cristiana no es extraño que durante siglos la Curia Vaticana pudiera mantener como verdad incuestionable el documento apócrifo conocido como Donatio Constantini, el documento según el cual el emperador Constantino I donó al papa Silvestre I la ciudad de Roma, las provincias de Italia, y de paso todo el Imperio romano de Occidente, es decir, que todo el mundo conocido pasaba a ser “patrimonio de San Pedro” y, por lo tanto, el Papa se otorgaba para sí la jefatura universal del orbe cristiano. Es más, la Donatio le vino muy bien al Vaticano como acreditado argumento político en las disputas territoriales con el Sacro Imperio Romano Germánico acerca de los llamados Estados Pontificios. Esta falsa atribución no fue desvelada hasta que en 1440 el humanista Lorenzo Valla, aplicando un método lingüístico de estudio, descubre la utilización de términos medievales y, en consecuencia, la falsedad de un documento atribuido al siglo IV. El Vaticano nunca ha reconocido un fraude documental.

Sin embargo, la Iglesia católica se especializó en la averiguación de la verdad entre los conversos para luchar contra la herejía (considerada una “falacia” contra la doctrina católica “verdadera” y el mayor de los pecados del cristianismo) estableciendo Pruebas de Verdad (ad eruendam veritatem) desde un organismo creado ad hoc, la Santa Inquisición, que podía incluso utilizar el tormento como medio de prueba.

Llegar a establecer quien dice la verdad o quién miente o actúa “pensando” en mentir o no, es una tarea ardua que ha preocupado a todos las culturas desde la Antigüedad. Ya lo decía Heródoto: “me veo en el deber de referir lo que se me cuenta, pero no a creérmelo todo a rajatabla” (Historias, VII, 151, 3).

Pablo de Tarso (San Pablo) encontró en Epiménides (poeta y filósofo del siglo VI a. C.) una “paradójica” explicación sobre la proliferación de mentirosos entre los no cristianos cuando escribió su Carta a Tito, que se encontraba en Creta: “todos los cretenses son mentirosos” (Tito, 1:12). Lo paradójico es que Epiménides era cretense, con lo que tal explicación se complica, y necesitamos otra solución.

El rey Salomón patentó una forma poco convencional de desenmascarar a la mujer mentirosa que reclamaba el hijo que no era suyo (Libro I de los Reyes 3:16-18). Pero ni siquiera este juicio salomónico nos serviría hoy para dirimir, por ejemplo, si un anciano preferentista fue engañado por un banco usurero, o si por el contrario miente el cliente al afirmar que no conocía el alto riesgo de tal producto financiero. Y en esas estamos.

AlmaLeonor.

HOWARD HUGHES Y LOS IMPUESTOS

HOWARD HUGHES Y LOS IMPUESTOS

Uno de los personajes más pintorescos, maniáticos e inteligentes que pueden encontrarse en la industria cinematográfica es Howard Hughes (1905-1976), el más genuino multimillonario de la historia, el hombre más adinerado del mundo, a decir de la prensa de su época, y el primero en llegar a ser considerado billonario, pues se calculó que su fortuna rondaba los 2500 millones de dólares cuando, tras años de disputas legales posteriores a su muerte, todo su patrimonio se dividió entre sus 22 primos, sus únicos herederos.

Howard Robard Hughes, Jr., nació en Texas en una fecha indeterminada. Algunos dicen que fue un 25 de septiembre y otros un 24 de diciembre. Curiosamente tampoco está claro el momento de su fallecimiento. Sucedió el 5 de abril de 1976, pero no se sabe bien en qué momento. Hughes se encontraba enfermo y se autorrecluyó en un hotel de Acapulco, rodeado de los médicos que siempre le acompañaban (y por los criados mormones de los que se rodeó en los últimos veinte años de su vida), pero a los que no solía hacer mucho caso. Su estado era tan grave (se encontraba descuidado, greñudo y con las uñas larguísimas y sin cortar) que se decide trasladarle en avión hasta el Hospital Metodista de Houston. Allí solo pudieron certificar su muerte, pero nunca se aclaró si sucedió en el mismo hospital, durante el vuelo, o si ya había fallecido antes de salir de Acapulco. A su entierro en el cementerio Glenwood de Houston, solo asisten seis personas.

Si su nacimiento y muerte están rodeados de misterio, no es el caso de su vida, muy conocida en la época, y posteriormente, tanto por la intensa vida social que llevaba como por las películas que llegó a filmar o por los negocios que emprendió a lo largo de su vida, sobre todo con la aviación. Fue el creador de la compañía TWA, competidora de la todopoderosa PamAm y diseñó aviones para el ejército norteamericano.

La aviación le jugó algunas malas pasadas económicas (se vio obligado a pleitear para no tener que vender la TWA por determinación legal, pero al final tuvo que hacerlo y se embolsó una gran cantidad de dinero por ello) y algunos fracasos técnicos (el Hughes H-4 Hércules, el enorme hidroavión que diseñó para el ejército norteamericano que debía utilizarse en la IIGM, no llegó a ser construido), pero también le ocasionó el mayor daño a su salud. Fue en 1946, concretamente un 7 de julio, cuando el avión XF-11 que probaba para el ejército norteamericano, se estrelló en Los Ángeles. El avión se incendió y Hughes sufrió importantes lesiones internas, múltiples fracturas en clavícula y costillas (todas rotas) y quemaduras de tercer grado por todo el cuerpo (el característico bigote de sus últimos años ocultaba una de esas quemaduras). Estando convaleciente, pidió a sus ingenieros que acudieran para diseñar una camilla más adecuada a sus necesidades, con un sistema hidráulico compuesto de 30 motores que funcionaban al pulsar una serie de botones. Había inventado la moderna cama de hospital.

Pero sobre todo Hughes era multimillonario y ejerció de ello a menudo durante toda su vida (incluso en 1972, residiendo en Managua, intentó hacer negocios con el dictador Anastasio Somoza, pero tuvo que marcharse al ser sorprendido por el gran terremoto del 23 de diciembre de ese año). Se dice que amaba el dinero no por sí mismo, sino porque lo veía como el medio con el que podía obtener aquellas cosas a las que no alcanzaba a obtener por sus propias manos. Parece ser que fue el autor de aquella frase que declaraba que “todo el mundo tiene un precio”.

Hughes nació en el seno de una millonaria familia texana enriquecida con el petróleo. Heredó la fortuna de sus padres con 17 años, así que la acumulación de dinero nunca le fue algo extraño. Quería ser el hombre más rico de la tierra, y es posible que lo consiguiera. Sin embargo, su tesón, inteligencia, amor al riesgo y a las inversiones económicas, así como su apego por el trabajo compulsivo, no fueron los únicos elementos en hacer crecer su fortuna. También fue uno de los más grandes defraudadores de la hacienda norteamericana sin ningún escrúpulo. Mejor dicho… utilizó todos los resquicios legales a su alcance para escamotear el pago de altos impuestos.

Hughes fundó en 1932, en California, una compañía de aviación (antes de la TWA), llamada Hughes Aircraft, que quiso trasladar, sin éxito, a Nevada donde se pagaban muchos menos impuestos. Esto, que le salió mal, no fue óbice para que intentara toda su vida pagar menos al fisco. Al final, en 1953, encontró el modo: donó todos sus activos al Instituto Médico Howard Hughes, que él mismo había fundado, y que era una entidad exenta del pago de impuestos.

Vivió muchos años en California, donde tenía su casa, además de su negocio de aviación, pero pronto dejó la casa para vivir en hoteles (de lujo, por supuesto), porque así no tenía que declarar impuestos por su residencia habitual. Cuando unos años más tarde la ley se modifica de modo que quien viviera al menos 180 días al año en un hotel en un estado concreto, debería pagar igualmente por residencia, Hughes se fue cambiando de hotel, y de estado, antes de cumplir ese plazo. A consecuencia de esta “estratagema”, los estados de California y Texas no pudieron cobrar los impuestos relativos a su herencia porque ninguno de ellos pudo probar que era el Estado de residencia legal de Hughes. Un triunfo frente a la hacienda pública incluso tras su muerte.

Hughes siempre se rodeó de gentes de valía, hombres a los que se jactaba de “comprar” por un alto precio a cambio de su absoluta fidelidad a su causa y a sus empresas. Pero eso también le obligaba a pagar altos impuestos. Entonces Hughes ideó una forma de pagarles bien sin tener que declararlo al fisco. Mientras trabajasen para él les pagaba un sueldo casi miserable (que era por el que cotizaba), y cuando terminaban su trabajo en la empresa, Hughes les criticaba mordazmente, incluso con injurias ofensivas y de forma pública. Entonces sus empleados le “demandaban” judicialmente por difamación y, como era seguro que perdería el juicio, Hughes les pagaba una bonita y enorme cantidad de dinero… casi libre de impuestos para él. Una de las mayores indemnizaciones que pagó por este método fueron los 2.2 millones de dólares que se embolsó su socio durante un tiempo Robert Maheu.

Parece una forma diferente de finiquito en diferido, ¿verdad? Pero Hughes marcó una gran diferencia con respecto a todos los defraudadores a la Hacienda pública patrios… Todas las tretas que utilizó a lo largo de su vida para evadir impuestos, eran absolutamente legales. Nunca realizó un fraude fiscal, ni dejó de pagar los impuestos que le correspondían, pero intentó por todos los medios que esos fuesen los mínimos posibles. Cosas de milmillonarios.

Por cierto… ayer se cumplió el plazo para realizar la Declaración de la Renta en España. ¿Encontraron alguna fórmula para desgravar y no cotizar tantos impuestos? ¿No? Tal vez deberían haber leído algo sobre la vida de Howard Hughes… o haber preguntado a Marta Ferrusola, a quien le sale a devolver…

AlmaLeonor

 

DE MUTILADOS Y DISCAPACIDADES HISTÓRICAS (II)

DE MUTILADOS Y DISCAPACIDADES HISTÓRICAS (II):

De los Austrias a la actualidad

Artículo de Alma Leonor López publicado el 1 de abril de 2013 en la Revista Digital Anatomía de la Historia, sección Discusión Histórica.

Francisco Lezcano, el Nino de Vallecas, de Diego Velazquez.  

LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS Y LOS BORBONES

En Lepanto, en 1571, el mayor escritor de lengua española, Miguel de Cervantes, ‘el Manco de Lepanto’, perdía su mano izquierda, anquilosada por una herida de plomo. Pero la Corte española de los Habsburgo que terminó con el hijo de un “Rey Pasmado” –Carlos II, quien podría haber padecido el síndrome de Klinefelter, una enfermedad genética, además de raquitismo, prognatismo, epilepsia y diversas enfermedades más– fue prolífica en enanos cortesanos (al igual que en las cortes inglesa y francesa por otro lado), aquejados de diversas patologías, e inmortalizados por Velázquez.

Así aparecen, por ejemplo, Nicolasito de Pertusano y Mari Barbola (bufones de la infanta Margarita, a quien acompañan en Las Meninas), el primero con una deficiencia de la hormona del crecimiento y la segunda probablemente aquejada de acondroplasia.

De esta misma enfermedad también sufría Sebastián de Morra, bufón de la Corte al servició de Felipe IV y antes del príncipe Baltasar Carlos, de quien también fue bufón ‘El niño de Vallecas’, Francisco Lezcano, quien pudo padecer un hipotiroidismo congénito de tipo mixedematoso ―a decir del doctor Juan Falen Boggio―, que le llevó finalmente a la muerte a temprana edad.

O Diego de Acedo ‘el Primo’ (que no engañe el apodo, pues era muy inteligente y actuaba de secretario encargado de la estampilla de la firma real, más que de bufón), posiblemente también aquejado de una deficiencia en la hormona del crecimiento.

Y Juan de Calabazas, ‘Calabacillas’, bufón del Cardenal Infante Fernando de Austria y de Felipe IV, que podría padecer una forma de hipotiroidismo infantil

Por cierto que, en el nacimiento del rey Carlos II, la Gazeta de Madrid del siglo XVII se parecía bastante a muchos canales televisivos tan ideologizados y tan escasos  en el “rigor” y en la “veracidad” de sus informaciones. Dio la noticia del nacimiento del príncipe heredero, el domingo 6 de noviembre de 1661, de esta forma: “un robusto varón, de hermosísimas facciones, cabeza proporcionada, pelo negro y algo abultado de carnes”. Pero según el embajador de Francia, “el Príncipe parece bastante débil; muestra signos de degeneración; tiene flemones en las mejillas, la cabeza llena de costras y el cuello le supura (…) asusta de feo”.

El rey Carlos II

El hispanista John Lynch lo sentencia: “Carlos II fue la última, la más degenerada, y la más patética víctima de la endogamia de los Austrias”.

No nos hemos olvidado de las mutilaciones. Éstas siguieron presentes durante la Edad Moderna e, incluso, una de ellas llegó a ser la causa de una guerra entre España e Inglaterra en 1739.

La Oreja de Jenkins

Robert Jenkins fue un marino inglés (corsario, contrabandista, pirata…) que, en virtud del acuerdo llegado entre ambos países, mercadeaba con su bergantín “Rebecca” por el mar Caribe, con licencia de “navío de permiso”.

Esta práctica estaba sujeta a estrictas normas en cuanto a los puertos, mercancías y cantidades que se podían comerciar, y la flota española vigilaba contumazmente que se cumpliese la ley. Jenkins se la saltó, y aunque no era el único en aquellos tiempos, topó con un guardacostas español al mando del capitán Juan León Fandiño, quien le abordó (amparándose en el “derecho de visita”), le confiscó la carga y, como si de una actualísima “riña de políticos” se tratase (“-¡contrabandista!”, “-¡Y tu más!”), acabó cortándole una oreja como castigo ejemplar.

Era abril de 1731. “Ve y dile a tu Rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”, dicen que dijo. Y el inglés lo hizo. Así, el episodio fútil, convenientemente planteado en el Parlamento y agitado entre la opinión pública inglesa, obligó al primer ministro Robert Walpole, a declarar la guerra a España el 23 de octubre de 1739.

En esta Guerra del Asiento, más conocida como Guerra de la Oreja de Jenkins, se desarrolló una de las batallas más importantes de todas las acaecidas en aquel siglo XVIII, la batalla o sitio de Cartagena de Indias, plaza que había sitiado el almirante inglés Edward Vernon, y que estaba defendida desde 1737 por el comandante general de Cartagena, el teniente general de la Armada española Blas de Lezo, apodado por sus hombres “Mediohombre”, pues con sólo 25 años ya era cojo (desde 1704), ciego de un ojo (en 1706) y manco (en 1713).

El almirante Blas de Lezo, “mediohombre”

En 1739 Vernon había destruido el puerto de Portobelo en Panamá, obligando al rey español a reorganizar completamente el comercio con América y la Flota de Indias. Esta victoria animó al inglés a emprender el asalto definitivo a Cartagena de Indias y del 13 de marzo al 20 de mayo de 1741, tuvo lugar el sitio.

La flota inglesa compuso la mayor agrupación de buques de guerra de la historia (solo superada por el desembarco de Normandía), con 195 barcos que contenían 3.000 cañones y cerca de 25.000 combatientes (incluidos esclavos macheteros jamaicanos y reclutas de Virginia comandados por Lawrence Washington, medio hermano del que sería el primer presidente estadounidense, George Washington), que superaba en más de 60 buques a la Armada Invencible de Felipe II.

Pero también fue vencida. Y esta vez por un valiente ’Mediohombre’ con unas fuerzas que “no pasaban de 3.000 hombres, 600 indios flecheros, más la marinería y tropa de infantería de marina de los seis navíos de guerra que disponía la ciudad”, tal y como afirma Jesús María Ruíz Vidondo. El rey Jorge II prohibió que se hablase siquiera de la derrota, y se ocultaron una serie de medallas conmemorativas de la “victoria” que nunca se produjo. En ellas se veía a un “Don Blass” arrodillado (lo que le era imposible) y con los dos brazos completos, entregando su espada al inglés, con las leyendas: “Auténtico héroe británico, tomó Cartagena en abril de 1741” y “El orgullo de España humillado por el almirante Vernon”.

Algo más de cincuenta años después, en 1797, otro inglés, el almirante Horatio Nelson, perdía un brazo al tratar de tomar Santa Cruz de Tenerife. También había perdido un ojo en una batalla anterior (en 1794).

LA GUERRA Y LA ACTUALIDAD

George Grosz,. Mutilado de guerra sobreviviendo tras el conflicto.

Las guerras siempre han ocasionado mutilados y heridos a perpetuidad, cuyas terribles secuelas les castigan de por vida y ocasionan a la sociedad en la que se insertan un esfuerzo doble para mitigar su dura reinserción (al tiempo que un gasto económico considerable). Por eso mutilar al enemigo siempre ha sido una estrategia de combate. Pese a ello, hubo algunos personajes en la historia reciente que serán recordados, además de por sus acciones militares, por la discapacidad que éstas les produjeron.

El conde Claus von Stauffenberg, coronel del Estado Mayor de la Wehrmacht y jefe del Ejército de Reserva de Berlín durante el Tercer Reich, era un alto y apuesto noble y militar alemán que gozaba de gran carisma entre sus compañeros de armas y entre la élite alemana de la época, como Albert Speer (arquitecto y ministro alemán). Stauffenberg perdió el ojo izquierdo, la mano derecha y los dedos meñique y anular de la mano izquierda en 1943, en el transcurso de una incursión durante una batalla al sur de Mezzouna (Túnez). Sin embargo, no fue este revés el que le llevó a planificar el conocido como “complot del 20 de julio”, el más importante intento de acabar con la vida de Hitler en 1944. Sus convicciones eran anteriores a su mutilación de guerra.

También fueron anteriores a sus heridas de guerra, las convicciones políticas del fundador de la Legión extranjera española, José Millán-Astray y Terreros. En la Guerra de Marruecos, entre 1921 y 1926, sufrió varias heridas a consecuencia de las cuales cojeaba de una pierna y se le amputó el brazo izquierdo. Además, un disparo en el rostro le causó la pérdida de un ojo, desgarros en el maxilar, y una profunda herida en la mejilla izquierda.

El muy condecorado Millán-Astray, un “notable erudito” y “conferenciante”, según el polémico Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia recibió el siguiente discurso por parte de Miguel de Unamuno en Salamanca: “El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra… Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor”.

Restos hallados de Ricardo III

Finalmente, las discapacidades y mutilaciones también han ayudado a la investigación histórica. Muy recientemente, la Universidad de Leicester, en el Reino Unido, ha podido confirmar, tras cuatro meses de pruebas y análisis, que los restos encontrados en una excavación pertenecen al rey Ricardo III, gracias, entre otros indicios, a la acusada escoliosis que padecía. William Shakespeare le describió como “un jorobado vil, ambicioso y corrupto”. No dijo nada de que fuese discapacitado.

AlmaLeonor

 

Viene de De mutilados y discapacidades históricas (I)

Y en HELICON… aquí.

DE MUTILADOS Y DISCAPACIDADES HISTÓRICAS (I)

DE MUTILADOS Y DISCAPACIDADES HISTÓRICAS (I):

De la Prehistoria al fin de la Edad Media

Artículo de Alma Leonor López publicado el 1 de abril de 2013 en la Revista Digital Anatomía de la Historia, sección Discusión Histórica.

Viejo de la Chapelle-Aux-Saints

Actualmente, uno de los hombres más influyentes en la economía mundial es el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble; y uno de los “cerebros” más fascinantes en el presente panorama científico internacional es el del físico Stephen Hawking.

Ambos comparten una particularidad, y es que necesitan de una silla de ruedas para desplazarse. Schäuble desde 1990, cuando quedó parapléjico tras sufrir un atentado en Friburgo, nueve días después de la unificación Alemana. Y Hawking padece esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una enfermedad que le obligó a utilizar una silla adaptada a la que incluso ha tenido que incorporar un generador de voz ante el imparable avance de su mal. Ambos sufren una discapacidad física.

Ciertas personas acusan una deficiencia unas veces por una enfermedad o problema genético (como Hawking) y otras les vendrá impuesta por una causa externa (como Schäuble). Este artículo habla del protagonismo de algunas de ellas en la historia.

DESDE LA PREHISTORIA

De discapacidades nos habla hasta la Prehistoria. Erik Trinkaus, paleoantropólogo de la Universidad de Washington, y uno de los mayores expertos del mundo en neandertales, estudiando al Viejo de la Chapelle-aux-Saints, un espécimen de neandertal (se le estima una edad de 60.000 años) cuyos restos se hallaron en esa cueva en 1908, determinó que sufría de varios problemas y enfermedades importantes: artrosis grave en cervicales y hombro, osteoartritis, pérdida de molares y encías, sordera parcial, una rodilla deformada, un dedo del pie aplastado… Con toda seguridad, este “viejo” necesitó de la ayuda solidaria y altruista de sus congéneres para sobrevivir. Trinkaus ya había comprobado este comportamiento social con el espécimen de Shanidar 1 (en Irak, de hace unos 80.000 años), que presentaba lesiones por aplastamiento en la mitad del cuerpo (con hemiplejía en el lado derecho) y en el cráneo (con pérdida de visión en un ojo), así como múltiples fracturas (curadas) en el brazo derecho… y, pese a todo, sobrevivió gracias al grupo.

Shanidar 1

También en el yacimiento español de Atapuerca  se desenterró en 1994 un espécimen que se dio en llamar el Viejo de la Sima de los Huesos. En realidad eran solamente una pelvis y parte del tronco de un heidelbergensis de hace medio millón de años, pero permitieron averiguar muchas cosas. Primero, que era un individuo de edad avanzada (superaba los 45 años, muy mayor, equivale a unos 80 años actuales) y segundo, que sufría un “cierto grado de minusvalía locomotriz”: una cifosis lumbar degenerativa que le provocaría una curvatura pronunciada de la espalda, y una espondilolistesis moderada que haría que sufriera de una cierta desviación de la columna respecto al sacro.

Se concluyó que debió de necesitar de la ayuda de otros miembros del grupo para llegar a esa edad en su estado y que, por lo tanto, evidenciaría el primer caso de asistencia grupal a un miembro con discapacidad.

LAS PENAS DE MUTILACIÓN EN LA ANTIGÜEDAD

Dado este espíritu de camaradería en tiempos tan tempranos, sorprende encontrar, ya dentro de la Historia, no solo la más que posible ausencia de la misma, sino la preponderancia de leyes que ordenaban mutilar a sus semejantes:

Estela de Hammurabi

Ley 192: Si el hijo de un favorito o de una cortesana, dijo al padre que lo crió o la madre que lo crió: “tú no eres mi padre”, “tú no eres mi madre”, se le cortará la lengua.
Ley 193: Si el hijo de un favorito o de una cortesana ha descubierto la casa de su padre, ha tomado aversión al padre y la madre que lo han criado, y se fue a la casa de su padre, se le arrancarán los ojos.
Ley 194: Si uno dio su hijo a una nodriza y el hijo murió [porque] la nodriza amamantaba otro niño sin consentimiento del padre o de la madre, será llevada a los jueces, condenada y se le cortarán los senos.
Ley 195: Si un hijo golpeó al padre, se le cortarán las manos.
Ley 196: Si un hombre libre vació el ojo de un hijo de hombre libre, se vaciará su ojo.
Ley 197: Si quebró un hueso de un hombre, se quebrará su hueso.
Ley 200: Si un hombre libre arrancó un diente a otro hombre libre, su igual, se le arrancará su diente.
Ley 205: Si el esclavo de un hombre libre abofeteó un hijo de hombre libre, se cortará su oreja.
Ley 218: Si un médico hizo una operación grave con el bisturí de bronce y lo ha hecho morir, o bien si lo operó de una catarata en el ojo y destruyó el ojo de este hombre, se cortarán sus manos. 

El Código de Hammurabi (entre el 1790 y el 1750 a. C.), no dejaba lugar a dudas respecto a la “ley del Talión” que aplicaba, aunque hay que decir, en honor a la verdad, que estas leyes (al igual que otras orientales, como el Código de Ur, algo anterior), pretendían poner fin a prácticas individuales de venganza por la comisión de un desagravio.

En realidad, estas leyes tan drásticas (la pena de muerte era más frecuente que la de mutilación, aunque la mayoría eran pecuniarias), pretendían principalmente, además de la restitución del daño, producir un efecto ejemplificador. Eran penas con un marcado carácter social, algo que, en cierto modo, ha pervivido desde entonces en, por ejemplo, la “marca” a fuego en la piel de las prostitutas en la época medieval, las ejecuciones públicas practicadas profusamente hasta la historia reciente, o en las actuales normas legales extremas de algunos países en los que la amputación de una mano al ladrón (caso de Irán o Mali, por la ley islámica o sharia) o la lapidación a la adúltera (más corriente aún: en Sudán, Mali, Irán, Afganistán…), pretenden dejar constancia pública y notoria de su “infame” falta o condición.

Crucificados en el Imperio Romano

También Roma sucumbió al ejercicio del castigo por mutilación. Admitía la lesión corporal y la mutilación permitiendo que fuesen los parientes de la víctima quienes ejerciesen de ejecutadores de la sentencia. A los cristianos condenados por su herejía se les podía aumentar la pena con la amputación del pie izquierdo o la ceguera del ojo derecho, penas que más tarde emplearía Constantino para castigar a quienes robaran iglesias o violaran sepulturas (curiosamente también a “funcionarios subalternos que cometiesen defraudaciones”, según el historiador y jurista alemán Theodor Mommsen).

Todos estos castigos por mutilación permanecieron durante el Imperio con la misma severidad, hasta que Justiniano los prohibiera… para utilizar la amputación (o luxación de un miembro) como agravamiento de la pena inicial, una potestad que se otorgó a los Tribunales.

Justiniano en la Basílica bizantina de San Vitale en Ravena

¡Ah, los bizantinos!… ahí sí que encontramos a expertos “mutiladores”, desde que en el siglo VII Martina y su hijo Heracleonas fueran destronados por decisión del Senado y, por primera vez, se utilizase en sus personas la amputación de miembros (a la primera la lengua y al segundo la nariz), consagrando así la “incapacidad del amputado para un cargo público” (en el 641, según el gran bizantinista George Ostrogorsky).

La historia bizantina está plagada de mutilaciones. Constantino IV (668-685), en el año 681, mandó cortar la nariz a sus hermanos, Heraclio y Tiberio, para que no le hiciesen sombra ni le disputasen el trono. Antes de acabar el siglo, Leoncio (695-698) había hecho cortar la nariz y la lengua de su antecesor Justiniano II (685-695) al derrocarle, y él mismo sufrió la mutilación a manos de Apsimar, quien le apartó del trono y se hizo llamar Tiberio III (698-705).

Leoncio acabó siendo ejecutado por Justiniano II cuando regresó al trono. Si, aún con la nariz cortada (se aplicó una prótesis de oro y la mutilación parcial de la lengua no le impedía hablar), Justiniano II volvió a tomar las riendas del imperio entre el 705 y 711, con el sobrenombre de Rhinotmeta (nariz cortada), y “en el futuro, esta práctica ya no se volvió a aplicar a pretendientes al trono o  a emperadores destronados”, dice Ostrogorsky. Justiniano II reinó de manera despótica y lo primero que hizo fue mandar ajusticiar a todos los que él consideraba implicados en su derrocamiento (lo fueran realmente o no), así como a cualquier enemigo real o supuesto, acabando su vida arrestado y decapitado.

Pero el primitivo Código de Justiniano el Grande (siglo VI), basado en el Derecho romano, sufrió las consecuencias de esta orientalización que resultó drástica en el siglo VIII con la promulgación de la Égloga (‘extractos’), una serie de modificaciones legislativas sancionadas por Leon III (717-741), que contenían “todo un sistema de castigos corporales como no lo conoció el derecho justinianeo: amputación de nariz y lengua, sección de la mano, sacar los ojos, rapar y quemar el pelo, etc.” (G. Ostrogorsky). Sin embargo, A. A. Vasiliev afirma que “en la mayoría de los casos tales castigos están destinados a sustituir la pena de muerte” y eran de aplicación igualitaria, mientras que el Código de Justiniano prescribía penas diferentes según eestatus social. Así que cualquier paria podía ser condenado a la pena de amputación de la lengua o la nariz y estar sumamente agradecido por ser tratado como a un emperador.

La emperatriz Irene

O como el hijo de una emperatriz. Porque si crueles podían ser los emperadores bizantinos, también las emperatrices les emularon con bastante pericia, al menos una, Irene (797-802, regente desde el 780). La emperatriz (ella se hacía llamar “Basileus”, emperador, en masculino) que pasará a la historia, además de por organizar una de las mayores trifulcas con la Iglesia cristiana por la cuestión iconoclasta, por hacer cegar a su hijo, Constantino VI, para evitar que la destronara (en agosto del 797).

Un par de siglos más tarde dejaron de “afear” los rostros de los posibles candidatos al trono para utilizar el método de la castración. No es que se castrase al enemigo, sino que los emperadores bizantinos se fiaban de los eunucos castrados porque esta circunstancia les impedía legalmente acceder al trono.

Pero también acabaron encontrando el camino (el poder es lo que tiene, que agudiza el ingenio) y Basilio Lekapenos (945-985), que era bastardo además de castrado, fue escalando puestos hasta alcanzar los más altos: Fue primero “parakoimomenos” (una especie de mano derecha “full time” del emperador), luego primer ministro para tres emperadores, y finalmente emperador.

LA PLENA EDAD MEDIA

La Edad Media fue asimismo testigo de una curiosa contradicción. Por un lado, la coronación de un rey leproso, Balduino IV de Jerusalén, cuando contaba con 13 años; un rey que, contra todo pronóstico, se mantuvo en el trono y dominó su reino durante más de una década (1174-1185). Su cuerpo acusó enseguida los estragos de la terrible enfermedad y tenía que ocultar su rostro con una máscara de plata al tiempo que sus manos y piernas se desvanecían y la ceguera le alcanzaba cerca ya de su muerte a los 24 años.

Balduino IV de Jerusalén, el rey leproso, en la película Kingdom of Heaven (2005)

Pero, por otro lado, la época de las Cruzadas y de los reinos cristianos de Oriente conoció un trasiego de miembros “incorruptos” de santos a modo de reliquias que, procedentes de Tierra Santa, inundaron las catedrales, monasterios, iglesias y abadías de toda Europa. Mientras, la nefanda costumbre de mutilar a enemigos, insumisos, díscolos, e indisciplinados salteadores de la ley, no acabó ni con la caída de Constantinopla a mediados del siglo XV.

Si hallares que alguno de ellos hurten, castígalos también cortándoles las narices y las orejas, porque son miembros que no se podrán esconder”.

Así se expresaba Cristóbal Colón, en las instrucciones que trasmitía el 9 de abril de 1494 a mosén Pedro Margarite. Y no fue el único caso, también Pedro de Valdivia se explicaba en los mismos términos:

Prendiéronse trescientos o cuatrocientos, a los cuales hice cortar las manos derechas e narices, dándoles a entender que se hacía porque les había avisado viniesen de paz…”

AlmaLeonor

Finaliza en De mutilados y discapacidades históricas (y II)

ALMAS PARA EL RECUERDO: SWIMMING BRIGHTON CLUB

ALMAS PARA EL RECUERDO: SWIMMING BRIGHTON CLUB

TopHatBTNSwimClub1860s
Imagen: Swimming Brighton Club y East Sussex Record

Hoy traemos para nuestras ALMAS PARA EL RECUERDO no a un hombre sino a varios, los intrépidos nadadores ingleses que fundaron, en 1860, el Brighton Club Natación y Mar de Baño para Hombres, que es la denominación completa que adoptó en un principio el que hoy está considerado el más antiguo club de natación de todo el Reino Unido. Unos años después de su fundación, en 1863, se tomaron esta fotografía y tiene su curiosidad. Para conocerla en su total dimensión, hay que ir por partes.

EL CLUB

Frederick Cavill

Un pequeño grupo de amigos, aficionados a la natación, que se solían reunir en las cercanías del Lion Mansions Hotel desde el año de 1858, deciden formalizar su afición con la creación de un club de natación que se oficializa el 4 de mayo de 1860. Principalmente fueron los señores George Brown, J. Nyren, W. Patching, George Worsley (1835-1911), de 25 años, R. Ward Charles Hindley (1818-1893), de 40 años, que era el secretario y John Henry Camp (1826-1875), presidente. Al año siguiente se unió el conocido nadador de 23 años, Frederick Cavill (1839-1927). Cavill, natural de Kensington (Londres), emigraría a Australia una década más tarde (imagen de la derecha), donde fundó una escuela de natación, dando lugar a una muy conocida familia de nadadores profesionales.

Era un club modesto, de precios bajos, pero con mucho entusiasmo. Los socios que quisieran unirse debían pagar una cuota de entrada de un chelín y una suscripción semanal de dos peniques. En un principio no tenían ni un lugar donde cambiarse y las competiciones, que comienzan a celebrarse en 1861, eran igualmente poco significativas. Poco a poco se dotan de vestuarios y empiezan a organizar eventos con más premios que, aunque modestos (algunas veces constaban de una libra de té, o un jamón o una prenda de vestir… o pequeñas cantidades de dinero), pronto van a ser un acertado reclamo para atraer gente al club. En 1863, cuando se tomaron esa fotografía de la cabecera, el número de socios había pasado de 13 a 59.

John Henry Camp en 1872

Además de Cavill, de todos estos primeros miembros del Club de Natación de Brighton, el más famoso fue su primer presidente, John Henry Camp, toda una celebridad en la ciudad y que era conocido como “el capitán Camp”. Su particularidad es que pese a que su pierna izquierda había sido amputada, no le impedía ser un excelente nadador. Además de ser el primer presidente del Club fue instructor de natación y socorrista, llegando a salvar a no menos de 20 personas durante su pertenencia al club.

Una de las actividades más populares promovidas por el Club de Natación Brighton, fue el “Tea Party Acuático” celebrado en el muelle oeste de Brighton sobre una balsa de madera (la imagen inferior es de El Gráfico de 1881, pero se celebró desde los inicios), que se hacía acompañar de “caballitos” hechos de toneles de madera para diversión de los asistentes. La popularidad de John Henry Camp sirvió como acicate para la prensa local que en agosto de 1868 publicaba: El Capitán Camp, el nadador con una sola pierna, preparará y participará del tea party en el agua esta tarde.”

Camp padeció una larga y dolorosa enfermedad al final de sus días que le hizo gastar todos sus ahorros, llegando a vivir casi en la indigencia de no ser por la ayuda del resto de miembros del club. En su lápida, el club hizo poner una inscripción que decía: “Esta lápida fue erigido por el Brighton Club de Natación a la memoria de su antiguo Steward, John Henry Camp, el célebre nadador con una sola pierna, Nacido el 26 de julio de 1826, Murió en Brighton, 28 de diciembre de 1875, a los 49 años…. Su lema fue: me atrevo con cualquier ola para salvar una vida.”

Desde la muerte de John Henry Camp, al mejor nadador y líder del Club Brighton, se le otorgaba el título de “capitán” en su honor. El primero en ostentarlo fue George Harding, un excelente nadador que mantuvo el título durante los cuatro años siguientes, un importante logro ya que el número de socios había aumentado hasta los 115 miembros.

El Club Brighton se vinculó al condado de Sussex y junto a otros clubes de natación promovieron y fundaron la Asociación de Natación Amateur del condado de Sussex. La mayor parte de la información de este artículo se ha extraído de su página web.

LOS BAÑOS

“Swimming Hole”, de Thomas Eakins 1884-85 (existe también una fotografía).

En estos años existían algunas particularidades respecto al baño en las playas. La primera, es que muchos señores acostumbraban a bañarse desnudos; y la segunda, es que para bañarse en las playas públicas estas tenían que contar con las llamadas “máquinas de baño”, una especie de “carricoche” que entraba en el agua y que servía para cambiarse y disfrutar del agua sin ser vistos por otros. Lo utilizaban tanto hombres como mujeres, aunque los espacios playeros estuviesen restringidos y separados por sexos.

Así que las reuniones de los socios del Brighton Club, quizá para escapar a estas restricciones, tenían lugar a las 6 de la mañana, excepto si eran competiciones con público, en cuyo caso cumplían la normativa y se cubrían para bañarse.

Pero a algunos no les gustaba nada esa costumbre de utilizar “ropa de baño”. Uno de ellos fue el reverendo (de la Iglesia de Inglaterra) Robert Fancis Kilvert (1840-1879), un personaje controvertido del que, pese a su temprana muerte a los 38 años, se conservan varios diarios que escribió con gran información acerca de la vida rural inglesa de la segunda mitad del XIX. Gran entusiasta del nudismo, consideraba que era una práctica natural y saludable.

Decía el reverendo en distintas fechas de 1872:

“Durante el baño de la mañana temprano, antes del desayuno, muchas personas fueron despojándose abiertamente de sus ropas sobre la arena.  Que deliciosa sensación de libertad correr desnudos hacia el mar, donde las olas se vuelven espuma y el sol de la mañana, de color rojo brillante, cae sobre los miembros de y corrían hacia el mar. Yo habría hecho lo mismo. […] Un muchacho me llevó a la puerta de la máquina de baño lo que pensaba eran dos toallas, pero luego me di cuenta de que uno de los trapos que me había dado era un par de calzoncillos a rayas rojas y blancas muy cortos para cubrir mi desnudez [se llamaban “caleçons”]. No acostumbrado a este tipo de cosas y costumbres que tenían, y en mi ignorancia, me bañé desnudo desdeñando los convencionalismos del lugar y escandalicé a la playa. […] En Shanklin uno tiene que adoptar la costumbre detestable de bañarse en calzones. Si a las señoras no les gusta ver hombres desnudos. ¿Por qué no se mantienen fuera de la vista? hoy he tenido un par de calzones prestados que no me han dejado seguir nadando. Las fuertes olas les arrancaron y les enredaron alrededor de mis tobillos. Mientras tanto, yo estaba encadenado agarrado y tirado por un golpe de mar, que se retiraba de repente y me dejó desnudo sobre la arena. Después de esto tomé el trapo miserable y peligroso y lo arrojé fuera de mí y por supuesto había allí algunas señoras preguntándose qué me ocurrió en el agua.”

Esta costumbre masculina originó en la época varios reglamentos y normas destinadas a guardar el debido decoro y no escandalizar a las señoras (de lo que se quejaba Kilvert amargamente), y así, era fácil encontrar medidas como que entre las 8 de la mañana y las 9 de la noche, había que utilizar un traje de baño para hacer uso de las playas. En las competiciones públicas se introdujo la costumbre de utilizar los llamados caleçons, una especie de “calzones” masculinos para el baño. No fue hasta la desaparición de las “máquinas de baño” y después de permitirse las playas mixtas, cuando se empieza a utilizar el traje de baño decimonónico que nos es familiar, y que para los señores cubría hasta las rodillas.

A la izquierda, un nadador masculino con su “bañador” emergiendo del mar en una caricatura dibujada hacia 1900 por el ilustrador inglés Everard Hopkins (1860-1928). A la derecha, otro nadador masculino de Inglaterra, pero en una playa pública de Francia, en 1877, según dibujó George Du Maurier (1834-1896).

LAS MÁQUINAS DE BAÑOS

Máquinas de Baños en 1870. Caricatura satírica de George du Maurier sobre “un encuentro inesperado”. Observese que el señor utiliza calzones y no bañador completo.

Lo cierto es que bañarse tras las “máquinas de baños” impedía que desde la orilla alguien pudiera estar observando al bañista, ya fuesen señoras con ropajes imposibles para el baño, ya fuesen señores tal y como vinieron al mundo.

Esta especie de casetas-carro de cuatro ruedas, que estaban realizadas en madera y cubiertas con lonas, se desplazaban hasta el agua tiradas por caballos. En el extremo que entraba en el agua, tenían una especie de “parapeto” a ambos lados que impedía que un bañista viera a otro al descender del carro.

La “máquina” parece que fue inventada por un cuáquero, el Sr. Benjamín Beale, en 1750 en Kent (Inglaterra), para preservar la modestia de las mujeres en el baño, y no verse enfrentadas a la vergüenza de contemplar a los señores que disfrutaban desnudos del agua. Antes, hacia 1735 se conocen las “campanas de la modestia”, un artilugio un tanto envarado e insuficiente, que pretendía cumplir la misma misión.

Máquinas de Baño en Brighton, según una caricatura de William Heath de 1829.
Máquinas de Baño en Brighton en una fotografía de 1891. Los dos hombre en primer término llevan “calzones” de baño en lugar del bañador de una pieza que ya se acostumbra a utilizar en estos años.

Desde el siglo XVIII este tipo de artilugios se hicieron populares en muchas playas segregadas de Europa (sobre todo en Inglaterra, pero también en Francia o Alemania) y también fuera de ella (en EEUU y México), pero con el inicio del siglo XX, la utilización de bañadores de cuerpo entero (tanto para ellas como para ellos) y la popularización de las playas mixtas, acaban desapareciendo.

LA FOTOGRAFÍA 

La fotografía se dio a conocer en septiembre de 2011 cuando el Club Brighton montó una exposición de carteles, fotografías, películas, archivos y otros elementos de su historia, entre los que se encontraba esta imagen con 19 de sus miembros, aunque no han sido identificados. En un principio resultó algo intrigante porque todos estamos acostumbrados a la imagen de los típicos bañistas victorianos con un excesivamente largo “traje de baño”, normalmente a rayas horizontales. Pero lo cierto, como venía diciendo, es que hasta la segunda mitad del XIX era más corriente que se disfrutara desnudo de los baños de mar.

Los archivos del club indican que la fotografía fue tomada en el año 1863, durante la reunión de Comité del Club, celebrada el 2 de junio de ese año, cuando se admitió como miembro al fotógrafo Benjamín Botham, a quien se le conminó a tomar “un boceto fotográfico de los miembros del Club”, según consta en las actas de dicha reunión.

El fotógrafo Benjamin William Botham (1824-1877), que había sido pañero en Suffolk, llegó a Brighton alrededor de 1860. Tenía unos 35 años y se instaló en la ciudad con su esposa, Ellen Bedwell,  y sus cuatro hijos, ejerciendo de fotógrafo ambulante. Un par de años más tarde, ya tenía un estudio fijo en el 43 de Western Road, justo en la parte trasera de su domicilio en Brighton (el 33 de Clarence Square), donde trabajó como fotógrafo profesional hasta 1868, cuando vendió su estudio y se dedicó a algo totalmente diferente: fue el titular del The New Oxford Teatro de Variedades en New Road, Brighton, hasta su fallecimiento el 18 de diciembre de 1877.

Benjamin fotografió a los 19 miembros del Brighton Club en los alrededores de las instalaciones, cerca del agua, trasladando todo su equipo allí para la ocasión.

Es una fotografía del tipo impresión de albúmina en papel, un formula muy corriente en los años sesenta del siglo XIX y que consistía en cubrir el papel con clara de huevo, un excelente revestimiento, pero que tendía a amarillear con el tiempo (hacia la década de 1880 ya se utilizan otros sistemas para evitar este problema, como por ejemplo, la albúmina fermentada). El desenfoque de los bañistas de las filas traseras sugiere también que la cámara utilizada era de tipo “caja deslizante”, que requería un tiempo de exposición más largo, y revelada con el proceso de “placa húmeda” (y el uso de collodion wet plate”), lo que dificultaba mucho el revelado. Además, habría que añadir las dificultades de tomar una fotografía al aire libre y no en el estudio, donde tendría todos los elementos necesarios a mano. Bien pensado, fue todo un prodigio fotográfico.

Pero no fue la única fotografía de los primeros nadadores del Club, aunque sí la única de la que no se ha logrado identificar a ningún miembro. Norman & Co. hizo esta otra fotografía, que fue tomada a las 8:00 de la mañana de un día indeterminado de marzo de 1891, y es también muy interesante. Los seis hombres más mayores del centro fueron algunos de los primeros miembros del club.

De esos hombres, el segundo empezando por la izquierda (con abrigo claro, bigote y sombrero) es George Brown, uno de sus fundadores; el que está inmediatamente a su lado a la derecha parece ser Leonard Reuben Styer (1843-1932), un dentista que fue presidente del Brighton Club desde 1880 hasta 1931 y una de las personalidades más descollantes del mismo; y el que le sigue a la derecha es John Hawgood (1844-1896), un vendedor de muebles, nacido en Londres, que fue campeón de natación y Secretario Honorario del Club entre 1886 y 1888.

Al contrario que en nuestra fotografía protagonista, los nadadores de esta última ya utilizan traje de baño largo y posan con él. En dicha prenda ya aparece bordado el escudo del club, “dos delfines” que, a su vez, es un símbolo asociado tradicionalmente con la ciudad de Brighton. En la imagen de Botham llevaban los típico caleçons, introducidos desde Francia, que se veían obligados a utilizar cuando competían en público y no podían nadar desnudos, según normas establecidas en la década de los años sesenta, cuando se tomó la fotografía. Según una nota periodística aparecida en “The Spectator” el 6 de agosto de 1864, en la competición de los “Quintos Juegos Anuales de Natación del Club de Natación de Brighton”, se dictaron unas normas de “decoro” que incluían el uso de esta prenda y el uso de gorro de baño.

Los caleçons se sujetaban con una cuerda atada a la cintura que con los embates del mar tendía a desatarse y hacer que los calzones se movieran (de lo que también se quejaba Francis Kilvert ¿recuerdan?), por lo que unos años después, a finales de la década de los setenta, es cuando se empiezan a introducir los famosos bañadores de una pieza hasta la rodilla que nos son tan familiares. Estos evitaban “accidentes” y resultaban más cómodos y prácticos para el nadador.

Otro detalle curioso son los sombreros de copa que lucen los fotografiados de nuestra imagen . Ni es un atuendo necesario para el baño, ni una fotografía de esta guisa requiere tal cortesía en la indumentaria (ni tampoco anteojos, pipas…). Sin embargo también ofrecen alguna pista sobre la correcta datación de la fotografía, pues hay alguno, dos de la fila superior concretamente, que eran llamados en esos años (en la década de los cincuenta y principios de los sesenta) de “tubo de estufa”, por ser muy altos y echados hacia un lado. A mediados de los años sesenta ya se dejan de usar.

Pero nuestra fotografía amarillenta nos dice algo más. Es sabido que las fotografías de grupo, digamos mejor las fotografías “formales” de un grupo deportivo, no son habituales hasta más tarde (un buen ejemplo sería la fotografía anterior, de 1891) y son bastante infrecuentes en la década de los sesenta. Así que ¿qué sentido tenía esta fotografía, por otro lado “tan informal”? Es difícil saberlo, pero lo que sí es seguro es que esta imagen no fue tomada para ser exhibida en el club a la vista de todo el mundo, ni para pasar a la posteridad como una fotografía oficial de grupo del Club de Natación de Brighton.

La utilización de los minúsculos caleçons era algo demasiado privado como para aparecer en una imagen pública, y tanto las posturas de los fotografiados como los sombreros de copa sobre los cuerpos desnudos (incluso uno de los hombres hace un gesto como de sujetar sus dedos entre un imaginario chaleco), solo pueden apuntar a una broma particular entre los asistentes a la que se prestó el fotógrafo ambulante para poder entrar en el club, aun sabiendo que su obra no podría ser públicamente conocida sin despertar escándalo.

También se ha apuntado que la fotografía podría haber sido un guiño hacia uno de sus miembros más conocidos, John Henry Camp, el nadador de una sola pierna, por la postura de una de las figuras centrales de la fotografía, la del mencionado hombre que se lleva los pulgares al cuerpo como sujetando un imaginario chaleco, pero que se sostiene sobre una sola pierna ¿se trataba de una reunión de homenaje al capitán John Henry Camp, en esos momentos director del Brighton Club Natación? Tal vez nunca lo sepamos.

Prácticamente toda la información de este artículo se ha extraído de la magnífica web Photohistory-Sussex.

AlmaLeonor.

EL CAMALEÓN Y LA MOSCA

EL CAMALEÓN Y LA MOSCA

Leon Zernitsky

El camaleón y la mosca: “¿Han observado alguna vez a un camaleón atrapar una mosca? El camaleón se coloca detrás de la mosca y permanece inmóvil durante cierto tiempo, luego avanza muy lenta y pausadamente, avanzando primero una pata y luego la otra. Finalmente, cuando ya se encuentra dentro de su alcance, dispara su lengua y la mosca desaparece. Inglaterra es el camaleón y yo soy la mosca.”

Lobengula Khumalo (1845-1894)
segundo y último rey del pueblo matabele (ocupó parte de los actuales Zimbabwe y Rhodesia).

LA CONEXIÓN GAINSBOROUGH

LA CONEXIÓN GAINSBOROUGH

Su Gracia Georgiana Cavendish, duquesa de Devonshire (1787), de Thomas Gainsborough (1727-1788)

Pues exactamente eso, que parece mentira lo que se puede encontrar a partir de un nombre y como se pueden acabar conectando las cosas… Todo empezó buscando un sombrero, un tipo de sombrero concreto, que al final encontré y que no viene al caso, pero por el camino asomó varias veces una denominación, la de “Sombreros Gainsborough”, y la tentación de saber algo más pudo conmigo. Al final, acabé escribiendo este artículo para contaros todo lo que descubrí, pero tenía que publicarse un día como hoy, 25 de mayo… Y si termináis de leerlo hasta el final, veréis porqué.

Los llamados sombreros Gainsborough son un tipo de sombreros femeninos, grandes y muy aparatosos, que reciben su nombre por el retrato de “Su Gracia Georgiana Cavendish, duquesa de Devonshire”, la imagen de la cabecera de este artículo, pintado entre 1785 y 1787 por el artista inglés Thomas Gainsborough (1727-1788). Gainsborough fue uno de los más afamados retratistas de la segunda mitad del siglo XVIII, aunque él siempre tuvo preferencia por los paisajes, llegando a crear escuela en este tipo de obras en Inglaterra. Alumno aventajado del gran pintor y satírico social, William Hogarth (1697-1764),  fue uno de los fundadores de la Real Academia de las Artes inglesa y durante toda su vida mantuvo una rivalidad retratística con otro pintor afamado del Reino Unido, Sir Joshua Reynolds (1723-1792), rivalidad que se decantó por Gainsborough, entre otras cosas, por este retrato de la duquesa de Devonshire. Y debido a este cuadro, también el sombrero se denomina picture hat, o el sombrero del retrato.

EL SOMBRERO DEL RETRATO

En realidad esta fue la inspiración, pero el sombrero Gainsborough hace referencia a una amplia gama de sombreros femeninos de gran tamaño, que han venido estando de moda desde el siglo XVIII hasta la actualidad. El caso es que fuesen grandes, enormes.

Su origen dieciochesco indica que su finalidad no era tanto posarse en la cabeza de una dama (que nunca llegaba a ser tan enorme), como adornar los elaborados y grandilocuentes peinados femeninos de este siglo realizados a base de pelucas largas y extravagantes (un uso llamado “Pouf”), normalmente empolvadas en talco y perfumes, a las que se solía añadir desde plumas, a pieles, lazos, flores, juguetes, joyas, metales y otros elementos (que llegaban a incluir maquetas de barcos o pájaros disecados), y que eran utilizadas como símbolo de status.

El uso de pelucas altísimas y elaboradísimas complicaba hasta la posición de las señoras en los carricoches (imagen inferior). Las pelucas de la reina María Antonieta (1755-1793) por ejemplo, elaboradas por su carísimo peluquero personal,  Léonard Autié (que cobraba hasta 4.000 libras anuales), podían llegar a tener un metro de alto. Uno de los peinados más famosos de Autié fue el pouf à la belle poule (imagen superior), que se remataba con una réplica de la fragata de ese nombre, de exitosa participación bélica en 1778 contra el Aretusa británico, y que recibió también por ello el pomposo nombre de “La Independencia, o el Triunfo de la Libertad”.

Pese a su más que evidente incomodidad, las pelucas triunfaron con el estilo rococó. Fueron puestas de moda por Luis XIV en la Francia dieciochesca, tanto para damas como para caballeros, extendiéndose su uso a buena parte de Europa, sobre todo a Inglaterra. Allí, el sombrero Gainsborough vino a sobreponerse encima de todos estos elementos capilares, pero también realizó un enorme servicio en un momento de transición del rococó al estilo neoclásico que se empieza a implantar a partir de los años sesenta del siglo XVIII, tanto en Francia como en Inglaterra, aunque sorprendentemente, el rococó cobró nuevos bríos en este país en la primera mitad del siglo XIX.

El retrato más famoso con este tipo de elemento de moda femenino, fue el de la duquesa de Devonshire, eso es seguro, pero hubo otros retratos, no menos conocidos, que llegaron a acompañarle, acentuando la moda de los enormes sombreros. Por ejemplo, y sin dejar todavía al pintor Thomas Gainsborough, tenemos este “Paseo de la mañana (retrato de los señores William Hallett)” de 1785 (imagen superior).

O este de “Henrietta, Viscountess Duncannon” (1776), de John Downman (1750-1824)que hasta llego a ser confundido y durante un tiempo se pensó que era igualmente la duquesa de Devonshire y no su hermana, la distinguida y hermosa Henrietta Frances Spencer de Ponsonby (1761-1821), condesa de Bessborough, desdichada vizcondesa Ducannon en segundas nupcias (ella y su marido jugaban y perdían grandes cantidades de dinero y por ello el señor vizconde la maltrataba en privado y la humillaba en público) y ávida amante de varios nobles ingleses de su tiempo, incluyendo el que acabaría siendo el marido de su hija, William Lamb (1779-1848), más tarde primer ministro de la Reina Victoria, y al que su esposa, Lady Caroline Lamb (1785-1828), engañaba a su vez con Lord Byron (1788-1824), causando uno de los mayores escándalos de la Inglaterra pre-victoriana.

Francesco Bartolozzi (1727–1815). Izquierda: Maria Cosway (1785); derecha: Lady Smith (after Sir Joshua Reynolds)

La confusión del retrato se debió tanto al parentesco entre ambas damas, como a la circulación de un grabado realizado por el gran Francesco Bartolozzi (1727-1815), en 1788 (o 1797), quien también es autor de varios dibujos de señoras con sombreros Gainsborough (imagen superior).

También son poco conocidos estos otros dos retratos con sombrero tipo Gainsborough de la novelista británica Frances Burney (1752-1840). Por cierto que Burney fue una escritora acomodaticia con el papel sumiso de la mujer y contraria a los postulados feministas que por aquellos entonces proclamaba Mary Wollstonecraft (1759-1797), por ejemplo. El primero (superior izquierda) es una litografía a partir de una obra pintada en 1782 por su primo Edward Francis Burney (1760-1848), que también es el autor de la segunda obra (superior derecha).

John Hoppner (1758-1810), fue otro pintor inglés que no se resistió a los retratos femeninos con amplios sombreros Gainsborough: El primero (superior arriba derecha) es un retrato de Elizabeth Beresford (1762-1833) de 1790; el segundo (superior arriba izquierda) representa a Miss Susanna Gyll (1779) y el tercero (superior abajo) es un retrato de Mary Boteler (1763-1852) pintado en 1786.

Y por señalar solo alguno más, estos otros dos, que son franceses y de la misma autora Louise Élisabeth Vigée Le Brun (1755-1842): el primero (superior izquierda), que fue atribuido en un principio a Jean-Laurent Mosnier (1743-1808), es un retrato de dama pintado en 1790; y el segundo (superior derecha), dama con sombrero azul, es anterior, de 1784. Le Brun, ya había retratado a la reina María Antonieta de Austria con algunos sombreros enormes, como el la imagen inferior que levantó toda una serie de críticas por la vestimenta ligera que lucía la reina, la llamada Gaulle (robe chemise, o vestido-camisola), una prenda más propia para su uso privado por su simplicidad y que ella acostumbraba a utilizar en público en sus retiros en la Petit Trianon de Versalles. Fue diseñado por Rose Bertín (1747-1813), modista, estilista y marchante de modas de María Antonieta, quien junto a su peluquero, el ya mencionado Leonard Autié, fueron los creadores de la imagen pública de la reina, personalísimo vehículo de expresión de la soberana.

Hay muchísimos más, les invito a descubrirlos por las muchas páginas de arte que pueden encontrarse por ahí, por ejemplo aquí. Para finalizar, podríamos decir que en España la representación artística de este tipo de sombreros corre a cargo de Francisco de Goya (1746-1828) con el retrato que realizó en 1785 de María Josefa Pimentel y Téllez-Girón (1750-1834), duquesa de Benavente.

La moda evoluciona muchísimo entre finales del XVIII y finales del XIX, incluidos los sombreros femeninos, y este tipo de voluptuosos y exagerados tocados parecen atenuarse en las formas, cobrando más importancia otros modelos, por ejemplo, el Poked bonnet (nosotros diríamos “bonete”, y del que también se llega a caricaturizar como exagerado a veces, ver imagen inferior) o, más adelantado el siglo, el Eugenie Hat, un sombrerito puesto de moda por la emperatriz francesa Eugenia de Montijo (1826-1920), otra mujer que creó tendencia en moda en Europa.

Pero como todas las modas, el Gainsborough volvió. A finales del siglo XIX y principios del XX se impone de nuevo auspiciado por dos corrientes: por un lado, en los EEUU, la moda de las Gibson Girl, un tipo de mujer “inocente y voluptuosa” puesta de moda por el ilustrador Charles Dana Gibson (1867-1944); y por otro, en Inglaterra, por las Gaiety Girls, las coristas de los musicales eduardianos en el Teatro de la Alegría de Londres (imagen inferior).

Y por supuesto, en la meca de la moda, en París. Las revistas de modas parisinas se llenan de grandes sombreros que las damas de la alta sociedad europea se apresuran a lucir. Y ya no dejarán de estar en boga.

El Gainsborough vuelve a hacer furor también en el siglo XX. Son muchas las actrices que lo lucen desde los primeros años del siglo.

La famosa actriz inglesa Lily Elsie (1886-1962), la imagen arriba a la izquierda, lo pone de moda en Europa con un atuendo diseñado (por una modista muy conocida entonces de nombre Lucile) para la caracterización de Sonia, la protagonista de la opereta “La viuda alegre”, en 1907, actualizando una imagen que ya había lucido la también actriz Lillian Russell (1860-1922) en los EEUU en 1903 (imagen arriba a la derecha). Otra de las grandes actrices de los inicios del siglo XX, Billie Burke (1884-1970), también aparecía con estos sombreros en algunas de las muchas postales fotográficas (imagen inferior) que realizó entre 1906 y 1920. Se pueden ver más aquí. Burke es más conocida en la actualidad por haber interpretado a Glinda (la bruja buena del norte) en la película El mago de Oz (1939, Víctor Fleming).

En 1908, era tal la fama alcanzada por los  sombreros Gainsborough, que hasta un avispado caricaturista rumano, Ion Theodorescu-Sion (1882-1939, que se hacía llamar Teodosion) se atreve a rebautizarlos con el aparentemente apropiado mote de “sombreros hongo” (imagen inferior), en una revista satírica rumana, Furnica

Y también le salen imitadores, como este modelo “Cesta de Melocotones” (Peach basket hat, imagen inferior), nacido en los EEUU a la luz de un artículo de la revista Vogue de 1907, que auguraba el alza de los sombreros “enormes”.

Y así, en los años siguientes, a este modelo “tipo cesta de frutas” lo ponen de moda, actrices como Mabel Normand (1892-1930) quien lo luce en este boceto de 1908 de James Montgomery Flagg (superior izquierda) o cantantes como Blossom Seeley (1891-1974), aquí en una imagen de 1912 (superior centro). Desaparece un tiempo de la palestra y vuelve con cierta fuerza en los años 30 de la mano de otras actrices, esta vez del Hollywood dorado, como por ejemplo la elegante Marion Davis (1897-1961), con esta imagen de estudio (superior derecha).

Pero volvamos a nuestro Gainsborough. En 1910, la comedia “Girls”, del popular e incansable escritor estadounidense Clyde Fitch (1865-1909), se estrena con estos coloridos carteles de damas con su sombrero Gainsborough. Es significativo porque Fitch escribió mucho sobre las mujeres, hasta el punto que llegaron a decir que él que “sabe más acerca de las mujeres de lo que la mayoría de las mujeres saben sobre sí mismas”. Las conocía bien. Sabía que debía estrenar una obra con esos atuendos.

Pronto ocupa páginas y portadas de las revistas de moda en toda Europa, y las damas elegantes de la burguesía lo adoptan como elemento imprescindible para estar a la moda (arriba, imágenes de 1911). En Francia, es la actriz y cortesana Geneviève Lantelme (1883-1911), quien marca tendencia. Considerada un icono de la moda francesa y una de las mujeres más bellas de la Belle Époque, era imitada por buena parte de las mujeres de su tiempo. Y fue una de las que mejor lucieron el Gainsborough (inferior).

En los EEUU, en estos momentos iniciales del siglo XX, es también el teatro de Broadway el que marca tendencia. Otra actriz reconocida y muy imitada en sus atuendos de moda fue Alice Johnson (1888–1922), quien lucía estos sombreros en sus representaciones (imagen inferior, de 1908), en las muchas que interpretó en Broadway con la Murray Hill Theatre Stock Company (con más de 30 papeles diferentes en una sola temporada) y con la Frawley Company de San Francisco.

Otras actrices que “se atreven” con el Gainsborough son, por ejemplo:

Alice Witcher
Marjorie Villis
Else Frölich
Evelyn Nesbit
Phyllis le Grand
Gabrielle Ray…

El Teatro y no solo el Teatro, porque también la alta sociedad norteamericana participaba de la moda, de lo que nos deja buena cuenta hasta los ecos de sociedad y sucesos de esta década. Dorothy Harriet Camille Arnold  (1884-¿1910?), Dorothy Arnold, fue una muchacha neoyorquina que desapareció sin dejar rastro el 12 de diciembre de 1910 (no confundir con la actriz de Hollywood, Dorothy Arnold, primera esposa de Joe DiMaggio, posteriormente casado con Marilyn Monroe). Sobre ella se habló mucho en los diarios de casi todo el mundo durante mucho tiempo y su caso fue tan famoso que aún hoy se sigue comentando.

Hasta la famosa Agencia Nacional de Detectives Pinkerton se ocupó del asunto sin éxito, pues nunca llegó a resolverse. Pues bien, algunas de las fotografías que se conservan de esta joven desaparecida a los 26 años, lucen con un sombrero Gainsborough tan de moda en esos años (imagen superior).

Lo cierto es que hasta el arte del siglo XX refleja la preferencia de las mujeres por este tipo de enormes sombreros. Por poner solo un par de ejemplos, Gustav Klimt (1862-1918) realizaba esta obra de la izquierda, Dame mit Hut und Federboa (1909), y Félix Vallotton (1865-1925) la de la derechaThe violet hat (1907).

Después de la Segunda Guerra Mundial, en la década de los sesenta, el Gainsborough se torna más sofisticado y elegante, justo como Audrey Hepburn aparece, con un precioso sombrero de este estilo, en el filme “Desayuno con diamantes” (1961, Blake Edwards) y, más tarde, con el maravilloso atuendo de “My Fair Lady” (1964, George Cukor).

El sombrero femenino es un artículo que hoy parece reinventarse y adquiere cada vez más importancia entre los accesorios de moda. Y el Gainsborough ocupa su lugar de nuevo en las pasarelas de alta costura (la imagen superior es un modelo de Marc Jacobs para la New York Fashion Week de febrero de 2012), como si de nuevo quisiese, a través de él, revivir aquella imagen, la de la mujer del cuadro.

 LA MUJER DEL CUADRO.

Y todo ello originado con aquel retrato con el que se iniciaba este artículo, el de la Duquesa de Devonshire, nacida Georgiana Spencer (1757-1806), Lady Spencer desde 1765, después de que su padre asumiera el título de vizconde Spencer, y primera esposa de William Cavendish (1748-1811), a la sazón, V duque de Devonshire, uno de los hombres más ricos y poderosos del momento. Mujer interesante y controvertida donde las haya, Georgiana fue una de las personas que más influyó en la moda y estilo de su tiempo. Y una de las que más sombreros Gainsborough lució, como por ejemplo, con este otro (imagen superior) atribuido al pintor y maestro de pintores John Russell (1745-1806).

El temprano matrimonio de Georgiana (ella tenía 17 años y él 25) en 1774, no fue lo que esperaba. Su marido era reservado y poco dado a ofrecer a su esposa el cariño y la atención que ella reclamaba, mientras se dedicaba a sus asuntos políticos y a su vida licenciosa, que llegaron a incluir una hija ilegítima, Charlotte Williams. Georgiana, mientras tanto, no era capaz de darle al duque el ansiado heredero. Sufrió varios abortos y tuvo dos hijas en las que se volcó criándolas ella misma en contra de la costumbre de la época entre familias aristocráticas. En 1790 tuvo, por fin, a su hijo Guillermo Jorge Spencer Cavendish (1790-1858), VI Duque de Devonshire.

Lady Elizabeth Foster (1759-1824), segunda duquesa de Devonshire, luciendo un sombrero Gainsborough, por Angelica Kauffmann (1741–1807)

Unos años después de su matrimonio, en 1782, su mejor amiga, Lady Elizabeth Foster (1759-1824), llamada “Bess” (imagen superior), acabó siendo amante del duque mientras vivía en su casa, acogida por Georgiana dada su mala situación emocional y económica (se había separado de su marido quien no permitió que viera a sus hijos). El triángulo amoroso, que según algunos, alcanzó también una relación entre ambas damas, se mantuvo durante varios años, en los que Lady Elizabeth, además de otros amantes, tuvo dos hijos con el duque, quien terminó por convertirse en su marido en 1809 (Georgiana murió en 1806).

Georgiana Cavendish con “bess”, por John Downman (1750-1824)

Pese a las infidelidades de su esposo, y como suele ocurrir, fue a la duquesa a quien se acusó de mantener una vida disipada. Pero no fue hasta después de dar a luz a su hijo varón cuando la duquesa dejó de ser totalmente ajena a las infidelidades (al parecer no estaba socialmente aceptado tener un amante antes de proporcionar un heredero al matrimonio legal), llegando a mantener una intensa relación con Charles Grey (1764-1845),  diplomático y político (y de quien toma el nombre el té Earl Grey), con el que tuvo una hija en 1792, Eliza Courtney, nacida en Francia, y que tuvo que entregar a la familia de su amante, obligada por su marido, bajo amenaza de no volver a ver a sus otros hijos. Sin embargo, los hijos ilegítimos del duque, los dos que tuvo con Elizabeth y Charlotte Williams, su primera hija ilegítima, sí que acabaron siendo educados en la casa Devonshire (la segunda al morir la madre de la niña). Georgiana visitó a su hija en secreto durante toda su vida y la joven no supo quién fue su madre hasta después de su fallecimiento.

Este estado de cosas causaba hondo pesar en la duquesa quien sufrió a menudo problemas de anorexia, alcoholismo, adicción a los medicamentos y una malsana afición por los juegos de azar, por la que llegó a acumular varias deudas que la llevaron a la ludopatía, ya que siempre quiso ocultar la magnitud de sus deudas a su esposo. Este las descubrió tras su muerte.

Georgiana de Devonshire (1780-81), por Joshua Reynolds (1723-1792).

Pero no solo su vida privada fue intensa. Georgiana fue una mujer muy inquieta y liberada y no se conformó con un papel pasivo en la encorsetada sociedad georgiana. Escribió algunas obras de prosa y poesía (“Emma, Or, The Unfortunate Attachment: A Sentimental Novel”, 1773; “El Sylph”, exitosa novela epistolar de 1778, con caracteres autobiográficos, que se ha atribuido dudosamente a la poco conocida novelista británica Sophia Briscoe; “Memorandums of the Face of the Country in Switzerland”, 1799; o el poemario “The Passage of the Mountain of Saint Gothard”, de 1802, dedicado a sus hijos), además de muchas cartas a lo largo de su vida, que se conservan. Siempre mantuvo una intensa vida social y cultural que incluía tertulias en su casa, a veces, con un marcado carácter político.

A esas reuniones llegaron a acudir políticos y personalidades como el Príncipe de Gales (contrario a las ideas absolutistas de su padre, el rey Jorge III) y Georgiana siempre se mostró como una incansable activista. Participó con gran influencia en el juego político inglés de su tiempo, apoyando políticamente a la facción whigs, el Partido Liberal británico (contrario a la corona) durante toda su vida. Realizó una auténtica campaña electoral, puerta a puerta, para favorecer la carrera política de su primo, Charles James Fox, quien postulaba para la Cámara de los Comunes. Se llegó a insinuar, como acto maledicente contra su persona, que Georgiana prometía un beso por cada voto (imagen inferior). Por su decidido intervencionismo político y por su marcado carácter independiente, se ha llegado a considerar a la duquesa de Devonshire, en la actual historiografía feminista, como una adelantada defensora de los derechos de la mujer.

Pero sobre todo, Georgiana fue una mujer elegante que imprimió su sello particular en la alta sociedad inglesa dieciochesca. Ella afirmaba tener amistad con María Antonieta, reina de Francia, que como hemos visto antes, en cuestiones de moda podríamos decir que era para el país galo lo que la duquesa para el británico.

La duquesa de Devonshire fue retratada por varios pintores dieciochescos. Hemos visto hasta ahora obras de Thomas Gainsborough, John Russell, John Downman o Sir Joshua Reynolds, a los que cabría añadir Thomas Lawrence (1769-1830), Robert Dighton (1752-1814), Jean-Urbain Guérin, o el caricaturista Thomas Rowlandson (1756-1827), hombre también muy aficionado al juego y ludópata (para pagar sus deudas se hizo caricaturista de escenas eróticas muy subidas de tono), quien  la dibujó en varias de sus situaciones más comprometidas, como en una mesa de juego en su casa de Devonshire (imagen superior), o practicando la que decían era su política de un beso por un voto, que se ha visto más arriba.

También aparece en una famosa litografía suya en los Jardines de Vauxhall (1785), junto a su hermana, varios políticos y el Príncipe de Gales.

Georgiana terminó sus días cuidando de su esposo, aquejado de gota, pese a todos los sinsabores que había sufrido por su causa. También mantuvo por siempre su amistad con Lady Elizabeth, e incluso con la esposa del que fuera su amante, Charles Grey. Y siempre estuvo pendiente y al lado de sus hijos. Su fallecimiento se produjo por un problema hepático a la edad de 48 años, rodeada de su familia y llorada por todos cuantos la conocieron. Por cierto que, tanto la fallecida Diana de Gales, como su cuñada Sarah Ferguson, descienden de la duquesa de Devonshire (de diferentes ramas).

Son varias las veces que se ha llevado su vida al cine (en 1929 interpretada por Evelyn Hall; en 1933 por Juliette Compton; o en 1951, por Kathleen Byron); pero hoy, la más conocida de todas ellas es “La Duquesa” (2008), basada en una obra escrita por Amanda Foreman en 1998. Fue dirigida por Saul Dibb (quien aparece en el filme como su amante, Charles Grey), e interpretada magistralmente por una entregada Keira Knightley.

Uno de los grandes aciertos del filme es el cuidado Diseño de Vestuario, un trabajo de Michael O’Connor,  que le valió el Oscar de Hollywood, además del Premio BAFTA, y otros reconocimientos. En varias escenas de “La Duquesa” podemos ver algunos planos fantásticos con enormes sombreros Gainsborough, sobre todo el que le da nombre, el del cuadro de la dama del sombrero.

EL CUADRO DE LA DAMA DEL SOMBRERO

Como decía al principio, a veces sucede que una serie de acontecimientos parecen enlazarse de una forma increíble, casi como una danza de conexiones cósmicas. Pues bien, si Georgiana Cavendish, la dama retratada por Gainsborough con un enorme sombrero en la cabeza,  vivió una especie de trío amoroso con su marido y su mejor amiga en el siglo XVIII, un siglo después, otro trío amoroso, el formado por el criminal Adam Worth, su socio  Charley Bullard, y la que terminaría por ser su esposa, pero nunca abandonó del todo a Adam, Kitty Flynn, va a relacionarse con el primero en el tiempo, a través de un hecho totalmente inesperado: Worth robó el cuadro de Gainsborough y lo mantuvo en su poder durante muchos años, sin vender su botín. Algo de idilio cósmico sí que tiene ¿verdad?

Adam Worth (1844-1902), era el hijo de unos emigrantes judíos alemanes que llegaron a Massachusetts cuando él tenía cinco años. Para no dejar las casualidades con lo contado hasta ahora, el padre de Adam (cuyo apellido original pudo ser Werth) era sastre, una profesión muy significativa en la vida de Georgiana.

Adam era un muchacho inquieto, muy descontento con su destino, al que no quiso rendirse. Para abreviar un poco su biografía, diremos que cambió el ejército por el crimen, aunque siempre utilizó el engaño y la falsedad. En el ejército se alistaba con nombre falsos en varios regimientos y una vez cobrada la paga, desertaba. Así que, finalizada la Guerra Civil norteamericana, el mundo del crimen ya no le era extraño. Formó su propia banda de carteristas en Nueva York y llegó a fugarse de Sing Sing. Su fama y pericia aumentó con el tiempo y recaló en la banda de una leyenda criminal Fredericka Mandelbaum (1818-1894), con quien se especializó en el robo de bancos. Su robo más sonado fue el del Banco Nacional de Bostón, alertando a la famosa Agencia Pinkerton sobre su persona. A partir de entonces se convirtió en leyenda.

Se ha dicho mucho de Worth, incluso se afirma que él fue la inspiración de Sir Arthur Conan Doyle para el personaje del Profesor Moriarty en sus novelas sobre Sherlock Holmes. Organizó bandas y robos tanto en los EEUU como en Inglaterra, Francia, Bélgica y otros países europeos, e incluso llegó a cometer robos en Sudáfrica. Por todo ello, se le llegó a conocer con el sobrenombre de “el Napoleón del Crimen”, apodo que le fue impuesto por un detective de Scotland Yard.

Charles Bullard (izquierda) y Kitty Flynn (derecha)

Fue en Inglaterra (concretamente en Liverpool, a Londres fueron más tarde) donde Worth y su socio, Charles Bullard, conocieron a Kitty Flynn con quien ambos mantendrían una relación, aunque ella se casó con Bullard. También fue aquí donde Worth adoptó el nombre con el que se le conocería en adelante, Henry Judson Raymond. Y en París, fue donde Allan Pinkerton (1819-1884), el fundador de la famosa Agencia de Detectives, le reconoció y se dedicó a perseguirle durante toda su vida.

Obra original de Gainsborough  de 1787. Ailsa Mellon Bruce Collection.

En Londres, a donde llega después de que en 1873 Bullard y Kitty se marcharan a los EEUU, fue donde, un día como hoy, 25 de mayo, de 1876,  Worth roba el famoso cuadro de Thomas Gainsborough, concretamente de la Galería de Thomas Agnew & Sons. Intervino junto a dos socios, que más tarde se revelaron y le abandonaron cuando Worth se negó a vender la pintura y repartir el botín. Posiblemente vio en la imagen de aquella elegante mujer algo que le impedía abandonarla, como sí lo habían hecho en vida los hombres que la conocieron. El cuadro, además, había permanecido “perdido” durante más de cincuenta años, hasta que se descubre en poder de una tal señora Maginnis quien había realizado sobre él una terrible profanación: cortó la parte inferior del cuadro (las piernas de la duquesa) para que le cupiera encima de la repisa de su chimenea. Esto se sabe porque en 1841, un marchante de Londres llamado John Bentley, lo descubre en casa de la señora Maginnis y se lo compra por unas 56 libras, para revenderlo a un coleccionista de arte. Cuando este fallece, William Agnew lo adquiere en una subasta por la exorbitante cantidad de 10.000 guineas. Aunque en realidad, más desorbitante era la cifra por la que pensaba venderlo, algo más de 50.000 dólares, que se esfumaron cuando Worth robó el cuadro de su galería familiar.

La vida de Worth se hace cada vez más interesante y complicada. Viaja por varios países planificando robos y finalmente recala en Sudáfrica donde organiza uno de los mayores robos de diamantes de la historia, obteniendo un botín de más de 500.000 libras. Siendo un hombre rico funda una compañía en Londres y entonces se casa y tiene dos hijos. Mientras, el cuadro de Gainsborough, que había permanecido con él durante todo el tiempo, fue enviado a su casa en los EEUU, donde vivía su hermano. Luego vino la deriva.

En Bélgica, donde conoce la muerte de su antiguo socio Charley Bullard, organiza un robo fallido que le lleva a la cárcel durante siete años. En ese tiempo de ausencia, su mujer, seducida y arruinada por uno de los antiguos socios de Worth, enloquece y es recluida en una institución psiquiátrica, mientras sus hijos quedaron al cuidado de su hermano en los EEUU. Worth sufrió varias agresiones en la cárcel, tal vez causadas por la traición de algunos de sus últimos socios, y es cuando empieza a pensar en cambiar de vida.

Ya libre y en los EEUU, se pone en contacto con William A. Pinkerton (1846-1923) a quien le cuenta uno por uno todos los detalles de sus robos y los avatares de su vida (el manuscrito de Pinkerton aún se conserva en las oficinas de la Agencia en California). Pero lo más importante de esa reunión es que accede a devolver el cuadro de Georgiana Devonshire, a cambio de la cantidad de 30.000 dólares (en algunos sitios dice que fueron libras). En 1901 la compañía Agnew & Sons accede al trato y Worth, libre de cargas con la justicia, regresa a Londres con sus hijos. Curiosamente, uno de ellos ingresó más tarde en la Agencia Pinkerton como detective.

Adam Worth, el “Napoleón del Crimen”, el inspirador del Profesor Moriarty, falleció empobrecido (¿qué fue del dinero obtenido por el cuadro solo un año antes?) y olvidado en Londres en 1902, siendo enterrado en una tumba común para indigentes con el nombre de Henry J. Raymond, su antiguo pseudónimo. Desde 1997 una lápida con su verdadero nombre le recuerda.

El retrato de Georgiana, duquesa de Devonshire, de Thomas Gainsboroug, aún tiene algo más que contar. Fue vendido en 1991 en una subasta en Sotheby’s, por 265.500 dólares, a un personaje anónimo que decía actuar, o se lo quería entregar, al 11º duque de Devonshire, su actual dueño. Hoy, luce en el palacio ducal de Chatsworth House (imagen superior), palacio que, precisamente, sirvió de escenario para la película “La Duquesa”, además de para “Orgullo y Prejuicio” en el 2005 y “El Hombre Lobo” en el 2010, aunque la villa ya no florece como en sus mejores tiempos.

La mansión Chatsworth perteneció desde el siglo XVI a la casa de Devonshire, pero en los inicios del siglo XX sus miembro arrastraron problemas económicos que obligaron a los sucesivos duques a vender terrenos, enseres y obras de arte para saldar deudas. Incluso tuvieron que demoler el gigantesco invernadero de la finca, considerado en su momento el más grande del mundo y que albergaba hasta una selva tropical, porque no podían mantenerlo. No obstante, aún conserva una majestuosa colección de arte y es uno de los lugares más visitados del Reino Unido, con más de 300.000 visitas anuales, además de recibir eventos, ferias, festivales, actuaciones musicales y teatrales (a menudo escenario de películas, como se ha visto), y de poderse alquilar para actos privados.

Pero lo importante es que, finalmente, el retrato del sombrero de su Gracia, la duquesa de Devonshire, Georgiana Cavendish, por fin, descansa en casa.

AlmaLeonor.

ALMAS PARA EL RECUERDO: JIM THORPE (1888-1953)

ALMAS PARA EL RECUERDO: JIM THORPE (1888-1953)

Voy a empezar a escribir una serie de historias de personas que unas veces serán extraordinarias y otras a lo mejor no tanto, pero cuya vida pienso que merece ser contada. Por eso he pensado llamar esta serie de artículos ALMAS PARA EL RECUERDO. Voy a empezar por alguien cuya vida es más que extraordinaria, pero que se vio sumido en el más cruel de los ostracismos, el provocado por el racismo y la xenofobia.

Me dirán ustedes que son muchos los deportistas, hombres y mujeres, que se vieron eclipsados por una cuestión racista en algún momento. Es verdad. Muchos han sido discriminados a lo largo de la historia por una cuestión de sexo, raza, religión, origen y condición. Pero hoy vamos a contar la historia de uno de los más grandes, la historia de Jim Thorpe (1888-1953). Conozcámosle.

Jim nació un 28 de mayo en el seno de la nación india Sac y Fox en Oklahoma (EEUU). Su nombre en idioma kikapú, la de su tribu, era Wa-Tho-Huk (algo así como Sendero Luminoso), pero fue bautizado por su madre, que era católica, como Jacobus Franciscus Thorpe, Jim Thorpe. Sus padres eran ambos mestizos: su padre era hijo de irlandés y madre nativa Sac y Fox; y su madre hija de padre francés y madre nativa de los potawatoni. La vida de Thorpe no fue fácil con estas circunstancias, pero además, se vio bastante afectado por el fallecimiento de su hermano gemelo, Charlie, a los nueve años,  y el de sus padres, en diferentes momentos, varios años después. Cursando estudios en la Carlisle Indian Industrial School de Pensilvania (una escuela concebida para la “americanización” de los indios, modelo para otras muchas,  acusada de abusos y violencia en su día y que fue clausurada en 1918), inicia su carrera deportiva. Era el año de 1907.

Equipo de Fútbol de los Carlisle Indian en 1911, con Jim Thorpe (tercero por la derecha en la fila del medio)

En unos años se convirtió en un excelente atleta, además de competir con éxito en fútbol americano, béisbol, baloncesto, lacrosse, natación, hockey sobre hielo, boxeo, tenis, tiro con arco… Llegó incluso a ganar un campeonato de baile de salón en 1912. Era un superdotado. “Nadie va a derribar a Jim”, le dijo a su entrenador de entonces.

Ese año consigue clasificarse para las pruebas de Decatlón y Pentatlón, prueba esta que se incluía por primera vez en los Juegos Olímpicos que se celebrarían en Estocolmo (la prueba de Decatlón se instauró en Saint Louis 1904, pero en los siguientes Juegos de Londres 1908 no se celebró).

OLIMPIADAS DE ESTOCOLMO 1912

Thorpe fue considerado en estos Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912, el mejor atleta del mundo de su tiempo, tal y como se lo y así se lo dijo el propio rey Gustavo V de Suecia (1858-1950) cuando le colocó las dos medallas olímpicas de oro en Estocolmo 1912, ganadas en las pruebas de Pentatlón y Decatlón, disciplina ésta con la que estableció un récord olímpico de 8.413 puntos, que no sería sobrepasada en casi dos décadas.

Además, Thorpe, compitió en Suecia en Salto de Longitud y Salto de Altura. Sus logros son aún más sorprendentes si se tiene en cuenta que en estas competiciones tuvo que utilizar un par de zapatos y calcetines viejos (y dispares, un zapato era más grande que el otro y tuvo que utilizar varios calcetines en uno de sus pies) que encontró en un cubo de basura, pues alguien le había robado los suyos (posó así en las fotografías del evento olímpico).

Más tarde, jugó a nivel universitario y profesionalmente, a fútbol americano (entre 1920 y 1921, fue el primer presidente de la Asociación Profesional de Fútbol Americano, APFA, que al año siguiente sería renombrada como Liga Nacional de Fútbol Americano NFL), béisbol y baloncesto (jugó con varios equipos formados únicamente por indios americanos), obteniendo grandes triunfos en todas las disciplinas.

La vida deportiva de Jim Thorpe tampoco fue nada fácil, pese a sus logros. El Olimpismo de inicios del siglo XX era totalmente amateur, y eso significaba que únicamente quien dispusiera de recursos económicos podía participar en los Juegos (o realizando extremos sacrificios personales). Y esto era válido tanto para atletas como para países. Thorpe era un indio nativo norteamericano y sus éxitos no eran bien vistos ni por la exclusiva sociedad elitista del deporte internacional de entonces, ni por el racismo imperante en los EEUU.

Pasado un año de las Olimpiadas de Estocolmo, alguien descubrió que había cobrado unas dietas (cantidades míseras, unos 35 dólares por semana) por unos partidos de béisbol, algo prohibido por las normas amateurs del Olimpismo, y fue desposeído de sus medallas. Sin embargo, se llegó a aducir que fue un caso de racismo por el origen étnico de Thorpe.

OCASO Y RECUPERACIÓN DE UNA ESTRELLA

Desdichadamente no fue el único caso de racismo ocurrido en un evento olímpico. Se tiene por los juegos más racistas de la historia del olimpismo los celebrados en  St. Louis (EEUU) en 1904, donde se celebraron pruebas paralelas y hasta un desfile dedicado a “razas inferiores” (en el Anthropological Day), para los que se reclutó, sin ningún criterio deportivo ni nacional, participantes buscados entre los miembros de los stand de la Exposición Universal que se estaba celebrando en la misma ciudad, entre ellos, indios de varias tribus, como sioux o cocopas mexicanos, sudafricanos, sirios, zulúes, pigmeos, filipinos y gentes de varias otras nacionalidades asiáticas y de medio-oriente.

En las Olimpiadas de Tokio de 1964, otro indio nativo norteamericano obtuvo una medalla de oro y un reconocimiento internacional. Fue en la prueba de los 10.000 m donde resultó ganador William Mervin “Billy” Mills (n.1938), conocido en su tribu (los Oglala Lakota de la reserva india de Pine Ridge) como Makata Taka Hela, convirtiéndose así en el segundo indio nativo americano después de  Jim Thorpe, en conseguir una medalla de oro en unos Juegos Olímpicos. Ningún estadounidense había ganado nunca esta prueba olímpica, ni volverá a suceder un logro así hasta Londres 2012 (donde ganó  Galen Rupp). Mills participó también en la Maratón quedando en el puesto 14. En 1983 la película Running Brave (de D.S. Everett) protagonizada por Robby Benson recrea su vida.

Pero el agravio hacia uno de los más grandes deportistas del siglo XX será recordado por siempre. Su grandeza deportiva le sitúa hoy junto a deportistas de la talla de Muhammad Ali, Babe Ruth, Jesse Owens, Wayne Gretzky, Jack Nicklaus, y Michael Jordan. Pero no llegó a ser reconocido como tal en vida. La humillación que sufrió Thorpe no fue reparada hasta pasados 30 años de su muerte, cuando en 1983, el COI, presidido entonces por Juan Antonio Samaranch, restituyó su nombre haciendo entrega de dos medallas de oro a sus descendientes. En realidad no fueron “sus” medallas, ya que aquellas fueron robadas del Museo Olímpico y nunca se hallaron.

Numerosas estatuas, placas y reconocimientos figuran desde entonces en todo el mundo en su honor. Una ciudad en Pennsylvannia fue renombrada con su nombre y el presidente Richard Nixón declaró el día 16 de abril de 1973 como el día de Jim Thorpe para reivindicar su nombre y su legado.  Todo ello, en realidad, demasiado tarde para él.

Desde el fin de su carrera deportiva, a los 41 años, vivió ejerciendo trabajos dispares, incluso como extra de cine, y murió sumido en el alcoholismo, el olvido y la pobreza a los 65 años, sin dejar de reivindicar siempre la validez de sus triunfos olímpicos. Toda la historia de su vida fue recreada en el cine en 1952 (un año antes de su muerte) con la película Jim Thorpe. All-american, dirigida por Michael Curtiz e interpretada (magníficamente) por Burt Lancaster.

Para ampliar todos los datos sobre los Juegos Olímpicos remito a los artículos que sobre ellos ya publiqué en HELICON, hace unos meses, empezando por el artículo TIEMPO DE OLIMPIADAS (I), desde donde se puede acceder a los siguientes.

AlmaLeonor.

 

UNIVERSO AZUL

UNIVERSO AZUL

Fotografía de la Tierra desde el Apollo 8, en la órbita lunar, titulada “Earthrise” (Amanecer terrestre), tomada la víspera de Navidad de 1968

En febrero de 1990, una fotografía de la tierra tomada por la sonda espacial Voyager 1 desde Plutón (a unos 6.050 millones de km de distancia), fue titulada por Carl Sagan como “Un punto azul pálido”, haciendo referencia al color azul con el que nuestro planeta se distinguía, solitario, en la negrura inmensa del espacio. Tal vez por haber sido tomada la imagen un 14 de febrero, el epíteto adolece de un cierto romanticismo, pero lo cierto es que el color azul también es poéticamente visible desde la superficie terrestre, por ejemplo, cuando miramos hacia la profundidad de un lago o cuando alzamos la vista al cielo.

Ese efecto celeste está causado por lo que se ha dado en llamar “dispersión de Rayleigh”,  la difracción de la luz solar sobre la capa de aire concentrado sobre nuestras cabezas, que llega a alcanzar más de 10 km. de grosor, y que ofrece ese tono al ser oprimido por la fuerza de la gravedad. Es decir, que la forma en la que la luz del sol esparce las moléculas en la atmósfera, hace que esta se vea de color azul. La Tierra, bautizada como el planeta azul, tanto por este efecto solar como por la gran cantidad de superficie hidrológica del planeta, contrasta así con los “colores” con los que identificamos otros astros, como por ejemplo, el rojo de Marte o el amarillo del Sol. Todo ello evidencia que el ser humano es un animal icónico por naturaleza. Desde lo más remoto de los tiempos, siempre ha necesitado y utilizado los colores para identificar desde cosas como el agua o el cielo, a estados de ánimo. El color azul concretamente, es uno de los tonos primarios que se asocia a los “colores fríos” y aunque transmite serenidad y confianza, conforme va aumentando de intensidad y exposición, se considera que puede causar desde tristeza y fatiga, hasta soledad y depresión. No en vano, el Blues, el género musical de orígenes africanos nacido en los campos de algodón entre las comunidades esclavas afroamericanas del sur de los Estados Unidos a principios del siglo XX, equivale a melancolía o tristeza. Y ya lo repetía Roberto Carlos… El gato que está triste y azul….

Este es un artículo sobre el color Azul, el “rizo del rey”, según el sánscrito, idioma del que parece que proviene la palabra azul, que es con la que hoy designamos una de las gamas de color más utilizadas y significativas de la historia.

Seguramente quien lea este artículo está utilizando un medio que se identifica con el color azul, como Facebook, ya que es un color muy utilizado por las empresas en general como marca corporativa. Por ejemplo, también lo utiliza Twitter y azul es también el color con el que se conocen los logos de Instituciones multinacionales como las Naciones Unidas (las fuerzas de intervención de paz de la ONU se denominan “cascos azules” y utilizan este color) o la Unión Europea (también Europa está representada por el anillo azul en la Bandera Olímpica). Y no solo es una cuestión de gustos. Está perfectamente estudiado que el azul, además de ser uno de los colores que más elegancia transmite a través de una fotografía o una pantalla de televisión, denota confianza y transparencia. Tal vez por la necesidad perentoria de aparentar contar con esos valores, es un color que tradicionalmente ha sido adoptado también por los partidos políticos del espectro neoliberal o de derechas (en contraposición al rojo de los partidos de izquierda).

Windows utiliza este color en sus “ventanas”, aunque para ser totalmente sinceros, la pantalla azul (BSoD) de Windows es conocida como “pantalla azul de la muerte” porque si aparece en un ordenador significa que ha ocurrido un grave problema en su sistema interno o una significativa y problemática infección por un virus informático letal. Otras fórmulas que se relacionan trágicamente con el color azul son, por ejemplo, la expresión inglesa “deep blue sea”, o profundo mar azul, un concepto tenebroso que utilizan en la frase “it is caught between the devil and the deep blue sea”, que puede traducirse por nuestro “estar entre la espada y la pared” (también es el título de dos películas de cine y de, al menos, un álbum musical). La expresión “blue devils”, diablos azules, es un epíteto utilizado ya desde el siglo XVI para referirse a la tristeza y el abatimiento, pero se ha venido popularizando en ciertos países sudamericanos (como Perú) en un estado de alcoholismo tal que puede producir desde alucinaciones hasta agresividad consigo mismo y con otras personas. Los Diablos Azules, también es el nombre de un cómic belga sobre la Primera Guerra Mundial, que originalmente se editó en blanco y negro en la revista Spirou en los años 80 (se ha reeditado recientemente) y hoy el nombre de una revista sobre libros del diario InfoLibre. Y hablando de guerra, la División Azul fue una división de infantería española de voluntarios que lucharon junto a las tropas nazis de Hitler en el frente ruso durante la Segunda Guerra Mundial. Por último, un macabro giro del tono azul está circulando últimamente por la red en forma de “ballena azul” incitando a los jóvenes que se unen en la red a la realización de peligrosas pruebas que suelen terminar en suicidio (un posible reciente caso en Barcelona ha puesto en alerta todas las alarmas en España).

El azul es un color que reconocemos bien en la actualidad: algunos veranearán este año en la Costa Azul; hemos leído el cuento de Perrault sobre el temible Barbazul; seguramente bailamos el Blue Velvet popularizado por Bobby Vinton en 1963 o nos deleitamos con la película del mismo título de David Lynch del 86; algunos han crecido viendo la serie de televisión de los azules Pitufos; o utilizamos Bluetooth en nuestro móvil (cómo saben, el nombre procede del rey noruego Harald Gormsson, del siglo X, apodado Blåtand o “diente azul”, que hacía referencia, en realidad, a sus dientes negros por la caries). Pero según cuenta Michel Pastoureau en su libro “Azul. Historia de un color”, éste no aparece en la antigüedad, sino que hay que esperar hasta la Edad Media para que sea significativo. Ni siquiera está claro que los antiguos supiesen como denominarlo ya que, dice el autor, no aparece ni en el griego ni en el latín clásico, y ni siquiera es un color presente en el arte rupestre. No existía ¿Es esto posible?

Pintura en la cueva francesa de Lascaux

Juan Luis Arsuaga defiende en sus libros que los primeros habitantes humanos de nuestro planeta se identificaban plenamente con el mundo que les rodeaba. Por eso sus herramientas estaban elaboradas a partir de los elementos que encontraban allí donde se encontraban y su incipiente lenguaje debió ser igualmente un reflejo, quizá monosílabo, de aquello que les era más familiar y próximo. En las pinturas rupestres no se ha encontrado ningún pigmento azul, eso es cierto. O para ser más exactos, no nos ha llegado ningún ejemplo de su posible uso, pero no sería extraño que no lo conociesen. Los pigmentos más utilizados en las pinturas de las cuevas europeas derivan de elementos muy presentes en la naturaleza, como la hematita, la arcilla, el óxido de manganeso, o el carbón vegetal, que mezclados con un aglutinante (normalmente grasa), servirían para crear tonalidades amarillas, ocres, rojas o negras. Eso es prácticamente todo lo que conocemos de aquellas maravillosas pinturas que iluminaron las cuevas prehistóricas, pero lo que usaron y como lo hicieron, no nos informa de cómo denominaban (o si lo hacían) aquellos primeros hombres ni estos colores, ni aquellos que no eran capaces de reproducir en un pigmento. No nombrarlos no significa que podamos afirmar taxativamente que no los conocieran.

Piedra de Lapislázuli

La palabra que utilizamos hoy para referirnos al color azul tiene un origen persa o sánscrito desde donde derivaría una versión árabe hispana, lazawárd, que es la que finalmente terminamos por transformar en “azul”. Pero aunque no exista un equivalente en griego o latín para ese color, sí que se conocen palabras con las que los antiguos le identificaban. Curiosamente, fórmulas mucho más amplias que un simple “azul”, ya que se sabe que utilizaban denominaciones diferentes para variaciones de ese color. Por ejemplo, el lexema cian o ciano, del griego kýanos (que a su vez puede identificarse en la raíz hitita kuwan, “azurita”), equivale al azul oscuro, y el término griego glaukos designaba al azul claro (cierto es que también podían referirse a todos los colores oscuros o claros respectivamente). El latín (romano y medieval) contaba con numerosas formas de adjetivar el color azul, y todas ellas tenían su propio significado, aunque no siempre unívoco: aerius, caeruleus, caesius, cyaneus, ferreus, glaucus, lividus, venetus… Ya en el italiano moderno, el color celeste se denomina azzurro, y es considerado un color diferente al azul (también sucede en el portugués y en el ruso). En Rusia y en otros países, el azul (celeste, en realidad) es uno de los colores denominados “paneslavos” (junto al blanco y el rojo) y está presente en muchas banderas de provincias, regiones y estados eslavos, como un símbolo de pertenencia a una misma identidad cultural (koiné). Esta identidad fue creada hacia la mitad del siglo XIX, inspirada por los colores de la Revolución francesa (la estructura tricolor fue uno de los iconos revolucionarios en toda Europa). La excepción es Bulgaria que sustituye el azul por el verde, lo que resulta curioso porque no es el único país que lo hace. Los japoneses también identifican el verde (midori) como un tono del azul (ao), lo que no es extraño si nos fijamos en que el agua unas veces se ve azul y otras verdosa (sobre todo la del mar), y Japón es un conjunto de islas. Curiosamente de nuevo, también Irlanda utiliza el color azul (en heráldica, azur) para iluminar el fondo de su escudo, referido a su santo patrón, San Patricio, que hoy es ampliamente identificado con el color verde.

¿Significa todo esto que en la antigüedad no se conocía el color azul, o que lo conocían mucho mejor que nosotros y se negaban a agrupar todos los tonos existentes en una sola denominación?

Templo de Dendera

En el antiguo Egipto, el color azul (con dos denominaciones: irtyw y ḫsbḏ) identificaba, como es lógico, el cielo y el agua, pero se entendía también como una extensión a los dioses (en tanto que moradores del cielo) y a la creación (en tanto que “inundación” primigenia, recodemos que Egipto se vinculaba mucho con las crecidas del Nilo). Por lo tanto, el azul era para ellos un importante símbolo de vida y renacimiento y fue el color utilizado para iluminar el rostro de  Amón-Ra. Para elaborarlo contaban con la malaquita y la azurita de las minas del Sinaí, el problema era que la azurita es muy poco consistente y tiende a desaparecer y/o convertirse en verde. Los egipcios terminaron por desarrollar lo que es considerado el primer pigmento artificial de la historia, el Azul Egipcio, resultado de sintetizar los minerales de azurita con el natrón. El antecedente más antiguo de su utilización data de hace 5000 años, aunque es más probable su generalización unos 500 años más tarde, hacia la Dinastía IV. Los talleres de Tell el-Amarna producían el Azul Egipcio que decoraba sarcófagos, cerámicas y estatuas de caliza, como el famoso busto de la reina Nefertiti (Dinastía XVIII), mientras que el lapislázuli (que no utilizaban como pigmento) tenía que ser caramente importado (por ejemplo, desde Afganistan). Se han encontrado ejemplos de la utilización del Azul Egipcio en objetos griegos y romanos, aunque con el fin del Imperio terminó por decaer.

El colo azul del Lapislázuli era conocido también en Babilonia, donde su famosa Puerta de Ishtar, una de las ocho puertas monumentales de la muralla interior que daba acceso al Templo de Marduk, estaba elaborada con teselas de cerámica vidriada, la mayoría de color azul de ese material. Fue construida en el año 575 a.C. por Nabucodonosor II, y descubiertos sus restos en las campañas arqueológicas llevadas a cabo por alemanes entre 1902 y 1914. Hoy pueden verse partes en el Museo de Pérgamo de Berlín, en el Museo Arqueológico de Estambul o en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, por poner algunos ejemplos, pero también existe una replica construida en Irak sobre el antiguo emplazamiento de la original (lamentablemente con la conflictividad de la zona, hoy esta dentro de las instalaciones permanentes del ejercito estadounidense en Irak).

Se sabe que en el Imperio romano, las carreras de carros y caballos, que gozaban de gran entusiasmo entre el público y los emperadores, se patrocinaban con facciones que eran identificadas con colores. Su auge fue durante el imperio de Nerón, pero se utilizaban ya desde antes, según los estudios. Estas facciones se identificaban con los colores blanco, rojo, verde y azul, si bien parece que originariamente solamente se contaba con dos facciones, los Blancos, consagrados al invierno y los Rojos, consagrados al verano. Con el tiempo fueron aumentando y en el siglo III los Rojos se consagran a Marte (como decía antes, hoy se sigue identificando como “el planeta rojo”), los Verdes a la tierra y a la primavera, y los Azules, al cielo, al mar y al otoño (esta última identificación es un tanto extraña, pero supongo que sería por completar las estaciones del año). Según Tertuliano (De spectaculis 9.5),  para ese siglo III tan solo los Azules y los Verdes (los favoritos de Nerón, Calígula y Cómodo) eran facciones de importancia.

La Mezquita Azul de Estambul

La maravillosa Mezquita Azul de Estambul o mezquita del Sultán Ahmed I, fue construida entre los años 1609-1617, por el arquitecto Sedefkar Mehmet Ağa (1540 – 1617), discípulo del famoso Mimar Sinan. La serena belleza de su exterior contrasta con la suntuosidad y magnificencia de su interior, donde destaca la profusión de mosaicos de Iznik (la antigua Nicea), famosos por su coloración azul. Cada pilar del interior está revestido con más de 20.000 azulejos de cerámica hechos a mano.

Así que, es fácil considerar que el color azul existía efectivamente en la antigüedad, era conocido en amplio espectro, y además, gozaba de gran consideración. Otra cosa es la apreciación subjetiva que de ese color disfrutaban en cada momento histórico, o la que seamos capaces de reconocer en el presente.

Circulo Cromático de Goethe

El poeta, dramaturgo y científico alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) ya estudió en su momento la forma subjetiva del color, es decir, la forma en la que apreciamos los colores y como nos sentimos al hacerlo. Llegó a la conclusión de que el color es una sensación más que una certeza derivada de la intensidad lumínica física. Así, dependiendo de donde nos situemos en el mundo o en la historia, podemos entender el negro como un tono agorero y el blanco como un color de virginidad, o al revés, el blanco como un color de muerte (en algunas culturas es el color de la mortaja y del luto) y el negro como un color divino (es el color del manto sagrado que cubre la Kaaba, negra a su vez, de la Meca, y uno de los colores principales del panarabismo). Los diferentes usos que le hemos otorgado a los colores a lo largo de la historia, son lo que han hecho de esos colores lo que hoy entendemos por ellos. Para los musulmanes, el color más importante es el verde, que era el color del manto (o turbante) de Mahoma. Para los cristianos, el color más importante puede ser el blanco, relacionado con la pureza, santidad y luz de justicia (según GEN 30:35), pero el azul está habitualmente vinculado al Espíritu Santo y a la revelación divina y así, se utiliza un manto azul para cubrir desde el Pantocrátor a la Virgen María. Hay quien dice que en la Biblia no se hace referencia al color azul, pero si que se pueden encontrar algunas descripciones de ese tono, por ejemplo, en los capítulos 28 y 39 del libro bíblico del Éxodo donde se detallan las prendas de vestir del sumo sacerdote de Israel: “una vestidura azul sin mangas”. El tinte azul es mencionado también en Números (15:38-40) cuando dice que para recordar a los israelitas su especial relación con Dios, debían “poner una cuerdecita azul más arriba de la orilla con flecos” de sus vestiduras. La palabra hebrea para el color azul (una variedad concreta de azul) es tekjéleth.

La Inmaculada Concepción de los Venerables (1678), detalle, de Bartolomé Esteban Murillo

Aunque en la Edad Media los sacerdotes utilizaban ropajes azulados (se elaboraba el tinte mezclandolo con alcohol y orina ), desde el siglo XVI se exige una indumentaria acorde con los preceptos del Código Canónico (actualmente rige el actualizado por Juan Pablo II en 1983), y el color azul claro no está permitido. Solamente puede utilizarse para ciertos ropajes el color azul muy oscuro, casi negro, y únicamente se autoriza, por privilegio especial, un color azul claro en ciertos elementos ceremoniales en España por la festividad de la Inmaculada Concepción.

Antiguamente, los chinos identificaban los puntos cardinales con los colores, siendo el azul identificado con el este (donde estaba el océano), el sur el rojo, el oeste el blanco y el norte el negro. Platón entendía que para apreciar un color intervenían tres elementos que tenían que ver con la luz: la que emanaba del objeto, la que emanaba de nuestros ojos y la que incidía sobre ambos. Aristóteles consideraba que todos los colores partían de la transparencia de los objetos (entre la máxima o blanco y la mínima o negro) y como ésta se relacionaba con cuatro ideas primarias de color: tierra, fuego, agua y cielo. Según estos preceptos, Leonardo da Vinci establece en el siglo XV que el color blanco es el color primigenio a través del cual se pueden apreciar los demás: el amarillo de la tierra, el verde del agua, el azul del cielo, el rojo del fuego y el negro de la oscuridad o total ausencia de color y luz.

Desde el siglo XII encontramos que el color azul “del cielo”, según Da Vinci, se torna emblema de la realeza (junto al dorado), no solo por la popularidad de la expresión “sangre azul” (derivada de la palidez de la piel de la gente aristocrática y noble que no trabajaba el campo, y donde se transparentaba el color azul de sus venas), sino porque es en este siglo cuando los reyes franceses capetos empezaron a emplear el color azul para el fondo de campo de sus escudos heráldicos. Luis XIV de Francia lo adopta en sus emblemas reales junto a la flor de Lys (en oro) que también aparecía en el escudo francés, hasta que finalmente, en 1791 se incorpora a la bandera de la República francesa (el azul y el rojo eran los colores emblema de París). El que terminó por ser conocido como el Azul Francia (bleu de France), en varias y diferentes tonalidades, se asocia desde entonces a los reyes Borbones franceses por excelencia (a Francia por extensión), y también a la rama borbónica española (recuérdese lo que contaba sobre el color “Azul Cristina” en el artículo sobre LOS PUSSYHATS en Anatomía de la Historia).

Hoy, los colores han trascendido sus significados primigenios, aunque en algunos casos sigan manteniendo cierta comunión con sus orígenes. Por ejemplo, diferenciamos entre pescado azul y pescado blanco, sin que exista una relación de causalidad entre sus propiedades y el color, pero el Azul Francia sigue siendo el color que identifica el país galo en muchas imágenes icónicas que ya no tienen nada que ver con la realeza, por ejemplo, en las carrocerías de los coches de carreras. Mientras, el azzurro italiano (recordemos, un azul celeste) se ha sustituido por el Rosso Corsa que Italia luce en sus competiciones (automovilísticas y otras, como el ciclismo, donde la maglia rosa, es el maillot del campeón), y el verde (recordemos, un diferente tono de azul para algunas culturas, y una curiosa equivalencia con el color del San Patricio irlandés), llamado British Racing Green, es el color del Reino Unido en las competiciones automovilísticas. Y así podríamos seguir encontrando relaciones en la largar lista de colores, equipos y países en varios deportes. Por finalizar el tema: en Francia el ciclismo se identifica con el maillot amarillo; en Alemania los coches de carreras son Silberpfeile (flechas plateadas, una curiosidad debida al piloto Manfred von Brauchitsch, quien levantó toda la pintura blanca de su bólido en 1934 para lograr el peso permitido); los Diablos Azules (que mencionábamos antes con otra acepción) son los equipos deportivos de la Universidad Duke en Durham (Carolina del Norte) en los EEUU; en España, todos sabemos identificar al equipo Blaugrana; y Argentina  luce el Albiceleste en su equipación nacional.

El azul sigue produciendo nuevas e interesantes versiones, por ejemplo, en medicina, como el Azul de Metileno, el de Isosulfan o el de Toluidina, colorante con utilizaciones médicas variadas. Pero desde aproximadamente el 2000 a.C. en la India y desde el 1580 a.C. en Egipto, se conoce un tipo de tinte azul proveniente de plantas del género Indigofera: el añil, que proviene de la Indigofera suffruticosa; y el índigo, que se extrae a partir de la Indigofera tinctoria. En ambientes más fríos se desarrolló otro tipo de planta con la que también se elaboraba tinte y pigmento azul, el glasto, provenientes de la planta Isatis tinctoria. Con estos tintes se cubría, en Génova (Italia) primero y en Nimes (Francia) después, un tipo de tela muy resistente con la que se elaboraban pantalones especiales para el trabajo duro. Estos pantalones acabarán siendo denominados Blue Jeans cuando en 1873 son patentados en los EEUU por Jacob Davis y Levi Strauss. Todos sabemos la gran fama y popularidad que este tipo de pantalones, que nosotros llamamos “pantalones vaqueros” (fueron los vaqueros del oeste americano quienes los utilizaron masivamente), llegaron a adquirir en la historia y de la que siguen gozando en nuestros días.

Cianotipo. Algas, por Anna Atkins. 1843.

La producción tintórea artificial mejoró muchísimo en el siglo XIX con químicos como Adolf von Baeyer (1835-1917) quien obtuvo la primera síntesis de índigo artificial en 1880, trabajo que le valió el Premio Nobel de química en 1905. Este tipo de investigaciones perfeccionaron los pigmentantes sintéticos que ya se habían desarrollado anteriormente, como el que accidentalmente había descubierto casi un siglo antes, en 1704 en Berlín, el químico alemán Heinrich Diesbach, el Berliner Blau. Este colorante fue popularizado con el nombre de Azul Prusia, porque  se usó en un principio para tintar los uniformes militares prusianos. Más tarde, fue un tipo de azul frecuentemente utilizado para copiar planos y que en España adoptó el nombre de cianotipo.

Vincent van Gogh (1853-1890) utilizó el Azul Prusia para su pintura “La noche estrellada”, y “La gran ola de Kanagawa”, de Katsushika Hokusai (1760-1849), también cuenta profusamente con este color. En azul pintaron algunas de sus mejores obras artistas como Pablo Picasso (1881-1973), dando nombre hasta un periodo de la obra del genial pintor malagueño, el periodo azul, que desarrolló entre 1901 y 1904. Curiosamente, este periodo picassiano surge en el artista de la tristeza y el sufrimiento en el que se suma tras el suicidio de su amigo, el pintor y poeta Carles Casagemas (1880-1901). Otro movimiento pictórico que utilizó este nombre y color fue el Der Blaue Reiter (El Jinete Azul) el movimiento expresionista que fundaron artistas de la talla de Vasili Kandinski y Franz Marc en Múnich entre 1911 y 1913. El neodadaista, Yves Klein (1928-1962), hizo del color azul su tono fetiche para la creación de sus obras y performances (le gustaba lo monocromático y experimento primero con el pan de oro), entendiendo el azul como símbolo más que como sustancia primordial del arte. A él se debe el tono conocido como Azul Klein, desarrollado a partir del cielo azul de su ciudad natal, Niza (Francia), e inspirado por los frescos azules de Giotto en Asís (Italia). Y en un espectro totalmente diferente, un perro azul fue la obra que lanzó a la fama al pintor estadounidense de Louisiana (EEUU), George Rodrigue (1944-2013). El perro azul es la actualización del Loup-Garou, un ser mitológico relacionado con el perro-lobo Cajún de la tradición sureña. Rodrigue transformó su obra en un icono de pop internacional.

Finalmente, no cabe duda de que es la moda la que más ha contribuido a elevar a la enésima potencia la variedad de colores de la tabla cromática. En lo que respecta al color azul, Carmen de Burgos (1867-1932), llamada Colombine, ya explicaba esta paradoja:

“La Moda es también una pintora excesivamente colorista. Así define ese azul que no se parece a ningún otro azul ‘color azul viejo’, y ese otro azul distinto ‘azul rey’, y ese otro azul ‘azul pastel’, y ese azul hijo de la actualidad ‘azul Joffre’, a un azul profundo y luminoso ‘azul horizonte’ y a un azul elegante y evocador ‘azul Nattier’”.

Retrato de Mlle. Henault, comtesse d’Aubeterre (1727), de Jean-Marc Nattier
Lady in Blue (1865), de Alfred Stevens
La Parisienne (1874), de Pierre-Auguste Renoir

Jean-Marc Nattier (1685-1766), fue un pintor francés, hijo de pintores (tanto su madre como su padre lo eran) que popularizó un particular color azul en sus cuadros, que fue utilizado profusamente en el arte del siglo XIX, influyendo en la moda y viceversa. El color azul pasó poco a poco de ser una exclusividad de la realeza a ser un tono de corriente uso burgués. La transformación de la anilina como potente colorante contribuyó poderosamente a ello. La anilina fue aislada por primera vez en 1826 por Otto Unverdorben por destilación destructiva del índigo, y la llamó crystallin. En 1834, Friedlieb Runge aisló una sustancia que se volvió de color azul y la nombró cyanol. En 1840, Carl Julius Fritzsche trató el índigo con potasa cáustica y obtuvo un aceite que llamó aniline, a partir de la misma planta de la que se extrae el índigo y que ya mencionamos antes. En 1842, Nikolay Nikolaevich Zinin obtuvo una base que llamó benzidam, y finalmente, en 1843, August Wilhelm von Hofmann  (1818-1892) sintetizó estas sustancias (que consideraba la misma en todos los casos) creando la que desde entonces se conoce como anilina. El mundo de la moda ya no volvió a ser el mismo.

Hoy, el color azul, es posiblemente el color favorito del mundo y el que protagoniza HELICON, todos los 30 de cada mes.

AlmaLeonor