LA LEYENDA DE CALÍMACO

LA LEYENDA DE CALÍMACO

La arquitectura griega desarrolló, durante la edad arcaica, los llamados tres órdenes (dórico, jónico y corintio), que fueron difundidos posteriormente por el helenismo sentando las bases de la arquitectura del mundo occidental durante siglos. Según cuenta Marco Vitruvio Polión (siglo I a.C.) en su obra “Los diez libros de Arquitectura”, el origen del capitel característico del orden corintio se encuentra en la siguiente leyenda:

El tercer orden, llamado corintio, imita la delicadeza de una muchacha, pues las muchachas, debido a su juventud, poseen una configuración conformada por miembros delicados y mediante sus adornos logran efectos muy hermosos. Dicen que el descubrimiento del capitel corintio fue así: una muchacha de Corinto, ya de cierta edad para contraer matrimonio, falleció a causa de una enfermedad. Después de sus exequias, su nodriza recogió unas copas que le gustaban mucho a la muchacha cuando vivía y las puso todas juntas en un canastillo de mimbre, que llevó a su sepulcro; las colocó encima y con el fin de que se mantuvieran en buen estado durante mucho tiempo, las cubrió con unas tejas. Casualmente colocó el canastillo sobre la raíz de un acanto. Con el tiempo, las raíces del acanto, oprimidas por el peso, esparcieron en derredor sus hojas y sus pequeños tallos, al llegar la primavera; sus tallos crecían en torno al canastillo y por los lados salían al exterior bajo el peso de las tejas, lo que obligó a que fueran formando unas curvaturas o volutas en sus extremos. Calímaco, llamado katatēxítechnos  por los atenienses, gracias a la exquisitez y primor de sus tallas de arte marmóreas, al pasar delante de este sepulcro observó el canastillo y la delicadeza de las hojas que crecían a su alrededor. Quedó gratamente sorprendido por esta original forma de las hojas y levantó unas columnas en Corinto, imitando este modelo…

Calímaco, el “Katatechnos” (“el primer artífice”), fue un escultor, orfebre y pintor de la Atenas de alrededor del 432 a 408 a.C., al que se le atribuyen, entre otras obras, las esculturas Niké en el friso del templo de Atenea Niké (“Atenea portadora de la victoria”), en los propileos dela Acrópolis de Atenas (es la famosa Niké que se está atando su sandalia), templo construido aproximadamente entre el 427 al410 a.C. Pero la atribución de la invención del capitel corintio, a decir de los expertos, parece dudosa, ya que este tipo de capitel no se corresponde a lo que se conoce de la arquitectura del siglo V a.C.

Además la leyenda también se presta a confusión, ya que en algunos textos, la joven aparece como “una doncella de Corinto, apenas núbil”… y hay quien afirma que en realidad era la hija del propio Calímaco.

En cualquier caso es una bonita forma de explicar el origen del capitel más bello del arte arquitectónico griego, o al menos, el más exuberante, el capitel corintio, que reproduce las hojas de la planta del Acanto.

De esta planta también cuenta Virgilio que era la forma en la que estaba bordado el vestido de la bella princesa Helena. Y el escritor Gabriel Miró (1879-1930), la recuerda en su obra “El Libro de Sigüenza”:

Andando por lo más recatado y húmedo del huerto, halló Sigüenza una mata de acanto abierta anchamente, de hojas carnosas, gruesas, cruzadas por recios nervios y recortadas con fiereza. Tocándola, parecía recogerse la interior circulación de su vida.

Del centro ya prorrumpía el cogollo de la espiga. Imaginativamente se colocaba en medio el cestillo de la leyenda, y luego se veían también enroscadas las azagallas de las hojas, hasta formar el capitel corintio.

Cortó Sigüenza las dos más hermosas y cabales para clásico ornamento del búcaro de su mesa.

Y salió del jardín.

A poco hallóle un buen hombre, mercader de curtidos; se quedó mirando el acanto cortado, y después le preguntó si padecía mal de estómago.

– ¿Mal de estómago? –dijo todo pasmado Sigüenza.

– Pues eso que trae usted, ¿no es hierba carnera, que se da para esos dolores?

Sonrió Sigüenza indulgentemente. ¡Hierba carnera el acanto! Y siguió el camino hacia la ciudad contemplando la planta arquitectónica, como si quisiera rendirle un amoroso desagravio.

Pues rindamos, rindamos…

AlmaLeonor

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